Sofía Balbuena, escritora: “La escritura empieza donde el otro ya no puede responder”

abril 12, 2026
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Antes de ser la más reciente ganadora del Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve por su obra “Personaje secundario”, la autora argentina publicó «Sutura” (Seix Barral, 2025), una novela autobiográfica escrita en segunda persona donde el cuerpo, la memoria y el lenguaje funcionan como zonas de disputa. En esta conversación reflexiona sobre la escritura fragmentaria, la política de la voz y el lugar actual de la literatura latinoamericana. “Las escritoras latinas ya no estamos de moda”, señala.

Fotografía de la autora  es de Isabel Wagemann

Sofía Balbuena (Salta, 1984) escribe desde la cicatriz. Literalmente. En Sutura (Seix Barral), su nueva novela, la experiencia del cuerpo —operaciones, pérdidas, desplazamientos— se convierte en el punto de partida de una escritura que busca escapar tanto de la ficción como de la autoficción.

La autora argentina acaba de obtener el IX Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve por Personajes secundarios, volumen que llegará próximamente a librerías, mientras su novela ya circula en Chile.

«No es ficción estricta», aclara desde el otro lado de la pantalla —y también del charco—. Actualmente, la autora reside en Madrid, donde trabaja como profesora de escritura creativa. «Doy clases, hago talleres, pero es un esquema que desarrollé hace poco para poder vivir de ello», cuenta. Licenciada en Ciencias Políticas y exfuncionaria del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas de Argentina, Balbuena se ha consolidado como una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana contemporánea, especialmente desde la publicación de Doce pasos antes hacia mí (Vinilo, 2022; Los libros de la mujer rota, 2024), ensayo sobre la adicción al alcohol que marcó su irrupción en el panorama literario.

En Sutura (Seix Barral, 2025), la autora inicia contando una operación cardíaca que la narradora atraviesa a los tres años y que luego debe realizarse en otras etapas de la vida. «La dimensión autobiográfica vinculada a la cirugía fue una de las últimas cosas que apareció. Después de ver armado ese conjunto de situaciones, pensé que había también una historia anterior, una historia de la sangre que tenía que ver conmigo misma: la cicatriz inicial, por decirlo así», dice.

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-En esta obra fragmentaria, está la cicatriz, el cuerpo, claramente, pero también aparece un híbrido entre distintas experiencias que ayudan a comprender esas marcas de la vida. ¿Cómo lograste unir esas dimensiones?

Creo que fue más bien por aproximación. Lo que ocurre con una novela construida a partir del fragmento es que la escritura no fue lineal. No es que un día me sentara y empezara desde el inicio: fui armando el libro por partes. Tenía porciones de texto que respondían a ciertas voces y luego las iba incorporando. No fue un proceso ordenado, salvo quizá la última parte, que sí escribí de un tirón.

-¿Cómo al fin se unió todo y fluyó?

Es que llegó un momento en que se volvió evidente que los tatuajes, las cicatrices y todas esas cosas que duelen y dejan una marca indeleble —pero marca al fin— formaban un universo que dialogaba entre sí. De alguna manera, esos elementos se comunicaban. El desafío fue descubrir cómo podían potenciarse: cómo colocarlos dentro de un mapa, que terminó siendo esta novela hecha de fragmentos, para que los sentidos que evocaba cada historia o subhistoria conversaran entre sí, se alimentaran y reforzaran la metáfora central del texto.

-¿Cuál sería esa metáfora?

Hay dos cirugías a corazón abierto: una literal, material, y otra más amorosa, ligada a migrar, enamorarse y construir una familia en el desplazamiento. Cuando la novela ya estaba publicada, encontré una frase de Nick Cave que dice: “Una vez que tienes una cicatriz, es solo cuestión de tiempo hasta que alguien te haga otra”. Me hubiera gustado usarla como epígrafe. Pero siento que, de algún modo, eso ya estaba en el libro: la cirugía del corazón con la que comienza funciona así.

-Sutura está escrito en segunda persona. ¿Crees que su uso permite una distancia que la primera volvería demasiado confesional? ¿Fue ese uno de los motivos para usarla?

No necesariamente. No creo que la segunda persona sea menos confesional que la primera; puede ser igual de íntima. Lo que me interesaba era otra cosa: la dimensión más estética que tiene esa voz. Para mí, la segunda persona no propone una conversación ni una correspondencia. No es una carta. Es más bien el discurrir prolongado de una conciencia que le habla a alguien que no necesariamente está escuchando. Y ahí aparece algo que me resulta muy potente: la escritura se desata porque hay algo urgente que decirle a alguien, algo que quema, que necesita ser dicho, pero al mismo tiempo esa urgencia es tan intensa que termina por no dejar hablar a nadie más. Tiene ese doble movimiento: necesito decirte esto, pero también necesito que nunca puedas responder, ni contradecirme, ni decir absolutamente nada. La segunda persona contiene esa paradoja, y eso me parecía muy interesante. La segunda persona tiene esa violencia silenciosa: habla sin pausa y sin posibilidad de réplica.

