Escribir la Patagonia con Donald McLeod

Donald McLeod cuenta que desde niño sintió interés por el terror y la fantasía. Su relación con los libros comenzó de una manera bastante inocente. En su casa había colecciones de libros que sus padres habían comprado en Punta Arenas y él disfrutaba mirarlos, tenerlos y descubrirlos. Sin embargo, en ese momento no tenía una relación profunda con la lectura. Durante su infancia y adolescencia, se acercó a los libros más desde el fandom que desde la literatu|ra. Le gustaba encontrar nuevos títulos y revisar las secciones de ciencia ficción, fantasía y terror en las librerías. No seguía demasiado a los autores ni sabía qué se encontraba detrás de la publicación de un libro. Simplemente disfrutaba de esa sensación de entrar a una librería y encontrarse con algo desconocido.
McLeod recuerda que esa mirada cambió recién durante su etapa universitaria, cuando comenzó a llegar a textos que realmente le interesaban. Para él, ese giro también significó descubrir todo lo que existe detrás de la literatura: cómo se escriben los libros, cómo se publican y cómo se construyen las comunidades de lectores y escritores.
Un momento importante ocurrió alrededor de 2015, cuando participó junto a unos amigos en un proyecto relacionado con un videojuego mientras estudiaba arquitectura. El grupo obtuvo un fondo de cultura y, como cada integrante tenía distintas habilidades, a McLeod le encargaron desarrollar la historia. Al no tener experiencia previa escribiendo, comenzó a participar en clubes de lectura y talleres literarios. Ahí conoció a personas que escribían, a autores chilenos y distintas formas de acercarse a la literatura. También descubrió que podía existir una literatura producida desde Chile y Latinoamérica y que él mismo podía aspirar a publicar un libro.
En 2017 formó parte de un colectivo literario llamado Weye, donde encontró el valor de crear proyectos de manera colectiva. La experiencia le mostró que la literatura también podía construirse junto a amigos y compañeros, a partir de intereses comunes, lecturas compartidas y conversaciones. En ese espacio se organizaban actividades y compartían nuevas lecturas. McLeod recuerda ese periodo como una etapa de mucho aprendizaje, especialmente porque varios de sus compañeros estudiaban Letras o carreras relacionadas con las humanidades. Aunque él no venía de ese ámbito, comenzó a leer con mucha pasión.
La llegada de la pandemia, en 2020, provocó la separación del colectivo. A partir de ese momento, McLeod volvió a acercarse a sus intereses iniciales por la fantasía y creó Imaginistas junto a Martín Torres-Zuleta, un colectivo literario dedicado principalmente a los talleres, los clubes de lectura y los laboratorios de escritura. La virtualidad permitió que el proyecto creciera y reuniera a personas interesadas en la literatura fantástica desde distintas partes de Chile y Latinoamérica. En 2023, el colectivo comenzó además a trabajar en una revista.
Para McLeod, todo este recorrido no siguió un plan completamente definido. Más bien, surgió de distintos encuentros, lecturas y proyectos compartidos. Desde sus primeras visitas a las librerías hasta la creación de colectivos y revistas, su relación con la literatura se ha construido poco a poco y, sobre todo, a través del trabajo con otras personas.

—¿Cómo recuerdas tu infancia en Punta Arenas?
—Yo tengo imágenes muy duras y muy bonitas, pero también muy terribles. Mi papá es camionero, partiendo por ahí, y eso significa muchas cosas. Durante un tiempo, rechacé un poco esa idea, porque había mucho peso en eso de tener que seguir la pega de tu padre. Además, el mundo de los camioneros tiene una cosa súper masculina y es un trabajo muy solitario.
Pero lo lindo es que mi papá trabajaba solamente en Magallanes. Lo que hacía era mover animales, principalmente ovejas, de un campo a otro o llevarlas al frigorífico. Entonces, durante mi infancia, terminé muy vinculado a ese trabajo. Lo acompañaba muchas veces al frigorífico, al campo, hacíamos viajes a Tierra del Fuego. Pero siempre arriba del camión, durmiendo en la litera. Eso es, para mí, mi infancia, mucho más que estar viviendo en una ciudad, en una casa, encerrado.
Tampoco podías salir mucho por el clima. No estaba esa cultura de salir tanto. Entonces mi infancia fue, en gran medida, acompañar a mi papá en el camión: sentado en una silla, mirándolo manejar, fumando en una cabina cerrada, con mucho humo, mientras yo miraba una pampa interminable durante horas. Había campos que quedaban a noventa kilómetros de Punta Arenas. El viaje duraba unas dos horas y después había que esperar varias horas más para cargar el camión. Pero a mí me encantaba esa experiencia.
