Javiera Tapia Flores: «Siempre habrá adolescentes y siempre habrá una nueva generación que haga propias las sensaciones plasmadas en el Esquemas juveniles».

El Casio y tú (Banda Propia, 2026) es un texto híbrido de la periodista Javiera Tapia que propone un recorrido por Esquemas juveniles, de Javiera Mena, a través de un análisis canción por canción y una mirada a la sociedad chilena de hace veinte años. En ese entonces, el disco coincidió con la Revolución pingüina, el primer gobierno de Michelle Bachelet, la muerte de Pinochet y un internet que abría un mundo de nuevas posibilidades: conocer gente al otro lado del planeta, descubrir música y descargarla e intercambiarla con amigos a través de Soulseek.
El libro también reúne entrevistas con Alberto Fuguet, director del videoclip de «Esquemas juveniles»; Felipe Cussen, organizador del Congreso Javiera Mena en la USACH; Gepe, entre otros, y, por supuesto, la propia Javiera Mena. Entre sus referencias aparecen desde Jorge González a Walter Benjamin, en un diálogo que conecta la música pop con la memoria, la cultura y las transformaciones de una época.
Un libro sobre un disco que, como dice Javiera Mena, «es una fotografía del momento» y que, como sostiene Javiera Tapia, es también «un disco sin tiempo».

—¿Cómo y por qué crees que Esquemas juveniles ha trascendido tanto a lo largo del tiempo?
—Bueno, primero, creo que el disco encapsula un momento vital muy específico que todas las personas vivimos. Quizás tengo una fijación con esa etapa, porque encuentro que la adolescencia es un momento muy complejo, pero también muy rico creativamente. Uno está experimentando cosas por primera vez, recibiendo información nueva todo el tiempo. Y creo que eso hace que sea una etapa especialmente interesante.
Hay algo de ese espíritu que se va perdiendo con la adultez, obviamente, pero creo que hay que hacer un ejercicio consciente para aferrarse a ciertas cosas luminosas de la adolescencia, como la curiosidad. Lo veo así porque yo fui una adolescente muy curiosa y me rodeaba de gente que también lo era, que quería hacer cosas, que no sabía cómo hacerlas, pero las hacía igual. Creo que ese espíritu es algo que deberíamos intentar conservar siempre. Por eso tengo una relación especial con la adolescencia y con lo que se crea y se piensa desde ahí.
También me interesa especialmente la adolescencia femenina. Hasta hace muy poco, sobre todo en el ámbito de la música, era habitual que incluso desde la crítica musical se hablara con mucho desdén de las mujeres adolescentes, de sus gustos, de sus ideas y de las cosas que las conmovían. Por eso el libro también abre con una cita de Kate Nash [“No hay nada de tonto en ser una adolescente. De hecho, es una de las cosas más profundas del mundo”], con cuya mirada estoy muy de acuerdo: una adolescente es una de las cosas más profundas del mundo. Sin embargo, muchas veces se simplifica lo que siente y piensa.
Creo que Esquemas juveniles refleja muy bien esa etapa, porque Javiera Mena era adolescente cuando lo compuso y yo también lo era cuando lo escuché. Y lo mismo les pasó a muchas otras personas. Lo digo desde mi experiencia porque fui yo quien escribió este libro, pero creo que es algo que permanece en el tiempo: siempre habrá adolescentes y siempre habrá una nueva generación que haga propias las sensaciones plasmadas en ese disco. Esa esencia, ese espíritu, hace que se siga escuchando en presente.
Por otro lado, creo que musicalmente es un disco que trasciende su época. Esa es también una de las tesis del libro: aunque Esquemas juveniles refleja muy bien el contexto en que fue creado, con sus condiciones materiales, tecnológicas y sociales, al mismo tiempo logra ir más allá de él.
Musicalmente, no es un disco que se ajuste a lo que era el mainstream ni a lo experimental de esos años. Es una mezcla de muchas cosas. Hay canciones que incorporan elementos del reggaetón, cuando recién había salido Barrio fino, de Daddy Yankee, combinados con algo cercano a Erasure. En otras hay guiños a Carole King o a The Carpenters. Son distintas épocas y referencias musicales que Javiera mezcla de una manera muy original.
Creo que eso hace que el paso del tiempo no se note tanto en la música misma, sino más bien en la composición y en la forma en que se produjo el disco. Para mí, esos son algunos de los elementos que explican por qué Esquemas juveniles ha logrado trascender.
—No me acuerdo en qué año naciste, pero calculé que tenías 18 años en 2006.