-¿Era la primera vez que trabajabas con la segunda persona o venías explorando en tu escritura?

No es la primera vez. Siempre me interesó mucho esa forma, casi como una carta. De hecho, tuve una novela temprana —que nunca publiqué— escrita así, y también un cuento en segunda persona que escribí hace muchos años y que tampoco llegó a publicarse. Es decir, venía coqueteando con ese recurso desde antes. Creo que algunas de esas incursiones incluso funcionaban, pero en este caso apareció algo distinto. Me parecía que esta novela necesitaba justamente esa cualidad más cerrada, esa sensación de no dejarle espacio al otro, y que la segunda persona era la forma adecuada para sostenerla. Había algo que necesitaba ser dicho, un interés personal que empujaba la escritura hacia cierta dirección, pero para mí eso siempre va acompañado de un desafío técnico. Cada libro también es un ejercicio de aprendizaje, una manera de obligarme a escribir de un modo nuevo.

Fragmentos

-El uso fragmentario parece una forma muy presente en la escritura contemporánea. ¿Crees que narrar de esa manera responde a una moda?

Es algo que a mí también me preocupa; por eso, por ejemplo, después escribí un libro de cuentos en tercera persona y me propuse otros desafíos técnicos y narrativos. Me interesaba comprobar que el fragmento fuera una elección consciente y no simplemente el resultado de no poder hacer otra cosa más compleja o más demandante.

-Puede ser que la mirada fragmentaria siempre haya estado ahí.

Es que creo que hay algo del fragmento que sí tiene que ver con la época: la dispersión, la dificultad para concentrarse, la falta de tiempo para escribir. Son condiciones materiales y mentales que influyen en cómo narramos. Es natural que hoy leamos más textos breves, libros híbridos, formas más pequeñas. Concentrarse durante largos períodos se ha vuelto muy difícil, y escribir mientras se sostiene un trabajo de tiempo completo es casi un milagro.

-¿Vale la pena intentar otra cosa?

A mí me pasó eso: sentir que había llegado hasta cierto punto con una forma y preguntarme si podía hacer alguna variación, subir un nivel de exigencia. Para mí siempre está esa tensión entre hacer lo que una quiere y hacer solamente lo que puede. En todo caso, no me parece mal que la época tienda hacia el fragmento; es un movimiento bastante natural. Después, cada escritor o escritora decide qué quiere hacer estética —e incluso políticamente— con esa forma.

Personalmente, como lectora, a veces me siento un poco saturada del fragmento y empiezo a buscar otras apuestas narrativas, aunque también me ocurre que encuentro un libro fragmentario que me entusiasma y vuelvo a enamorarme de la forma.

-¿Tiene su propio estilo?

Sí, tiene una rigurosidad propia. No se trata simplemente de escribir algo breve. Un fragmento debe contener una historia mínima, tener un inicio y un cierre, dialogar con los otros fragmentos, sostener líneas narrativas sin explicitarlas del todo y permitir que esas líneas se conecten y se cierren a lo largo del libro. Tiene su propia lógica, su artesanía, sus exigencias y su sensibilidad. En definitiva, pienso que cada escritura responde a una búsqueda personal estética en un momento determinado y no miro mal eso. Pero si una siente que es la época la que le está diciendo cómo escribir, quizá sea necesario intentar algo distinto.

-En el capítulo de Alonso, aparece una voz narrativa muy precisa, muy cercana a esas cicatrices de las que hablábamos antes.

Creo que justamente ahí está el juego: recrear la textura de lo vivido y lograr que parezca verdadero. Yo tenía muy presente el sentimiento, eso sí. Esa sensación de añoranza estuvo siempre ahí. Pero no fue escrito en medio de una tormenta emocional.

-¿Hay recetas para evitar el desborde en la escritura?

No sé si existen ni me atrevería a decir cómo hay que escribir. Incluso me da un poco de pudor aconsejar algo así. Lo que sí sé es cómo funciona para mí: necesito cierta estabilidad. Que la casa esté en orden, que haya comida en la heladera, escribir en la mejor hora de la mañana, no estar deprimida ni especialmente alterada. Necesito un nivel de concentración que implica estar un poco blindada. Captar la intensidad de una emoción tiene más que ver, para mí, con el trabajo posterior: la corrección, la edición, volver sobre el texto una y otra vez hasta dar con el centro del sentimiento. Es un proceso de reescritura más que de desborde emocional. Eso no significa que al escribir sobre ciertas experiencias una no vuelva a esos sentimientos. Claro que reaparecen. Pero es otra cosa. Diría que se parece más a entrar en una especie de trance creativo en el que se evoca una emoción, no a escribir mientras esa emoción está ocurriendo.

