Relatos de vida: ritual de memoria.

octubre 13, 2026
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Crónica de lectura agradecimiento

a Victoria Elena Barra Sánchez y familia.

En memoria de Berta Mardones, a días de su fallecimiento.

  1. Autora y contexto de producción

Victoria Elena Barra Sánchez es poeta y narradora chilena, nació el 9 de agosto de 1930. Es la hija mayor de Don Albino Barra Villalobos y de Doña Gregoria Victoria Sánchez Serrano. Comenzó a escribir a los 10 años. En 1957 contrajo matrimonio con Roberto Uribe Saldías, profesor normalista, su compañero de vida hasta el año 2020. De esa unión nacieron cuatro hijos: Aníbal, Milena, Helen y Melva.

Relatos de vida fue publicado por Editorial Dhiyo, con revisión de textos de Jaime Ramírez Zúñiga, Silvia Lagos y Cecilia Inostroza, y abre con palabras de la autora que dicen: “Solo quiero entregar al lector un poco de amor y reflexión por las palabras aquí escritas”.

  1. El gesto

El hijo de Elena, Aníbal, me entregó el libro en una reunión. Fuimos a tomar un café a Providencia e hicimos intercambios: él me dio Relatos de vida de Elena Barra Sánchez y yo le entregué La distancia entre tu nombre y el mío, novela que, en ese entonces, aún no había sido publicada. Días después la presenté en GAM bajo el sello editorial Los Libros de la Mujer Rota. En el local cerca del portal Lyon, pedí un americano y Aníbal un café helado. Hablamos del contexto político chileno, de su hija en el extranjero y de mis primeros meses viviendo en el sur. No hace mucho había dejado la capital para aventurarme a hacer las paces con la lluvia en Puerto Montt. 

Hubo en ese gesto algo muy hermoso: querer compartir conmigo las creaciones de su madre, que está pronta a cumplir cien años. Trabajo de toda una vida. Con Aníbal compartimos durante años en un taller literario presencial que moderé en Ñuñoa, para el Departamento de Personas Mayores. Escribimos y reescribimos juntos durante largas temporadas. Admiro su escritura, por lo cual me intrigó conocer sobre qué versa la escritura de su centenaria madre. Vida, café, literatura. Palabras cruzadas y afectos. Todo hizo sentido en el gesto. 

  1.  El artefacto como archivo de memoria personal

Al abrirlo me encontré un verdadero artefacto de memoria. Los poemas no son solo acompañados con las imágenes, sino que las imágenes proponen asociaciones alternativas, enriquecen las lecturas, amplían los márgenes de representación. Son fotografías de familia, de amigas, de sus hijos, de los padres, de las compañeras, de una mujer mirando al mar.

Es un artefacto en la medida que la memoria personal despliega diferentes mecanismos que nos permiten apreciar la vida de la autora como un tramado de elementos visuales. Reformula la memoria. En lugar de buscar la inscripción en la oficialidad, propone una memoria íntima, doméstica, de siglo XX, hecha de álbumes, de mamaderas, de retratos escolares. Y por eso es política y profundamente afectiva: guarda lo que la Historia grande olvida (o cede al campo de la a veces tan malquerida microhistoria).

Este libro se levanta desde el afán de reconstrucción de la memoria. Desde ese lugar —desde lo personal que se hace archivo— plantea sus propuestas más valientes. En tanto artefacto, Relatos de vida me invita a leer en red, como pensó Barthes (2004) en S/Z el tejido de voces sin centro o el texto-red, fuera de los límites tradicionales que marca el libro, como un dispositivo vincular entre siglos.

  1.  La astucia ecopoética: flores, palomas y voces

Lo que me interesa de esta astucia ecopoética es cómo se ancla a una memoria personal que viene de otro siglo. Elena escribe desde un Chile de los años 50’, 60’, 70’. Una memoria de larga duración. Y trae con ella una forma de vincularse que hoy hemos perdido: hablarle a las palomas (pág.51), comparar a las compañeras con flores (pág.25), acaso dibujar personas como plantas (¿cuáles sus raíces?) escuchar el trino como compañía en la noche oscura del alma. Esa animalidad/aparición vegetal (o indeterminación humana) es memoria antigua y posibilidad nueva. La presencia animal y vegetal dentro de estas escrituras ecopoéticas permite la proliferación de potencias simbólicas. La animalidad abre un espacio de inversión de roles e incluso de éticas humanas, lo que vuelve bastante interesante que la voz poética adquiera estas derivas. Pienso, por ejemplo, en el poema “Llegaron” de la página 51:

mis palomas se posaron

con confianza en tu fulgor

pero tus almas me miraron

«Mi cuerpo todo se estremeció» cierra la estrofa para evidenciar que hay dos cosas sucediendo al mismo tiempo: las palomas posan con confianza en el fulgor de otro (¿el gran Otro?) que está mirándose y, a la vez, cuerpos que se estremecen a propósito de las miradas de estas almas. Esta construcción en capas de sentido es iniciada por la aparición de lo animal, en un intento de, quizás, subvertir la importancia del valor humano respecto a otras formas de presentar los vínculos tendidos en miradas. Me atrevo a proponer esta lectura porque ocurre en distintos momentos, la voz poética insiste en el recurso.

