Kamal Aljafari, cineasta palestino: «El cine es una cuestión de vida o muerte»
Desde hace dos años y medio, hemos sido sistemáticamente confrontadxs con imágenes de la guerra perpetrada por parte de Estados Unidos, Israel y los países aliados miembros de la OTAN, principalmente contra la población de Palestina y del Líbano.
El último evento ha sido la amenaza de Trump en contra de Irán, diciendo que “una civilización entera morirá esta noche” y a las pocas horas Israel lanzó 130 bombas contra la población libanesa en un rango de 10 minutos. Cada día esas imágenes son viralizadas a través de redes sociales, pero ¿qué hacer con esas imágenes? Pareciera que de tanto circular se va produciendo un anestesiamiento ¿Cómo sensibilizar sin revictimizar? ¿Es posible abordar la violencia desde otros recursos?
Parte de esas reflexiones han sido abordadas por el cineasta palestino Kamal Aljafari, que estuvo de paso en México en el marco del Festival Ambulante – Gira de documentales, para presentar su última película “Con Hasan en Gaza”. El Festival organizó además una retrospectiva con su producción fílmica junto con un encuentro llamado “Contra el borramiento: cine, archivo y política de la imagen” en la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas de la UNAM.
En la búsqueda de posicionamiento crítico desde nuestras prácticas, compartimos algunas reflexiones de lo que fue el encuentro con Kamal Aljafari a propósito del contexto de violencia extrema que estamos atravesando.
Imágenes de violencia / Imágenes de vida
Kamal Aljafari, es parte de la diáspora palestina constituida por alrededor de 7 millones de personas que han sido forzadas a replegarse en diferentes partes del mundo. En su caso, el cine se ha constituido como un medio de expresión propio y de recuperación de archivos e imágenes del pueblo palestino que no solo ha sido desplazado, sino que también todo su patrimonio simbólico, cultural, inmaterial y archivístico, ha querido ser secuestrado por parte de la entidad colonial sionista.
Por medio de sus largometrajes Hasan en Gaza (2025), A Fidai Film (2024), Un verano inusual, (2020), Recuerdo (2015), Puerto de memoria, 2010, Al Sateh/El techo, 2006 y sus cortometrajes Paraíso, XXXI, 108 (2022), Hay un largo camino desde el Anfioxo (2019), Balcones (2007), Visita Irak (2003), ha buscado también desarrollar un lenguaje que nos invite a resensibilizarnos y a imaginar otras posibilidades expresivas, narrativas y visuales desde el cine y su relación con el colonialismo.

El cineasta participó de un encuentro realizado en la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas de la UNAM –ENAC– y una de las interpelaciones urgentes y transversales fue qué hacer en este contexto, cómo desde el cine poder sensibilizar sin caer en el morbo y en la revictimización, a lo que el cineasta Kamal Aljafari comentó que el cine a es un trabajo que requiere de cierto grado de distancia para poder dar un tratamiento, “No es fácil de responder porque, por un lado, la gente siente que quiere hacer algo. Y como las matanzas masivas y la destrucción del genocidio en Palestina es algo que todavía está ocurriendo… no es el pasado, es el presente. El cine, y el arte en general, siempre tiene dificultades cuando no hay distancia. Eso es lo que diferencia a quienes hacen obras inmediatas sobre la realidad actual —lo cual está genial— desde mi enfoque: siempre siento que se necesita tiempo para la reflexión. Hay algo realmente loco en la deshumanización que sufrimos los palestinos. Al final, cualquier tipo de deshumanización hacia un grupo de personas es, en última instancia, la deshumanización de toda la humanidad”.
Es una situación paradojal porque si bien se requiere de difusión y solidaridad, al mismo tiempo el capital crea del horror un espectáculo y un mercado, a lo que el cineasta agrega, “Entonces, ¿cómo lidias con eso? Si quieres hacer cine o arte, quieres estar comprometido. Esa es la cuestión. No quieres ser solo un espectador; quieres ser más activo. Y creo que debemos ser más conscientes de que repetir estas imágenes [de horror] no es el camino correcto. Incluso si los propios palestinos te dicen: «Quiero que se repita esta imagen, quiero que se muestre». Los palestinos, como cualquier ser humano, están en una situación en la que tienen que lidiar con esto y a veces están perdidos; no saben cómo manejarlo. ¿Quién sabe cómo lidiar con un genocidio? Nadie. La pregunta es: ¿qué hacemos en estas condiciones? ¿Cómo hacemos cine comprometido pero que, al mismo tiempo, mantenga la dignidad de las personas?”, señala.