Te subías al camión, estaba tu papá manejando y partías por la pampa, todo plano. Él solamente hablaba para decirte cosas como: “Mira, un carancho”, “mira un armadillo”, “mira esas ovejas raras”, “mira los guanacos” o “mira los ñandúes”. Entonces uno iba mirando los animales. Eran lo único que cambiaba en ese paisaje interminable. Y yo quedé muy pegado con esa imagen.
Después salíamos de la carretera y nos metíamos por caminos de tierra que eran muy accidentados, porque las escarchas y la nieve iban modificando el terreno. Los caminos casi nunca se reparaban. Mi papá tenía un camión y un carro, así que el camión avanzaba y el carro venía atrás. Cuando había nieve, patinaba. Era una experiencia muy bonita, pero también muy desafiante.
Cuando llegabas al campo, había unas casas patronales con árboles gigantes. En Magallanes plantaban pinos o alerces alrededor de las casas para protegerlas del viento, formando pequeños bosques. Y también había una laguna que en invierno se congelaba, pero que en verano se llenaba de agua y se llenaba de flamencos. Había patos y muchos otros animales. Era un paisaje muy bonito.
Después había que cargar las ovejas. Dependiendo de lo que fueras a buscar, podían ser ovejas viejas o corderos, y según la cantidad de animales también variaba la cantidad de gente que trabajaba.
Nosotros teníamos dos perros, el Kambá y el Duque, que vivían con nosotros y eran perros de la casa. Al principio iban al campo a trabajar. Les encantaba correr y jugar, pero bajaban mucho de peso, así que después mi mamá ya no quería que fueran. El Kambá era muy buen perro para ir a buscar las ovejas, arrearlas y traerlas. El Duque, en cambio, era muy bueno para subirse al lomo de las ovejas y destrabarlas cuando se quedaban detenidas y no querían avanzar. Cuando llevábamos al Duque, él empujaba a las ovejas para que subieran al carro.
Y yo, como era chiquitito, muchas veces me metían adentro del carro. Si una oveja se daba vuelta en medio de la carga, se trababa todo el proceso. Entonces me metían a mí para que empujara a la oveja y la hiciera avanzar. Yo siempre estuve muy metido dentro del camión, en lugares muy chicos. Después, cuando teníamos que descargar en el frigorífico, también me tocaba ayudar. Si alguna oveja se moría, tenía que agarrarla de las patas y sacarla. Entonces siempre estuve muy vinculado con la muerte y, en ese sentido, con la animalidad. Creo que esa experiencia magallánica, tan vinculada al campo, al trabajo de mi papá y a los animales, es una parte muy importante de mi infancia.
—¿Por qué decidiste no incluir humanos en Lo que cuentan las nubes (Trazos de aves, 2023)?
—No sé, creo que los humanos no cabían dentro de la historia. Puede que existan como algo ominoso, que aparezcan de repente, pero no están realmente dentro de esta historia. Creo que, al poner a los humanos en el centro, inevitablemente los animales terminan siendo vistos desde una perspectiva humana.
—Y en Ferales (Desastre natural, 2025) tampoco.
—Sí, en Ferales existe un cuento que trabaja con eso. Hay un cuento sobre un pájaro que tiene la habilidad de cruzar distintos mundos porque está persiguiendo algo. Es un cuento muy estúpido, que se llama “Rueda, rueda, calafate”, y trata sobre una loica que está en un mundo destruido.
En ese mundo, una fuerza apocalíptica lo ha destruido todo. El pájaro encuentra el último calafate del mundo y le da un fruto. El fruto cae, empieza a rebotar y el pájaro intenta comérselo, pero el fruto siempre trata de esquivarlo y nunca deja de rebotar. Entonces el pájaro vuela detrás de él.
La idea es como un vuelo de pájaro a través de la destrucción. Sí hay muertos y existe un mundo humano, pero el pájaro viaja hasta atravesar otro mundo, que es un mundo realmente de fantasía, donde hay unos ratones que quieren destruir el último jardín del mundo.
Fue un cuento muy gracioso de escribir, pero ahí sí tenía ganas de plantear la idea de que quizá existe otro plano donde pueden existir humanos, aunque no sean tan importantes. En realidad, tenía muchas ganas de escribir más allá de lo humano. ¿Qué pasa cuando sacas al humano de la ecuación? Obviamente, escribir desde lo real es muy difícil. Jamás vamos a alcanzar a escribir verdaderamente desde una perspectiva que no sea humana. Pero un poco el desafío era hacer el ejercicio de imaginar cómo puede sentir un otro. Eso es lo que me interesa.

