[Adelanto] La historia la cuentan los cerros

marzo 13, 2026
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Adaptación literaria por Cristóbal Gaete, a partir de los testimonios de vecinos y vecinas de Valparaíso, compilados y llevados a audioserie por Dominic Fuentes y Paula Becerra.

Descargar la cruz de los muertos

Un saco, otro saco de trigo. Un saco, otro saco de trigo. En este puerto, el tiempo no se mide en horas sino en sacos. Los sacos vienen como las olas, uno debe, como la arena, colocar el cuerpo para que llegue y esperar a que se retire. Así lo hace el compañero que deja el saco en mi hombro, así lo hace el compañero que lo retira. Son los que llevan el ritmo del trabajo. No importa la hora que sea, eso jamás ha importado, lo que importa es que se acabe la carga. Mientras coloco el hombro siempre pienso en el horizonte, hoy el mar está agitado. Mis compañeros hablan bajo los sacos sobre las mujeres de la calle Clave, a mí me gusta el silencio.

Apenas oscurece, mis colegas se pierden hacia la plaza Echaurren, efervescente con sus luces coquetas. Yo camino hacia el barrio Almendral con mi propio saco semivacío en el hombro. En la plaza Victoria dan vueltas hombres y mujeres en sus trajes; protegidos por paraguas, esperan por los espectáculos que comienzan siempre a la misma hora. Otro día quizá habría preferido no verlos, pero da lo mismo: el agua me limpia antes de llegar a descansar a mi habitación de conventillo. 

Al principio, parece un trueno. El más grande que he oído. Uno que no se detiene. Miro el cielo y el mar por una explicación, pero en ellos no está la respuesta. Mis pies tratan de avanzar, pero no puedo afirmarme; es todo Valparaíso el que se mueve. La gente corre sin parar, a mi lado, cae. El crujido de la tierra es más severo que el de todas las bocinas de los barcos que tronaron en la costa en el último temporal. 

*

Ahí, donde Manuel trata de hacer pie, unas horas más tarde, se aplicará la Ley Marcial a quien robe, sin criterio alguno. Augusto D’halmar narró la historia de un niño fusilado por robar un sombrero de copas a un par de cuadras de distancia. Álbumes de fotografías y los impresos de la época permiten ver ultimados a los que les dejaban la boina en la cara antes de ser fotografiados. Luego se convertirá en un campamento, una ciudad a escala donde se combinarán techos espurios y telas para la privacía en la desgracia. 

A la plaza Aníbal Pinto cayeron los muertos de los primeros cementerios de la ciudad, arrojados del cerro Panteón por el movimiento desde la altura. El golpe con el suelo abrió muchas veces los ataúdes, que se convertían en vacantes para tantos fallecidos sin lugar. 

*

Manuel llega al portón del puerto, se encuentra con las caras pálidas de sus compañeros. Parecen haber sido despertados abruptamente, la ciudad entera lo fue. “¡No hay trabajo hoy!”, grita el capataz. No es el primer día que escuchan esto, no será el último. Asoman la cabeza y ven la bodega chueca sobre la superficie del muelle, las grúas borrachas encima. Son muchos los que se miran ahí afuera, dando vueltas en una ciudad hecha escombros. 

Se comienzan a dispersar, pero Manuel se queda unos momentos allí. Otros también, en shock y conversando cómo llevar comida a su familia. Oye un carretón, viene el capataz de la faena anterior montado.

–¡Arriba Manuel!

Con una mano se toma de su jefe, con otra se apoya en el borde de la madera tirada por caballos mientras salta. 

–¿Para qué tantos caballos? 

Con un animal de estos bastaría para fletar mercadería entre el matadero y los mercados, pero el Cardonal quedó botado. Con dos para subir el cerro con una carga liviana. Pero este carro tiene cuatro animales.

–Porque hay que cargar pa arriba, Manuel. 

Su estómago cruje junto a la carreta galopando sobre las calles adoquinadas. Unos metros más allá, crujirá más fuerte, al pasar al lado de las ollas comunes donde se alimentaban los trabajadores y sus familias. En otros se le quitará, como al ver la treintena de caballos muertos en calle Independencia. Cada edificio caído daba espacio a las tiendas donde la gente se protegía. 

No conforme con el terremoto, la ciudad había comenzado a arder. Como si todos los braseros prendidos del puerto se voltearan, el camino debía hacerse entre incendios que iluminaban la cara abismada de las personas, en un fuego que duró días. Sus compañeros del carretón iban entonando, bajito, la canción popular de esos días:

Y la noche estaba oscura

como estaba el firmamento,

y la tierra se movía

con un gran destremecimiento

Y aquí´stoy yo

y usté también

como en la noche

del diez y seis

Y del cielo se bajaban

unas fieras llamarás

tan grandes que parecían

que s´iba a incendiar el mar.

