Sebastián y Eduardo Lavados: La responsabilidad de que una tradición no muera

marzo 24, 2026
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Atraídos por las melodías del canto a lo divino y los bailes chinos, la dupla de hermanos cineastas quisieron difundir estas expresiones culturales del campo a través del cine. En un filme protagonizado por dos hombres mayores que han dedicado gran parte de sus vidas a cultivar estas artes, Arnoldo Madariaga y «Caballito Blanco», muestran cómo estos ritos y la sabiduría campesina persisten, aunque estén casi ocultos para los habitantes de las ciudades.

Cantando me he de morir,

cantando me han de enterrar

y cantando he de llegar

al pie del Eterno Padre,

dende el vientre de mi madre

vine a este mundo a cantar.

El gaucho Martín Fierro (José Hernández, 1872).

Un señor de chupalla y frondoso bigote blanco riega sus cultivos en la comuna de Cartagena. Camina con dificultad. Se sienta en un pequeño piso, observa el campo mientras el agua va avanzando por la tierra. Espera. El tiempo pasa lento. Su nombre es Arnoldo Madariaga Encina.

Otro, de barba canosa, guitarrea al animar el almuerzo en un pequeño restaurante en San Felipe. Se ríe. Aunque su nombre es Óscar Montenegro, desde niño lo conocen como Caballito Blanco.

Ambos se han dedicado al trabajo del campo. Pero quizás más importante es que los dos son representantes de dos tradiciones chilenas, de una historia larga que se estira hasta nuestro tiempo: el canto a lo poeta y los bailes chinos. Arnoldo Madariaga, de hecho, obtuvo junto a su familia el reconocimiento estatal de Tesoro Humano Vivo, por su trayectoria como payador, poeta y cantor popular. Montenegro, que igualmente canta e improvisa, también forma parte del Registro de Cultores del Sistema de Información para la Gestión del Patrimonio Cultural Inmaterial que mantiene el Estado.

Arnoldo Madariaga y Caballito Blanco son los protagonistas del documental He de morir cantando, estrenado en 2025 y codirigido por los hermanos cineastas Sebastián y Eduardo Lavados. Jóvenes de ciudad, con estudios en Chile y el extranjero, al conocer el canto a lo poeta se sintieron rápidamente atraídos por la tradición y sus melodías. Entonces les resultó natural trabajar juntos para hacer un documental, Sebastián más enfocado en la cámara y Eduardo, en la edición, para plasmar ese mundo. 

Entre otros festivales, el filme se presentó en el 21° In-Edit y también en el Encuentro Internacional de Payadores de Casablanca, a mediados de febrero pasado. En los próximos meses, realizarán una serie de exhibiciones del documental, por ejemplo, el 21 de mayo en el Teatro Municipal de San Felipe, tierra de Caballito Blanco.

El acercamiento a las tradiciones

Sebastián Lavados cuenta que, cuando decidieron hacer la película, comenzaron a asistir a vigilias y a conocer a distintos cultores, hasta que conocieron a Arnoldo Madariaga y a Caballito Blanco y decidieron que el documental mostraría parte de sus vidas. Desde entonces, los visitaron numerosas veces.

En el documental, Arnoldo Madariaga reflexiona sobre su historia, su saber y sobre el canto a lo divino, que se practica en vigilias y festividades religiosas. Los cantores, con guitarra o guitarrón, interpretan melodías en décimas, con distintas entonaciones campesinas, que relatan historias bíblicas.

El filme nos muestra también a Caballito Blanco, quien participa como alférez de un baile chino, danza devocional característica del Norte Chico y la zona central de Chile, heredera del sincretismo entre expresiones indígenas y el catolicismo traído por los españoles. Cada agrupación tiene su propia vestimenta y sus sonidos particulares, pero todas comparten un baile basado en saltos, que es acompañado por el ritmo monótono de tambores y flautas. El alférez canta en coplas octosílabas para alabar a una imagen sagrada. El resto del grupo repite a coro su rezo.

“Fueron como dos años de ir conociendo distintos aspectos, los encuentros, los bailes, hasta ya tener material suficiente y después ir y grabar específicamente lo que necesitábamos”, relata Sebastián.

En los encuentros y las vigilias se encontraron con personas acogedoras, acostumbradas a recibir cantores. Sebastián recuerda: “Hay mucha amabilidad. Uno llega y te dan comida, te sirven. Hay una reunión humana que acompaña esos ritos. Se siente esa festividad, esa cercanía humana”.

“Bailamos también, aprendimos a bailar chino y yo bailé tres o cuatro veces, porque consideramos que era parte del proceso investigativo”, agrega Eduardo.

Eduardo plantea la idea de que la ciudad, de donde ellos vienen, y el campo “son mundos colindantes”. “La inserción en los mundos de cada uno (de los personajes) fue super natural, fue super orgánico cómo se dio. Ellos nos abrieron las puertas de sus casas y de su corazón”, dice. 

