Roxana Miranda Rupailaf: “No me resigno a perder a quienes quiero y por eso les escribo, para mantenerlos vivos de algún modo”

La primera publicación en prosa de la escritora y poeta williche. Dos corazones tengo (La Maña, 2026) está poblado de imágenes del pasado, la infancia, los aprendizajes y quienes ya no están en este plano terrenal pero que han acompañado la escritura de estas memorias afectivas. “Este es un libro profundamente íntimo y personal, y es desde ahí busca conectar con el lector”, cuenta en esta entrevista previa al lanzamiento del libro en Santiago, el próximo jueves 8 de octubre.
La pandemia fue un periodo de cambios e introspección. También, fue la oportunidad en la que poeta mapuche Roxana Miranda Rupailaf se arrojó a un proyecto escritural algo diferente a lo que había publicado previamente. De la mano de la editorial sureña La Maña llega Dos corazones tengo, su primer libro de narrativa, donde mediante breves entradas entrelaza historias familiares, oralidad, territorio y ficción para rendir homenaje a quienes marcaron su vida.
El libro presentado en agosto en Valdivia y en septiembre en Osorno, tendrá su encuentro con el publico capitalino la tarde del próximo jueves 8 de octubre, a las 18:00 hrs., en el Museo Violeta Parra. Allí, la autora repasará el proceso y camino de estos relatos inspirados en vivencias personales y en las historias transmitidas por su entorno familiar y comunitario.
Acompañada de las fotografías de su archivo y en diálogo con la mirada del fotógrafo y poeta Aukán Martínez, recorre cantinas, ferias, boxeadores, amistades y personajes anónimos. “El libro propone una mirada distinta sobre un territorio habitualmente asociado a la cultura ganadera, poniendo en primer plano la identidad mapuche huilliche que atraviesa su historia cotidiana”, señala el material de difusión del libro sobre el que conversó la autora, quien aclara que “Dos Corazones tengo es una obra muy personal”.
“Su lenguaje es cotidiano porque su escritura surge para mi familia, a quienes está dedicado, junto a los muertos que me acompañan. Creo que cada libro exige una voz distinta; el lenguaje mismo pide sus propias maneras de decir”, señala en relación al registro.
Los relatos, agrega, “fueron surgiendo a medida que escribía, acompañados por más presencias que reclamaban su espacio en las páginas. Fue conmovedor trabajar con la memoria, mirar hacia atrás y plasmar aquello que mis ojos de infancia no lograron comprender del todo. Aunque la muerte siga siendo un misterio para mí, en este libro abrazo la vitalidad y la palabra de los muertos que me habitan. Y sí había publicado solamente poesía aunque yo creo que Dos Corazones tengo no se aleja tanto de la poesía, es una especie de prosa poética igual”.

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–Hay varios tópicos e inquietudes poéticas como el mar, el boxeo, que están en tus poemarios. ¿Cuán presente siguen estando estos temas/lugares ya escritos?
Son temas recurrentes que reaparecen bajo nuevas formas y otros recuerdos. El mar forma parte de mi imaginario poético y cultural; provengo del territorio williche lafquenche, rico en relatos orales ligados a la temática marina. El máximo Ngen del territorio es Wenteyao que tiene su casa en el mar y que se encuentra presente en todas las ceremonias williche, desde ese territorio se desprende toda una forma de ser y de habitar en diálogo constante con las aguas. Por otra parte, el boxeo es muy propio de los sectores de Osorno que retrato en las historias, sobre todo de Rahue, donde existen escuelas de boxeo y donde la huella de Martín Vargas fue bien trascendente para las generaciones que lo siguen viendo como un ídolo del barrio. Los temas que se reiteran, son búsquedas que atraviesan mi obra porque los siento inagotables: como escritora, una insiste en el mar, en los golpes y en la intensidad del lugar.
