“Con nada hacemos un mundo”: el oficio tipográfico de El Enigmático Señor de los Afiches
Por Camila Sierra y Eduardo Farías
Para algunxs la impresión tipográfica con tipos móviles se trata de patrimonio. También de la recuperación de los viejos y olvidados oficios. Otrxs lo llamaran revival; sin embargo, este término no se podría relacionar de ninguna manera y en ninguna dimensión con la práctica tipográfica de El Enigmático Señor de los Afiches, sino más bien, es todo lo contrario. Pues Walter Uranga –el humano tras la máscara y Walterio para sus amigxs– va como caballo de carrera galopando a toda velocidad en un oficio en peligro de extinción y que a toda costa se niega al olvido.
Aunque hoy pareciera que está en boga, muchxs no saben a ciencia cierta qué es la tipografía, ya que es un concepto polisémico y su definición tradicional está siendo olvidada: “el arte o técnica de reproducir la comunicación mediante la palabra impresa”, según Ruari McLean. Básicamente, es el mismo modelo inventado en China y que perfecciona Gutenberg cerca de 1440.
El tipo móvil es un paralelepípedo recto de metal, de altura uniforme y las demás dimensiones variables, según el tamaño de la letra que ha de reproducir, nos indica Mauricio Amster en Técnica gráfica. Esta pieza está fabricada a partir de la aleación metálica de plomo, estaño y antimonio, que lleva un carácter en negativo, es decir, invertido. Si la altura de la letra es grande, se solía usar madera o la combinación de metal y madera.
La importancia del tipo móvil para la comunicación y propagación del pensamiento es fundamental. Con estas pequeñas y grandes piezas se imprimieron desde periódicos y libros con ideas muchas veces incendiarias, volantes para lanzar al cielo con alguna consigna en una protesta de principios de siglo, afiches para empapelar las calles en momentos de revueltas, hasta boletas entregadas en el comercio hasta hace pocos años atrás.
A pesar de haber cambiado la historia, este oficio fue decayendo, transformándose principalmente con el avance de la fotocomposición, la impresión off set y, actualmente, de la impresión digital. Hasta hoy existen tipógrafxs que han luchado al pie del cañón para mantenerse activos, pero tristemente no todxs lo han logrado. Así, negocios familiares que resistieron hasta más no poder han muerto. Traspasaron esa antigua pero precursora tecnología a entusiastas de la tipografía o, en el peor de los casos, vendieron por kilo esas enormes e increíbles moles a chatarrerías, lo que refuerza la extinción y el olvido de esta hermosa técnica.
Luego del inevitable descenso, diversos proyectos gráficos latinoamericanos toman fuerza desde el comienzo de los años 2000, revitalizando el uso de tipos móviles, además de otras técnicas que también han estado en peligro, pero que, sin embargo, han vuelto a la vida, como es el caso de la cianotipia. De ahí en más, la explosión de las artes gráficas no es una sorpresa para nadie: ferias, encuentros, gente que se juntaba y se sigue reuniendo a aprender uno u otro oficio gráfico, desde el esténcil a la serigrafía, pasando por el grabado hasta llegar a la puesta en valor de la impresión con tipos móviles olvidados en talleres y garajes de las periferias de Santiago o cualquier ciudad de Sudamérica.
Tanto así, que durante el 2025, proyectos gráficos chilenos y de otras latitudes de América del Sur, como Laboratorio Artífice, Prensa La Libertad, La Cómplice Letterpress, Imprenta Rescate y La Linterna Cali, han transitado por la región conociendo a otrxs viejxs y novatxs tipógrafxs, cuya técnica varios de ellos la conocieron por medio de estudios formales en diseño; otros, por curiosidad e interés por los libros o la propaganda. De todas formas, en su oficio se percibe la resistencia en el uso de esta tecnología análoga de impresión que ha cautivado a muchxs.
En este contexto, El Enigmático Señor de los Afiches se siente cómodo después de un bagaje tipográfico de más de cuatro décadas. Atrás quedaron los viejos débiles que se rindieron –por necesidad o agotamiento– y desertaron del oficio cuando desaparece la boleta de ventas y servicios impresa, el último bastión de la impresión tipográfica.
Walterio siempre supo que los imprenteros se olvidaron de qué eran las artes gráficas. Él, por supuesto, no lo hizo. Para quienes hemos inhalado plomo mientras se compone y se imprime, El Enigmático Señor de los Afiches es patrimonio vivo de la impresión tipográfica argentina y latinoamericana. Un colega, un profesor, un viejo loco, un gordo boludo que chorrea conocimiento, técnica y oficio, conocimientos que comparte generosamente y sin pretensiones.
Los hitos de Walter, su valor como testimonio vivo de la tipografía, y lo que lo distingue de lxs demás exponentes que hoy conocemos, no solo radica en el tipografismo de su trabajo actual, sino también el haber realizado estudios formales en su adolescencia en el Colegio La Piedad en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. Walter proviene de una tradición que ya no existe: la enseñanza de la tipografía como oficio en la instrucción pública.
Walter Uranga es hijo de obreros. Su madre fue modista y su padre, ferroviario y arquero del club del arrabal en sus tiempos libres. Este viejo loco, igual que nosotrxs, proviene de una familia proletaria, de villa, de barrio, sin lujos.
A Walter desde niño le gustaba crear con las manos, pero no le salía dibujar y tampoco pintaba bien. Por lo mismo, cuando descubrió casualmente la enseñanza de la tipografía en este colegio, no lo pensó dos veces, y junto a un amigo de su barrio, entró convencido de que los tipos móviles eran lo suyo: juntar letras de metal para componer un mensaje y mezclarlas con clichés, pensar en colores, estirarlos en vidrio, esparcir la tinta con rodillos. Diseñar de manera análoga y manual lo que estaba en su cabeza, que por lo demás no le requería mayor esfuerzo. Su talento era innato: emana de la pasión y la honestidad, primero consigo mismo y luego con el mundo.