—No, tenía 17. Nací en el 88 y entré a la universidad a esa edad. En ese tiempo, si cumplías años antes de agosto, te tocaba entrar al curso anterior, así que siempre era la chica del curso. De hecho, cuando entré a la universidad fue una tragedia, porque en marzo y abril había muchas fiestas y la gente iba a locales, pero a mí muchas veces no me dejaban entrar. Recuerdo una fiesta a la que me invitaron, no sé si en República, en un bar donde había que mostrar el carnet. Dejaron entrar a todo mi curso de primer año de Periodismo, menos a mí. Fue un poco triste, porque yo tenía 17 años.
—¿Y cómo viviste el proceso de la Revolución Pingüina? ¿Qué significó para ti ese año?
—Yo recuerdo ese año como un momento muy estimulante. Creo que, cuando uno es adolescente, tiene un mundo bastante chiquitito: el colegio, los amigos, las actividades que haces ahí, tu barrio y tu familia. Y más o menos ahí se acaba todo.
En los años previos a 2006 yo estaba absolutamente obsesionada con internet, porque me permitía ampliar ese mundo. Tenía ciberamigos con los que hablaba de música y que vivían en otros países. Gracias a Soulseek, donde descargaba música, también conocía gente de otras comunas de Santiago, que estudiaba en otros colegios y tenía otros intereses, pero con quienes compartía el gusto por la música. Los conocía a través de foros de internet y, de hecho, todavía hablo con algunas de esas personas. Internet hizo que mi mundo se volviera mucho más grande, aunque fuera en una dimensión.

Cuando entré a la universidad, ese mundo se amplió también en el plano de lo real, entre comillas. Entré a estudiar Periodismo en la USACH, una universidad pública donde conocí gente de distintos lugares de Chile. Algo muy bueno de la USACH es que tiene todas las carreras en el mismo lugar, así que no solo conocía a personas que estudiaban Periodismo, sino también de otras disciplinas.
Desde chica me gustaba mucho recorrer la ciudad. Desde que me dejaron irme sola en micro al colegio, me ponía los audífonos, me subía a una micro y hacía el recorrido entero para después devolverme. Era un paseo que disfrutaba mucho. Cuando entré a la universidad, esa libertad creció porque tenía otros horarios y más autonomía. Ese año recorrí Santiago como nunca antes. Tomaba micros en Estación Central para ir, no sé, a Padre Hurtado, y empecé a conocer lugares que quizás antes no había visitado. Me encantó descubrir la ciudad de otra manera y conocer gente que vivía en lugares muy distintos al mío.
Yo siempre había estado acostumbrada a vivir en el centro. Vivía en Recoleta, en el barrio Patronato, y mi mundo se movía entre Patronato y el centro de Santiago. Por eso fue tan bacán conocer otros lugares y, al mismo tiempo, participar de las discusiones que se estaban dando en ese momento.
Cuando iba en tercero o cuarto medio ya tenía amigas del Liceo 1 y amigos del Instituto Nacional y de otros colegios públicos del centro. A varios los había conocido por la música y por juntarnos en el parque. Ellos me mantenían absolutamente al día de lo que pasaba en sus colegios. Pero en 2006 fue distinto: estaba en una universidad pública, había muchas más discusiones y conocí a gente que participaba activamente en política. También aprendí mucho de ellos.
En resumen, recuerdo ese año como un momento de descubrimiento, de conocer muchas cosas y a personas muy diferentes. Un día podía estar en una asamblea en la universidad y, en la noche, ir a un concierto de Lulú Jam. Sentía que todo lo que pasaba a mi alrededor me estimulaba muchísimo.
Además, en diciembre murió Pinochet y hubo una gran celebración en Plaza Italia. Recuerdo ese año como un período que me mostró muchas posibilidades, tanto en lo personal como en lo que imaginaba para mi futuro.
Yo había entrado a estudiar Periodismo porque amaba las revistas, me encantaba escribir sobre música y leía mucho. Sentía que era la carrera perfecta para mí, aunque todavía no sabía muy bien qué quería hacer después. Tampoco sabía que pronto las revistas empezarían a desaparecer.
Pero sí recuerdo que fue un momento en el que empecé a sentir que podía dedicarme a las cosas que me gustaban, porque veía a otras personas haciéndolo. Había gente que quería hacer música y la hacía; gente que quería escribir y tenía sus blogs; gente que quería ser fotógrafa y llevaba las cámaras a todas las tocatas. Después, el lunes, uno entraba a Flickr y encontraba todas las fotos de los conciertos del fin de semana.
Estaba rodeada de estímulos muy positivos. Veía a personas que hacían lo que les interesaba, que encontraban sus propias maneras de expresarse y de construir algo. Y creo que eso fue muy importante para mí: empezar a entender que lo que quería hacer también era posible.

—¿Cómo ves las diferencias entre la tecnología y la industria musical de 2006 y las de ahora?
—Son muy diferentes. No digo que una época sea mejor que la otra, porque siempre trato de tener cuidado de no caer en ser la vieja que le grita a las nubes. Hay cosas muy buenas ahora y otras que eran muy buenas antes.
