TU MAMÁ ES LA LLUVIA 

octubre 04, 2026
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Un rasgo conocido de un trabajo narrativo experto es el del efecto de sencillez: la capacidad de una prosa de presentar de manera ágil lo que un tejido argumental lleva en sí imbricado de manera compleja. Un ejemplo sobresaliente es Tu mamá es la lluvia (Santiago: Overol, 2025), segunda novela de Belén Fernández Llanos (Santiago, 1986), que en 168 páginas entrega un relato de gran intensidad psicológica. El argumento, fundado sobre el tema de la extendida práctica de las adopciones iregulares -que llegó a su dimensión más dramática y organizada durante la Dictadura-, sigue fundamentalmente a dos personajes principales: una mujer cuya obsesión por tener un hijo inaugura la novela, y la niña que cría tras apropiársela después de un “trato” con su madre. Recorremos aquí el desarrollo hasta la juventud de esa niña, Melina, en una historia cuyo tratamiento hizo muy difícil redactar la frase anterior: pues el trayecto de la lectura hace natural el que hablásemos de “madre e hija adoptiva”, a tal punto el tejido de emociones “legitima” la relación de maternidad en la impresión de quien lee.

Resulta curioso que quienes ya han comentado la novela pongan el acento en el carácter de denuncia histórica que, indudablemente, es parte de Tu mamá es la lluvia, porque el tema no se trata desde el aspecto jurídico: lo que salta al primer plano es el desarrollo de los personajes, en que el “efecto de sencillez” del que hablaba al principio, es sobresaliente. Sin exagerar en la exposición de las reflexiones y sentimientos de los personajes, la empatía que generan en el lector, produce el resultado de desincentivar el juicio moral sobre ellos, desde el instante en que los hechos se presentan de una manera vívida, con la sensación de realidad que de modo sustantivo sostiene una emoción trágica. El mayor trecho de la novela, que se centra en la madre, a través de un estilo indirecto libre extremadamente bien utilizado, no llama en ningún momento a una obvia condena del personaje, sin tampoco introducir una autojustificación abierta. No nos vemos ante un carácter ramplonamente amoral, sino ante un retrato extremadamente realista que sabe captarse estrictamente en el curso de la acción, es decir, evitando alguna digresión subjetiva que se escape del flujo de hechos. El personaje de Marina, de hecho, sabe producir una poderosa empatía al momento de enfrentar las gravosas consecuencias de sus acciones, tanto por la resolución de sus decisiones, como por la inquietud ante una posible “reaparición” de la madre de la niña. Este último detalle resulta extremadamente poderoso, planteando procedimientos que parecen heredados de la narrativa de misterio. Así, la aparición de esta “verdadera” madre toma un carácter de confrontación de Marina con un doble perverso, que constituye la revelación de la falsa, torcida (en cuanto desvío de lo que debe ser), maternidad. Su presencia entonces se transfigura en el amigo imaginario de la niña o un fantasma doméstico. Más allá de las cuatro páginas en que aparece Claudia González como personaje visible y real, se debe considerar en todo el desarrollo de la novela como personaje imprescindible que recorre todo su argumento.   

La estructura de la novela está de hecho, dispuesta en torno a estos dos personajes visibles y a la presencia espectral de la madre “auténtica”. De ahí que el estilo indirecto libre pase a aplicarse hacia el final del libro a Melina, la niña apropiada en su crianza hasta su juventud. El “arte” de esta estructura, se desarrolla de manera consciente y muy bien lograda con el desplazamiento del personaje central, que se produce con una gradualidad que evita la impresión de corte, a la que ayuda mucho la persistente entrada del otro personaje relevante en el mosaico de “maternidades”: Rosa, la madre de Marina. La relativa distancia apática con que la vemos al inicio de la novela, va pasando también gradualmente a convertirse en uno de los factores importantes de la acción, que la lleva a producir un poderosísimo momento coyuntural, al pronunciar la significativa frase que da nombre al libro y confirma, hace ver, el carácter trágico del argumento, al que solo puede seguir el sacrificio que implica su muerte: la desaparición de la figura de la maternidad original. El que el mensaje que porta la caja, al final, como enigma, aparezca en un clóset de la casa de Rosa, hace de esta vaga “evidencia” documental una suerte de proyección de su voz, precisamente marcada por una tragedia situada históricamente.

El juego de distancias que permite este desplazamiento de los personajes centrales es de una asombrosa precisión “de objetivo fotográfico”. No son puramente las acciones las que van llevando el desplazamiento, sino que es casi un juego óptico en que la precisión de primer plano del objetivo acentúa la soledad trágica de cada uno de los personajes de la novela. El enlace de la técnica con el tema de la soledad -condición de la que las tres mujeres parecen buscar el escape, labor imposible que profundiza la tragedia-, no es tan solo un logro técnico en el dibujo de los personajes, sino que se convierte en una forma de presentar de manera eficiente, sin exponerlo abiertamente, el entorno marcado por la sociedad individualista y llena de malestar que trae la Dictadura. 

Lo anterior implica, de hecho, que se puede plantear que más que una denuncia de hechos, Tu mamá es la lluvia representa una denuncia de las condiciones sociales generales, acaso no tan solo del período señalado, sino que de las condiciones que surgen a partir de la serie de traumas históricos que han afectado a las mujeres en una sociedad patriarcal, acostumbrada a naturalizar la violación de los derechos de las subalternidades. La impresión que produce la novela es la de una persistencia de la indefensión, que no tan solo desestabiliza la integridad ética, sino que además la integridad de la definición de los sujetos mismos. El signo “ser madre”, incluso, cargado culturalmente con una serie de interpretaciones sublimadas, se convierte en estas páginas en una suerte de “regalo griego”, elemento desencadenante de la tragedia, la imagen de una plenitud imposible. Las identidades que remiten a esa maternidad, deben revelar ser falsas e insostenibles.

Belén Fernández Llanos se revela en esta novela como una voz imprescindible en el escenario literario nacional. El libro es la muestra, no tan solo de gran destreza técnica, sino de una sensibilidad atenta que es -y en general ha sido siempre- extremadamente escasa en la narrativa chilena.    

     

              

Tú mamá es la lluvia
Belén Fernández Llanos
168 pp.
Overol (2025)
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