Ismael Sierra: “La figura del trabajador precarizado es una de las zonas de mayor vulnerabilidad del sistema.”
Ismael Sierra llega a la escritura por un camino poco lineal, casi a contrapelo. Durante su etapa escolar, la lectura y la escritura estuvieron lejos de ser una vocación: los libros aparecían más como una exigencia académica que como una experiencia de búsqueda o descubrimiento personal. Había destellos, momentos aislados de interés, pero nada que se sostuviera en el tiempo. No fue sino hasta la adultez, luego de un periodo profesional complejo, que la literatura volvió a su vida desde un lugar inesperado: como una forma de contención, casi terapéutica, nos explica.
Ese reencuentro se concreta cuando decide postular a un taller de poesía gratuito en Juventud Providencia, dirigido por Lucas Costa y Cristian Foerster. Envía un texto, queda seleccionado y algo se activa con una intensidad que no había conocido antes. A partir de ahí, la escritura deja de ser un trámite o un rechazo y se transforma en sorpresa, en asombro, en un territorio vasto por explorar. Ismael define ese trayecto con una honestidad poco común: del desprecio al ninguneo; del ninguneo, a la terapia; y de la terapia, a la maravilla.
Su formación como lector tampoco comienza en la poesía. Antes de titularse como abogado, trabaja en distintos oficios alejados del derecho y pasa largas temporadas leyendo narrativa gracias a Bibliometro. Novelas y cuentos ocupan ese primer mapa literario, hasta que un libro produce un quiebre decisivo: Un año, de Juan Emar. Esa lectura desarma sus certezas sobre la narrativa y le revela que la escritura no es un molde rígido, sino una experiencia capaz de desviarse, expandirse y llegar a zonas inesperadas. A partir de Juan Emar, casi sin proponérselo, Ismael empieza a buscar la poesía y se convierte, primero, en lector antes que en poeta.
Abogado de profesión, Sierra reflexiona con lucidez sobre la convivencia tensa y parcial entre el derecho y la escritura. Más que disciplinas que se complementan, las piensa como lenguajes que habitan países distintos, con fronteras que solo a veces se cruzan. El ejercicio jurídico, marcado por la abstracción, la lógica y estructuras rígidas, tiende a instrumentalizar el lenguaje en función de un resultado. La escritura literaria, en cambio, exige otra relación con las palabras: una que permita el juego, la exploración y la respiración del sentido. Allí donde el derecho puede volverse un bloque pesado, la poesía aparece como una forma de fuga y de búsqueda constante de espacios donde el lenguaje deje de obedecer y empiece a decir.
Proceso pendiente (Editorial Aparte, 2025) se inscribe precisamente en ese cruce inestable: nace de una biografía lectora tardía, de una relación conflictiva con el lenguaje normativo y de una necesidad vital de encontrar, en la escritura, un lugar menos rígido y más abierto a la sorpresa. No se trata solo de poemas, sino del registro de un desplazamiento: el de alguien que descubre, casi sin querer, que en el lenguaje todavía quedan zonas por habitar.

—¿Qué te impactó del mundo judicial para escribir un poema? ¿Qué tanto te impactó como para terminar en un libro?
También fue un accidente. O no sé si llamarlo accidente exactamente, porque hubo algo de intención. Un día estaba afuera de un tribunal, esperando en una fila para ser atendido, y por mera casualidad se me ocurrió escribir una especie de fichas con definiciones de conceptos técnicos, como un chiste. Nada más que eso. Pero, por algún motivo, esas definiciones empezaron a desviarse hacia algo poético, algo que yo no tenía en mente. Fue accidental, casual. A partir de ahí empecé a trabajar en lo que después se volvió la etapa germinal del libro.
Cuando ya tenía un puñado de textos, se los mostré a Gabriel Zanetti. Él me dijo: sí, dale, sigue por ahí. Y seguí. Estuve más de un año trabajando en un corpus que lograra salirse de la mirada más cliché del lenguaje jurídico: salir de la definición, del diccionario, y buscar una perspectiva distinta, tanto desde el operador del derecho como desde quien está fuera del sistema. Así, de a poco, el proyecto tomó forma hasta convertirse en el libro que acabo de publicar.
