Sobre «Tú aprenderás a oírla», de Carolina Melys

La novela reciente de Carolina Melys nos pone en contacto con una historia dolorosa de nuestro pasado reciente: la desaparición y asesinato de dos niños en Coquimbo durante la Nochebuena de 1973. Plantea la deuda pendiente con historias que permanecen en la penumbra y que interpelan nuestras capacidades para hacer frente a la crueldad y el terror.
Lo primero que llama la atención de Tú aprenderás a oírla (Montacerdos, 2026), de la escritora Carolina Melys (Santiago, 1980), es que, a través de una escritura fragmentaria, se va construyendo una historia real, una que se llenó de silencios y vacíos a través del dolor. Habiendo pasado hace poco el mes de septiembre, ¿de qué otra cosa podemos leer y escribir si no es de esta herida que nos atraviesa como sociedad? Aparecen voces como un coro, las mismas que usa la autora para decirnos que ciertas voces infantiles –las historias menos contadas de las víctimas de la dictadura cívico militar en Chile y de cualquier horror humano– son también las de la humanidad que quiere lograr unificarse, no a través del olvido, si no del camino a una especie de redención, una reparación digna de la que se merecen quienes sufrieron la violencia.
Y estas no son palabras grandilocuentes. Melys rescata una historia que ella escuchaba de sus familiares desde que era chica. Dos niños que, para vísperas de Nochebuena de 1973, fueron hechos desaparecer desde las inmediaciones de una plaza en Guayacán, Coquimbo. Jimmy Christie Bossy y Rodrigo Palma Moraga eran sus nombres; de 7 y 8 años, respectivamente, sus edades. Dos seres humanos que estaban en ese instante eterno de la infancia se toparon con militares custodiando estanques de combustibles para defenderlos de esos otros monstruos imaginarios a los que tenían órdenes de aniquilar como y donde fuera.
Resulta terrible leerlo y decir, como lo harán muchos y muchas, que recién se enteran de esta historia en que dos niños fueron asesinados y enterrados por el terror de otros. Recién en 1977 encontraron sus cuerpos cerca de sus casas. Son miles que no conocemos aún de este país mutilado, que por mientras camina cojo acostumbrándose a lo faltante, a aquellos que una dictadura cruenta arrebató.
La decisión literaria que toma la autora es a pasos cortos, pero profundos, entrelazando prosa, poesía, imágenes en sepia e incluso, cada tanto, el anuncio radial de cuando sus familiares y los vecinos de la comunidad los buscaban. Y esa decisión no la hace una crónica, no cae en un simple registro periodístico. Lo que pone Melys ante nuestros ojos lectores es más que eso: son las palabras de la desolación, la danza de la muerte, el sufrimiento de sus familiares, que no tenían por qué pasar también por la tortura y la coerción. Porque ya conocemos cómo los autoritarismos, con métodos torpes e inverosímiles, creían poder engañar.
Leemos en esta decisión que toma Melys para mostrarnos esta historia:
En la casa de los niños todo se detuvo. El pino vestido con luces y guirnaldas: lágrimas plateadas aún cuelgan de las ramas que se van secando con el paso de los días. La estrella que corona el cuadro ha perdido su brillo, incapaz de guiar a los extraviados. Regalos con sus nombres adornan la sala, suplicando ser abiertos.
Muy al contrario de lo que se cree, el libro de la autora es un canto a la vida, algo que nos susurra en cada página, un pequeño hilo invisible de un volantín que nos une a lo imperecedero. Son palabras para llegar, de alguna forma, a la reparación, porque lo que no se repara se marchita, se queda suspendido en el tiempo. Solo lo digno de nombrar puede iniciar el camino a la transformación, desenterrar las cenizas para luego, como dice la poeta Mary Oliver, se conviertan en nuevas hojas que nos den sombra. Una de esas hojas es este libro sensible y delicado que hoy nos regala Melys y que debemos darnos la oportunidad de leer con nuevos ojos.




