Stibaliz Mancilla: «Quisimos recuperar aspectos de Byron que otras traducciones habían ocultado, especialmente su bisexualidad»

Stibaliz Mancilla estudió Literatura Inglesa y, paralelamente, Traducción. Su interés por los idiomas comenzó en los años noventa, cuando era niña y traducía las canciones que escuchaba en la radio. Como todavía no podía acceder fácilmente a las letras, las transcribía a oído en un cuaderno y después buscaba las palabras desconocidas en el diccionario. Entre sus primeras canciones estuvieron las de Linkin Park y Gorillaz, además de The Beatles, banda que conoció gracias a su padre, músico. «Los Beatles son muy bacanes para empezar a aprender inglés», recuerda. «Love Me Do» y «Yesterday» fueron parte de ese aprendizaje autodidacta, que después se extendió a las series animadas, cuyos chistes y referencias culturales también intentaba comprender.
Con la llegada de internet pudo comparar sus primeras traducciones con las letras oficiales y comprobar cuánto había aprendido intuitivamente. Por esos años comenzó también a traducir poesía. A los 13 años se hizo gótica y, a través de un grupo de jóvenes de Puerto Montt, llegó a Lord Byron. Sus amigos asistían a colegios bilingües y tenían computadores e impresoras, por lo que le prestaban textos que ella no podía conseguir fácilmente desde el liceo municipal. Así descubrió en internet a Byron, Walt Whitman, Edgar Allan Poe y la novela de Sheridan Le Fanu, Carmilla, entre otros autores, y comenzó a traducir sus poemas, aunque reconoce que esas primeras versiones eran bastante precarias. El cine también fue importante en esa etapa. Entrevista con el vampiro se convirtió en una de sus obsesiones: primero la tuvo en VHS y después en CD, llegó a aprenderse sus diálogos y reproducía escenas junto a su hermana, quien posteriormente estudió actuación.

Antes de entrar a la universidad sabía que quería dedicarse al arte y consideró estudiar cine, teatro o literatura. Finalmente escogió Literatura Inglesa en ARCIS, carrera que le permitía mantener ese vínculo con el arte y, al mismo tiempo, desarrollar una herramienta laboral a través del inglés. Allí descubrió una traducción muy distinta a la que había practicado de manera autodidacta: en vez de Byron y las canciones, tuvo que enfrentarse a textos técnicos de derecho, ingeniería y otras áreas. Incluso pensó que se había equivocado de carrera. Por dinero tradujo una tesis para la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile y folletos para un laboratorio químico, pero terminó comprendiendo que la traducción técnica no era lo suyo.
Mientras estudiaba comenzó a trabajar en librerías y encontró allí otro espacio que le acomodaba. La traducción quedó durante un tiempo en segundo plano, hasta que volvió a encontrarse con la poesía y con textos universitarios y comprendió que sí quería traducir, pero desde la literatura. Ese proceso se vio interrumpido por el cierre de la ARCIS, lo que significó también la pérdida de su comunidad universitaria. Sus profesores se dispersaron entre otras universidades o emigraron y sus compañeros siguieron distintos caminos. De una generación de alrededor de veinte estudiantes, solo cuatro terminaron juntos; otros cambiaron de carrera o completaron sus estudios posteriormente en otras instituciones.
Años después retomó formalmente la traducción mediante un diplomado en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Allí descubrió nuevas corrientes de la traductología, entre ellas la traducción feminista, y comenzó a entender la traducción como una interpretación y no solo como el traslado de un texto de una lengua a otra. También cuestionó la idea que había recibido durante su formación de que la traducción literaria, especialmente la poesía, era prácticamente imposible y que no ofrecía oportunidades laborales.
A partir del diplomado comenzó a seguir el trabajo de traductores argentinos y chilenos y conoció la trayectoria de Rodrigo Olavarría. Su experiencia como librera también le permitió desarrollar una mirada comparativa: empezó a leer los originales en inglés y a contrastarlos con distintas traducciones. Lo hizo, entre otros textos, con Mathilda, de Mary Shelley, y Un cuarto propio, de Virginia Woolf. Así comenzó a preguntarse por qué prefería determinadas versiones, qué palabras le parecían más naturales y cómo cada traductor construía una voz distinta. «Es todo un universo de voces», resume.
Esa mirada también se trasladó a su trabajo como librera. La traducción pasó a ser parte de sus criterios para recomendar literatura clásica. Cuando un lector le decía que Ulises o Madame Bovary le habían parecido imposibles o malos, comenzó a considerar que la traducción podía ser parte del problema. Su propia experiencia de leer literatura en inglés reforzó esa idea: se lanzaba a leer los originales aunque no conociera todas las palabras, las subrayaba y luego las buscaba. «Fui muy patuda», recuerda. Para ella, traducir no consiste simplemente en buscar equivalencias en un diccionario, sino en tomar decisiones desde una sensibilidad propia respecto del español.