—¿Cuál es tu método? ¿Te sientas a escribir, escribes mientras trabajas, usas un blog, el celular?
Una mezcla de todo eso. Tengo en el teléfono una aplicación de notas y ahí voy guardando ideas generales, o incluso pequeños embriones de poemas. A veces ando con una libretita y anoto a mano; otras veces termino escribiendo en servilletas o en boletos. En mi departamento hay libretas desparramadas por todos lados. En ese sentido soy bien desordenado.
Cada vez que aparece la posibilidad de registrar algo, no me importa el soporte: lo anoto igual. Después reviso ese material, lo busco, veo si sirve; si no, sigo adelante. Y en general ocupo lo que algunos llaman tiempos muertos: arriba de la micro, en el metro, haciendo una fila, comprando en el negocio de la esquina… cualquier momento sirve para escribir. Lo importante es no perder la primera idea, ese chispazo inicial. Más tarde, en otro momento del día o de la semana, trato de hacerme un espacio para ordenar, revisar el material, ver si ahí hay algo que pueda crecer o si no, dejarlo ir y continuar con otra cosa.
—¿Qué es lo más bonito que ha sido para ti escribir?
Diría que intentar salir de la soledad. Pienso que la escritura es una actividad profundamente solitaria e individual: uno maneja sus propios tiempos, sus frustraciones, sus entusiasmos, ese conjunto de motivaciones que te llevan a escribir. Y claro, cuando pasas de un estado escritural a otro, el único que ve esa evolución eres tú. Pero cuando llega el momento de compartir ese trabajo con alguien más —alguien que puede ver cosas que tú no ves—, ahí ocurre algo muy colectivo. Eso me gusta mucho. Más que el tema o el acto de escribir en sí, me interesa la posibilidad de que el trabajo se visualice. No mi persona, sino el trabajo. Que desde afuera aparezcan preguntas como: ¿por qué esta materia y no otra? ¿por qué este tipo de texto y no otro? Esas lecturas externas son lo más bonito.
—¿Hay algún poema que releas constantemente? No tuyo, sino de otro autor, algo a lo que siempre vuelvas.
Más que poemas específicos, diría que vuelvo a ciertos autores. Un pequeño Olimpo personal. César Vallejo, por supuesto. También Wisława Szymborska, Mary Oliver. Y cierta línea de poetas norteamericanos cuya escritura tan cerebral me trastorna y, al mismo tiempo, me impulsa a seguir escribiendo. No para imitarlos, sino para entender cómo llegaron a eso.
—Oye, ¿y cómo llegaste a Aparte?
Accidente también. Mucho accidente. Todo es un accidente. Yo venía trabajando textos con Gabriel Zanetti y, a través de él, conocí a Rolando. Estuvimos un tiempo viendo textos juntos, y solo después supe que él era el dueño de Editorial Aparte. A través suyo empezamos a conversar, a revisar proyectos, a pensar en otros trabajos. Hasta que, de manera casi natural, terminé ahí. No fue forzado. Yo diría que fue la consecuencia lógica de lo que ya venía haciendo.
—¿Qué consejo le darías a un escritor que está recién comenzando?
Que lea mucho. Que lea de todo. Incluso los textos considerados “malos”. Cuando digo de todo no me refiero solo a literatura: también periodismo, arte, crónicas, revistas de farándula, blogs, cualquier formato posible. Creo que el lenguaje tiene esa flexibilidad, esa versatilidad para adaptarse a distintas realidades, y hasta en los textos más extraños uno puede encontrar —no necesariamente inspiración— sino material para trabajar. Muchas grandes obras nacen de ahí: de retomar un texto que nadie valoraba, de reinventarlo. Y ojalá esa lectura sea crítica, con la intención de identificar qué hay de valioso en cada texto. Porque la literatura se fortalece cuando se la piensa, cuando se la discute; y esa dimensión crítica, no sé si todas las disciplinas la tienen tan desarrollada como la literatura. Yo diría que ese es el principal consejo.

