Volviéndose océano, canto y cuerpo refractarios. Así se tejen las políticas del amor en rebeldía
Vamos a defendernos/ vamos a defendernos con canciones/
ideas/la voz /con poemas/tejidos/dibujos/acciones
(Telarañas, 2017)
Desconquistemos el mundo mi amor
(Performance 2020)
Regina José Galindo
Ya el título y el subtítulo de esta primera parte —habría tres más—, forman una rica conjugación de imágenes —incluyo en esto el sentido visual que cada palabra tiene en su tipografía— que inauguran este hermoso libro que nos entregan hoy Eugenia Prado y Miguel Norabuena. Aquí se deposita mi lectura para realizar esta presentación, pues me parece que son imágenes que abren una imaginación poética y política: devenir, océano, micropolítica, epistolar, esquizo. Estas son las cinco expresiones imaginativas que en su conjunto y en singular se despliegan en figuraciones perceptivas que formulan un deseo: convertirse en agua, es decir, en vida plural, en complejidad, en colectivo, en conocimiento, incluso en útero —por supuesto que no en el sentido de aquel órgano que es disputa del mercado, de la religión, de la ciencia y del patriarcado— sino un espacio creado donde pueda habitar la vida humana y no humana con su correlato vital, la muerte, esa “zona muda” de la que habla el poeta Enrique Lihn.
El contenido de las imágenes se continúa en el libro a través de un lenguaje que es también oceánico, vale decir, de movimientos de comunicación lentos, extendidos, ondulantes y directos, sonoros, vivos, con fuerza intensiva. En este palabrar en el decir de Cecilia Vicuña, confluyen los tejidos de la memoria, de la experiencia, del amor, del dolor, incluso de la rabia y el odio como legítimas emociones contra patriarcales. También desembocan en este océano el arte, la literatura, la música, la performance y ciertas lecturas teóricas que agitan el torrente de los mensajes trayendo procesos nutridos por afectos, percepciones y tiempos. Sí, el afecto, la percepción y el tiempo son generados en el libro, tal como los sugiere Deleuze, como potencias artísticas que proponen nuevas vías de existencia y que tienen como tejido basal, el amor. Desde luego, el libro es una política del amor, eso sí, del amor en rebeldía, aquella fuerza que está por fuera de los dominios del amor romántico y caritativo, más bien es un proyecto amoroso que deviene en philia, en la afinidad, el afecto y en el beneficio mutuo, en el deseo en común y singular, aquel que se construye en diversidad y por lo mismo, es el que se teje con complejidades y teje complejidades. Con esto que menciono me interesa redundar en la metáfora del agua como elemento insubordinado, cada misiva del libro se convierte en un afluente ético y político de movimientos amorosos desde donde se observan y se viven las relaciones con y en un mundo absorbido por el voraz capitalismo global, patriarcal, racista, homofóbico, transfóbico, biofóbico, etc. Un mundo “normopático” como dice Miguel Norambuena, el que promete salvarnos del miedo inundándonos de él, ese es el despiadado juego de su cerco.
Ante esto, la sugerencia que trae el “devenir” y que traen las aguas del mar responde a un “volverse océano” como lo proyecta Eugenia Prado a partir del bello texto de Khalil Gibrán “El río y el mar”: “Solamente entrando en él [el río entrando al océano], el miedo desaparecerá, ya que únicamente en ese momento comprenderá que no se trata de desaparecer sino de volverse océano”. Los miedos anticipados a perder lo que fuimos, lo que somos o lo que tuvimos o tenemos, se diluyen cuando se comprende que somos potencias de transformación ética y política. Entonces, por la comprensión de que somos o podemos devenir en “compost” (Haraway) de mareas micropolíticas, es factible que podamos habilitar formas politizadas de acción colectiva capaces de transformar modos de vida mandatados, relaciones de poder y éticas del cuidado.
La micropolítica en esta entrega dialógica de cartas electrónicas que viajan de un correo a otro, de un continente a otro, cruzando virtualmente el océano de ida y vuelta, toma las riendas de entramados políticos dentro de un lenguaje narrativo directo, literario y también poético —además del sonoro y visual. Es lenguaje que abre espacios y tiempos inventados —creativos, politizados; demorados—, es comunicación subversiva que se da por medio de una “micropolítca de la intimidad”. Un espacio y tiempo íntimo donde la experiencia amorosa más allá de lo humano, es factible, por lo tanto, es una invención posible que va a contracorriente de los espacios y tiempos universalizantes y neoliberales de los esquemas de dominio. En este sentido de una micropolítica como práctica de la intimidad, el libro podría estar preguntándonos a la vez que preguntándose: si estuviéramos inventando, rediseñando, al mismo tiempo que defendiendo espacios y tiempos que nos pertenecen ¿Qué formas puede tomar el vínculo con otres? ¿De qué maneras el otre permanece en una, incluso en su ausencia? ¿Cómo se habita el encuentro con el otre? Estas preguntas que, sin ser evidentes, me parece, atraviesan sutilmente el libro, abriendo una extensión ética y política, una extensión oceánica de la experiencia y la existencia. Sé que esto es redundante en esta presentación, pero sostengo que la redundancia es políticamente necesaria. Así, estar con otres, sugiere el libro, podría comprenderse menos como un estado y más como un proceso ético en movimiento: una práctica de atención, de responsabilidad y de invención compartida, donde el “con” nunca está asegurado, pero tampoco desaparece. Por lo tanto, lo que aquí leo es una intimidad como territorio existencial, como experiencia compartida, el deseo por el otre y por una misma, el otre y yo expandides.