Durante esos años mantuvo también su amistad con Felipe, su antiguo compañero de universidad, a quien considera como un hermano. A diferencia de ella, Felipe se orientó hacia la traducción técnica, buscando una mayor estabilidad económica. La posibilidad de volver a traducir literatura surgió en una conversación con Katherine Hoch, amiga y editora. Mientras hablaban sobre las dificultades económicas del oficio, Hoch comentó que nunca había leído a Byron porque no hablaba inglés y que no encontraba nuevas traducciones de su obra. Stibaliz investigó y descubrió que las versiones disponibles eran principalmente españolas, entre ellas las de Visor y Galaxia Gutenberg, y que el primer libro de poemas de Byron no estaba traducido al español en Chile.
Esa misma noche Mancilla llamó a Felipe Fernández y le propuso traducir juntos a Byron, a lo que él aceptó. Para ella, la iniciativa tuvo además un significado personal: volver a traducir a Byron era regresar a aquella adolescente gótica que había descubierto sus poemas en páginas de internet. La joven que aprendía inglés por su cuenta y la traductora que intentaba construir un oficio literario aparecían, así, conectadas.
Su relación con Felipe también había continuado en las librerías. Stibaliz trabajó durante cinco años en una librería vinculada a museos, donde pasó de part-time a jornada completa y luego a administradora. Cuando el dueño decidió cerrar el proyecto para dedicarse a un negocio de intercambio escolar, ella recibió un buen finiquito y decidió utilizarlo para viajar.
En 2018 partió a Europa y pasó un período en Dublín, donde se acercó al ambiente literario de la ciudad y se inscribió en un centro de escritura relacionado con Oscar Wilde, principalmente porque era la alternativa más económica que encontró. Al principio incluso le costaba comprender el inglés de los demás participantes. El curso estaba compuesto principalmente por inmigrantes y tenía una dimensión más cotidiana que la imagen romántica que ella había construido sobre la literatura irlandesa.
Durante ese viaje recorrió Europa junto a Felipe. Como el presupuesto era limitado, prefirió gastar buena parte del dinero en conocer lugares. Uno de ellos fue Venecia, donde visitó el Café Florian, histórico establecimiento frecuentado por Lord Byron. Entró, pidió un té que costó alrededor de quince mil pesos y cumplió así un pequeño sueño adolescente. El lugar, todavía conservado, le permitió estar físicamente en uno de los espacios asociados al poeta que había comenzado a traducir cuando era una adolescente en Puerto Montt.
Desde aquellas primeras canciones copiadas de la radio hasta el proyecto de traducción de Byron, la trayectoria de Stibaliz ha estado atravesada por el inglés, la literatura y la traducción. La música, el cine, la adolescencia gótica, la universidad, el cierre de la ARCIS, las librerías, su formación como traductora y los viajes terminaron confluyendo en un oficio que, en realidad, había comenzado mucho antes, cuando una niña intentaba descifrar las canciones que escuchaba en la radio.
—Byron siempre ha estado en tu vida.
Por eso digo, y va a sonar medio loco, pero después, cuando todo esto me hizo sentido, sentí como que toda mi vida me hubiese guiado hasta acá. Como, oye, ¿por qué Byron? No sé. ¿Por qué fui gótica? Si hubiese sido punk, a lo mejor estaría traduciendo a los Ramones.
—¿Y cómo fue después el proceso? ¿Por qué eligieron Tiempo de ocio y estos diarios íntimos?
Porque la idea era hacer una introducción a Byron. Tiempo de ocio fue su primer libro de poemas y, en su momento, recibió muy malas críticas. Byron, en vez de quedarse callado o sufrir por lo que decían de su poesía, les respondió a quienes lo criticaban. Él defendía mucho su obra y esa era también la idea del proyecto: que uno pudiera entrar al mundo de Byron a través de su biografía, sus diarios y sus poemas.
Necesitábamos una cronología para contextualizar los textos y, después, trabajar los diarios. La selección de estos últimos se hizo en función de los poemas que iban a aparecer a continuación, buscando que tuvieran relación entre sí, pero que también fueran entretenidos de leer.

—¿Es un Byron joven? O sea, murió joven.
Este es el más joven.
—Me da risa que en una parte de los diarios diga algo como: «Veo a mis amigos y ya están calvos, con hijos, gordos». O en otra parte dice: «Oh, tengo 33 años», como preguntándose: «¿Quién soy yo? No soy nadie».
