Analaura Núñez: “Exploré la idea de una claustrofobia que no solo estaba en la casa sino también en el mundo del afuera, en la naturaleza”

octubre 15, 2026
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El sonido de las liebres  es el primer libro de la autora. Publicado por Ágata Musgo, el poemario representa una relación violenta entre habitantes de una casa. “Los hablantes de mi libro son un poco eso, sujetos que no quieren crecer pero que aun así son capaces de ejercer violencia simbólica y física, entre ellos y hacia sí mismos”, relata.

Para situar esta entrevista, para escribir esta introducción, junto con traer el libro a mi escritorio, guglié su título. La mayor parte de los resultados son videos con “sonidos de liebres”. Solo el primer link me arroja lo que estoy buscando: más contexto sobre el poemario de Analaura Núñez, El sonido de las liebres, publicado por Ágata Musgo.

En este debut literario, séptimo título de la colección de poesía de la editorial, dice su contraportada, “la escritura construye un mundo en el que todo lo vivo aparece bajo acecho, susceptible de convertirse en presa”.

En un hogar compartido, con “una atmósfera claustrofóbica”, lo que reina es la tensión. La violencia es simbólica y física, por supuesto, cotidiana. Para la hablante pasa el tiempo, las estaciones, el clima cambia pero el encierro se mantiene.

¿a qué hora deseas el instante del día que ya te dejó atrás?

Sobre pedagogía, poesía y violencia, esta conversación.

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Analaura Núñez es profesora de lenguaje y magíster en literatura. Fue becaria de la Fundación Pablo Neruda en 2017 y del Fondo del Libro y la Lectura en 2022. Ha participado en las publicaciones Topiaria (2019) y Poemas contra la policía (2020) del colectivo Frank Ocean. Fue incluida en la antología Maraña (Alquimia Ediciones, 2019) y es autora de la plaquette El sonido de las liebres (Ex Nudo de Globo, 2018), versión inicial que se presenta terminada en esta edición de Ágata Musgo.

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-Eres profesora de lenguaje. ¿Qué espacio tiene la poesía en ese rol?

Sí, trabajé como profesora por siete años, pero desde hace un año que decidí dejarlo, al menos en el contexto escolar. Me parece que era difícil incluir la poesía en el cotidiano de las clases de lengua y literatura en los colegios, porque en general tienen una visión muy enfocada en la PAES y otras pruebas de conocimientos muy alejados de conocimientos o habilidades artísticas o poéticas.

En general, yo intentaba acercarlos a través de modelamientos de lectura, distintos métodos para que pudieran acercarse a una lectura activa de poemas, o incluso de canciones, lo que podía ser un poco más “sencillo” que un poema tradicional escrito. Habían algunos alumnos que te prestaban más atención que otros, que no estaban para nada interesados en la poesía por encontrarla difícil, opaca, compleja. 

Al principio, cuando recién empecé a trabajar de profesora, pensaba en la poesía como algo que era fundamental enseñar y que las niñeces y adolescentes pudieran fomentar su sensibilidad a través de ella. Con el tiempo, y creo que por esto también decidí desertar, me di cuenta que mi energía estaba siendo necesaria en otras áreas de mayor urgencia que iban perdiendo cada más sentido para mí, como preparar para pruebas con las que no estoy del todo de acuerdo. 

Admiro mucho a los colegas que aún se mantienen en las aulas, sobre todo a los que fomentan la lectura de poesía o literatura en general. Creo que en mi caso me quemé, como creo que le ha pasado a varios otros profesores y profesoras. Quizá eventualmente pueda reencantarme de nuevo, pero la verdad por ahora, creo que prefiero mantenerme alejada de la educación tradicional y encontrar la poesía en otros espacios, como talleres de literatura o de fanzine que también he impartido fuera del colegio.

-Sobre el título del libro, el sonido de un animal, una sinestesia, ¿cómo esa elección envuelve/captura/enrola el concepto de esta propuesta poética?

El sonido de las liebres es una figura que me interesaba mucho, porque engloba algo que me parece muy misterioso en la naturaleza. Las presas, por ejemplo, los conejos o los cervatillos, deben ser silenciosos para no ser captados por los cazadores, entonces, me preguntaba: ¿qué sonido hacen? ¿Cómo se comunican? Y eso eventualmente lo quise desplazar a los humanos. ¿Hasta qué punto uno, como humano, puede “identificarse” con una presa? Por ejemplo, cuando se encuentra en una relación abusiva o que está mediada por la violencia. ¿Qué formas tendría esa persona para desenvolverse en un escenario así? Y, eventualmente, quise también explorar algo un tanto más oscuro, que tiene que ver con el deseo. ¿Qué sucede con las situaciones en las que deberíamos sentir inmediato rechazo para así sobrevivir, pero en las que de todas formas nos quedamos? ¿Por qué? ¿No sería lógico huir, escapar, rechazar? Quería buscar algo en esa contradicción que a veces puede rehuir de la lógica, de lo racional y se vuelve más pulsional con respecto al daño que otro nos puede hacer. Para ello utilicé distintas figuras animales que podían ilustrar esas relaciones complicadas, marcadas por el horror, el amor, la violencia, el deseo.

-Una dimensión muy presente en el libro es la del tiempo. Es algo que damos por hecho usualmente. ¿Qué lugar quisiste darle en esta poética?

La verdad creo que mucho del tratamiento de la temporalidad y las estaciones, tuvo mucho que ver con lo que lograron ver mis editores cuando me hicieron retroalimentación. Al momento de pensar el montaje, fuimos ordenando los poemas según las sugerencias de la estación del año en que se encontraban, si había nieve o lluvia, si había calor al punto de quemar las cosas. 