La intimidad entonces que nos devuelve el libro, es una experiencia sinestésica, podemos sentirla, verla, tocarla y escucharla, es decir, las cartas entre Eugenia Prado y Miguel Norambuena nos invitan a participar de una propuesta de lo que podría ser un “des y conocernos” como un suceso que se teje en un espacio y en un tiempo revolucionarios. El libro impulsa hacia la lectura de hablas, pérdidas, miedos y especialmente hacia la posibilidad de soñar en el sentido borgiano, es decir, un sueño dirigido y que además sea acción subjetivante y refractante. Se trata de un modo de averiguar “en esta noche, en este mundo” como dijo Pizarnik, qué es vivir. Cómo seguir viviendo. Esto sea tal vez la invitación de Devenir océano, un momento en el que inventamos junto a otre, un modo de leer y de escribir, de hablar, se soñar, de escucharnos en otre humano y no humano y también en la muerte.
Por lo demás, a esto se suma que se trata de una “micropolítica epistolar esquizo”, o sea, es un texto que contiene subjetividades que no responden a ni con lógicas estructuradas por los sistemas de dominio, no revelan emociones normales o normalizadas. Los caudales de estas subjetividades dislocadas quieren “volverse agua” o entienden que se volverán agua —son voces y cuerpos en saberes—, puesto que el espacio escritural como territorio inventado y con su temporalidad también creada, es un momento esquizo. Son experiencias de desvío, de desconexión con la realidad patriarcal-neoliberal que van hilvanando tramas de intimidad. No se trata de una desconexión burguesa de las violencias del mundo, para vivir tranquilamente la vida en un sí mismo, más bien tiene que ver con el deseo y la acción de una relación diferente con el mundo como ya lo ha señalado Guattari. En este sentido, las subjetividades, las voces y cuerpos esquizo que recorren estas cartas se hacen en un movimiento inseparable del deseo y con ello, tienen poder de acción, plantean una quiebra en el canon social de comunicación.
Ya casi al terminar, no puedo hablar de todo lo que leí, vi, sentí y escuché en este libro de correspondencias, pero sí me gustaría referirme de manera breve a otros aspectos del libro. El primero, el dibujo de Miguel Norambuena realizado con lápiz pastel sobre papel, llamado “Devenir canto I” y que al parecer pertenecería a una serie llamada “El canto de los pájaros”, también se hace parte del espacio extensivo del título. Se trata de una insinuante imagen de un pájaro “alterado” que se inicia en la portada, para continuarse con otra fracción de su cuerpo más adelante, hasta que su imagen aparece completa al cierre del libro. Me hace mucho sentido este proceso de aparición fragmentaria del ave, me hace pensar en un cuerpo esquizo que manifiesta su derecho a la opacidad. Sí, a la opacidad, porque la imagen finalmente completa del ave, no obedece a la transparencia de lo uno —codificación anhelada por los sistemas de poder—, sino que es producto de las experiencias que se van hilando en el común de las micropolíticas que promueve la escritura. Comprendo esta imagen de cierre de esta primera entrega de misivas, como la sutura amorosa de un cuerpo espantado, pues Miguel Norambuena nos devela la familiaridad que su dibujo tiene con aquel pájaro asustado de Paul Klee, el “Angelus Novos”. Así entonces, volverse océano también es volverse canto y cuerpo esquizo.
Por otra parte, estos devenires esquizo que habitan esta micropolítica de la intimidad, transcurren en un tiempo de creación que va desde el 2 de febrero de 2022 hasta el 9 de marzo de 2023. Es un tiempo ralentizado de correspondencias, en el cual la autoría de emisores y remitentes no es mencionada, no existe un yo individual o autónomo, no hay nombres, lo que está es el espacio y el tiempo de la escritura y sus relaciones; y ahí sí hay nombres que hilvanan la conversación colectiva de la experiencia. Destaco la presencia permanente de John, su cuerpo, su amor, su música, su memoria, su militancia, su voz, su enfermedad, su resistencia ante la muerte inminente que habita en la vida. John devino océano. Su arte musical es posible escucharlo desde el mismo libro, aparece descargando dos QR que llevan a su última composición Campo NEO (comunista) Psíquico y casi al finalizar las cartas, nadamos en la música que compuso para Hembros. Debo decir que la música de John Streeter, desde su primera entrada, fue mi compañera de navegación durante gran parte de mi lectura, no pude dejar de escuchar su potencialidad junto a las otras voces de estos “recados”, como inventaría Mistral.
Y, por último, esta vibración vital de la música más todo lo que he mencionado, se entrecruza a una riquísima intertextualidad de diálogos críticos que potencia la política del amor rebelde comenzando por los epígrafes, los que convocan a practicar una ética del vivir no sólo entre humanos, también entre y con la vida no humana. Esta política conversacional esquizo se intensifica todavía más a partir de una constelación heterogénea de restos o fragmentos de textos —de Hembros y Lóbulo a la ecosofía, el conocimiento chi’ixi (cheje), la poesía, Deleuze, Guattari, Glissant, Marx y el feminismo, etc.—, que no se pierde en su fragmentación. Son hilos rizomáticos enlazados que reconocen el origen de la precarización de la vida, señalando a sus responsables: los colonialismos patriarcales capitalísticos, desde sus raíces ilustradas hasta sus expresiones contemporáneas, que han legitimado guerras y genocidios.
En fin, el libro de Eugenia y Miguel es mucho más de lo que logré decir hoy, en él no dejan de activarse energías vitales, políticas de lo cotidiano e intercambios esquizo refractarios que convocan a devenir océano, canto y cuerpo en rebeldía.



