Nuestra sangre, sobre «Azul» de Derek Jarman

La obra de Derek Jarman, cineasta británico que construyó un rico imaginario contracultural desde la experiencia marica, ha tenido una sostenida difusión en nuestra lengua durante los últimos años. A la traducción de Croma y Naturaleza moderna de Editorial Caja Negra se suma esta versión de Azul, el guion de su creación cinematográfica póstuma con locución de Tilda Swinton. El texto de presentación de Diego Zamora ahonda en los significados de este libro en nuestro contexto.

Tomo la invitación a hablar de sobre Azul de Derek Jarman desde mi seropositividad. Al igual que el cineasta británico vivo con VIH y he experimentado la necesidad por visibilizar esta experiencia. Sin embargo, la vivencia del VIH desde el siglo XXI es muy distinta a la de Jarman en la última década del XX. A principios de los años noventa la pandemia afectaba a miles de personas que veían cómo la medicina avanzaba lentamente mientras la enfermedad arrasaba con la vida de quienes consumían AZT como única alternativa para enfrentar los síntomas del sida. Hoy, los medicamentos han conseguido estados como la indetectabilidad, es decir, la posibilidad de ser portador del virus sin posibilidad de transmitir. Las personas seropositivas, de hecho, tienen una esperanza de vida similar a la de alguien que no ha sido transmitida por el virus. Pero el virus sigue existiendo, aún hay gente que muere en los hospitales, seguimos luchando por alcanzar la cura.
Seguimos en pie de lucha y, por eso, asumo la decisión de Editorial Carey de invitarme desde la acción política de este cuerpo con el cual me dispongo ante ustedes. Un cuerpo que ha sido atravesado por el VIH al punto de llevar también una marca atravesada por la cultura. Me piden que hable de mi propio virus porque está tatuado a mi historia sanguínea. Del mismo modo, Azul es un libro que encarna los efectos que se producen en el cuerpo cuando el sida habita en cada órgano, en cada gota de sangre que se ve transformada por el avance del virus en las células. Jarman escribe con un ruido de fondo, con la pandemia afectando su propia vida y la de sus amigos.

Azul. ¿Por qué no hablar de rojo cuando es la sangre la que ha sido contaminada? Azul, como un color que nos permite desviar el sentido y pensar en una relación consanguínea. El VIH ha vuelto azul esa sangre que se transmite de un cuerpo a otro con la información de la muerte y el deseo. Azul, un color que en el blues inglés denomina también al sentimiento de la tristeza. Nuestro azul iberoamericano más cercano es el de Ruben Darío, que escribiera el libro homónimo. Pero para Darío era un color que enmarcaba la fantasía. Para Jarman es el azul que tiñe con su cuerpo la experiencia de la ceguera parcial que vivió a causa de la infección. Él, que se dedicaba a producir imágenes a partir del cine, ahora ve el mundo con una tela azulina que tiñe todo, incluso su propia sangre.
Este texto –no debemos olvidar– fue utilizado para la película Blue del año 1993, estrenada a solo meses después de que el autor muriera por las complicaciones derivadas del sida. El film nos muestra una pantalla en azul desde el principio hasta el final. El audio es el mismo texto que presenta Carey editores, pero entremezclado con sonidos que permiten dar una profundidad al color que invade la pantalla. Al tener el guion traspasado a formato libro cobra una calidad poética que se evidencia en la distribución de las frases en versos que varían en extensión. Llama la atención la curatoría con la que la editorial nos entrega la obra: es un libro delicado, un fanzine de portada celeste y con el texto en su interior de color azul. Se trata de un objeto vulnerable, un cuerpo débil que debe ser tratado con cuidado para poder entrar en su contenido. Es también un cuerpo enfermo que debemos proteger para que nos entregue su mensaje. Debe llamarnos la atención que una editorial de corte lésbico produzca este cuerpo; las lesbianas fueron las primeras en organizarse por sus amigos enfermos.

