Javieras recolectoras: presentación de El Casio y tú/Esquemas juveniles, 20 años

septiembre 28, 2026
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Los veinte años del disco debut de Javiera Mena han movilizado una discusión que destaca su capacidad de perduración en el tiempo, como hito anticipatorio de lo que vendría en la música nacional y condensación de su momento histórico. En su presentación del reciente libro de Javiera Tapia, El Casio y tú/Esquemas juveniles, 20 años (Banda Propia, 2026), Alejandra Costamagna retoma conversaciones, vuelve sobre su experiencia de escucha y apunta a la capacidad de ambas Javieras (Tapia y Mena) de compilar los signos de su época.

El 19 de octubre de 2003 anoté, en mi agenda de papel, «asado Marcelo Mena». Y más abajo «día jodidamente hermoso». Estaba en Iowa yo, en una residencia de escritura, y ese domingo me juntaría con otros chilenos en la casa de Mena, un ingeniero muy lector y muy melómano, que entonces hacía un doctorado en Ingeniería Ambiental en la Universidad de Iowa. En algún momento del asado, Marcelo me habló de su prima Javiera, una chica de veinte años, estudiante de música, que tenía su banda y grababa canciones y tocaba en galpones o en barcitos de Santiago. Y me regaló, el gentil Marcelo, una copia del disco de su prima. Esa noche escuché por primera vez a Javiera Mena. Y supongo hoy que la frase «día jodidamente hermoso» anotada en mi agenda ese domingo de 2003 tuvo un vínculo sustancial con la escucha de esas canciones.

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Reviso esa agenda, revisito ese año y los inmediatamente posteriores porque esos pequeños cuadernos que almaceno como amuletos son, en realidad, archivos aleatorios que pueden abrir alguna rendija ante invitaciones como esta de Banda Propia y Javiera —esta Javiera, la periodista y escritora— para festejar hoy la salida de este libro conmemorativo de los veinte años del disco Esquemas juveniles de la otra Javiera, la cantante, la compositora, la adolescente que allá por los comienzos del siglo XXI componía canciones en su pieza, lo más silenciosa posible, concentradísima en una música que era propia y colectiva, con un hilito de voz que la sostenía firme en el susurro de las canciones para no despertar a su papá, a su mamá, a su hermano. Una adolescente que no podía adivinar entonces —aunque secretamente lo deseara— que con sus canciones pronto despertaría a una generación. Y que no se quedaría ahí, en realidad, porque sus canciones íntimas y colectivas moverían placas intergeneracionales, intertemporales, interespaciales.

Canciones grabadas en CD, traficadas entre pololas, entre amigas y amigos. Canciones como «Supapilapuso», todo junto, una sola palabra en el título, como si fuera el nombre de un insecto exótico o, mejor, de un virus benigno que se transmite a través de la escucha. Y que podría leerse también como un microcuento autobiográfico, que dice: «En un auto, ocho y media / Una niña, siete años / Y la música que suena le trasciende / le trasciende / Y la música que suena la va a influenciar después / Sus orgasmos musicales con ella tendrán que ver / Y la música que suena su papi la puso, su papi la puso, su papi la puso». O canciones-experimentos como la que lleva por título «La risa lenta», que son cuatro minutos 17 segundos de guitarra acústica y una voz que suena apenas como un instrumento, que no busca ningún protagonismo y que primero dice jajajajajaja repetidamente y luego turututú turututú. O temas como «Hambre», en el que la voz grave y dulce de Javiera corea «la comida es lo primero, la moral viene después», en un juego libre con los versos de Bertoldt Brecht para La ópera de tres centavos.

