El preso y el mar

marzo 09, 2026
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Dauno Tótoro

Manuel Castillo

Roberto Ortíz

Esperaba la llegada de la ejecución con cierta reverencia interna. Sentía que todo estaba saldado, que no había más que decir. Sólo quedaba sentarse ante el pelotón de fusilamiento y sentir el estruendo con los ojos tapados. Después, todo acabaría y su cuerpo inerte se desplomaría sobre el suelo húmedo de la prisión. Pero ese ya sería problema de los vivos y su mundo. Él se habría ido.

Hacía tiempo que lo había asumido. Su caso fue largo y complejo. Llegaron incluso a instancias superiores en el norte, en la ciudad de Concepción, donde sólo un juez del Quinto Juzgado defendió su inocencia. Todas las otras autoridades, desde el Biobío hasta Chiloé, reafirmaron la sentencia de muerte. No quedaba más que esperar. Y en ese tránsito temporal, comer, pensar y despedirse.

Desde la prisión podía ver el mar, que siempre era un poco más calmo ahí en esa zona, protegido en el estrecho entre la isla y el continente, a diferencia del otro lado, donde se veía el océano abierto y la mirada se perdía en un horizonte difuso y lejano.

Por las noches parecía que sonaba más fuerte. Desde su celda lo escuchaba ir y venir, replegarse y avanzar, con su oleaje a veces tímido lamiendo las orillas de la isla, y en otras ocasiones, las menos, furioso golpeando las rocas, los troncos de los árboles ribereños y las costas, como queriendo hundir la ciudad entera y tragarse a Chiloé.

Recordaba su tiempo de mocoso, los primeros trabajos. Se acordaba de las Guaitecas, de Puerto Arena, los alerces antiguos que tumbaron y los duros cipreses que transformaron en tablas para enviarlas a todo el mundo. Rememoraba cómo se aventuraban a las islas despobladas y, rompiendo la quietud aparente de la selva, se adentraban en las quebradas o se encumbraban en las lomas para buscar los mejores troncos de los más altos árboles que se erguían majestuosos hacia los cielos. 

Aparecieron en su recuerdo los rostros de sus compañeros y amigos, curtidos por el mar, el frío y el viento, por el trabajo duro, por la vida intensa y castigadora. Por el vino.

También recordó el tiempo más antiguo, la imagen de su madre dirigiendo una chalupa cargada de cochayuyos, carne ahumada, choritos, papas y pieles. Se acordaba de la primera vez que visitó un pueblo. Chonchi, probablemente, no lo tenía tan claro. 

Algunas de sus últimas conversaciones fueron con corresponsales de diversos medios de Chiloé y alrededores que acudieron a entrevistarlo. Se había convertido en una celebridad local y la prensa lo quería tener en sus páginas.

— ¿Tocas guitarra? — le preguntó a uno de sus visitantes. 

— No— le contestó el reportero. 

— Me alegro— respondió el preso —. Es muy malo, porque se olvida uno de Dios. He botado no solo dinero, sino también mis chalecos, anillos de oro y demases, por beber y tocar guitarra.

Era un hombre de porte macizo y a sus 51 años aparentaba más edad. Tenía una mirada profunda que parecía indagar en lo más recóndito del espíritu de quienes lo visitaban. Guardias, reporteros y autoridades se sentían incómodos ante sus ojos, percibiendo en ellos algo misterioso, inexplicable, algo que hacía sentir que no era ni criminal ni que estaba condenado a muerte. 

Decían que el condenado conocía Chiloé como la palma de su mano y que además había recorrido puertos de todo el país. Su historia era un enigma y una confusión. 

Era hombre de mar y de fiordos. En su memoria resonaba siempre el bamboleo del oleaje, las corrientes empujadas por el viento, una y otra y otra vez y para siempre. 

Dormía poco las últimas noches antes de la ejecución. Pero cuando lo hacía, el mar se le aparecía en sueños. Tocaba con su mano el agua fría mientras se movía hacia ninguna dirección aparente. Soñaba con el agua salina, con los lobos marinos, con peces y gaviotas. Se sentía mecido en su bote. Luego despertaba y se daba cuenta de que no estaba ahí, sino que acostado en la incómoda cama, dentro de su celda.

Fue un sábado cuando leyeron la sentencia. No hizo ningún gesto. Sería injusto decir que había frialdad en su actitud. Tampoco indiferencia. No. Era otra cosa. Era calma. Una parsimonia radiante, sofocante, una tranquilidad que llenaba toda la sala, el edificio, que traspasaba las murallas de la prisión, que envolvía la ciudad de Castro. 