Justamente su última película Con Hasan en Gaza, es una propuesta cinematográfica que nos sitúa en tanto espectadores en otra posición. En el filime realizado a partir de material de archivo del año 2001, vemos el territorio de Gaza que hoy no podemos ver: un hombre se baña en el mar luego de salir de una cárcel israelita, otro grupo de hombres bebe en un bar, los niños corren y juegan frente a la cámara. Por cierto no es un registro ingenuo, hay edificios bombardeados, hay checkpoints, hay sonidos de disparos en la noche mientras la gente se reúne en las calles, pero aún así no deja de haber cotidianeidad, no deja de haber vida.
Kamal Aljafari señala al respecto, “Esto es lo que nos diferencia del periodismo. No digo que no se deban hacer películas donde se muestre esa realidad pero creo que el cine puede jugar un papel diferente. Para mí, era mucho más interesante mostrar el lugar tal como existía, pero no mostrar lo que le pasó, porque eso es algo que ya sabes. Hay un maestro francés que me encantaba cuando soñaba con hacer cine de ficción: Robert Bresson. Probablemente lo conozcas; deberías leer su libro Notas sobre el cinematógrafo. Allí dice cosas maravillosas. Una es que, en las películas de ficción, cuando suena el teléfono, no tienes que mostrar el teléfono; ya sabemos cómo es. El cine trata mucho sobre ocultar el tema, pero ocultarlo de forma que el espectador pueda encontrarlo. Es un equilibrio muy sutil: entre cuándo y cuánto hacerlo. Con la película Con Hasan en Gaza, me interesaba la relación entre lo que estás viendo y lo que sabes sobre lo que estás viendo. Ahí es donde logras que la gente se involucre en la película. Ahí es donde el arte se convierte en arte”.
De cierta manera es retomar la distinción que realiza Georges Didi-Huberman entre la imagen como poder y la imagen como potencia, “A mí me interesa la potencia de las imágenes, no el poder. Incluso creo que la civilización en que estamos no es una civilización de las imágenes sino que es una civilización de los clichés… Es decir las imágenes que toman el poder, pero la imagen más bella es la que tiene su potencia pero que no busca tomar el poder”. Con Hasan en Gaza no es una apología a la resiliencia sino que se trata de un ejercicio de ruptura con el imaginario actual, ahí donde actualmente hay devastación, hubo vida, hubo niñxs jugando ante la cámara, gente especulando sobre el futuro, conversaciones frente al televisor, son imagenes que la cultura colonial quiere cancelar y que Aljafari por medio del uso del archivo no solo hace un ejercicio de memoria sino que de potencia de vida y de futuro: hay donde ahora hay devastación, sigue habiendo y podrá haber vida.
La violencia del cine como industria
Una de las derivas que ha tomado el genocidio en Palestina por parte de occidente ha sido la hiperproducción de objetos culturales. Un debate abierto en términos éticos, políticos y estéticos que se expresa en la cantidad de libros que buscan explicar el genocidio reciente, prendas de vestir en solidaridad, accesorios, y por cierto el cine es parte de ese circuito. Desde el 7 de octubre del 2023 hasta la fecha se han creado más de 20 producciones cinematográficas sobre Palestina que han tenido circulación en festivales, cineclubes, plataformas de streaming, en ese sentido la pregunta que emerge es cuál es la responsabilidad de lxs cineastas que realizan estas producciones frente a la catástrofe, con qué sensibilidad humana y fílmica se aproximan.
En ese sentido la posición de Kamal Aljafari es muy clara, aún reconociendo que pueden haber intenciones muy nobles, es importante, señala Aljafari, tener una posición crítica sobre todo de las producciones que se desarrollan a escala industrial, “Te doy un ejemplo: hace un par de meses estuve en la proyección de una película de ficción nominada al Oscar, The Voice of Hind Rajab. En la proyección estaba la madre de Hind Rajab. Fue increíblemente doloroso. Ella presentó el estreno, pero se negó a ver la película. Me quedé pensando: ¿Qué clase de situación es esta? Ella tiene que pasar por el hecho de que hagan una película sobre su hija, pero no puede soportar verla. De nuevo, es una película de ficción. Y, para ser honesto, no soy fan de esto porque necesitas tiempo para hacer este tipo de películas. Entiendo que hay una necesidad y que cumplen un rol, pero para mí, las grabaciones y el sonido original de la niña no necesitaban nada más. No hace falta ficcionalizarlo ni traer a estos actores que, a veces, actúan y luego se van a hacer sesiones de fotos para Vogue. Es bizarro”. Por cierto, esta no es la única producción que reproduce este tipo de prácticas, hay producciones derechamente traspasan las mismas imágenes de los bombardeos que aparecen en RRSS sin un tramiento fílmico de esa violencia.