Canciones aparentemente sencillas que ya entonces se vuelven pegajosas y adictivas, con unas letras concisas y una especial sensibilidad por las palabras, por su fonética. Con unos sonidos cifrados, sacados de un lugar nuevo y muy familiar a la vez, que parecen nutrirse de aquí y de allá; de una insólita cruza entre Cat Power y Mazapán, entre Stereolab y las canciones que alguna vez puso su papá en la radio del auto a las ocho y media de la mañana. El fruto de una escucha meticulosa y una mirada contemplativa y ligeramente extrañada, sin ambición aún, gozosa de capturar sin prejuicios lo que la mueve —iniciaciones, mujeres que aman a mujeres, transformaciones— y el deseo genuino de hacer música porque sí. Y aunque esas canciones no eran los embriones propiamente tales de lo que sacaría a la luz en 2006 en su debut oficial con Esquemas juveniles —ya sumergida en el sonido electrónico— sí balbuceaban la misma lengua. Porque fueron gestándose en paralelo.

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Pero todo esto que digo lo vislumbro ahora; ahora que he leído El Casio y tú, este libro precioso de Javiera Tapia sobre un disco precioso de Javiera Mena, que funciona como un faro y un rastro. Que rememora e ilumina con la óptica del presente. Todo esto lo veo y lo mastico ahora, digo, ahora que me he aventurado a contactar a Marcelo Mena (movida por la nota en mi agenda de 2003), con quien perdí comunicación y a quien solo volví a ver en la tele, como experto en cambio climático y flamante ministro de Medio Ambiente del segundo gobierno de Michelle Bachelet. «No sé si te acuerdas», le escribo, y le doy las coordenadas de esos días en Iowa. Al rato me responde que sí, que claro que se acuerda. Entonces él y otro amigo chileno tenían un programa de música independiente en KRUI, la radio estudiantil de la Universidad de Iowa. Y esos primeros temas de Javiera circularon en la emisora universitaria. Años más tarde —después de los discos Esquemas juveniles (2006) y Mena (2010)— esas canciones fueron editadas en el álbum recopilatorio Primeras composiciones (2000-2003). Y aunque en los tiempos de Iowa todavía no era «más tarde», el primo Mena ya avizoraba el futuro: «Era super claro que la Javiera tenía un talento», me dice. Y en otro mensaje insiste: «La Javi tenía algo…». Y acaso a modo de continuará, Marcelo Mena deja tres puntos suspensivos en su mensaje.

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Rastreo el libro de Javiera Tapia buscando lo que deja en suspenso Marcelo. ¿Qué es ese algo en Javiera Mena? ¿Qué atributo tan singular tiene entonces, a comienzos de los dos mil, que la habilita a crear un disco tan extraordinario como Esquemas juveniles? Las pistas van surgiendo de inmediato en las páginas de El Casio y tú y podrían ser rearticuladas con otra pregunta: ¿Cuál es el algo que singulariza a este disco y lo vuelve hito y bandera generacional que no solo marca un antes y un después en la escena de la música pop en Chile, sino también crea un tiempo paralelo, un tiempo elástico en el que caben el antes, el después y el ahora juntos? La tesis que atraviesa las páginas de este libro, para mí, es un cuerpo de dos cabezas, que se sostiene en la simultaneidad temporal y en la recolección.

Cuando digo simultaneidad temporal me refiero a la idea de que este disco responde a su época y su contexto pero, a la vez, lo trasciende. En palabras de Javiera (Tapia): «(…) escuchar Esquemas juveniles en el 2026, a veinte años de su salida, a más de veinte años de su composición, no es un documento histórico, sino algo que sigue sucediendo ahora. Porque cuando lo escuchamos, nos afecta ahora, sigue diciéndonos cosas sobre el presente, pero al mismo tiempo somos conscientes de que es una obra de hace dos décadas y de que la persona que la creó, la ciudad que ella habitaba y nosotras y nosotros mismos, somos otros» (11).

La idea de recolección, en tanto, toma cuerpo en la figura de la bolsa de la ficción que propone Úrsula K. Le Guin —y que Javiera cita con lucidez en el libro— para pensar obras que escapan a la idea de una lanza cazadora sostenida en una hazaña individual, heroica, apartada del resto en su misión. Por el contrario, la concepción de la bolsa recolectora es la de una labor mancomunada, en la que se desajustan las jerarquías y se acumulan referencias de aquí y de allá, y la mezcla es bienvenida y lo pequeño y lo grande, lo alto y lo bajo, un poema de Federico Schopf y una base de reguetón conviven en un mismo saco de creación artística. En palabras de Javiera (Tapia) otra vez: «Creo que pensar en el disco como bolsa y no como lanza también permite salir de la lógica de la compositora genial y solitaria que crea algo increíble de la nada (…) Aunque sí hubo soledad en la composición de Esquemas juveniles —Javiera en su habitación o en el computador—, ella nunca fue una autora aislada, sino todo lo contrario. Ella tejió su música siempre en compañía» (20).