En “¡No!” (pág.41) leemos: 

entregaba a un ser humano

mi más puro amor

en eso pasó la vida

y me dijo ¡No!, ¡no!, ¡no!

Ante la frustración por el designio vital, la voz poética recurre al trino de las aves como sostén ante el vacío de sentido. Avanzado en el poema, leemos en la página 42: 

Cantaba en la cumbre triste, la soledad

a mi alrededor.

En eso un trino de aves me dijo

No estás sola. ¡Aquí estoy yo!

Ante la soledad humana, el trino de aves figura compañía. Hay una subversión de las nociones más clásicas del amor, de la compañía, del cuerpo, de las biologías que sostienen las emociones por las cuales la voz poética transcurre. Animales, flores, diferentes manifestaciones de Dios figuran rumor de lo viviente. De allí, el que podamos sostener que en esta serie de afirmaciones sobre la memoria emotiva de Elena nazcan tantas preguntas (pág.36) y que las corporalidades no-humanas remitan a memoria antigua como una “golondrina que busca / emociones por el mundo” (pág.71).  

Tomaré a Gabriel Giorgi quien, en Formas comunes, Animalidad, cultura, biopolítica, del año 2014, piensa en cierta biología abierta, concepto que he decidido trenzar en esta escritura a propósito de la memoria ecopoética en la voz centenaria de Relatos de vida:

Se trata de biologías abiertas, de corporalidades cuyo tener lugar mismo se vuelve instancia de interrogación; ilumina el encuentro con potencias orgánicas, con fuerzas opacas, que vuelven a los contornos de los cuerpos y mapean sus campos de relación y de devenir: el deseo, el afecto, la sensación, la pulsión, lo que arrastra a la conciencia hacia su línea de sombra que es aquí también su línea de creación. Impersonal, asignificante, neutro: el rumor de lo viviente en las alternativas de la sexualidad, del desamparo, de la enfermedad; de eso hablan los animales que se asoman, como figuras inciertas. (Giorgi, 2014: 39)

  • Hablar a Dios cuando el cielo canta. Despersonalización para buscar a Dios.

En el telón de fondo siempre está Dios, incluso cuando en la mente penetra el misterio como sucede en “Canto a la noche” (pág.40). Las figuras inciertas que merodean las páginas de Relatos de vida se aferran y se entregan a Dios. Retorna a Dios el discurso constantemente, como una súplica ante la pérdida. También se implora por los hijos, por la comprensión del dolor, del fusilamiento (pág. 76), la voz poética pide a Dios le ayude a vivir con la crueldad, a entender los tiempos humanos. En “Soneto”:

Voz que canta en el cielo

bosque ruge en el mar

voz que suspira en la tierra

voz que soy yo en el volcán

gimen las voces de los hombres

sobre la negra tierra sin amor

piden las voces, las flores

al sol su calor

La personificación figura también despersonalización. En este sentido, hay un desplazamiento: el cielo canta, el mar ruge, las flores piden. Son potencias orgánicas que suplican ternura. La foto que acompaña “Soneto” (pág.49) confirma el procedimiento: una mujer (¿quizás Elena?) alineada a un extremo de la imagen, chiquitita, mientras las piedras y el mar ocupan casi todo el cuadro. Ella se hace una con las rocas. A diferencia de “A mi hijo recién nacido” (pp.14-15) poema/imagen que abre el libro, en donde la presencia humana es el centro, aquí el paisaje es el que dialoga con más profundidad. 

En esta despersonalización (o personificación de lo no-humano) podemos leer los gestos ecopoéticos del apartado anterior, como también un deslinde que busca a Dios; un querer ser del Todo y con el Todo. Y, si no, al menos un coqueteo con el amplio horizonte de posibilidades de la despersonalización como recurso significante.  

También hay muerte y abandono. Leemos en “Se fue y me dejó”: “¿Por qué te quiso llevar el Señor”? (pág.32). Vamos y volvemos a Dios, con aceptación y resignación algunas veces. Con sentimiento de pendientes, otras. Somos distintas vidas. Cielos de distintos mundos.

  • Mujeres que salen del papel

El poema “Mis compañeras” (pp.25-26) está acompañado por una fotografía en blanco y negro de alrededor de 30 mujeres. Ellas miran a la cámara sin imaginar que serán parte de un libro del próximo siglo. “Son impulsivas, son soñadoras, nieve y son de sol” (pág.26), pero tienen el espíritu herido. Si al comienzo de Relatos de vida nos encontramos con la fotografía del hijo, a no mucho andar las compañeras nacen de las páginas, casi como si quisiesen salir del papel y agradecer por este espacio en la memoria. Lo cotidiano trenza redes afectuosas para vivir una vida donde la poesía es posible. Para que al abrir la página 26, este grupo de mujeres te salude y seas invitada a descubrir estos rostros. Junto con presentar su red de afectos, acudimos al posicionamiento de una hablante que aboga por una vida otra. Y ahí es donde la escritura se presenta como un lugar de resistencia: tanto como resistencia al dolor para transformarlo en poesía, como en la creación de mundos alternativos que parecen ser ventanas que la autora ha dibujado para que veamos entrar la luz.

