Carolina Melys: «La dictadura es una onda expansiva que arrasa con el tejido social».

octubre 23, 2026
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Tú aprenderás a oírla (Montacerdos, 2026), narra la desaparición de dos niños, Jimmy, de siete años, y Rodrigo, de ocho, durante la nochebuena de 1973, en la población Marín Balmaceda de Coquimbo. “Con el paso del tiempo, ciertas cosas se van desdibujando. Para nosotros quizás todavía es más nítido el daño que dejó la dictadura, pero con el paso del tiempo ese período pasa a ser un puñado de fechas y una lista de hechos que se preguntan en una prueba, y va perdiendo, tal vez, la dimensión humana y sensible del daño que deja en una sociedad completa”, señala su autora.

La escritora Carolina Melys conocía el lugar desde niña. Allí, en el norte, vivieron durante años sus tíos y otros familiares, algunos de los cuales participaron en la búsqueda de Jimmy y Rodrigo. Incluso, recuerda, sus familiares fueron allanados. A partir de esa cercanía, la historia llegó hasta ella y comenzó un proceso de investigación que la llevó a revisar prensa, testimonios, documentos y registros audiovisuales.

El relato se construye a partir de cuatro puntos o voces que se alternan: una prosa central en tercera persona, que funciona como columna vertebral de la historia; un coro en primera persona plural, inspirado en la estructura de la tragedia griega; una voz radial no identificable que aparece en páginas negras y repite la búsqueda de los niños; y una serie de imágenes y fotografías mudas en blanco y negro que incorporan otra forma de relato.

Así, Melys construye una narración fragmentaria en la que distintas voces, palabras e imágenes se superponen para reconstruir una historia marcada por la desaparición y el silencio.

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—¿En qué momento apareció la historia de Jimmy y Rodrigo en tu vida?

En la población Raúl Marín Balmaceda, donde desaparecieron los niños, vivieron mis tíos durante muchos años, aún conservan su casa ahí. Yo conocía el lugar desde chica y, como ellos fueron testigos de esta historia, me la contaron. Ellos conocían a la familia, fueron allanados, incluso mi prima —que en ese momento tenía seis años— fue interrogada por los militares para saber el paradero de los niños. Ahí me puse a investigar y me pareció que esta historia tenía que ser revisitada de alguna manera.

—¿Cómo fue la investigación de este caso para ti personalmente?

No quería hacer un trabajo periodístico, sino reunir la información suficiente para que todo lo que apareciera en el libro estuviera basado en hechos o testimonios. Para mí era importante que la literatura estuviera en la forma de contar la historia, no en inventar o modificar lo que había ocurrido.

Fui a la Biblioteca Nacional y revisé los diarios en los que aparecía el caso. Me llamó la atención cómo, con el paso del tiempo, la historia de Jimmy y Rodrigo iba ocupando cada vez menos espacio, iba desapareciendo de los medios. También me llamó la atención que había muchas noticias sobre secuestros de niños. Recuerdo una portada de la revista Vea que hablaba de estos casos como algo relativamente común. De ahí tomé los titulares que aparecen en un capítulo del libro.

—¿Cuánto hay de investigación y cuánto hay de creación literaria?

Yo creo que la libertad literaria está, sobre todo, en la forma de concebir el texto y en la construcción de las escenas. Por ejemplo, la escena en la que están los padres esperando a la luz de la vela, no está documentada, pero dado el contexto podemos imaginarlo.

En cambio, hay otras escenas que están en los registros. Por ejemplo, vi una nota de TVN en la que aparece un periodista en el lugar donde los niños solían jugar y esconderse en las cavidades de la tierra erosionada, y plantea una de las hipótesis que se abordan en el texto. Lo mismo ocurre con la llamada telefónica o con lo que cuentan los abuelos: esos hechos aparecen en sus propios testimonios.

Incluso lo del árbol de navidad, que podría parecer un detalle imaginado, aparece en una entrevista que ellos dieron.

—Por ejemplo, en la construcción de los personajes, ¿que uno de los niños quisiera ser futbolista y que al otro le gustara el mar también fue real?

Sí. Hace unos años salió un corto documental titulado “Ángeles de Guayacán” en el que acompañaban a la mamá de Rodrigo, Eugenia Moraga, a La Herradura y al memorial. En el documental, ella muestra fotografías de Rodrigo en la playa y comenta lo mucho que le gustaba.

