Rodrigo Ramos Bañados: “Busco una obra, una totalidad, una voz original sobre el lugar donde nací y donde descansarán mis huesos”

octubre 07, 2026
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Desde Antofagasta para el mundo, el periodista y escritor ahonda en su nueva novela, La Biblioteca Hundida (Ventana Abierta), próxima a presentarse en la Primavera del Libro. Con una edición previa en Bolivia publicada por la editorial Electrodependiente, el libro cuenta la historia de un profesor y su amigo traficante, que en un arrebato se propone fundar una biblioteca en Alto Hospicio, generando un dilema ético y una nueva economía en un desierto al que los libros parecen hacerle el quite. Un título más de este escritor que es parte del colectivo Pueblos Abandonados. 

[Las fotos son de Sofía Orihuela]

Alto Hospicio. Doce letras que generan una imagen o un par. La mayoría, seguro, asociadas a la pobreza y la aridez. En esa comuna de la Región de Tarapacá, en el norte de Chile, es que transcurre la mayor parte de la más reciente novela del escritor Rodrigo Ramos Bañados, La biblioteca hundida, publicada en una edición local por Ventana Abierta, antecedida de una nacida en Bolivia mediante editorial Electrodependiente.

Con cinco partes, el relato a cargo de un profesor decepcionado del sistema educativo -y un poco de la vida- recorre los motivos de “El Culebra”, su amigo narcotraficante, para fundar y poner a disposición de su población una peculiar edificación: una biblioteca. Y no una cualquiera, sino que erigida bajo la estética chicha y la arquitectura estilo cholet, nacida tras la cordillera, en el país vecino.

Allí también suceden las aventuras de este par de amigos, asociadas al narcotráfico y la familia; parada latinoamericana a la que se le suma el Brasil del mundial del 2014 y la ciudad de Medellín y su biblioteca España. Un ejemplo que tras ser implementado en Alto Hospicio es cuestionado por los medios y autoridades, visto con recelo y franqueado por la siguiente pregunta: ¿es correcto poner una biblioteca financiada por dinero narco? Pregunta sobre la ética situada en un lugar donde “llegó la democracia con la pasta base hasta el cuello”.

“Queríamos lo mejor para nuestra gente desde la ética del barrio. Lo que podría parecer malo en otro sector, aquí no lo era. Simple”, dice el narrador. 

Entre viajes, goces y arrebatos de justicia surge la idea, en un territorio donde no solo se hunde la famosa biblioteca. Eso es algo que también le ocurre a las casas; como si el terreno quisiera despercudirse de quienes lo pisan, como si les expulsara sin tener opción de sacarse a la gente de encima: disgusto y resignación a la vez. 

Prologado por Santiago Espinoza, el libro esta cargado de humor, compañerismo, goce y humanidad. Algo que no solo pero que en buena parte pueden darnos los libros.

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-Tu escritura es desde y mira el norte. ¿Cuál es tu diagnóstico sobre estas voces nortinas de las que formas parte? ¿Cuánto han cambiado sus miradas y temas?

En lo personal, ya estamos jugando en la liga senior, con 50 años. Si hablamos de voces nortinas, sostengo una afinidad estética y, puede decirse, una amistad con escritores de más al norte de la ciudad donde vivo. Si se puede hablar de generación, hubo o hay una manera de asumir el territorio, el desierto, más apegada a la reflexión, con voces que buscan profundidad y lenguaje antes que una historia entretenida. En mi caso, he trabajado la migración y la memoria a través de la novela y la crónica, entre otros temas. Hemos recorrido un camino, y ahí también está el rodaje de las editoriales independientes de Arica, Iquique y Antofagasta, como Cinosargo, Aparte, Navaja, Sismo, Pampa Negra y Huraña, que han dado cabida a otra estética del norte con voces nuevas o rescates de autores olvidados.

Al final, busco una obra, una totalidad, una voz original, sobre el lugar donde nací y donde descansarán mis huesos.

-Vives como punto base en Antofagasta y te mueves por el norte. ¿Cómo es que esa habitabilidad y esa forma de vida marcan tu forma de escribir, tu rutina de aproximación a la escritura?

A estas alturas me siento seguro en los márgenes del desierto costero, y ya como que no me dan ganas de salir. Quienes lo habitamos de toda la vida podemos reconocernos desde aquí, significarlo y resignificarlo. Es, de algún modo, como la pega del geólogo: alguien que sabe leer las capas de la tierra y las piedras, o calcular los tiempos. Uno que anda con el oficio de escritor va superponiendo esas piedras, esos cerros, escuchando e imaginando siempre algo donde supuestamente no hay nada, poniendo los tiempos. Pasa mucha gente por acá, pero pocos se quedan. La literatura, en esa retroalimentación entre leer y escribir, es también soledad y silencio. Aquí no hay tanto sonido como en los bosques del sur, donde cualquier ruido te desconcierta. Y el silencio, a la larga, te vuelve más reflexivo.

-Publicaste primero en Bolivia con Electrodependiente. Ahora en Chile con Ventana Abierta. ¿Cómo se dio ese tránsito para La biblioteca hundida?