Me parece que nuevamente las estaciones del año y las distintas temperaturas del libro, implicaban otra dimensión de los temples de los hablantes del poemario, porque en ningún momento son escenarios realmente agradables. Cuando llueve, hay diluvios o goterones que inundan la casa o cuando hace calor, las pieles tienden a quemarse y confundirse con las de lagartos o serpientes. En general, me interesaba explorar la idea de una claustrofobia que no solo estaba en la casa, en el adentro, sino también en el mundo del afuera, en la naturaleza.

-¿Con qué otras voces o libros en particular se emparenta para ti El sonido de las liebres?

Uno de mis principales referentes fue Claus y Lucas de Agota Kristof, novela dividida en tres partes que sigue a dos hermanos gemelos que se muestran como muy “malos”, porque son crueles entre ellos y con los animales, matando, por ejemplo, gatos. Sin embargo, mientras lo leía, consideraba que esa aparente maldad no era inherente de ellos, sino que respondía a su ambiente, que era la Segunda Guerra Mundial. Me pareció que era una obra que enmarcaba algo que me marcó mucho justamente por esa representación de la maldad que no es unívoca, sino que tiene muchos matices. A veces son admirables por su forma de actuar, pero a veces uno los reprueba, lógicamente. Creo que quise tomar un poco de eso, pero en un registro poético y muy vinculado a lo animal.

También, otra obra que me gusta mucho y que creo que se puede relacionar es El tambor de hojalata de Gunter Grass, que también es la representación de un niño que decide no crecer nunca al ver las atrocidades que cometían los adultos. En el fondo, creo que los hablantes de mi libro son un poco eso, sujetos que no quieren crecer pero que aun así son capaces de ejercer violencia simbólica y física, entre ellos y hacia sí mismos.

Gonzalo Millán también, de todas maneras. Por eso puse un epígrafe de él, el de la serpiente. Es un referente claro para mí y al que admiro mucho. Su poemario Veneno de escorpión azul, en que va retratando su enfermedad y su inminente fin me marcó mucho y creo que también a los poemas, y por supuesto, también Relación personal, que puede ser un poco más fresco porque retrata espacios de juventud. Creo que mi libro es un poco así también, viejo y joven a la vez.

-Considerando que la contratapa plantea el encierro y lo claustrofóbico de la relación de la pareja protagonista de los poemas, ¿en qué medida las palabras pueden ser una posibilidad de escape, más allá de la constatación de la violencia?

Me parece que las palabras, al menos en lo que yo intenté hacer, y pensando también en la noción de lenguaje, no funcionan como escape realmente. El lenguaje, las palabras, la poesía pueden ser una vía para elaborar ciertas cosas o para registrar, atestiguar algo, sin embargo, en el libro El sonido de las liebres, si bien los hablantes salen de la casa, eso no significa necesariamente que hayan escapado de aquello que ocurría dentro de ella. Hay un desplazamiento espacial, pero no necesariamente una liberación. En ese sentido, creo que la poesía puede funcionar más como una forma de desplazamiento que de escape. Las palabras permiten cambiar de lugar aquello que se ha vivido, observarlo desde otra perspectiva, establecer relaciones entre cosas que en la experiencia cotidiana aparecen separadas. Pero no necesariamente permiten salir de ellas.

Por eso también es importante para mí la idea del sonido que aparece en el título. La escritura no intenta solamente nombrar o explicar la violencia, sino prestar atención a aquello que queda en sus márgenes: los ruidos de la casa, la respiración, los animales, el agua, las plantas, los cuerpos. Hay cosas que no pueden ser resueltas por el lenguaje, pero que sí pueden ser escuchadas y registradas mediante él y creo que eso era lo que me interesaba explorar en el libro.

-Sobre esto, a nivel del texto poético, ¿qué gesto o posibilidad ves en «la confesión» o en asumir la forma de vida bajo la sujeción de la violencia? 

Pensando en El sonido de las liebres no considero que sea una obra confesional, ni que su escritura responda al propósito de exponer una experiencia personal. Me interesa pensar la poesía como una construcción que no necesariamente debe leerse desde la biografía de quien escribe. Sin embargo, creo que es inevitable que ciertas inquietudes o sensibilidades personales se vayan colando en la escritura, y en el arte en general, incluso cuando no existe una intención explícita de hacerlo. En ese sentido, más que una confesión, me interesa pensar el poema como un espacio donde esas experiencias pueden transformarse y adquirir otras formas. Respecto de la violencia, creo que el libro intenta explorar cómo esta puede llegar a incorporarse a la vida cotidiana, modificar los vínculos y alterar nuestra relación con los cuerpos y el entorno, sin que eso implique necesariamente asumir una posición explicativa frente a ella.

-¿Cómo llegaste a publicar en Ágata Musgo?, ¿por qué elegiste esa casa editorial? 

Conozco a lxs compañerxs de Ágata Musgo desde hace mucho tiempo, antes de que la editorial se formara. Desde que empezaron con el proyecto de la editorial, me pareció interesante y muy admirable considerando las dificultades actuales en el mundo de la cultura. Originalmente, iba a publicar el libro con otra editorial, pero no se pudo debido a que se disolvió antes de poder hacerlo, así que eventualmente el equipo de Ágata Musgo me contactó para preguntarme sobre el estado del libro y para comentarme el interés sobre editar y publicar el libro en su editorial, por lo que estoy profundamente agradecida. Me parece que publicar en una editorial joven pero con una visión innovadora y con un equipo que realmente está muy dedicado a sus autores y la edición de sus obras es un gran privilegio.


AUTOR/A/ES
POR 
Francisca Palma
Nortina y hospiciana. Periodista, funcionaria pública y bordadora. Autora de Iquique Glorioso (Editorial Radio U. de Chile, 2016) e Iconoclastas (Navaja, 2024).
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