“Toda literatura nace de algo que nos atraviesa”

-Tus primeros libros han sido leídos como ‘literatura del yo’, aunque has dicho que son ensayos, mientras que Sutura tensiona esa categoría. ¿Cómo te relacionas con esa distinción?”

Yo diría que Sutura podría pensarse como una novela autobiográfica. Pero, en realidad, no me gusta demasiado hablar de autobiografía. El término con el que me siento más cómoda es “escritura a partir de la experiencia personal”. No es una cuestión de rechazo, sino que categorías como “literatura del yo” o “autoficción” suelen venir dadas por la academia o por la crítica, y no siempre siento que me pertenezcan. Además, reniego un poco de esa división tan tajante entre ficción y no ficción. Me parece una frontera bastante relativa.

-¿Es valorar el crear una trama desde cero?

Es que desarrollar una historia sin apoyarse en la experiencia personal implica otro músculo creativo, un esfuerzo enorme. Imaginar, someter una trama al propio pensamiento, probar si se sostiene, es un trabajo muy exigente y distinto. Y me parece importante decirlo como escritora que ha trabajado mucho desde la no ficción: no es un trabajo menor ni más fácil. Dicho eso, también creo que toda literatura, de algún modo, nace de algo que nos atraviesa. Una termina escribiendo sobre aquello que le importa. La diferencia está en cómo se procesa ese material: si se transforma en ficción o si se trabaja más directamente desde la experiencia.

-Entonces, ¿cómo calificarías tus anteriores obras?

Para mí, Doce pasos hacia mí y Borracha menor pertenecen claramente a la no ficción. Sutura es una novela que parte de un hecho autobiográfico, por lo que tampoco la siento como ficción estricta. En cambio, los cuentos que escribí después sí fueron un ejercicio deliberado de ficción pura, y ahí entendí con más claridad que se trata de trabajos muy distintos. No creo que haya una forma mejor que otra. Escribir desde la experiencia personal también es difícil si una quiere hacerlo bien. Implica imponerse reglas: retirarse del texto, no contarlo todo, entender qué sirve a la estructura narrativa y qué no. A veces hay que dejar fuera cosas que para una son vitales o urgentes, pero que no ayudan al libro.

—Leí el libro que mencionas varias veces en SuturaAmo a Dick, de Chris Kraus-. Entiendo que fue una inspiración para tu novela.

Sí, claro. Ese libro es espectacular. En realidad, no diría que fue una inspiración directa, pero sí algo que me iluminó mucho. Lo que hace Chris Kraus ahí es increíble: el libro está compuesto por una serie de cartas que ella le escribe obsesivamente a un hombre, sin parar. De algún modo, Kraus subvierte la lógica tradicional del acoso. Durante toda la historia, las mujeres hemos sido acosadas por los hombres; en cambio, ella escribe un libro donde reproduce esa práctica, pero invertida: una mujer que insiste, que escribe, que persigue simbólicamente a un hombre a través del lenguaje. Eso para mí fue revelador.

-Y en segunda persona…

Claro, ahí aparece también la segunda persona, esta idea de no dejar hablar al otro. Una especie de acoso verbal: hablar, hablar, hablar sin conceder espacio de respuesta. Decir: voy a seguir hablando y no voy a dejar que nadie más tome la palabra. La novela, en ese sentido, se convierte en un dispositivo político, no porque la historia sea simplemente real, sino porque construye una operación: él no habla, o se niega a responderle, y entonces su voz queda completamente silenciada dentro del texto.

“No estamos de moda”

-En tu discurso de la premiación del reciente reconocimiento que recibiste, mencionaste que no había una biblioteca en tu casa, pero sí una madre que leía a escondidas. ¿Cuánto te marcó esa escena?

En realidad, la biblioteca no estaba simbólicamente en el espacio doméstico, no había un lugar consagrado a la lectura, al “cultivo del espíritu de la literatura”.  No existía esa referencia. Estaban donde podían y donde había lugar. No creo que mi vocación tenga que ver con el gesto de mi mamá. Entiendo que reservó un espacio para su individualidad. Siento que de eso aprendí más, de ese gesto de independencia. Aprendí a delimitar un espacio personal, una frontera interior doméstica, de cosas que me gustaba hacer a mí, o de estar en soledad. De un primer gesto de entender la independencia de un gesto de estar sola, y la lectura como herramienta para lograrlo.