En Chile, la educación sobre el mundo de la imprenta sobrevive en la labor de la Escuela Nacional de Artes Gráficas. También existió la Escuela Profesional Salesiana de La Gratitud Nacional, también conocida como Escuela Tipográfica Salesiana, que desde finales de siglo XIX imparte imprenta y encuadernación. La enseñanza de este oficio les permitió además a los salesianos, contar con la Editorial La Gratitud Nacional. Es más, el colegio donde aprende Walterio el oficio tipográfico también pertenece a los salesianos. Mirá vos.

Este enigmático señor, luego de sus estudios, vivió la cima y el declive de los tipos móviles en la impresión tipográfica industrial. Durante el proceso, obtuvo mucha experiencia de trabajo en el rubro. Experimentó en sus inicios laborales el trabajo gráfico parcializado: pocas horas en variadas imprentas, dos horas aquí y tres allá, así repartía su jornada. Luego de eso, varias veces montó talleres solo, en los que era su propio jefe.
Por otro lado, su amor por el fútbol –inculcado por su padre, quien jugaba al arco (misma posición en la que juega Walterio hasta hoy)– lo lleva a refundar el club de su barrio. Se lo tomó en serio y llegó lejos con su idea. Entre 1999 y 2007, época en que el oficio no estaba precisamente en su mejor momento, editó e imprimió –él solo– la revista de fútbol Amateur, alcanzando los 168 números. Con esta revista Walter logra fusionar con éxito dos de sus grandes pasiones: la tipografía y el balón pie.
Tras estos mismos procesos y transitar entre el todo y la nada, el viejo loco fue obtuso. Este fue solo uno entre todos los trabajos y aportes que ha hecho. Sin embargo, es uno de los tantos significativos, no sólo para él, sino también para su entorno. Muchxs en su barrio natal y en el que reside hasta hoy, lo recuerdan por eso. Hoy sigue participando en el club, y de vez en cuando lleva una tarjetera manual, papeles y tintas e imprime panfletos con los pibitos del barrio y que juegan incipientemente en el club.
La aparición de El Señor Enigmático de los Afiches (como personaje y alter ego), se puede datar de 2013 como un juego que se vuelve serio. No es solo el desarrollo de una estética, sino también de un oficio que decidió hacer inagotable y que le diera para comer y vivir. Su arte tipográfico resalta por su peculiaridad: uso de fondos tipográficos entrelazados con grabados –incluso de un cliché con su cara, nada más y nada menos– colores fuertes y mixturados con mensajes políticos, musicales, personales y colectivos.
Su cara, las letras, los fondos y los clichés, los imprime, principalmente, en retazos de cartón no corrugado de distintos gramajes, de un tamaño aproximado a 30 cm x 40 cm en el caso de los afiches. Pero Walter Uranga ha hecho de todo: tarjetería fina, partes de matrimonio, santitos de bautizos, volantes, portadas de libros, libros de artista, revistas.
Walter ha impreso en diversos, múltiples, únicos e impensados soportes y formatos, desde sus ya clásicos afiches hasta una caja de pizza o de papas fritas ; o mejor aún, desde una pequeña cajita de cartulina blanca con reverso café, hasta una de DVD en desuso. Hace gala de su particularidad y de lo que lleva por delante como un manifiesto materializado en su práctica: con nada hacemos un mundo, frase que escuchó al papá de un amigo migrante de Italia, que llegó sin un mango al territorio trasandino. Jamás la olvidó.
Hoy sigue haciendo de todo. Afiches tipográficos totalmente originales, arriesgados, valientes. Diferentes a lo que se ha hecho hasta ahora en el Cono Sur, con su personaje, su alter ego, su heterónimo, el que lleva a ferias a las que llega vestido con una polera con su cara (la misma que imprime con su cliché) y letras en manuscrita que dice “Walterio”.
La estética tipográfica única de El Enigmático Señor de los Afiches no solo involucra la construcción de un personaje. Esta quizás realmente no importa, y esconde al humano real que hay detrás para darnos a entender que lo importante no es solo el arte o el autor, sino también el desarrollo de un trabajo complejo y dedicado, que se hace primigeniamente desde el amor a la tinta, la imprenta, los tipos y el papel. Su práctica es política.
El paso de Walterio por la región chilena a fines del año pasado, tuvo de todo: presentación en un seminario de gráfica en la Universidad Alberto Hurtado, participación en las últimas dos ferias Kontrabando del 2025, y por último, talleres y charlas abiertas en la Imprenta Comunal de Pudahuel, invitado por la Escuela Gráfica Popular. Para quienes honramos el oficio tipográfico, no ha significado exclusivamente la visita y tránsito de un exponente que no se reconoce a sí mismo como “artista que vende su arte”. Para nosotrxs significa, más bien, haber tenido la oportunidad –y el privilegio– de escuchar, de aprender y de construir comunidad.
El amor por la tipografía que profesa Walterio y sus conocimientos no son propiedad privada, y a diferencia de otros referentes actuales del oficio, su amor desbordante sabe que los conocimientos se comparten para que la práctica no sea una mera pieza de museo, olvidada, sin ninguna función en la realidad y en la sociedad. No se trata de que ejercida por unos pocos y de manera exclusiva al tener que ser busquilla y buen negociante para obtener máquinas alojadas en viejos galpones, sino que se haga carne en todxs quienes nos hemos interesado en poner en valor este oficio, en que las nuevas generaciones, al igual que Walter, nos resistimos a que se extinga y que con ello se mantenga vivo el sonido de la imprenta al hacerla andar.