Y uno llorando. ¡Pero Byron! Además, yo conocí a este personaje entendiendo que era un burgués, pero un burgués que había caído en desgracia. Era el último de una línea de lores y, cuando heredó, tuvo que dejar la abadía. La abadía era prácticamente un castillo y tuvo que venderla porque ya no podía mantenerla. No tenía herederos ni una gran familia detrás que pudiera sostenerla en ese momento.
Para uno es como «pobre niño rico», pero efectivamente para él fue algo muy terrible dejar esa abadía. Después, con la plata que heredó de la venta, pudo seguir viajando y darse una gran vida, pero para él abandonar ese castillo fue una pérdida enorme. Y claro, uno piensa: imagínate para nosotros conseguir una propiedad.
—Es como Batman.
Y dejó… Igual yo decía: ya, hay un valor en dejar ir esas cosas para ir a hacer su sueño, porque él quería hacer algo más con su vida.
—¿Qué es lo que más te atrae de su vida? Acá vi que había incesto, viajes, bisexualidad. ¿Qué es lo que más te llama la atención?
Todo. Yo digo: ¿qué onda? Porque cuando lees los diarios piensas: ¿qué onda este tipo? ¿De verdad es él? Y, además, para esa época estaba tan adelantado que resulta muy raro. Es como si estuviéramos en un universo paralelo donde esta gente dice: «Ya, ¿saben qué? Voy a vivir la vida como yo quiero vivirla». Tiene esa rebeldía, ¿cachái?
Y lo que me gustó mucho de Byron es su determinación para hacer las cosas. Porque, si bien su poesía es muy de idealizar a las personas y él era un fuckboy total, también tenía esta capacidad de llevar sus ideas a la acción. Por ejemplo, deja esa vida burguesa y se va a pelear por Grecia, dispuesto incluso a morir.
Aunque ahí Byron también era medio chanta, porque en algunos de sus poemas dice que su familia no solo eran lores, sino que también habían luchado en guerras inglesas. Pero no hay registros de que su familia haya combatido. Lo que existe son registros de que pusieron plata para los soldados. Él, en cambio, dijo: «No, yo quiero ser ese héroe de verdad». No quería poner plata; quería ir él mismo.
Y es bacán que efectivamente lo haya hecho. Esa determinación es lo que más me interesa de él: esa voluntad de hacer, de escribir y de llevar las cosas hasta el final.
—¿Qué te atrae más, la biografía o los textos de Byron?
Creo que van en conjunto. La biografía es muy interesante, porque las hizo todas. Es como esa gente que vive así… No sé, vivió 36 años e hizo todo. Hay personas que viven cien años y no han hecho ni la mitad.
Y eso, cumplir lo que quería hacer. Es como esa gente que dice: «Voy a llegar, voy a disfrutar y voy a hacer esto», y que además va mucho contra la corriente y logra vencerla. Eso igual es difícil. Porque imagínate publicar tu primer libro y que te lo hagan pedazos. Lo normal sería que después no quisieras volver a escribir, porque piensas: «Me atacaron». Pero él respondió y siguió escribiendo. Después publicó El corsario, otros poemas épicos y finalmente Don Juan, que fueron muy famosos. Terminó siendo tomado en serio y convertido en uno de los clásicos ingleses. No cualquiera continúa haciendo algo después de que la misma crítica literaria lo destroza. Y eso es lo que también me interesa de Byron.
—Entiendo que esto es solo una parte de todo lo que tradujeron. ¿Por qué decidieron dejar estos poemas y no meterse con otros?
Porque hay muchos poemas épicos y son muy largos. Algunos tienen diez páginas y pensamos que, considerando los tiempos actuales y la poca atención que tenemos, queríamos hacer algo más fluido.
De hecho, seleccionamos solo un par de esos poemas que reflejan que Byron también escribía este tipo de poesía épica, para hacer una introducción a esa parte de su obra. Pero si poníamos diez poemas así, el libro iba a quedar mucho más largo y quizás se hacía más difícil de leer.
Tenía miedo de que la gente se aburriera, así que quería que el libro fuera entretenido y acercara a Byron de una manera amena. A diferencia de las traducciones de Visor, que son más puristas y no mantienen la rima, nosotros quisimos conservar la cadencia y el ritmo de los poemas. Para eso leímos mucha poesía del siglo XIX en español y buscamos un equilibrio entre mantener el lenguaje de la época y modernizar algunas palabras que ya están en desuso, sin caer ni en arcaísmos ni en expresiones demasiado actuales.