Es esa la época que vivió Jarman cuando escribió esta obra sabiendo de su diagnóstico, así como el de sus amigos: David, Howard, Graham, Terry, Paul. Algunos han muerto, otros esperan la sentencia que implica el sida en una época sin capacidad médica para resistir los efectos de la enfermedad. El autor los nombra como una fantasmagoría que recorre el texto. Ahí están, ahí estaban, los oye enviar un mensaje: “Escucho las voces de mis amigos muertos”. Son el rostro de la pandemia dibujado bajo ese azul que tiñe cada recuerdo. El autor se sitúa desde esa tragedia que fue el VIH, sobre todo para la población homosexual. Por este motivo, pone su cuerpo en disposición para escribir esta obra: “Todo lo que concierne o la vida o la muerte está operando y trabajando en mí”. Es decir, su discurso debe ser capaz de hablar en torno a la mortandad que ensombrece su destino.
El color, entonces, es la vía para hablar de la enfermedad. La sangre azulina es la sangre infectada. Como demostró en el libro Chroma, los colores tienen una historia, tienen un lenguaje. “El azul trasciende la geografía solemne de los límites humanos” dirá en esta obra, mientras pasa su tiempo en el hospital, mientras le revisan la retina y anuncia: “Mi visión nunca volverá”. Es la ceguera la que lo lleva a plantear las posibilidades del azul.
Recordemos que se trata de un color de larga data. Utilizado por los egipcios, pero despreciado por los griegos, tuvo su renacimiento con el hallazgo del lapislázuli. Jarman sabe de estos datos, no por nada recuerda que en la cultura griega el mar se describía con el color vino oscuro y no el azul que usamos hoy en día. Lo interesante es que, para anunciarnos ese dato histórico, plantea su propia verdad al decir: “No voy a ganar la batalla contra el virus”. Este diálogo nos lleva a nosotros, sus lectores, a avanzar en la lectura desde el hospital a un azul pleno que absorbe toda la realidad: “Lo peor de la enfermedad es la incertidumbre”, dice Jarman. “He repetido este escenario una y otra vez cada hora de cada día en los últimos seis años”. Es una poesía que va del detalle personal a la expansión posible mediante el color que es una manta donde los enfermos podemos cubrir nuestra mortandad.
La poesía, de esta manera, nos invita a un movimiento cerúleo, una expansión, una pandemia azul que también se transmite de un cuerpo a otro, de escritor a lector, de amigos y sobrevivientes: “El virus ruge feroz. Ya no tengo amigos que no estén muertos o muriéndose. Como si una helada azul los hubiera atrapado. En el trabajo en el cine en planicies y playas. En iglesias de rodillas corriendo volando en silencio o gritando en protesta”, dice el autor para mostrarnos cómo este manto blue (azul, tristeza) comienza a tocar todo con delicadeza y mortandad a la vez.
Vuelvo a mi experiencia seropositiva. Cuando me diagnosticaron, mi sangre me parecía moverse como miles de hormigas por mis brazos, mis piernas, mi sexo. ¿Qué color tiene esa sangre infectada? ¿De qué color es el VIH? Expando la pregunta: ¿de qué color es la enfermedad que ustedes han padecido: un cáncer, la diabetes, un mareo, un intenso deseo de morir? Jarman diría que todo es azul. “El azul una puerta abierta al alma/ Una posibilidad infinita/ Volviéndose tangible”. No hay imágenes cuando la muerte parece cobrar presencia. Por eso la película que filmó con este texto es solo una pantalla azul. Las muertes de sus amigos no pueden ser escenificadas: “Desde el fondo de tu corazón reza para ser liberado de la imagen”, anuncia como una libertad, agregando más adelante que: “Para Azul no hay límites o soluciones/ El tiempo es lo que evita que la luz nos alcance”.
Este libro, finalmente, es una posibilidad de hablar de la enfermedad sin el rostro concreto del padecimiento, sino a través de una metáfora de color azul que es una tela delicada que abriga, que nos dice: tranquilo, morirás, pero el azul cubrirá tus dolores. Es un color que nos salva en plena tragedia, una pandemia-océano que se retira ante la presencia de un azul que nos salva, que cubre como una ceguera que nos permite sobrevivir. Un azul que nos dice no temas, estoy aquí para cubrirte de azul. No dejaré que te mueras de tristeza, voy rescatarte del olvido. Y permitirte ser esa flor azul que descansa sobre una tumba.