Kamal Aljafari agrega lo complejo y paradojal que es el hecho de que estas producciones además circulen en los principales festivales de cine de Europa y Estados Unidos, “No digo que esa gente tenga malas intenciones; al contrario, vienen de un buen lugar, pero luchan por saber cómo comprometerse o cómo narrar algo significativo. Algunos piensan: ‘Si hacemos una ficción que vaya a Venecia o a Hollywood, le daremos exposición’. Y puede que sea cierto. Pero intenté ver la película y a los diez minutos tuve que salirme. Era demasiado: todo ese drama en torno a una niña que fue asesinada hace tan poco, convertida en el tema de una película donde la gente en Venecia va bien vestida a verla y a llorar. Siento que hay algo mal en eso”.
Sobre el cine como industria agrega además que hay todo un entramado de grupos de poder e influencias que definen cuál es el cine que se debe ver y que es finalmente el que circula en los festivales. Aljafari recuerda una experiencia que fue muy traumática con respecto a un juicio en el que fue demandado por temas de derechos de imagen, “Esa experiencia fue muy difícil para mí en aquel entonces. Porque esas personas que están en posiciones de poder creen que pueden hacer lo que quieran contigo. Déjame contarte: uno de los editores encargados me presionó diciéndome que, si seguía comportándome así —resistiéndome a hacer lo que ellos querían—, nunca volvería a hacer cine. Que nadie me daría dinero jamás. Por eso, más tarde, cada vez que logro terminar una película, siento que es un verdadero logro”.
Fidai, la reapropiación del archivo saqueado

A Fidai Film, es la penúltima y una de las películas más reconocidas de Kamal Aljafari, y fue un proyecto que comenzó durante la pandemia y que fue estrenada en abril del año 2024. En este largometraje es un acto de sabotaje visual y recuperación histórica. La película nace como respuesta al saqueo de los archivos del Centro de Investigación Palestina en Beirut por parte del ejército israelí en 1982 “En algún momento me topé con la historia de los saqueos del ejército israelí en Beirut en 1982. Resulta que es una especie de tradición de las autoridades israelíes: cada vez que ocupan un lugar, además de destruir y matar, roban archivos. Pasó en 1948 con la ocupación de Jaffa; había muchas instituciones, bibliotecas y estudios fotográficos. El ejército lo saqueó todo y lo conservan hasta hoy en sus archivos. Imagínate: toda la vida social de los palestinos de ciudades como Jaffa y Jerusalén —donde había una clase media muy grande y muchísimos estudios de fotos— quedó documentada y luego robada. Hasta hoy, eso permanece oculto en archivos militares. Hicieron lo mismo en 1982. Fueron al que era el centro de investigación palestino más importante de la época y se lo llevaron todo: una biblioteca enorme, una gran colección de mapas antiguos y un archivo fílmico.”
En plena pandemia el cineasta vio la oportunidad de recuperar esos archivos, “Durante la pandemia, estos archivos israelíes decidieron digitalizar cosas porque la gente no podía ir a investigar. Crearon portales en línea; yo los descubrí pronto y empecé a grabar mi pantalla. En un año y medio acumulé una cantidad enorme de material. Tenía muchísimos discos duros porque nunca eran suficientes para guardar todas las capturas de pantalla que hacía. En un punto cambiaron el sistema para hacerlo más difícil, pero tengo un amigo experto en hackeo. En cierto modo, para ser cineasta tienes que ser una especie de criminal. Criminal en el buen sentido, ¿no? Sin dañar a nadie, sino para distorsionar el sistema. Esto es vital porque ahí es donde hacer arte cobra sentido. De lo contrario, es solo una mercancía: vas a una galería, ves fotos y alguien las compra para su sala. En ese sentido, el arte es una cuestión de vida o muerte, de existencia o inexistencia. Por eso, cualquier trabajo en el que me he involucrado sirve a esta idea. No es un plan premeditado, sino una dinámica que surge cuando tratas temas como el saqueo de archivos”.
La investigadora y cineasta Ariella Azoulay denomina este proceso como “desastre prefabricado por el régimen”, refiriéndose al proceso de negación, extrañamiento y borradura de los archivos en el caso de Israel en contra del pueblo palestino, “sus medidas visibles son la expulsión, el despojo y la destrucción relacionada con otros (…) Este círculo vicioso permite al desastre prefabricado por el régimen durar un largo tiempo, y permite a quienes participan en él –israelitas– no oponer resistencia, porque están condicionados a no reconocerlo”. Es así como A Fidai Film se volvió un proyecto de recuperación del archivo robado, y desde el cine tener la posibilidad de sabotear el olvido.