-Sobre la forma física del libro, que es como una libreta pasaporte, ¿cómo escribes usualmente? ¿Llevas libretas, diarios a mano o tomas notas en celu y compu?
Escribo de un tirón y sin notas previas: creo que, llegado cierto momento, el libro te posee y no te suelta hasta quedar concluido. Para los poemas prefiero las libretas; disfruto el diálogo con el papel y elijo páginas en blanco porque me permiten deformar el trazo según el ánimo. Mi colección de cuadernos es un registro íntimo, un diario de vida. La narrativa, en cambio, la despliego en el computador: me acomoda escribir la prosa directo en la pantalla, en una labor continuada y de largo aliento.
-Varios de los textos abordan la muerte. ¿Este es para ti un libro de duelo?
Sí, es un libro de duelo, pero observado con distancia; un duelo que ya fue llorado y que cobra madurez en el relato. Me gusta volver a la vitalidad de las personas que amé, imaginarlas vivas y recordar los detalles que me unían a ellas. Es importante mantener su alegría y su espíritu.
Creo en otras formas de existencia, en que los muertos nos siguen acompañando de algún modo. Siento que ellos mismos fueron reclamando su espacio en las páginas, asomando en mis recuerdos hasta tomar voz. Por eso no es un libro triste: está lleno de anécdotas, risas y vitalidad.

-Trabajaste con el fotógrafo Aukán Martínez. También hay fotitos personales, archivos. ¿Por qué quisiste poblar de estas imágenes este nuevo libro?
La editorial me pidió sugerir a un artista para la portada y de inmediato pensé en Aukán. Él tiene un registro hermoso de Osorno y le fascina la memoria de lo que desaparece, la transformación de las calles. Su obra transita principalmente por Rahue, el barrio de mi infancia al que me refiero en el libro. Esa es, justamente, una de nuestras grandes conexiones: ambos somos rahuinos y poetas. Nos conocemos desde hace unos quince años, cuando participó en el primer taller literario que dirigí en 2010; ha sido muy lindo ver cómo su trabajo crece y se diversifica. Es un amigo que conoce de cerca mi poética y mi forma de sentir el mundo.
Cuando le propuse usar una de sus fotografías para la portada, me compartió varias opciones que reenvié a la editora. A ambas nos pareció una excelente idea incorporar una secuencia de sus imágenes en el interior, pues sentíamos que existía un diálogo muy fluido con el texto. En las reuniones de equipo fuimos seleccionando de su archivo personal aquellas fotos que calzaban de forma natural con los relatos. Este es un libro profundamente íntimo y personal, y es desde ahí que busca conectar con el lector.
Le agradezco mucho a Aukán haber aceptado hacer este viaje al corazón de mi escritura.
–También está muy presente la música. En los lugares, en los títulos, como espacios de recuerdo y de complicidades. Vemos en ella las memorias de amigos, afectos y buenos momentos. ¿Qué lugar ocupa la fiesta y las amistades para ti?
La música es parte fundamental de mi proceso creativo; escribo escuchándola y creo que cada persona tiene su propia banda sonora. Me gusta asociar a la gente con sus canciones favoritas y con momentos de alegría. Me considero una persona alegre, disfruto del baile y de la celebración. Quizás no tanto de discoteca, sino de cantina o de reunión entre amigos, donde se genera una complicidad muy lúdica, un espacio de confianza, cuidado y cariño.
En Dos Corazones aparece Lizama, un amigo cantante de bares, junto a las cantinas de Rahue, los amigos poetas y la gente luminosa. Admiro profundamente a quienes sonríen, a los que se bancan esta vida con sus tragedias y siguen bailando. Me atrae la intensidad de las personas y de eso escribo.
-La infancia, al ser narrada, puede ser un lugar de explicación de algunas cosas. ¿Cómo fue dar esta mirada al pasado? ¿Por qué se dio esto en la pandemia que es el periodo en el cual escribiste este libro?