Sebastián añade: “También están acostumbrados a eso, porque ellos cumplen con ese rol de entregar conocimiento, entonces va gente a aprender la guitarra… Están muy acostumbrados a que vaya gente a consultarlos y a aprender de ellos, a querer aprender de los bailes chinos o cómo se escriben las décimas. Son como maestros”.

—¿Cómo llegaron a este tema de los cantores populares en general y, en particular, a estos dos personajes?

Eduardo: Para mí esto empezó porque un día leí en el diario El Mercurio que don Arnoldo Madariaga había sido declarado tesoro humano vivo. Me llamó mucho la atención y fue para mí el enganche que me hizo decir, «¿Qué es esto? ¿Cómo es posible que esto exista y yo no lo conozca, que nunca me hayan hablado nada de esto?”. Y ahí empezamos a investigar.

Sebastián: Yo tengo el recuerdo de haber escuchado un cassette o un disco en la casa de mi papá o de un amigo. Me llamaron mucho la atención las melodías, la sonoridad. Conecté inmediatamente con el sentimiento de la melodía. Y en ese momento yo estaba no sé si estudiando o terminando de estudiar cine y mi hermano también estaba con el mismo entusiasmo, entonces dijimos “Hagamos un documental de esto”. A mí también me llamó la atención no conocerlo. De alguna forma nos propusimos darlo a conocer. Esa fue nuestra primera motivación.

Eduardo: La sorpresa de darse cuenta de que no conocíamos esto fue proporcional a las ganas que teníamos de darlo a conocer. Teníamos una fuerte sensación de compromiso de hacer un rescate patrimonial.

Sebastián: Era algo valioso. Nos llevó a conectar con algunas raíces, quisimos llevarlo a más gente. Y de ahí, empezamos a asistir a vigilias. Creo que la primera fue la de Lourdes, en Quinta Normal. Ahí empezamos a conocer personajes, conocimos a don Domingo Pontigo. Después conocimos a don Arnoldo y fue como “ya, este personaje tiene más magnetismo, carisma, algo más arquetípico”. Cuando conocimos su casa, cómo vivía y a toda su familia, fue muy claro que era nuestro personaje. Después llegamos a Caballito Blanco y al mundo de los bailes chinos. Nos empezamos a debatir en cómo incorporar los bailes chinos, porque en un principio Caballito Blanco era un personaje cantor. Y de a poco fuimos metiéndolo (al documental) como alférez del baile chino y al final decidimos: Caballito va a representar la tradición de los bailes chinos y don Arnoldo va a representar la tradición del canto a lo divino. Igual se mezcla, Caballito también es payador.

—Es verdad que hacen las dos cosas, porque el alférez también recita e improvisa.

Sebastián: Sí. También nos pasó que era muy agradable ir a grabar, ir al campo, conocer a estos personajes en el campo. El sentimiento que transmitía don Arnoldo en el campo, era un sentimiento apacible y sereno de trabajar en el campo.

La supervivencia de los ritos y el lenguaje del campo

En Caballito Blanco y en otros integrantes de los bailes chinos, Sebastián y Eduardo vieron el compromiso con mantener la tradición. 

“Está esa responsabilidad de mantener el rito, porque cada uno de esos bailes es distinto. En San Esteban se para en ciertos lugares y se le canta a La Cruz. En Chacayes, nueve días antes del baile chino hay un rezo continuo que hacen unas señoras (la novena); tienen que hacer un rezo continuo sin que se detenga. Todos esos elementos súper particulares nos apasionaron, como la figura del Cristo pobre, que es algo que se remonta hasta uno no sabe dónde, y se mantiene el conocimiento ahí. Nos atrae ese misterio: de dónde surge el rito y el valor de mantenerlo”, explica Sebastián.

El título del documental, de hecho, está basado en un verso de Martín Fierro, obra clásica argentina escrita en versos octosílabos, que cuenta la historia de un gaucho.

“Nos pareció que (esa frase) expresaba este espíritu de vivir por una tradición, que de alguna forma es lo que llevan en sus hombros ellos dos”, dice Sebastián. “Vimos en Arnoldo Madariaga y Caballito Blanco eso: la responsabilidad de que una tradición no muera. Estos dos personajes están llamados a sostener esa responsabilidad en sus hombros. Es mucho más fácil decir ‘prefiero pasar mi domingo haciendo algo que sea beneficioso para mí no más’. Por eso dejamos esa cuña de don Arnoldo en el documental, cuando dice que el ser humano tiene que servir para algo, no solo para sí mismo, sino también para el resto. En esa entrega a la tradición hay altruismo. Hay tiempo, hay esfuerzo, que no les da riqueza; o sea, les da riqueza espiritual. Es un contrapunto entre la riqueza material y la riqueza espiritual, que es también muy cristiano. No queríamos que el documental fuese una obra cristiana, pero sí valorar esa riqueza espiritual de hacer algo por un otro”.

