FARIDI

[Cuento]
La Faridi tiene nombre de novela turca, todo en ella es hermoso. Cada vez que la veo pasar por la vereda rumbo a Avenida Grecia me entran unas ganas locas de darme vuelta y contemplar las piernas largas y bonitas con las que fue bendecida. Tiene treinta y cinco años y cuatro hijos pequeños, la conozco desde siempre, su tía vive justo debajo de mi departamento. Habitamos los blocks de los Tres Antonios hace mucho tiempo. Faridi es el chisme favorito de su tía abuela. Hace dos días me llamó a copuchar con ella en el pasillo de su piso. La escena se presentaba siempre de la misma manera: primero, partía diciendo que la Faridi era una mujer fuerte. Luego, vendría el cahuín, en donde, llena de culpa, la señora dijo: “Tan encachada le vino a salir la nieta a mi hermana, que en paz descanse mi angelito”, y olvidándose de su nobleza añadió: “pero tantos hijos que tiene la pobre… ¡Y puros hombres!, ¿qué hace una? Sí, sé que los hijos son una bendición, ¿pero tantos?”, hablaba para adentro, casi un murmullo, un secreto. Después me contaría, que los niños de la Faridi juegan a la pelota en el club de la villa, “Menos mal que yo nunca tuve hijos”, se felicitaría y ya aburrida de que no le contara nada interesante, cerraría con broche de oro:
—¿Y usted?, ¿cuándo trae pololo?
Al ser cesante y vivir con mis dos hermanos mayores, solo puedo permitirme estos chismes de pasillo. Mientras ellos van y vienen de sus pegas serias y fomes todos los días. Mi rutina, en cambio, consiste en ir a comprar para la once y pedir el gas, solo si se acaba. Es pleno marzo y aún no tengo trabajo. “Pero si ser profe de lenguaje es como el pan”, repite mi hermano más grande cada vez que me pregunta si es que ya encontré algo. Nos llevamos por quince años. “Es el gobierno, está mala la cosa”, reza modo piloto automático, simulando algo parecido a la contención paterna.
Pero esa última vez de copucha, el cahuín con la tía tomó otro rumbo. La Faridi recibió una mala noticia: “el niño de siete está pasado por agua caliente”, soltó la tía, así de repente. La miré con incredulidad, creyó que no le entendí y continuó:
—Lo mandaron a una psicóloga parece, le faltan palos pal puente al pobrecito —La repulsión de escucharla fue superior a mis ganas de saber qué pasaba con la Diosa turca. A punto de inventar una excusa para no continuar con esa conversación en donde la señora se echaba al bolsillo mi título de profesora, dijo las palabras claves—. La Faridi pregunta si puedes hacerle clases.
Es martes, son las tres y media de la tarde y estoy impecable y olorocita frente a su puerta. Pienso en la belleza de su nombre y subo las escaleras del block donde vive. Me llega un flashback, la imagen de sus ojos con un delineado largo, medio egipcio, una cadenita de plata que siempre lleva puesta y el tatuaje con el nombre “DANIEL” sobresaliendo de su escote. La imagino abriendo la puerta luciendo el buzo rosado y ajustado que siempre ocupa cuando baja a la feria. Respiro profundo, despabilo, trato de acordarme cómo es que se llama el niño: Luciano, “como el Luciano Cruz-Coke”, me había dicho la tía. Toco la puerta y espero.
Ayer fantasié con ella todo el día, sentí ansiedad, lavé la mejor polera que me queda de la cesantía y me perfilé el bigote. También pensé que nos llevamos apenas por un año y aún así no tenemos nada en común. Ella vino a este mundo a vivir y ser la señora del Daniel, “el churrazo con el que se casó”, decía la tía. Vino a tener cuatro bebés hermosos, con un esposo hermoso y a criar perros quiltros que si les abres la puerta del depa se pasean solos por las estrechas callecitas internas de los blocks.
Pasan unos segundos y abre la puerta, me saluda brevemente. Entro. Conversamos de lejitos. En las últimas semanas he notado que, a veces, cuando me la cruzo por la calle se queda mirando mi pelo corto, y las poleras holgadas que uso. Un par veces, la pillé observando cómo elegía tomates en el negocio, y esa mirada, que desviaba enseguida, siempre era igual: la de la confusión. Creo que nota cuando la miro más de la cuenta. Ahora me pregunta cómo me va con niños chicos, y me advierte que el Luciano está insoportable, no quiere nada con la profesora. Le aseguro que estaremos bien, que no se preocupe. Lanzándome una mirada de desconfianza se va a atender al más pequeño, el de dos años, que llora desconsolado en la cocina.
La sigo y observo que no hay muchas fotos de ella en las paredes, ni en los muebles viejos del depa. Si fuera mi esposa, tendría tapizado el living con su cara, con sus outfits, divinos y hermosos. La última vez que la vi caminando por la calle con el Daniel, su marido, ella lo gritoneaba y él miraba para el frente haciéndose el weón, con su cara teñida de rojo tomatera, ocupaba de escudo humano a la guagua que llevaba en sus brazos. La tía decía que la Faridi sacó al Daniel del copete, que ahora sí tenía buena vida, ahí en un block viejo, pero decente, a punto de caerse, por lo mismo, con arriendos muy baratos. Supe que hasta se compraron un auto para ir los domingos a la iglesia evangélica a la que iban los seis, o sea, sus cuatro hijos, el Daniel y ella.