Durante la pandemia estaba sola, en un departamento sin patio y con una sola ventana. Pasar tanto tiempo encerrada hizo que el lenguaje fuera mi vía de reencuentro con la familia.
Las historias que empecé a escribir sobre mis muertos me hicieron compañía; creo que ese tiempo nos obligó a pensar en la muerte y en quienes ya no están. Me preguntaba qué dirían de todo esto, pues siempre pienso en las vivencias que las personas se pierden.
La muerte me causa tristeza: aunque logre abrazarla a través del recuerdo, sigue siendo incomprensible. No me resigno a perder a quienes quiero y por eso les escribo, para mantenerlos vivos de algún modo. Al final, la escritura es para una misma, para no sentirse tan sola; es un modo de abrazarse en la distancia, de cuidar a la niña que fui y darle consuelo.

-Sobre la forma del libro y sus características materiales, ¿qué quisieron relevar con la forma con la editorial? ¿Cómo crees que «contiene» el texto que propones en esta oportunidad?
El libro tiene el formato de un catecismo; cuando pienso en libros pequeños siempre me vienen a la mente, pues fueron parte de mi primera biblioteca. Crecí en Misión San Juan de la Costa, un lugar donde mis abuelos mapuche fueron despojados de su lengua y del orgullo de su origen, algo que sufrieron muchas familias de la zona con la llegada de las misiones. Por ese entonces, en mi casa abundaban cancioneros, Nuevos Testamentos y Biblias; fue con ellos que aprendí a leer, y creo que por eso escribí Las tentaciones de Eva en 2003: para regresar a esa raíz que forma parte de nuestra identidad. La figura de la Virgen también habita nuestros recuerdos de verano, como cuando íbamos a celebrar a la Virgen de la Candelaria.
El celeste del libro es un guiño a la Virgen de Lourdes, patrona de la parroquia de Rahue donde me bautizaron y donde hice la primera comunión junto a Deysi, protagonista de uno de los relatos. Celeste era también el pantalón de combate de Martín Vargas, quien como buen rahuino se encomendaba a esa misma Virgen. Me gusta este formato porque sugiere una especie de pequeño secreto; es un libro delicado.
-¿Por qué elegiste publicar en La Maña Editorial?, ¿qué vínculo se produjo ahí?
Fue a Gabriela Balbontín a quien se le ocurrió publicar estos relatos; yo jamás los había pensado como un libro. No nacieron con intención de ser publicados, sino como textos que me acompañaron durante la pandemia y que sentía profundamente personales. Sin embargo, a raíz de un escrito que le dediqué a Juan, el papá de Gabriela, ella intuyó que yo tenía más guardados —de hecho, ya había publicado uno en la página de la librería valdiviana Gato Caulle—. Así, entre conversaciones de invierno, nos fuimos encontrando.
Gabriela, editora del sello La Maña, es una amiga que heredé de Juan. Nos gusta contar nuestra historia porque es hermosa. Me hice entrañable amiga de Juan Balbontín hace varios años. Gabriela era una hija amorosa y estricta en su cuidado, pues la salud de él ya estaba deteriorada. Por eso, yo sabía que si Juan venía a mis lecturas acompañado por ella, no se quedaría a conversar después, de modo que prefería que apareciera solo. Pero Juan siempre llegaba, con o sin ella.
En 2019, cuando Juan falleció, fui de las primeras personas a las que Gabriela llamó. Llegué rápidamente a la casa y lo encontré inerte en el sofá, conservando todavía la calidez de la vida. Gabriela y su hermana Consuelo tuvieron la delicadeza de dejarme a solas con él para despedirme, darle mis últimos mensajes y abrazarlo. Es un gesto de amor que jamás olvidaré y que atesoro profundamente. Quizás no lo sabíamos entonces, pero ese fue el verdadero origen de este libro: el instante en el que comenzó a escribirse.