Daba la impresión de haberse convertido en un ser redimido, preparado para el viaje eterno. Todas las emociones del mundo estaban en él y todos los sueños soñados alguna vez se agolpaban en su cabeza y, como resultado, le entregaban tranquilidad ante el dictamen. Miró fijamente a los jueces, a los soldados y al público presente. Luego contempló al cielo por la ventana, mientras salía con paso tranquilo de la habitación. 

Aquel día de la sentencia almorzó copiosamente. Se tomó dos tazas de chocolate caliente y devoró media gallina asada, dos panes y también bebió dos copas de vino. Durante la noche volvió a tomar chocolate. Sólo cerró los ojos intermitentemente durante un par de horas. 

A pesar de lo corto del dormir, volvió a soñar con el mar. Pero ahora veía algo distinto. En su sueño divisaba a lo lejos una mole oscura, que él creía que era, su isla, Chiloé. Cuando miraba detenidamente, sentía que estaba cada vez más cerca, y al avanzar en su sueño, la isla parecía otra isla, se asemejaba a otro lugar, un espacio que parecía no conocer, pero que de alguna forma siempre estuvo seguro que conocería. Las veces que despertó a lo largo de la noche se sintió calmado. Aprovechó de escribir a su hija bajo la precaria luz de un cabo de vela consumido, con un pulso poco acostumbrado a esa labor.

“Te agradezco por el par de medias que me mandaste, que las llevo para mi viaje. Yo rogaré por ti, porque no pierdo la esperanza de que mis ruegos serán oídos. Me voy bien alimentado, buenos y abundantes víveres para mi largo viaje a la eternidad”, remataba en la misiva que ella leería días después, apoyada en el marco de la puerta de su casa en Chonchi con lágrimas en los ojos.

El mar estaba tranquilo antes de la madrugada de aquel domingo. La luna llena iluminaba todo con un fulgor especial y el preso, desde su ventana, veía la luz mortecina reflejada en el oleaje y en la espuma. Llenó varias veces sus pulmones del aire marino y sin temor al frío ni a la humedad asomó sus manos y parte de su cabeza entre los barrotes de la celda.

El lunes recibió visitas de amigos, parientes, antiguos colegas de los aserraderos, compañeros de aventuras. Llegaban para despedirse, apesadumbrados y con tristeza, pero el preso les subía el ánimo y demostraba su tranquilidad. No suspiró ni lloró.

Con la noticia de su próxima ejecución, su celda se llenó también de curiosos y de reporteros llegados desde los rincones más recónditos de la isla y sus alrededores. Él les habló acerca de todas las veces que había naufragado, les relató cuentecillos, historias a medias verdaderas; recibió regalos, le entregaron limosnas que luego repartió entre el resto de los presos. Les habló de su sueño y de la isla que le esperaba. 

Si bien muchos lo querían conocer, otros tantos se mostraban indignados con el trato que un sentenciado a muerte recibía dentro de la cárcel. Mucha gente del pueblo hizo notar su descontento por el tratamiento que el rematado recibía y la buena relación que sostenían con él los sacerdotes que asistían regularmente a la prisión, como si no recordaran que dentro de poco el preso se encontraría enfrentado al pelotón de fusilamiento por sus fechorías y crímenes.

En la carta a su hermana el preso escribió:

“Te agradezco infinito todos los servicios que me has hecho.
El martes tomo un viaje para la eternidad y esta carta tiene por objeto despedirme para siempre.
Recados a mi cuñado y mi sobrina, que se acuerden de encomendarme a Dios en sus oraciones, y a todos mis amigos que me perdonen si les he ofendido en algo.
Sin más me despido para siempre.
Tu hermano”.

El domingo, la penúltima noche previa a la ejecución tampoco pudo gozar de un sueño largo, pues se vio interrumpido por las sensaciones del movimiento de las olas y la cercanía de esa isla que no era Chiloé y que a la vez era idéntica a los paisajes de su niñez. 

Sentía entre sueños cómo se acercaban sus costas, sus arenas negras y el bosque que coronaba el paisaje. Podía aguzar la vista y fijarla en los troncos altos y blancos de los coihues o en las flores amarillentas del olivillo. Sentía cantar los pájaros del lugar y el lúgubre ulular de las lechuzas. Percibía incluso el olor de la tierra mojada que llegaba desde allí, sobreponiéndose al salobre aroma del mar.

En el sueño, la luna y el sol brillaban a la par, en una imagen extraña de aquella isla boscosa iluminada simultáneamente por rayos solares y lunares. Las luces de ambos astros eran suaves y se posaban armónicamente sobre el reo que allí, en su ensoñación, era libre.