Mis hermanos mayores, dos hombres solteros, no hablaban mucho de mujeres enfrente mío. ¡Ah! pero, si se trataba de la Faridi siempre tenían algo que decir, era imposible no verla. “Parecía un angelito cuando llegó al block”. No se explican, hasta el día de hoy, cómo se fue a fijar en el Daniel, un cabro tonto que lo único bueno que sabía hacer era chupar y fumar pito en la plazoleta de la villa. Vuelvo a ella, mientras la miro desde el marco de la cocina. Me cuenta que el Daniel está trabajando, “lo llamaron en la mañana para reparar un motor, salió temprano”, con un brazo sostiene la guagua y con el otro le echa agua al hervidor. Por lo menos hay peguita, digo por decir algo y vuelvo al living a dejar mi mochila. Me ofrece café, acepto. Me ordena sentarme, me siento. Me encarga que le tenga a la guagua un rato mientras prepara el café, obedezco. A estas alturas, me tiraría de la ventana si ella me lo pide.
Lleva puesta su salida de cancha con brillitos, rosada y entallada, la que le queda diez de diez, la polera blanca ceñida a su cuerpo, un escote con línea directa al cielo y su pelo largo y negro en un tomate desordenado. Es una mujer como Dios manda, esas que, a pesar de tener guagua, siempre tienen tiempo para arreglarse, para verse bonitas, para ser admiradas, vistas. Le empiezo a cantar a la guagua la cuncuna amarilla para ganar algunos puntos y lograr que se calme. Me tiene los nervios de punta. Me toma el dedo índice con fuerza mientras pone cara de concentración, me da algo de ternura, pero pienso que, en realidad, quizás solo quiere hacer caca. Sigo cantando cuando la Faridi grita desde la cocina, que no quedaba muy lejos del living: “Yapo, Luciano”. Su voz resuena fuerte en mi oídos; “apúrate que la señorita tiene poco tiempo”. Eso soy para ella, una señorita. Yo quiero ser su caballero.
Me puedes decir Jime, le recuerdo al verla salir de la cocina con dos tazones en una mano y un hervidor en la otra, grita de nuevo. “No quiere salir de la pieza” me aclara, “va a venir tu papá y ya sabi ya”, amenaza y luego sirve un poco de Nescafé en el tazón más grande. A los segundos llega el Luciano, me mira feo y se sienta lejos de mí y el bebé. “Hola, ¿cómo estás?”, le digo. No me contesta, se encoge de hombros. Tiene la misma cara del Daniel, es idéntico, solo los ojitos cafés oscuros son de la mamá. “Se te quedó tranquilo”, me dice suave la Faridi y deja mi café en la mesa. Sí, es que le gustó la canción, le entrego a la guagua y miro al Luciano. Saco mi computador y unas guías de trabajo, la Faridi desaparece por el estrecho pasillo que da a los dormitorios del depa, deja al bebé en la pieza con la tele prendida y vuelve contándome que el niño de doce está en fútbol, que llega más tarde.
Enseño algunas palabras difíciles al Luciano para que la Faridi no piense que soy un fraude, que por último aprenda un poco más de vocabulario el niño. No entiende nada de lo que le digo y, sinceramente, yo tampoco estoy reteniendo mucho, solo pienso en la polera blanca ceñida al cuerpo de la dueña de casa y en decir algo coherente cuando vuelva la diosa turca. Le paso una sopa de letras, capto que el buque se hunde, el niño engancha y se enfoca en la tarea. Pongo mi mejor cara de concentración en el trabajo que hace Luciano, la Faridi se sienta al lado mío con la guagua en brazos; había vuelto a llorar. Empieza a contarme que el Daniel es muy inteligente, pero su familia nunca lo apoyó. Mis hermanos no estarían de acuerdo, “es que ese se la engrupió porque tiene los ojos verdes y el pelo medio rucio”. La guagua pide bajarse, se va gateando y desaparece, no sé ni dónde, porque la Faridi sigue sentada ahí al lado mío y se acerca un poquito más, me doy cuenta que la polera blanca que lleva deja traslucir un sostén rojo y descubro que el tatuaje con el nombre del Daniel luce un poco borroso de cerca. Entonces, sin poder evitarlo, miro sus pechos. Como el caballero que sueño ser, desvío la mirada, sin ninguna intención de querer hacerlo. “Que pena”, murmuro tratando de ordenar la cabeza. “ Oye, y tú, ¿no tienes pareja?” pregunta de repente. Cometo el error de mirarla a los ojos. ¡Ahí está! Esa expresión confundida, sus ojos escanean mi pelo corto, mi bigote perfilado y luego mi cuerpo gordo y camión. “No, estoy sola” , siento que mi voz ya no es mi voz. “Pero tú no sales con hombres, ¿cierto?”, su voz tiene un tono de curiosidad. “No me gustan los hombres”, me río nerviosa, toda mi seguridad se desvanece como una pila de naipes. “Sí, sí, mi tía me contó”. Así que la vieja sabía. El Luciano aprovecha mi desconcentración y desaparece por el pasillo.
La Faridi me mira otra vez directo a los ojos, la confusión persiste. Siento un olor a colonia de manzana y miro sus ojos delineados, parecidos a los de una gata. “Entonces tienes polola”, insiste. Le suelto un no rotundo. “Eres buena con los niños”, me dice en un trance, veo que mira mis pechos que, aunque casi inexistentes, sobresalen tímidamente en la polera holgada. En un parpadeo se acomoda el tomate perfectamente desordenado mientras me mira la boca solo por un segundo. Se para y se va a la cocina. Mi cuerpo es una tetera hirviendo. El olor a cigarro me llega a las narices. Me giro a mirarla. La Faridi fuma de pie en la cocina, como alguien que acaba de hacer el amor.