Me gusta que cada novela tenga un camino distinto al de la otra. En este caso, por lo que había escrito sobre lo que ocurre entre Bolivia y Chile, surgió la posibilidad de empezar en Cochabamba, donde tengo amistades. Allí la publicó la editorial Electrodependiente, con una edición que incluyó presentación y reseñas en el medio cultural La Ramona. Estaba en eso cuando Antonio Briones, de Ventana Abierta, me preguntó si tenía algo para publicar. Le conté de La biblioteca hundida y ahí hubo enganche, lo que me tiene muy contento, porque ambas ediciones quedaron muy bellas. En los dos casos se afiató la relación: hay buena onda y confianza entre uno, como escritor, y los editores, y eso es muy importante en estos procesos.

-Uno de los dilemas presentes en el libro es el de la ética de poner una biblioteca financiada por la droga. También está la ética del barrio que es parte de la misma. ¿Cómo quisiste abordar este conflicto?

Es una manera de abordar la carencia de Estado en zonas periféricas. El Estado se va desintegrando a medida que sales del centro. Sucede a nivel país y también en las regiones, donde la representación del Estado, llámese intendencia o delegación, se concentra en la plaza de armas de la denominada “capital regional”. 

La novela aborda la historia de un campamento que se va transformando en una pequeña ciudad mediante la organización de sus vecinos, una organización que no es impermeable al dinero del narco. Vecinos que se rigen por el proverbio de los tres monos: no ver el mal, no oír el mal, no decir el mal. Así que si el mal te ayuda, bienvenido sea. Ese es el contexto moral: si hace calor, por ejemplo, ves una piscina de plástico en la cuadra, te invitan y te metes; no vas a preguntar de quién es la piscina ni quién la compró. De eso se trata. Aquí, el narco construye una biblioteca.

-Hay también en La biblioteca hundida un ejercicio histórico del pasado reciente. Una historia que podríamos decir que es la de la droga. ¿Qué crees que puede aportar esta mirada literaria a esta dimensión social y económica tan presente para el norte?

El norte, especialmente en las zonas cercanas a la frontera, como es el caso de Iquique, está marcado por el contrabando desde y hacia Bolivia. Es un territorio donde circula el relato oral del tráfico: no solo el narco, sino también los autos chutos, la trata de blancas, las desapariciones de personas, los pueblos de nylon que aparecen y desaparecen, los coyotes y milicos corruptos, los perros asilvestrados que persiguen animales. En medio, la cultura aymara, silenciosa, observadora, que de vez en cuando enfiesta los pueblos durante todo un fin de semana, con excesos por la Pachamama. 

Al final, en la zona de Iquique/Colchane u otras cercanas, hay una gran novela negra —si se le puede calificar dentro de un género literario— que todavía no se ha contado en toda su magnitud. En mi novela abordo ese ir y venir de la frontera.

-El libro se sitúa —y lo dice en sus mismas páginas— en la periferia de la periferia. ¿Cómo entrar en esa dimensión y forma de vida sin caer en la «pornomiseria», por un lado, pero también sin romantizar la mierda?

Creo que el concepto «pornomiseria» responde también a una manera de ver la literatura de lo desconocido y del margen: la de la población —como se le llamaba antes— o la del campamento. Hay un sector dentro de la literatura chilena que rechaza lo sucio, la miseria y hasta lo feo de ese mundo, pero claro, también debe contarse. No se puede reducir ni catalogar bajo un solo concepto a un narrador o narradora que cuenta su realidad tal como es. Lo digo porque me ha tocado hacer talleres en campamentos y, claro, el 90% de lo que escriben es pornomiseria, con resentimiento, violencia y, lo mejor, con mutaciones del lenguaje popular colombiano, chileno, venezolano, peruano y boliviano. Barrocos, medio lemebelianos, si se puede decir de ese modo. Y eso, a mi juicio, puede ser más verosímil que mi novela, pues la realidad es cruda. En mi caso, no vivo en un campamento. Por oficio, desde la comodidad de mi casa, genero un texto que es una aproximación a la vida de un campamento —de los que, de paso, hay muchos en las ciudades del norte—, donde sus ocupantes se organizan porque nadie los va a ayudar, salvo a veces el narco.

-Formas parte del colectivo Pueblos Abandonados. Cuéntanos un poco de ese piño y en qué andan ahora.

Los abandónicos somos una plataforma reflexiva, crítica, fraternal y ronckanrolera para plantearse el quehacer de la literatura desde la provincia, con una dosis de ironía. Todas y todos quienes lo integramos vivimos fuera de Santiago, y ese es el denominador común, aunque con fuerte presencia del sur. Una o dos veces al año, en promedio, nos juntamos en alguna parte del país a reflexionar; esta vez será en Puerto Montt, en diciembre. Las jornadas son bien cabezonas en lo literario, con presentaciones y debate, y en cada una se destaca a algún escritor de regiones: el último fue Gustavo Boldrini, que tiene una obra notable y bastante desconocida. Antes se hizo un manifiesto, leído en Punta Arenas, y ahora vienen algunas sorpresas en una línea parecida. Es un grupo que considero muy necesario por el registro y la presencia que ofrece.

AUTOR/A/ES
POR 
Francisca Palma
Nortina y hospiciana. Periodista, funcionaria pública y bordadora. Autora de Iquique Glorioso (Editorial Radio U. de Chile, 2016) e Iconoclastas (Navaja, 2024).
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