En el aviso de «Se busca», por ejemplo, aparecen detalles que pueden parecer inusuales, como describir a uno de los niños como «muy bonito» o «gordito». Pero son cosas que dijeron la abuela, el tío y otras personas para tratar de encontrarlo. Me parecía que mantener esos rasgos les da un carácter único, cercano y humano: no son solo niños que desaparecieron, son Jimmy y Rodrigo, con una historia y familias detrás.

Y después está el hecho de que sus familias tuvieron que vivir con la desaparición y muerte de sus hijos. Acá se dan una seguidilla de situaciones macabras: en la víspera de navidad tu hijo está en la plaza, vas a buscarlo y ya no está. Después nadie te dice nada, te culpan, te persiguen y te torturan para que declares. Todo empieza a escalar.

Ahí te das cuenta de que la dictadura es una onda expansiva que arrasa con el tejido social y lo desintegra.

Esa dimensión me interesa especialmente cuando pienso en las nuevas generaciones. Hago clases en un colegio y algunos de mis estudiantes han leído el libro. Una de ella me dijo: «no sabía que esto también pasaba en dictadura». Con el paso del tiempo, ciertas cosas se van desdibujando. Para nosotros quizás todavía es más nítido el daño que dejó la dictadura, pero con el paso del tiempo ese período pasa a ser un puñado de fechas y una lista de hechos que se preguntan en una prueba, y va perdiendo, tal vez, la dimensión humana y sensible del daño que deja en una sociedad completa.

—Sobre la época, sobre la dictadura, ¿tú crees que la historia de dos niños desaparecidos también puede ser una forma de hablar de todo un país?

Totalmente. A partir de la historia de dos niños, creo que todos podemos llegar a un consenso, a un acuerdo en algo muy básico: a todos nos parece inaceptable lo que ocurrió. En este caso hay una seguidilla de decisiones macabras y de errores inaceptables, donde no hay defensa posible. Entonces pensé que quizás podíamos partir desde un caso puntual, que en apariencia podría parecer excepcional —aunque no lo es, el informe Rettig cifra en 307 los niños y niñas menores de 20 años muertos víctimas de la dictadura—, y desde ahí empezar a mirar lo general, el cuadro más completo.  Quizás así podemos comenzar a conversar desde otro lugar. Y creo que ese lugar es el dolor. Es la única forma que tenemos de encontrarnos con el otro, porque cuando uno se conmueve con el dolor de otra persona entiende que, de alguna manera, ese dolor puede asemejarse al propio. Desde ahí, creo que es posible desarticular el discurso del otro como enemigo o amenaza, y encontrar en la vulnerabilidad de los demás formas de diálogo que recompongan el entramado social, —siguiendo la metáfora del hilo que está presente en el libro— y que nos hace ser parte de algo común: una comunidad.

—¿Y qué te pasó, por ejemplo, con que este 11 de septiembre no se haya realizado una ceremonia oficial?

Pienso que son decisiones desde la ignorancia y la torpeza, pero pasó algo interesante. Me pareció más urgente y necesario ir al Estadio Nacional y al parecer no fui la única que pensó lo mismo. Me tocó ver mucha más gente que otros años: familias, jóvenes, personas mayores, muy transversal. Estaba realmente lleno. Entonces, pienso que lo relevante hoy es que las personas, la sociedad en su conjunto se mueva, participe y se movilice en torno a cosas que son importantes. La intención de ir eliminando la dictadura del discurso oficial por parte del gobierno puede ser la chispa que prenda con más fuerza la responsabilidad que tenemos cada una en mantener viva la memoria. En una sociedad desintegrada, en donde nadie se siente mucho parte de nada, este momento puede traer consigo nuevas e inesperadas formas de encuentro.

—Bueno, se necesita optimismo en estos tiempos.

Sí, totalmente. Creo que son tiempos difíciles. Llevamos unos cuantos meses y pareciera que lleváramos años. En ese sentido, creo que hay que aceptar el desafío. Hay muchas cosas que hacer. Además, esta situación no llegó sola, fue elegida. Hace unos días leí los resultados de un sondeo en que se afirmaba que uno de cada cuatro votantes de Kast en la segunda vuelta dice que hoy votaría distinto. Ya, bueno, entonces hay harto que hacer. Tiempos adversos que nos lleven a la acción más que a la resignación.

—Respecto de los documentos, me llamó la atención algo que quería preguntarte: ¿cuáles son los peligros para la memoria de un país cuando depende solamente de documentos oficiales?

