«Que del bosque los abrojos» de Carmen Berenguer

septiembre 28, 2026
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[presentación]

“Mis visiones no son de nubes rosadas de la urbe rascando el horizonte de cúmulos blancos de nubes y celeste de cielo o gris de acuerdo al tiempo sin tiempo” 

(Berenguer, Enero 2026)

Recibo este libro después de días en que se anuncia una copiosa lluvia para el sur, una lluvia que conozco, una lluvia poco anunciada en este paisaje nortino.

Cuando era pequeña vivía en Chillán, y en la sobrevivencia muchas veces visité la biblioteca pública, ese fue el primer acercamiento a los libros de Carmen Berenguer para mí. 

Trato de transportarme a su título, a visualizar el bosque de abrojos y creo sostener imágenes, que pinchan, que descaman, un bosque que se atraviesa para descubrir, quizá una flor.

El libro de Carmen Berenguer nos invita a ratos a una pausa, entregando un silencio, como en un evento de contrastes, hojas en blanco, o negras o grises, o rojas, como la antesala de quien observa para dirimir en su escritura una lucidez sitiada, en una esquina observador escribiente, como si alguien dictara sostenidamente disociada las palabras.

Lanzada así a la escritura, luego…

Como nos dice: “la imagen remojada por el vidrio de la pantalla me rompió uno de los extremos difíciles de precisar, cachay” (Berenguer, Enero 2026).

La tensión entre lo visto y lo mostrado, el olvido del peligro, sostener sin sentir.

Volviéndonos a situar con una lucidez abrasiva, que erosiona el paisaje chileno, desnuda la geografía social, como nos señala en su poema “La belleza blanca se escurre: y el pico del orgullo nacional hueco, está vacío”. (Berenguer, Enero 2026)

Nos estremece en un tránsito, como un símil de la palabra, pero la palabra atragantada, la tensión como un viaje, al margen, en los márgenes, como en la referencia del poema “El malabarista de Panguipulli: En sus manos veía el sol, todos los días, para ganarse su pan y comida en el centro de Panguipulli”. (Berenguer, Enero 2026)

Nos abre un momento histórico, que rasca cicatrices, abre la costra, la piel, capa por capa, en su escrito: “La llorada chilena, nos pronuncia: Rayadas las calles, todo lo ocurrido, toda la infamia, en el país, tristes, tristes, sino son las palabras”. (Berenguer, Enero 2026)

Y yo, pauso…

Carmen, abre la particularidad invisible de un cotidiano social, conecta con las palabras, con el nombramiento, con el desastre natural, lo posiciona como una existencia, que yo voy leyendo como parte de una narrativa colectiva identitaria, este desastre que nos emana una conciencia colectiva, que sitúa la precariedad de la existencia, porque no decirlo, en una violencia estructural.

Y como dice Castoriadis: “no somos individuos flotando libremente por encima de la sociedad y de la historia, dotados de una capacidad de decidir soberanamente qué hacer, como hacerlo y cual será ese acto”.[i]

Y ahí, aparecen para mí, estos escritos, como el que Carmen titula: “Barro” o “El derrumbe del puerto de Valparaíso” y “La Llorada Chilena”, como un análisis de la poderosa geografía política que estructura la escasez, la miseria como un principio positivo, pero que, sin duda en Carmen Berenguer, nos denuncia, más bien nos declama dolorosamente, la violencia del espacio que ocupa un ser humano.

Como su poema Barro: “el barro como una procesión de cuerpos embarrados, en la bajada del invierno boliviano, la ropita de niña, de añitos, era blanquito su vestidito” (Berenguer, Enero 2026)

O en Valparaíso que tan copiosamente en sus cerros se nos muestra, y que estremece en lo escrito por Carmen: “se me estruja el corazón una convulsión, algo colapsa en mí, la única sobreviviente desgraciada se me ocurre que es la hora del té y jugamos todos en la mesa de antaño”. (Berenguer, Enero 2026)

Creo que Carmen, nos abre este ojo chileno, brutal, nos asedia con el recorrido de cuerpos; los canales, la historia, la memoria de un río corriendo. Nos entrega en su recorrido partes y una lucidez unida por fragmentos de cuerpos, que son simultáneamente sometidos a una violencia de un verdugo que pareciera no tener nombre. 

Sin embargo, y para terminar esta intervención, quisiera decirles que ella misma toma su revancha, en un silencio mental, naciente en la pandemia, en un ruido natural palpitante, y nos regala en “Las noches negras de la pandemia”, lo siguiente: “la visita de las palomitas cuyanas, chincoles, saltarines, zorzales, rara, bailan en el aire y cantan y nos enternecen sus arrullos y trinos, en un amanecer sombrío, si no fuera, por estos brotes de vida”… (Berenguer, Enero 2026)


[i] Cornelius Catoriadis (1996) en su ensayo “Miseria de la Ética Tradicional” (Página52).

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