—Tú eres lector, has pasado por varios talleres —el de Zanetti, el de Lucas Costa—, y este es tu segundo libro. ¿Qué te consideras más ahora: poeta o abogado?
Diría que soy alguien que trabaja para ganarse el sustento y que, en sus tiempos libres, intenta acercarse a la versatilidad que permite el lenguaje, venga de donde venga. En mi caso, soy abogado, pero podría haber sido cualquier otra profesión. Para mí, estar conectado con la literatura en cualquier momento y lugar es casi un placer impune.
No siento que la profesión sea una limitación para explorar la lectura o la escritura. Uno puede ejercer un oficio ajeno a la literatura y, aun así, seguir desarrollando la escritura sin perderla. Porque llega un momento en que se vuelve una necesidad, un tipo de alimento. Puede aparecer todos los días, una vez al mes o dos veces al año, pero sigue siendo una necesidad. Para mí, la literatura es eso: un alimento para vivir y sobrevivir.
—Me hablaste mucho del lenguaje. ¿Qué te llevó a escribir un poemario sobre el lenguaje jurídico?
Partió con ese accidente inicial: escribir una definición y descubrir que ahí había una veta. Después vino una búsqueda más consciente. Empecé a investigar si en los últimos diez o veinte años se había hecho algún trabajo que usara el lenguaje jurídico en la poesía. Y no encontré nada. Ahí apareció la primera motivación: intentar explorar un espacio que, hasta donde yo sabía, no se había trabajado.
La segunda motivación fue el descubrimiento de que sí era posible construir distintas voces que hablaran del encuentro —o desencuentro— entre el ser humano y la justicia, sin caer en el cliché del bien y el mal, en esa lógica binaria tan instalada. El ser humano es más complejo, y la administración de justicia también lo es. Trabajar en ese cruce fue una sorpresa tras otra: ver cómo se podía humanizar algo que, en apariencia, es rígido y abstracto.
—Los casos que aparecen en tu libro son reales? ¿O están dentro de la ficción?
Es una combinación, pero la mayoría tiene base real. Algunas experiencias vienen de mi trabajo profesional. Otras nacen de noticias que circularon en su momento, tanto en Chile como fuera. Y las denominaciones técnicas que aparecen en el libro son todas reales. Lo que varía es la intención del texto y, por supuesto, la manera en que la voz poética interpreta esos elementos. Pero en esencia, es un trabajo híbrido: realidad, recorte, ficción.
—¿Por qué te interesa tanto la figura del trabajador precarizado?
Porque es un tema muy presente en las áreas en que trabajo. Es una de las aristas donde existe mayor vulnerabilidad dentro del sistema. Y aunque se ha avanzado mucho, esa vulnerabilidad persiste, solo que ahora tiene otros colores, otros símbolos, otras formas. Me interesaba explorar ello no como denuncia explícita —aunque algunos textos puedan leerse así—, sino como una manera de nombrar cómo se percibe hoy esa situación.
—La gente que te rodea y que no está vinculada a la literatura —tu familia, tus amigos—, ¿qué dice ahora que ya tienes libros publicados? ¿Qué imagen tienen de ti como poeta?
En general soy reservado con lo que hago, no ando publicitando mis textos. Pero algunos familiares y amigos ya leyeron el libro y los comentarios han sido favorables. No lo vieron como algo sorpresivo, sino como la continuación natural de algo que yo ya venía haciendo. Quienes me conocen saben que desde hace años he tenido inquietud por la lectura, la literatura y la escritura. Quizás lo que sí les sorprendió fue el material que utilicé, porque no es muy común. Pero ha sido bien recibido. Y ahora que el libro ya está afuera, me gustaría que siguiera circulando, que recibiera lecturas de distintos lugares, no solo desde la poesía, sino también desde el lenguaje en sí mismo. Ese cruce me interesa mucho.