Haberte radicado en Barcelona primero y en Madrid después, ¿marcó tu decisión de dedicarte a escribir?

La escritura ya estaba en mí de alguna manera, pero no hay cosas que una haya vivido que no la influencie. Pienso que es algo del mundillo literario alrededor que es liberador, te da más libertad, pero hace que todo sea más difícil. Nadie te conoce, nadie sabe de dónde venís, nadie te respeta al principio, sobre eso hay que trabajar muchísimo. A la vez es más dificultoso. Lo que seguro pasó, es que el desplazamiento se mete en lo que escribo. La experiencia migratoria sigue siendo una subtrama de lo que escribo.

-Autoras como María Gainza, Gabriela Cabezón Cámara, Samantha Schweblin o Mariana Enríquez han ganado gran visibilidad. ¿Cómo interpretas ese momento? ¿Crees que existe un impulso particular hacia las mujeres latinoamericanas dentro del mercado editorial?

Yo creo que ya no estamos de moda. Es decir, pienso que ese momento de las latinoamericanas ya pasó y que ahora se pondrá de moda otra cosa; no sé bien qué, pero quizá ya no las latinoamericanas. Por supuesto, las editoriales españolas todavía siguen buscando “su autora latinoamericana”, pero siento que el ojo de ese huracán ya se desplazó y está dando frutos en otros territorios.

-¿Se desinfló entonces el “boom”?

Es que ese “boom latinoamericano” -entre muchas comillas-, ya cambió de rumbo. Las escritoras están haciendo otras cosas, explorando otras búsquedas, abriéndose hacia otros caminos. En ese sentido, sí percibo un movimiento: el interés permanece porque ese territorio ya fue conquistado, al menos dentro del mercado español, que es donde suelen hablar en términos de boom, casi siempre cuando se refieren a América Latina. Creo que se trata más bien de leer sin esas anteojeras y de intentar encontrar otras conversaciones, otros pliegues por donde está pasando hoy la conversación literaria.

-Te mencioné solo escritoras de tu nacionalidad…

Bueno, las escritoras argentinas son notables. Creo que la literatura argentina es muy buena —aunque quizá esté mal que lo diga yo, siendo argentina—, pero hay algo en su calidad literaria, en el nivel de experimentación y en el atrevimiento formal, que aporta mucho no solo Argentina sino todo el sur del continente a la literatura en español. No es que en España eso no exista, pero quizá allí predomina más un instinto de conservación, mientras que acá hay una mayor disposición a arriesgar. Eso mueve, revuelve el gallinero, y finalmente termina generando nuevas formas y nuevas escrituras.

-¿Cómo así?

Siento que necesitamos buscar otras maneras de leer la literatura contemporánea en español, porque ese movimiento que concentró la atención en una docena —o quizá una veintena— de autoras latinoamericanas ya pasó. Ahora se está formando otra cosa. Ya no se vende más.

Hubo un momento en que era como: “a ver quién es la próxima”, y ahora eso ya pasó. Ya no está esa hambre. Hoy la conversación para vender un libro es distinta. Ya no funciona decir: “esta es la ecuatoriana que escribe sobre la violencia”, o algo así. Ese ya no es un argumento de venta eficaz. Lo que digo es que la idea del “boom” de autoras —discutible, otra vez, entre muchas comillas— colonizó la conversación literaria.

—También mencionas a autores chilenos. Diamela Eltit, Lina Meruane o Roberto Bolaño ¿Fueron una inspiración para ti?

Sí, claro, sobre todo la poesía. Aunque, en realidad, como tantos otros autores: siento que son conversaciones más que influencias directas. A mí, por ejemplo, alguien que me inspira muchísimo —aunque no siempre se la mencione en ese lugar— es Camila Gutiérrez. Me encanta, me parece una genia. Siento que hizo algo que nadie más había hecho, algo totalmente fresco y distinto. Su película fue muy disruptiva en su momento y me gustó mucho. Tiene una mirada única, mordaz, muy inteligente. Me interesa justamente porque está un poco fuera del canon chileno, que a veces me parece muy serio; ella, en cambio, propone otra cosa, y eso me resulta muy atractivo.

Por supuesto, también me gusta mucho Lina Meruane —la amo—, me encantan sus ensayos, especialmente Contra los hijos. También admiro mucho a María José Ferrada; me parece la mejor escritora chilena de las que he leído. “El hombre del cartel” me parece un libro que explica perfectamente nuestro tiempo. Hay muchos más, pero sí, Bolaño me gusta mucho, aunque curiosamente lo que más me atrae son esas poesías “malas” de Bolaño. Esas me encantan.

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