A veces cambiamos el orden de las palabras para mantener la rima, pero siempre procurando conservar el sentido. También quisimos respetar todos los versos de Byron, porque hay traducciones antiguas en internet que inventan fragmentos o condensan partes de los poemas. No sabemos cómo recibirán esta decisión otros traductores, pero quizás esta traducción pueda abrir otras formas de trabajar la rima. Y si en unos años alguien la lee y piensa que puede hacerse mejor, que la reinterprete y la mejore. También se trata de dejar esa posibilidad abierta.
—¿Han pensado en traducir al Byron más viejo, más maduro?
Sí, queremos hacerlo, pero estamos viendo los tiempos de cada uno, porque Felipe vive en Los Andes. Todo este libro lo hicimos por Zoom y trabajando a distancia. Los dos traducíamos el mismo poema y después nos juntábamos a debatir: yo había elegido una rima y él otra, o habíamos entendido cosas completamente distintas. A veces uno pensaba que Byron hablaba de los dientes y el otro de los ojos, así que teníamos que investigar y leer otras cosas para entender a qué se refería.
Eso implicó un trabajo de investigación más allá de la traducción, porque muchos poemas están dedicados a amigos y amigas, y había que averiguar quiénes eran y qué había ocurrido con esas personas. Esta es la tercera traducción de la obra que trabajamos. La primera edición tenía menos poemas y mezclaba todo, sin un hilo conductor. Nosotros quisimos ordenarla por capítulos, por ejemplo, amores, poemas épicos y lugares, para contextualizar mejor la vida y la obra de Byron. En esta tercera edición también incorporamos poemas de libros posteriores, porque ya había escrito más.
Además, quisimos recuperar aspectos de Byron que otras traducciones habían ocultado, especialmente su bisexualidad. En algunas versiones cambiaban el género de los destinatarios y convertían en mujeres a personas que no lo eran. Había, por ejemplo, un epitafio dedicado a un amigo que tenía una intensidad que iba mucho más allá de una amistad. Nosotros decidimos traducir «amante» cuando correspondía, porque efectivamente eran amantes y la biografía lo confirma.
También investigamos las personas que aparecían solo con iniciales para descubrir a quiénes se refería. En ese trabajo apareció toda esta dimensión de su vida que también alimentó el mito de Byron como una figura vampírica. Polidori escribió El vampiro inspirado en su relación con Byron, y después esa imagen quedó asociada a él y reapareció en obras como Entrevista con el vampiro y toda la tradición de Anne Rice.
—¿Qué escritor contemporáneo ves como una referencia clara de Byron?
Full Mariana Enríquez. Cuando leí Nuestra parte de noche pensé que habría enloquecido si la hubiese leído a los quince años. El protagonista, con esa dimensión vampiresca, me hacía pensar en Lestat, en Anne Rice y, desde ahí, en Lord Byron y todo el grupo de románticos, como Mary y Percy Shelley.
El mito byroniano también aparece en figuras como Richey Edwards, guitarrista y letrista de Manic Street Preachers, que desapareció en el mejor momento de la banda y cuyo cuerpo nunca fue encontrado. Quedó ese misterio del héroe byroniano. Lo mismo veo en otras figuras contemporáneas, como Romina Pistolas, cuya vida me parece completamente byroniana.
También me gusta cómo Byron construía sus propias idealizaciones. Hay poemas sobre mujeres cuya belleza quizás él exageraba, pero que quedaron convertidas en figuras míticas. Hoy sabemos más de su bisexualidad, su amor por los animales y su lucha por la independencia de Grecia, pero también desconocemos muchas de las consecuencias de sus actos. Quizás lo que nos queda es justamente esa parte hermosa y bacán de Byron que terminó construyendo el mito.
—¿Qué esperas de la recepción de quienes compren el libro sin haber leído a Byron?
Espero que lo disfruten y que se acerquen a la literatura clásica. Ojalá el libro los lleve a otros poemas de Byron, a otros autores románticos y a reinterpretarlos. También me gustaría que motive a jóvenes traductores a pensar que estos textos pueden traducirse de otra manera, o que descubran otros autores de los siglos XVIII y XIX que todavía no tienen traducciones. Hay una cantidad increíble de libros históricos que siguen sin traducirse y muchas joyas por descubrir.
También me interesa ese imaginario del héroe byroniano: ese «fuckboy» inalcanzable y misterioso que escribe poesía y que hoy podría ser un músico, un fotógrafo o cualquier artista. Esa oscuridad viene de mucho antes y atraviesa la literatura y el arte. Me gusta, además, que exista un revival de los clásicos. Como librera, veo a muchos jóvenes buscando a Jane Austen, las Brontë o Kafka, y creo que este libro puede entrar en ese interés.