A pesar de la falta de descanso, despertó con buen ánimo e incluso algo ansioso. Miró al cielo. Sólo el sol brillaba en él. No había rastros de la luna. El mar estaba calmo, como una taza de chocolate.

Ilustración: Carlos Henríquez

Ilustración: Carlos Henríquez Sepulveda

— No veo la hora de que llegue el día de mañana a las dos de la tarde, para dejar de una vez este mundo engañoso e irme a mi verdadera patria –, le confesó a un reportero. Su ejecución estaba programada para el martes. El redactor de prensa no supo qué responderle. El reo le dio un abrazo con toda su corpulencia y tomándolo por los hombros se le quedó mirando directamente a los ojos. A lo lejos sonaban las olas.

La noche del lunes, durmió alrededor de tres horas, poco más. El mar esa vez estuvo bravo y escuchó el estruendo de una tormenta lejana. Cayó algo de lluvia sobre Castro. Se sentó largas horas a un costado de su cama atisbando en un ángulo incómodo por la ventana. Pensó en el mar y en los fiordos, en el viento que arreciaba y en los botes y barcos pesqueros y balleneros. Imaginó los estrechos y las pequeñas islas de quebradas indomables.

La mañana del martes, el día de la ejecución, seguía con su estado de ánimo contemplativo. Comió dos platos de cazuela, media gallina asada, una copa de vino, un pan, y remató el desayuno con una taza de chocolate.

Pero cuando sólo quedaban minutos para las dos de la tarde, sorpresivamente la ejecución tuvo que aplazarse para la mañana del día siguiente. Se produciría un nacimiento en el pueblo y parecía una mala idea programar para el mismo día la muerte de un hombre. Las autoridades no querían jugar con la suerte. Este cambio no afectó la moral del preso.

 Mejor, puede ser que me acuerde de algo todavía, y estas últimas horas me servirán para cerrar puertas y resolver posibles cuentas pendientes — dijo para quien quiso escucharlo.

Aquel día extra de existencia recibió también muchas visitas. La gente se agolpaba ante las puertas de la prisión para intentar conversar con el prisionero que había ganado algunas horas de vida. Esta vez se sintió incómodo e importunado. Le acosaban con preguntas que no quería responder. A todos los visitantes que colmaban la celda y el pasillo de la pequeña prisión les habló con voz firme y sonora:

— El mundo se concluyó para mí, debo pensar en la eternidad y necesito silencio. 

Varios creyeron reconocer tristeza y nostalgia en sus palabras. No parecía tener miedo, mas sí una añoranza que cargaba sobre sus hombros y en su conciencia. 

Al caer la tarde, los visitantes lo abandonaron. Afuera, el agua se había calmado. Se escuchaban algunas aves marinas y se percibía el descenso del sol mientras las olas acariciaban la orilla que expelía fragancias marinas que inundaban la prisión y la ciudad.

Tomó nuevamente chocolate caliente y pidió que nadie lo visitara. Todo estaba saldado para él en esa vida. Esa noche, la última de su vida, durmió cinco horas y volvió a soñar con la isla. Pudo ver la espuma de las olas lamiendo las costas de ese lugar que le llamaba. Amasó la arena con la punta de sus dedos, pero no alcanzó a bajarse ni a poner pie en la costa antes de despertar. Estaba listo. 

A las seis de la mañana le sirvieron el desayuno y una hora después le hicieron compañía dos sacerdotes y un reportero. 

Las autoridades de la Iglesia iban con aire solemne, dispuestos a despedirlo y a exhortarlo para su encuentro cara a cara con Dios. 

— Recuerdo que anoche dormí el sueño más dulce de mi vida, bien tranquilo, hoy estoy ágil, con fuerzas para ir al patíbulo. Soñé con mi verdadera patria y con otro reino— les dijo, calmado.

Los sacerdotes se miraron entre ellos, confundidos. No les parecía que el preso estuviera hablando del reino celestial del Señor ni de nada que se le asemejara. Hablaba de otro lugar, de otro reino. El reo les miraba con gesto tan alegre como enigmático. No tuvieron tiempo de interrogarlo antes que ingresara a la celda el secretario de la prisión. Era la hora y debía cumplirse la sentencia dada por la mano del hombre. El condenado se puso de pie.

— Reo Ñancupel, pase adelante — dijo una voz desde el otro lado de la reja. 

Antes de los disparos, pidió que le ataran con fuerza las manos. Defendió su inocencia y luego sonrió, soñando con aquella nueva patria de libertad que lo recibiría entre el oleaje marino.

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