—Hay una investigadora del folclor, Patricia Chavarría, a quien le escuché contar que las cantoras campesinas están muy conectadas con la naturaleza. Recuerdo mucho una escena del documental en que don Arnoldo está con sus ovejas y les habla, les dice cariñosamente “Ah, ya están enojadas, no se enojen”. ¿Cómo aprecian ustedes en don Arnoldo y en Caballito blanco la relación con su entorno natural?

Eduardo: Lo que observábamos era mucha interacción. Interacción entre don Arnoldo y sus ovejas, entre don Arnoldo y los pájaros, entre don Arnoldo y los distintos tipos de vientos o los distintos tipos de lluvias. En cada una de ellas hay un mundo de sutilezas que solamente se logra viviendo en esa realidad. Uno va para allá y percibe el 20 por ciento de lo que realmente está percibiendo don Arnoldo.

Sebastián: Fue siempre un desafío cómo traspasarlo al documental. Como que había estando con ellos siempre decían cosas que a veces era muy difícil. Para nosotros por lo menos fue un desafío cómo poder transmitirlo sin que fuera dicho. Porque don Arnoldo decía que la naturaleza estaba siempre estaba revelándole secretos: en el sonido del viento con los árboles, en el cantar de los pájaros. Nosotros sentimos que él tiene una comprensión de eso, pero que para nosotros es totalmente inaccesible. Yo sentí siempre esa barrera, también con Caballito, que siempre hablaba cosas que uno, con una forma de pensar mucho más racional, intenta entenderlo, pero en verdad uno rellena, no lo entiende de verdad. Para poder entenderlo, yo creo que uno tendría que realmente tomarse el tiempo de vivir como viven ellos. Finalmente, tiene que ver con vivir en esa comunidad con la naturaleza, en la que no piensas que tal pájaro significa tal cosa, sino que ya sientes. Ya sabes que mañana va a llover porque tu cuerpo está en sintonía con la naturaleza, como que se hace parte de ella. Y también de esa naturaleza que es tu territorio.

—El documental está en blanco y negro y se llama “He de morir cantando”, no “He de vivir cantando”. Y nos muestra una vida de campo que se ha vuelto más dura, porque hay sequía y eso dificulta tanto la siembra como la crianza de los animales. Eso lo explica muy bien don Arnoldo en el documental, cuando dice que ya no va a poder tener tantas ovejitas. Pareciera que el documental quiere transmitir que esta es una forma de vida que está extinguiéndose, aunque también hay un contraste, porque también hay personas más jóvenes en ese mundo.

Eduardo: Sí, eso es lo que narrativamente queríamos transmitir. El estilo de vida, por ejemplo, de don Arnoldo Madariaga, está desapareciendo. El de Caballito no, porque es más un obrero agrícola que está más conectado con la ciudad. También queríamos generar una especie de nostalgia de un pasado que ya fue. Quizás no va a terminar de ser nunca realmente, pero al menos en la película se crea ese sentimiento y esa ilusión de que es un pasado que ya se está está desapareciendo.

Sebastián: Nos interesaba la pregunta de qué pasa cuando un estilo de vida desaparece y qué es lo que ese estilo de vida trae consigo. El ser humano encuentra saber, conocimiento y sabiduría en su contacto con la naturaleza. Para la persona de ciudad hay una desconexión. La persona de ciudad no accede a ese contacto con la naturaleza, de vivir con el ciclo de la naturaleza. Creemos que en eso hay una posibilidad que tiene el ser humano. No digo que una forma de vida sea mejor que otra. Pero nos preguntamos, si hay manifestaciones culturales asociadas a un estilo de vida, ¿qué pasa cuando ese estilo de vida desaparece? Cuando hay algo que está siendo transmitido corre el riesgo de perderse. Y si las tradiciones se pierden, hay algo que se muere. Se pierde la posibilidad de entrar en contacto con un conocimiento.

Eduardo: O se pierde o se transforma. Porque puede que la camada nueva de jóvenes también haga canto a lo poeta o canto a lo divino.

Sebastián: Justamente, siempre nos preguntábamos eso, porque qué pasa si se sostiene esa tradición, pero vinculada a un estilo de vida distinto. Quizás hay algo que muere.

Eduardo: Claro, quizás sería un canto a lo poeta mucho más urbano que perdería ese contacto tan rico con la naturaleza.

Sebastián: Y esa es la esencia que queríamos rescatar.

AUTOR/A/ES
POR 
Mariana Ardiles
Periodista y politóloga. Originaria de Copiapó y habitante de Santiago. Escribe décimas sobre las costumbres, la actualidad y la nostalgia en su proyecto Decimario (@decimario.cl). También escribe cuentos.
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