*

Nunca había pensado que los sacos de trigo huelen bien. Nunca había pensado que su carga era estable, pareja, compacta, prensada para ocupar de la mejor manera posible el saco en toda su extensión. Ahora, en mi hombro, estos sacos hieden, y los huesos desparramados dentro a veces se clavan en mi espalda, mis costillas, mi cuello y mi espalda. Parecen aferrarse a mí, a la vida. Apilados, se acomodan antes del sueño.   

Una vez arriba del carretón, mi antiguo capataz se vuelve un Caronte que navega cerro arriba castigando a los animales. Ahora soy un estibador más de este trabajo. Mis antiguos compañeros de faena siguen conmigo. Al ver una mano femenina dicen: 

–Nunca vimos a Manuel con una mujer tendida a sus pies. 

*

Solo una vez Manuel había cargado cuerpos antes. En mayo de 1903, junto a otros trabajadores portuarios, decidieron rebelarse para lograr mejoras en su condición laboral. Aquel día partió con destrozos a la maquinaria del puerto, pasó al barrio Puerto donde cayeron los primeros compañeros, hasta llegar a la puerta de la prensa patronal de El Mercurio donde se percutaron los últimos disparos para reprimir la agitación.

A los caídos, siete según la memoria popular, se les hizo un funeral multitudinario, en el que fueron llevados en andas. La primera vez que cargó un cuerpo Manuel fue por segundos, con esos santos proletarios que ya nadie recuerda.  

*

Cuando miras los cerros desde el plan, como lo hacen casi todos los visitantes, parecen siempre empinados. Pero, cada uno tiene momentos donde se asientan y permiten momentos de descanso. A veces eso es el final. Arriba en el cerro Merced está el fundo Pajonal. Cerca de ahí los porteños decidieron, luego del terremoto, abrir una fosa común. Porque no había carros fúnebres suficientes, tampoco camposanto que diera abasto. Los muertos merecen un lugar.  

Allá llegaba Manuel y sus compañeros. Descargaban los sacos, los cuerpos. Con los días, se encontraban a la gente rezándole a sus fallecidos. Al terminar la faena, ya no había ánimo ni dinero en el bolsillo para ir a Echaurren. Silenciosamente se persignaban para ir a la olla común donde nunca les dijeron nada por hacer esa labor. 

*

Cada 16 de agosto, subí el cerro a ver a los que tiré al hoyo. Ya no tenía que llegar en caballos. Mi conventillo se quemó y en la misma olla común me dijeron de un pedazo de tierra que podía ser mío en el cerro. Así fuimos creciendo hacia arriba, acompañando a los muertos. Las personas que venían de visita tomaron ramas de los árboles e hicieron una cruz. Dejaron una lista con nombres de sus muertos. A veces me quedo leyéndolos en silencio, pero jamás logro terminarlos. 

*

La Cruz de los muertos del cerro Merced sigue estoica al paso del tiempo. Hoy todos los martes se prenden velas, recordando a quienes allí quedaron. Están cerca, las casas que los rodean pueden abrir la cortina y ver el monolito. Hogares que están sobre la muerte. 

Hace algunos años los vecinos y las vecinas armaron un mosaico para homenajear sus muertos. Cada pieza podría haber sido perfectamente una persona anónima de las que falleció en el terremoto. A comienzos del siglo XX la densidad de población de Valparaíso no tenía nada que envidiarle a la de Santiago. Desde el 2014 tiene una placa que estima en más de dos mil personas los enterrados. “A la memoria de las víctimas del terremoto de 1906- Los vecinos”, reza bajo el monolito que contiene la cruz, sobre el rostro de Cristo. A pasos, otra estructura similar recuerda a las víctimas del incendio del 2014. 

Quien nos narra esta historia es una vecina, que se recuerda sentada en la Cruz de los muertos en la década de los setenta, luego de salir del colegio, jugando con todos sus compañeros y compañeras, ¡hasta partidos de fútbol allí! También recuerda a los vecinos, conversando. Cuando había que hacer una reparación, la hacían entre todos.  

Desde que luce enrejada la actual plaza del recuerdo, le piden permiso con rezos para entrar. Se dice que a veces se ven fantasmas a deshoras: son los muertos del terremoto que siguen sus actividades, minutos antes de las 20 horas del 16 de agosto de 1906.

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