En árabe, un fida’i (فدائي) significa “aquel que se sacrifica”. Se trata de combatientes que las autoridades israelíes llaman en hebreo saboteadores. Solían cruzar la frontera desde el Líbano, Siria, o incluso Egipto —donde vivían la mayoría de los refugiados tras 1948— y realizaban operaciones para sabotear el proyecto sionista, sus fábricas e infraestructura. Por eso Kamal Aljafari al ver el contenido del material pensó en esta película como un acto de sabotaje, “Al descubrir el material saqueado por el ejército, vi que habían añadido textos al inicio de cada película robada. Eran cortometrajes sobre la vida en los campos; cada grupo político tenía su unidad de cine y hacían películas de propaganda, sociales, marchas o entrenamientos de guerrilla.
Los textos que añadieron eran para uso interno del ejército, describiendo lo que ibas a ver. Algunos aparecen en mi película. A veces escribían: «Un niño camina por el lodo» o «Una familia sentada al fuego dentro de una tienda para calentarse en invierno». Para mí, esas descripciones eran perturbadoras porque se trataba de estudiar a los palestinos. Un niño caminando en el lodo era tan «peligroso» como alguien con un arma, porque retrata una narrativa de sufrimiento que luego se convierte en resistencia. Una imagen así es peligrosa; no deberías verla. Me perturbó tanto que tuve la idea de rayar (scratching) el material, porque el acto original era muy violento. Así, el lenguaje de este film se volvió un lenguaje de sabotaje: por un lado, liberar el material de esas prisiones de archivos, y por otro, usar fragmentos de documentales y ficciones israelíes rodadas en Palestina tras 1948”.

Es así como Fidai, es un acto de sabotaje en un doble sentido, ya que por un lado es tomar es la expropiación del archivo robado pero a su vez la estética de la película es la del sabotaje, no solo por medio de la reutilización del archivo sino también a través de su reinscripción, de la borradura como forma de reafirmación de la resistencia y la creación, “Para mí, el acto de filmar en Palestina tras ocuparla por la fuerza era un acto de ocupación. ¿Con qué derecho vienes a un lugar ocupado y te pones a hacer ficción? Todo eso dio forma a una película fida’i que narra, a través de imágenes, cien años de historia palestina bajo la ocupación y el colonialismo”, agrega Kamal Aljafari.
Resistencias Anticoloniales
La constante histórica de los imperios ha sido el saqueo y la destrucción de los archivos, junto con el proceso de asimiliación, reapropiación e incluso negación de su origen. Recientemente el Museo Británico de Londres retiró el término «Palestina» de varias de sus exhibiciones sobre objetos provenientes de periodos antiguos de Asia occidental. La medida se tomó tras recibir quejas del grupo UK Lawyers for Israel (UKLFI).
Sobre la reapropiación colonial de los archivos Kamal Aljafari señala, “la psicología del colonizador se basa en que creen que pueden poseerlo todo. Al saquear materiales y tenerlos en sus archivos, creen que tienen el control sobre ti y que pueden estudiarte. Es una locura, porque por muy poderosos que sean —tienen el dinero, las instituciones, la gente y las corporaciones trabajando con ellos—, siempre fracasan al intentar leernos por un problema al que no tienen respuesta: no nos consideran seres humanos iguales. Es una trampa de la que no pueden salir. Piensan: ‘Si los bombardeamos, si los matamos en estas masas, si los metemos en estos guetos, se van a rendir. Los derrotaremos’. Y siempre se sorprenden de que los palestinos encuentren nuevas formas de resistencia. Pero es lo más básico del ser humano, porque ningún ser humano acepta una condición así”.
A lo que Kamal Aljafari agrega que justamente el acto de subestimación, es la oportunidad de fisura, por lo tanto de liberación, “El fallo de este sistema, de cualquiera de estos sistemas, es el hecho de que no te ven como a un igual. Por eso siempre fallan al leerte: porque te subestiman. Por un lado, quieren controlar todo (la información, los libros que publicas, todo lo que produces) porque creen que tiene valor para controlarte o para tener una prueba en tu contra. Lo que digo suena de locos, pero ellos creen que cada uno de nosotros es un criminal en ese sentido. No creen que ningún palestino tenga buenas intenciones. Y es verdad: ningún palestino tiene «buenas intenciones» frente al colonizador. ¿Cómo podrías? En tu interior, aunque ahora lo estés aceptando, sueñas con liberarte de eso. Es una condición humana básica. Cualquier ser humano lo haría” concluyó el cineasta.