  • ¿Cuánto abrimos nuestros corazones? Vivir como un pájaro blanco

El pájaro blanco y las hojas que tienen mirada de amor. En “Nada más que sueños” (pág.27) la voz poética enuncia: “vivo en otro mundo, soy como un pájaro blanco”. Imagino ese pájaro, hermoso, potencia abierta, surcando las páginas de Relatos de vida. En el mismo poema la voz habla sobre una deuda que la vida tiene con ella: el amor. Quiere amar y exige ser amada, ¿es algo que la vida pueda debernos?

A lo largo del libro la familia es representada como flores secas (pág.29) y la vida pasa entre ellas. Y aparecen las hojas, aparece Dios, aparecen las potencias creadoras para resistir a la tristeza cual pájaro blanco de otro mundo. Pese a la tristeza leo una permanencia en el amor. Permanencia y exigencia; todavía nos debe algo la vida: aún nos debe el amor. La tinta, la presencia acaso, enuncia: aquí estoy. Tengo cabida.  

Y sin darme cuenta

cómo pasó la vida

entre esas hojas yo hoy tengo cabida

y no siento tristeza

Hay una prosopopeya que permite que el aire pase por cuerpos de hojas para simbolizar la relación que el cuerpo de carne tiene con Dios a través de las palabras del espíritu. Es el amor lo que permite que la vida tenga sentido.

Pienso en cuánto le decimos realmente a los otros, cuánto les liberamos de la culpa, o cuánto agradecemos aquellos movimientos que hacen que cada quien sea quien es. Entre ayer y hoy tuve dos conversaciones. Dos mujeres que hablaban de sus madres. Una me dijo “yo no estoy preparada para vivir en un mundo donde no está mi mamá”. La otra me dijo que estaba aprendiendo a soltar el control y agradecer el tiempo con su madre muy enferma. Las recuerdo mirando la fotografía de la página 33. Esa es una de las propuestas más bellas del libro: las fotografías amplían el horizonte de lectura y son un ejercicio de memoria en sí. Aprender a amar como un pájaro blanco. 

Sombras, solo sombras me reservarás.

El sentido no está solo en la luz, sino también en la sombra. El amor también está en lo oscuro porque el amor está dentro de uno y dentro de uno también está la sombra. La batalla tenaz está dada en esa aparente dicotomía entre el adentro y el afuera. Hacia adentro se quema y se consume, hacia afuera se vuela.

Nota de (no)epílogo: Para Berta, este vínculo entre siglos.

El contexto de escritura en el cual me encuentro es el duelo de una persona muy querida, Berta Mardones, mi tía abuela, que falleció mientras yo estaba editando este texto. Al encontrarme con los versos, siento que este texto también es una dedicatoria a ella y un diálogo generacional. Escribir sobre Elena, nacida en 1930, mientras despido a Berta, es escribir sobre un modo de habitar el siglo pasado que se va. Es la memoria personal de mujeres que sostuvieron la vida con cartas, con fotos pegadas con corchetes, con poemas escritos a mano, con plegarias. Mujeres que hicieron del vínculo —con los hijos, con las compañeras, con las flores, con Dios, con las palomas— una forma de resistencia. Relatos de vida me permite tocar esa memoria que no es solo de Elena, es una memoria compartida de nuestras abuelas. Una memoria vincular, donde lo personal se hace archivo y el archivo se hace abrazo entre siglos. Por eso este ritual de memoria es también un ritual de agradecimiento: por lo que quedó, por lo que alcanzamos a leer de la vida en voz de las grandes mujeres nuestras.

Hace un par de días fui al funeral de Berta y muchas de las preguntas que Elena inscribe remiten a lo existencial. Pregunta dice: “¿Dónde está el amor? ¿está muy dentro de mi alma? ¿es una bella canción? ¿es el perfume de las rosas? ¿es que no existe? vida, ¿qué me darás? mundo, ¿qué me enseñarás? ¿qué lucha entre la prisión y el prisionero?”. Leo un grito a Dios. Se le pregunta a Dios dónde está el amor y Dios no responde, pero el poema ofrece signos: muy dentro del alma, escondido en una canción, en un sonido. 

Gracias a Elena, a Aníbal y a su familia por compartir este artefacto conmigo. Y a Berta por todo lo que tú ya sabes. 

Referencias

Barra Sánchez, Elena. (2025). Relatos de vida. Santiago de Chile: Editorial Dhiyo.

Barthes, Roland. (2004). S/Z (N. Rosa, Trad.). Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI Editores. (Trabajo original publicado en 1970). 

Giorgi, Gabriel. (2014). Formas comunes. Animalidad, cultura, biopolítica. Buenos Aires, Argentina: Eterna Cadencia Editora.

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