—¿Cómo fue el proceso de investigación sobre animales para escribir sobre ellos?
—Yo creo que, principalmente, uno tiene la evidencia personal. Mi infancia fue con otros animales. Estaban ahí. El ñandú, por ejemplo, era un animal cotidiano para mí. Nosotros íbamos a buscar huevos de ñandú al campo. A pesar de que estaba prohibido, la gente lo hacía igual. Les sacaban los huevos y se los comían.
Entonces uno terminaba aprendiendo cómo funcionaban esas cosas: sabías más o menos dónde estaba el macho, dónde estaba el nido. Las hembras que estaban dando vueltas volvían a poner huevos y, con el tiempo, podían llegar a tener doce, trece o incluso veinte huevos en el nido. En esa época se comía mucho huevo de ñandú.
Mi relación con los animales no viene solamente de haberlos observado, sino de haber convivido con ellos y de haber aprendido ciertas cosas sobre su comportamiento desde muy chico.
—¿Hay algo que te haya impactado particularmente en ese proceso de búsqueda o de convivencia con los animales?
Tengo muchas memorias impactantes. Por ejemplo, una vez estaba en el campo con mi papá, en este mismo lugar que te contaba, donde estaba la laguna con los flamencos y los árboles de la zona patronal. Era prácticamente el único lugar con árboles al que llegaban las bandurrias, porque no había árboles en ninguna otra parte del campo. Aprovechaban cualquier lugar para posarse y hacer sus nidos.
Pero las bandurrias son súper chillonas, entonces tenían a toda la gente del campo loca porque se levantaban a las cuatro de la mañana con sus gritos. Una vez llegamos y alguien había decidido que había que poner escaleras, subir hasta los nidos y tirar los huevos al suelo para que las bandurrias no volvieran nunca más.
Me acuerdo de haber visto en el piso miles de huevos reventados, huevitos muertos, algunos todavía abriéndose. Eso me generó mucha impresión. Esa muerte, esa especie de masacre de un animal que, en otro contexto, quizás habría sido considerada algo terrible, pero que ahí se volvía una solución práctica para un problema del campo. Para mí era horroroso.
También recuerdo una vez que un caballo le había pisado la pata a un perro y nadie se había dado cuenta. El perro terminó comiéndose su propia pata. Tú lo estabas acariciando y, de repente, te dabas cuenta de que tenía un muñón.
O estaba el caso de unos perros que pertenecían a un señor que quería tener su propio criadero. Eran perros muy buenos para el trabajo en el campo y al principio todo funcionaba bien. Pero en algún momento los trabajadores del campo, que no eran personas especializadas en crianza de perros, empezaron a cruzarlos sin ningún control. Se olvidaban de separar a los machos, cruzaban perros con sus propios hijos y comenzaron a aparecer deformidades. Te juro que era una película de terror. Los perros eran todos deformes. Era horroroso. Yo nunca había visto algo tan terrible como esa perrera, llena de animales que parecían monstruos.
Y pasaban cosas similares con otros animales. Había ovejas que nacían sin alguna parte de las patas y caminaban prácticamente con el codo. Había ovejas que nacían con deformidades muy extrañas, incluso con dos caras. También recuerdo un proyecto en el que se intentaba que las ovejas tuvieran dos crías, porque son animales que naturalmente pueden tener mellizos. Entonces había que ayudarlas durante el parto. Muchas veces se moría un feto o incluso la madre, porque había complicaciones. Yo estuve presente viendo cómo parían las ovejas y cómo los veterinarios tenían que sacar los fetos del útero para evitar que la madre muriera.
Entonces son imágenes que tengo muy grabadas. Creo que todo eso también está dentro de Ferales: la relación con los animales no solamente desde lo bonito, sino también desde la enfermedad, la muerte, la deformidad y la violencia.
—¿Cómo definirías tú la Patagonia de una forma literaria o poética?
—En algún momento la pensé como la creación de un dios primerizo. Como cuando alguien se sienta por primera vez frente a una pintura y es preciosa, pero al mismo tiempo tiene una cierta inocencia y se nota que todavía no está terminada.
Yo tengo esa sensación con la Patagonia. Es algo primitivo, que parece no estar terminado y que tiene como grandes pincelazos. La pampa es como un solo pincelazo amarillo. Las nubes son un revoltijo de colores, como si estuvieran pintadas con los dedos. La Patagonia se siente un poco así: como la creación de algo que recién está entrando en la creación.