Me gusta cuando Javiera Tapia disecciona la canción «Cuando hablamos». Quizás sea el mejor resumen de los procedimientos del disco completo, singularizados en un tema que nació como reacción ante la muerte de un amigo. Una canción que se resiste a catalogaciones y aviva la convivencia, por ejemplo, de una base rítmica reguetonera con unos teclados que citan a «Respect», de Erasure. Dice Javiera (Tapia): «En este tema, además, están los 80 y los 2000 mezclados, dos líneas temporales que se cruzan como si todo sucediera al mismo tiempo. No es extraño. Javiera escuchaba todo en simultáneo y lo procesaba junto, sin separar géneros y épocas. El resultado es un tema que contiene varias tradiciones a la vez, que no cabe en ninguna caja» (60).

Pero si Javiera Mena recolectaba sonidos que venían de aquí y de allá y los metía en una bolsa de la que emergía un collage llamado Esquemas juveniles, lo propio hace Javiera Tapia en El Casio y tú: la puedo ver con su saquito almacenando voces, registros, memoria, rumores, relato, hipótesis, tallas, lecturas, correos electrónicos, horas de escucha que luego ensambla y moldea y mientras escribe este libro va creando también comunidad. Y si bien la excusa son los veinte años de Esquemas juveniles, este es un libro que trasciende temporalidades, tal como el disco de Mena. Un libro bolsa, no un libro flecha.

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En este tiempo sin tiempo vuelvo a 2003 en enlace con 2026. Vuelvo a Marcelo Mena en enlace con Javiera Tapia. ¿Qué es ese algo que ha dejado en suspenso Mena en su mensaje inicial hace unos días? ¿Qué es ese algo que veía en su prima Javiera en aquellos años de Iowa y que luego no haría más que expandirse? O amalgamando la pregunta con otra que asoma desde las primeras páginas en el libro de Javiera Tapia: «¿Qué hace que una obra de arte escape al momento en que se produjo?» (9).

Leo lo que dice Mena (Marcelo) en un tercer mensaje: «Las progresiones de acordes de la Javiera eran inusuales: eran acordes que no mostraban mucho respeto por la convención, pero sí tenían una conexión con la música pop en general (…) También tenía progresiones de acordes parecidas a Stereolab, y todo con mucha soltura. Por eso fue interesante el cambio tan radical a la música electrónica, que después se dio por disponibilidad de instrumentos básicamente. Me acuerdo de la primera vez que la vi tocar en vivo: [fue en un patio de] la Chile en 2001 o 2002, y quedé absolutamente sorprendido con el estilo».

Leo lo que dice Tapia (Javiera) en una cita que acaso sea mi favorita del libro. Parte hablando del «aura» —que los adolescentes de hoy usan como cotejo de lo cool—  y retoma la idea original de Walter Benjamin acerca de su pérdida en una obra de arte cuando se reproduce masivamente. La copia, entonces, carecería de aura. Y aquí viene Javiera con el aura. Atención: «Pienso en esa presencia que es la intimidad en Esquemas juveniles y resuelvo por partida doble: primero, RIP Walter Benjamin, te hubiese encantado conversar sobre Javiera Mena; segundo, la reproducción tecnológica tal vez sí pudo crear un nuevo tipo de aura, porque cuando escucho este disco puedo imaginar la pieza de una adolescente, puedo escuchar la noche y la soledad».

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El 5 de septiembre de 2026, hace dos días, anoté en mi agenda de papel: «Lunes 7 de septiembre: presentación Javiera». Y más abajo: «Mena y Tapia, Javieras recolectoras»

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