En 2006 no existían las redes sociales tal como las conocemos hoy. Lo más parecido eran los foros de internet, los comentarios en los blogs y MySpace. Como todo era relativamente nuevo, creo que había un uso mucho más inocente de internet. Uno piensa en las cosas que escribíamos en Fotolog y, claro, había algo más ingenuo. Creo que ahora también existe una mayor conciencia de que alguien te está mirando. En ese momento, quizás, había un deseo de que otros te vieran, de que supieran que existías, de encontrar gente con gustos en común, hacer amigos o conocer a alguien. Pero ahora hay una autoconciencia mucho mayor respecto de esa mirada, porque las redes sociales son mucho más tóxicas. Hemos aprendido a usarlas y también a entender los alcances reales de estar expuestos a la observación de los demás.
Lo veo mucho en el uso de Soulseek, por ejemplo, una herramienta que todavía ocupo. Cuando lo instalabas en tu computador, se creaba automáticamente una carpeta pública asociada a tu cuenta, donde ponías la música que querías compartir. En la práctica, entrabas al computador de otra persona, revisabas qué música tenía y descargabas lo que te interesaba. También había salas de chat donde podías conversar con esa persona o con otros usuarios sobre música y otros intereses comunes. Había una dimensión de descubrimiento y de intercambio que me gustaba mucho.
Otra diferencia importante es que en ese momento nadie sabía muy bien cómo monetizar internet. Creo que eso cambia muchas cosas. También había más silencio. Era una internet a la que entrabas durante un rato: prendías el computador, conversabas con gente, descargabas música, leías noticias o visitabas blogs de música y cine. Saciabas esas ganas de conectarte con otras personas, aprender y descubrir cosas. Después te desconectabas, apagabas el computador y volvía el silencio. Había momentos en que podías aburrirte, y ahora eso prácticamente no existe.
Creo que la llegada del iPhone cambió todo. Desde entonces, internet empezó a acompañarnos permanentemente, en lugar de ser un espacio al que entrábamos durante un rato y del que después salíamos. También hay que considerar que, en esa época, las generaciones más jóvenes usábamos internet de una manera mucho más abierta. Mi mamá, por ejemplo, también tenía acceso a internet en la casa y podía navegar, pero no lo usaba como lo hacíamos mi hermano y yo, que tenemos apenas tres años de diferencia. Nosotros lo ocupábamos casi como si hubiéramos nacido con eso.
Todos estos cambios afectan la manera en que escuchamos y distribuimos la música, la forma en que nos relacionamos con los artistas y también cómo se sostienen los medios de comunicación y se desarrolla la crítica musical. Esto último ha cambiado muchísimo. Ahora es muy raro leer una crítica que diga algo negativo sobre un disco, porque muchas veces el medio etiqueta al artista, el artista comparte la publicación y esa crítica termina convirtiéndose en una pieza más de promoción.
—¿Qué te pasa, por ejemplo, con la frase de Freddy Stock sobre Corazones [“Porque si Jorge González continúa en su tecno ante una masa que no le es incondicional, terminará por enfriar una noche de verano”] que aparece en el libro?
—Pucha, creo que no supo leer el momento. Y eso le puede pasar a cualquiera que esté escribiendo sobre el presente, porque nadie es infalible. Pero justamente por eso creo que esa frase nos enseña algo: cuando uno analiza el presente, tiene que ser consciente de sus propios prejuicios y de cómo el gusto personal se inmiscuye en la perspectiva que ofrece sobre una obra. Porque uno lee esa frase y piensa: «Pero, Dios mío, Freddy, ¿qué estabas viendo? ¿Qué estabas viendo?».
Nunca he hablado con él sobre esto ni sobre esa frase en particular, pero creo que tiene que ver con algo que sigue pasando hasta hoy. Uno podría decir que esa frase representa una mirada muy de la vieja escuela, pero hay algo de esa forma de entender la crítica que todavía está presente, sobre todo en las redes sociales y los medios digitales. Muchas veces, los textos se centran más en lo que el autor quisiera que fuera una obra que en analizar lo que realmente es. Termina imponiéndose el gusto personal o la idea que uno tiene de cómo deberían ser las cosas, en lugar de detenerse a observar qué tiene delante.
Para mí, la crítica más interesante es la que ofrece un análisis de una canción, un disco o una película, de manera que quien la lee pueda conocer los argumentos y después decidir si está de acuerdo o no. Y eso implica poder valorar ciertos aspectos de una obra y cuestionar otros. No estoy hablando de odiar ni de trolear, sino de hacer un ejercicio crítico de verdad, donde haya espacio para el juicio y la discusión. Quizás suena muy templado lo que estoy diciendo, muy concertacionista, pero tampoco estoy planteando nada particularmente extremo.