La memoria de un país nunca depende solo de los documentos oficiales, pero es muy importante que esos documentos puedan dar cuenta lo más fielmente de los hechos. A partir de ahí, podemos encontrarnos con las vivencias particulares y subjetivas de esos hechos. Y ambas dimensiones son relevantes para la construcción de la memoria.

A través de la literatura, me gusta indagar en esas subjetividades. Me pasó que mientras leía entrevistas y testimonios, me iba encontrando con versiones disímiles de lo que vieron o escucharon. Y a partir de eso tan humano se van construyendo mitos, ideas que son difíciles de sacar del imaginario colectivo. Entonces no me pareció necesario resolver esas discrepancias, al dejarlas por escrito doy cuenta de esta problemática. Hay un libro de George Saunders, Lincoln en el Bardo, en donde resuelve en las primeras páginas el tema de la reconstrucción de un momento histórico a partir de las versiones encontradas. El relato recrea la noche en que el hijo de Abraham Lincoln muere a los 11 años. Ese día había una celebración en la Casa Blanca y los testimonios y la prensa recuerdan esa noche de distintas formas: algunos hablan de un cielo nublado, otros de la luna llena, otros de una noche sin luna. Saunders va poniendo esas versiones una detrás de otra.

Eso fue clave para mí cuando estaba pensando en cómo escribir esta historia. Creo que hay que tener claro que la memoria es frágil y que lo que recordamos también lo vamos construyendo. Lo importante es que en lo medular estemos todos de acuerdo.

—Respecto de la configuración del libro, hay varias voces: tenemos las páginas negras, la voz de la radio, fotografías, un coro y también una voz en tercera persona. ¿Por qué sentiste que una sola voz no era suficiente para contar esta historia?

Quise contar esta historia entendiendo el dolor que conlleva, pero de alguna manera no quise poner ese dolor en una sola voz, quise que la historia estuviera lo más acompañada posible de voces que de alguna manera han experimentado también ese sentimiento.

La idea del coro, sacado de las tragedias griegas, me pareció que era el complemento que podía darle contención al texto. La imagen que se me viene a la mente es la de un concierto, hay mucha gente que se sabe las canciones, pero cuando llega el coro, entramos todos. Esa idea me gustaba para el libro. Quería que el coro acompañara el dolor de estas madres.

Así fui armándolo, desde una memoria literaria también. Me gusta traer a otros escritores y escritoras al diálogo porque, para mí, la literatura nunca ha sido solamente yo escribiendo. Estudié literatura, primero fui lectora, y escribir ha sido —en parte— darme espacio para dialogar con otros textos.

—Hablabas del sufrimiento de la familia. ¿Qué cosas decidiste no poner o dejar afuera por respeto a esta historia?

Decidí, por ejemplo, que los únicos nombres que iban a aparecer en el texto fueran los de los niños. En epílogo quise poner también los nombres de las madres, porque me parecía importante reconocerlas. Por decisión no quise nombrar a ninguna de las personas vinculadas a las Fuerza Armadas, no quise, en este relato, gastar ni un poco de tinta en ellos. Sé que existe otra misión, que es nombrarlos para que no los olvidemos, pero en este libro yo quería que los protagonistas fueran los niños.

—Y la literatura, ¿tú crees que puede reparar algo que el Estado no ha podido reparar?

Sí, yo creo profundamente en la literatura. El discurso de la inutilidad del arte puede tener cabida en términos de discusión teórica o en relación al mercado, pero sí creo que las construcciones que hacemos desde el arte pueden al menos conectarnos desde otro lugar. Remedios Zafra dice que en este tiempo de hiper producción, todos estamos impelidos a pronunciarnos sobre todos los temas, y si hablamos todos, solo hay ruido. En tiempos de hiper producción no hay tiempo para escuchar. Y la literatura es escuchar. Leer un libro implica tiempo y atención sostenida en un otro. En ese encuentro pueden pasar cosas interesantes, podemos encontrar nuevos rumbos. En ese sentido, creo que la literatura puede aportar en la construcción de comunidad, en reconfigurar el tejido social.

Para mí, como profesora de Lenguaje y escritora, el futuro posapocalíptico tiene que ver menos con la extinción de la especie y más con que en el futuro ya no exista ser humano capaz de entender lo que lee, que la humanidad no pueda enfrentarse a textos de Borges, de Mistral o de poesía en general. Si ya no somos capaces de dialogar con los libros, con la historia, con la tradición, estamos perdidos. Esa, para mí, es la verdadera pesadilla posapocalíptica.

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