Las madres también fantaseamos con desaparecer

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A veces fantaseo con desaparecer.
No en un sentido trágico. No quiero morirme, abandonar a mis hijos ni convertirme en uno de esos personajes de Sofia Coppola que atraviesan aeropuertos con una tristeza perfectamente iluminada mientras suena una canción melancólica de fondo. Mi fantasía es mucho menos cinematográfica. Consiste en dos noches sola en un apartamento pequeño y limpio donde nadie me toque, nadie me pregunte nada y nadie espere nada de mí. Dormir ocho horas seguidas. Pedir comida basura. Ver vídeos absurdos en TikTok sin sentir que estoy desperdiciando tiempo valioso. Leer una novela durante horas. Escuchar mis propios pensamientos hasta el final.

Durante mucho tiempo pensé que este deseo tenía algo de vergonzoso. Después descubrí que, prácticamente todas las madres que conozco, tienen una versión propia del mismo sueño. Cambian los escenarios —un hotel, una casa rural, una cafetería vacía, un tren nocturno atravesando Europa—, pero la estructura del deseo permanece intacta: desaparecer temporalmente de las necesidades ajenas.
Y cuanto más lo pienso, más sospecho que esa fantasía habla de algo mucho más grande que la maternidad.
Hay algo profundamente contemporáneo en el deseo de desaparecer. Lo vemos en la proliferación de retiros digitales, en la fascinación por las cabañas aisladas en mitad del bosque, en las novelas protagonizadas por mujeres que abandonan su vida para escapar de sí mismas, en el éxito de libros como Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh, donde la protagonista intenta literalmente dormirse durante un año entero. Vivimos en una época obsesionada con la conexión permanente y, sin embargo, pocas fantasías resultan tan universales como la de no estar disponibles.
Quizá porque nunca antes lo habíamos estado tanto.
Las madres conocemos especialmente bien esa sensación. Existe un tipo de agotamiento materno que no es solo físico. Tampoco es únicamente emocional. Es un agotamiento relacionado con la atención. Con la imposibilidad de retirarse del mundo. Con la experiencia de estar permanentemente accesibles para otros.
La palabra «mamá» repetida cientos de veces al día. Las manos pequeñas reclamando contacto constante. Las interrupciones. Las listas mentales que nunca terminan. Las vacunas pendientes. Los cumpleaños. Las reuniones escolares. Los correos del trabajo. Las lavadoras. Los mensajes sin responder. El cerebro funcionando como un navegador con demasiadas pestañas abiertas desde hace demasiado tiempo.
Durante años, se ha hablado mucho de la carga mental de las madres. A veces me pregunto si la expresión se queda corta. Lo que muchas mujeres experimentan no es solo una acumulación de tareas, sino una colonización progresiva de la atención. La sensación de que ya no existe ningún espacio completamente libre de demandas. Ningún lugar donde la mente pueda permanecer desocupada el tiempo suficiente para escuchar lo que piensa cuando nadie la necesita.
Hace poco vi un vídeo de una influencer recomendando un retiro de autocuidado en Bali. Hablaba de la importancia de priorizarse, reconectar con una misma y recuperar la energía femenina. Debajo, cientos de mujeres respondían que su última experiencia de autocuidado había consistido en esconderse cinco minutos en la despensa para comer chocolate sin compartirlo con nadie.
La distancia entre ambas escenas me pareció casi cómica.
También reveladora.
Porque hemos conseguido convertir el autocuidado en otra forma de rendimiento. Ya no basta con sobrevivir. Ahora también hay que sanar, crecer, manifestar, meditar, optimizar el sueño, cultivar hábitos saludables y aprender a gestionar emocionalmente cada experiencia. Incluso el descanso parece necesitar una justificación. Incluso el placer debe producir algún tipo de aprendizaje.
Hay algo profundamente agotador en esta obligación contemporánea de convertir toda experiencia humana en una oportunidad de mejora personal.
A veces no quiero crecer.
A veces no quiero optimizar nada.
A veces solo quiero sentarme en el sofá y mirar una pared en silencio.
Por eso me interesa tanto la manera en que internet ha transformado la experiencia de la maternidad. Nunca antes las madres habían estado tan acompañadas y tan vigiladas al mismo tiempo. Entramos en redes buscando comunidad y terminamos observando mujeres que preparan bentos japoneses perfectos, organizan actividades sensoriales inspiradas en Montessori y recomiendan juguetes sostenibles de madera sin microplásticos. Mientras tanto, tú llevas tres días sobreviviendo gracias a los nuggets, el café recalentado y varias horas de dibujos animados que te han permitido tender una lavadora sin interrupciones.

Un almuerzo infantil perfecto que contrasta con el almuerzo de mis hijos, un plátano negro pasado.
La maternidad siempre tuvo algo performativo. Ahora, además, es contenido.
Pienso en eso cuando escucho Anti-Hero, de Taylor Swift. «I’m the problem, it’s me». Hay algo inquietante en la facilidad con la que muchas mujeres hemos aprendido a dirigir la crítica hacia nosotras mismas. Si estamos agotadas, sentimos que no nos organizamos bien. Si no llegamos a todo, pensamos que nos falta disciplina. Si necesitamos ayuda, creemos que estamos fallando.
Pero ¿y si el problema no fuéramos nosotras?
¿Y si el problema fuera una cultura que ha convertido la crianza en un proyecto individual mientras desmantela sistemáticamente las redes colectivas de cuidado?
¿Y si el problema fuera que hemos normalizado niveles de agotamiento que en cualquier otro contexto consideraríamos insostenibles?
¿Y si el problema fuera una sociedad que necesita niños, pero considera que el trabajo de sostenerlos pertenece exclusivamente al ámbito privado?
El otro día mi hijo pequeño me enseñó una piedra durante diez minutos.
Una piedra completamente normal. Gris. Ni especialmente bonita ni especialmente rara. Pero él la sostenía con la solemnidad de quien acaba de descubrir una nueva ley física.
Y pensé que quizá los niños todavía conservan una capacidad que los adultos hemos ido perdiendo poco a poco: la de prestar atención sin convertir inmediatamente esa atención en utilidad. La de observar algo sin preguntarse para qué sirve. La de habitar un instante sin intentar transformarlo en productividad, aprendizaje, contenido o crecimiento personal.
Quizá por eso las madres fantaseamos tanto con desaparecer.
No porque queramos abandonar nuestra vida. No porque queramos escapar de nuestros hijos. Sino porque, en el fondo, intuimos que hemos construido una forma de existencia donde casi todo reclama nuestra atención al mismo tiempo. Una vida atravesada por expectativas, demandas, notificaciones, obligaciones y ruido.
Y me pregunto si lo realmente inquietante no es por qué tantas madres desean desaparecer de vez en cuando, sino por qué, en una época que presume de libertad, desaparecer empieza a parecerse tanto al descanso.