Por un lado, veo muy seguido que la crítica adopta una mirada exclusivamente positiva, como si no se pudiera decir nada malo sobre una obra. Por otro, también encuentro textos en los que el análisis termina siendo más una expresión de lo que el crítico habría querido que fuera esa obra que una lectura de lo que efectivamente es.
Creo que para analizar una obra hay que considerar su contexto, las condiciones en que fue creada, la trayectoria anterior de quien la hizo y la relación que tiene con sus trabajos previos, si los hay. Se trata de entender qué es lo que uno está mirando, en lugar de juzgarlo únicamente desde sus propias expectativas. Para mí, ahí está la diferencia entre una crítica que realmente aporta algo y otra que solo expresa un gusto personal.
—¿Cuándo fue la primera vez que entrevistaste a Javiera Mena?
—En 2009.
—¿Y cómo ha evolucionado desde entonces? Acá en libro citas un titular en el que ella dice: «Gané 15 lucas en el lanzamiento».
—Sí, es un titular de The Clinic.
—¿Cómo ha evolucionado Javiera Mena en sus titulares y en sus entrevistas hasta hoy?
—Sigue siendo una persona muy chistosa de entrevistar. Siempre tiene una idea graciosa, una salida que uno no se espera. Creo que eso es parte de ella y se ha mantenido en el tiempo. También creo que ha contribuido a construir la artista que es. Me gusta esa ligereza y esa poca autoconciencia que tiene de sí misma como artista. Creo que es parte de su encanto.
Al mismo tiempo, ella lo ha dicho, ha tenido que aprender a hablar en público. Yo considero que no todo el mundo tiene que saber dar entrevistas. He entrevistado a músicos increíbles, autores y escritores cuyos libros me parecen impresionantes, pero que quizás no saben explicar lo que hicieron. Y eso es completamente legítimo.
En el caso de Javiera, creo que con el tiempo ha ampliado su caja de herramientas en todos los sentidos: desde cómo produce y compone su música hasta cómo da entrevistas y habla sobre lo que ha hecho cuando alguien le pregunta. Eso es bacán del paso del tiempo. A mí me gusta observar ese proceso. De hecho, no siento tanta ansiedad frente al paso del tiempo precisamente porque mi oficio consiste en ver lo que crea la gente y seguir sus obras durante mucho tiempo. Me interesa ver cómo cambian esas obras, pero también cómo las personas van transformando su manera de entender y pensar su propio oficio.
Eso me ha ayudado a sentir menos ansiedad por mi propio paso del tiempo, porque me doy cuenta de que los años también te hacen regalos: te permiten aprender cosas, cambiar de opinión y profundizar en ciertos temas. Me parece que eso es de lo mejor que te puede pasar. Si no hay paso del tiempo, significa que estás muerto, ¿cachai?
Algo muy bacán de seguir la trayectoria de alguien durante veinte años es poder observar esos cambios. Y no me pasa solamente con Javiera, sino también con la música que escucho y los libros que leo, con personas contemporáneas a mí que siguen componiendo o escribiendo hasta hoy. Ver cómo evoluciona su trabajo y cómo se amplía y transforma su caja de herramientas también es muy inspirador para pensar en la propia.
—Hay una parte del libro que me dio mucha risa, la del documental.
—Qué bacán que te hayas reído con el libro.
—Me reí mucho cuando le dijiste a Javiera Mena que te impactó su cara de guagua cuando volviste a ver el documental Al unísono y ella te responde que eran fetos con bigote. ¿Cómo ves la evolución de Gepe junto a Javiera Mena a lo largo de estos años, desde el documental Al unísono hasta hoy?
—Eran fetos con bigote, como dice ella, ¿cachai? Uno ve el documental y, volviendo a lo que hablábamos antes, está lleno de memes de ambos. Es muy adorable en ese sentido, porque hay un grupo de personas que decide registrar a artistas que todavía no tienen absolutamente ninguna conciencia de sí mismos. Son ferales, ¿cachai? Están haciendo las cosas que les gustan, con sus amigos y amigas, con gente que van conociendo. Están muy estimulados, pero también son absolutamente ferales.
Creo que es un regalo poder ver eso, sobre todo ahora que vivimos en un mundo donde internet y, particularmente, las redes sociales hacen que todo se vea tan empaquetado. Todo parece tener un propósito detrás, como si cada cosa que uno dice estuviera pensada para conseguir una meta u objetivo. En cambio, esos documentales están en las antípodas de eso. Muestran a dos personas que todavía están haciendo las cosas de una manera muy espontánea, sin tanta conciencia de cómo se ven desde afuera. También hay que reconocer que fue valiente hacer un documental sobre dos artistas que recién estaban empezando. Eso también es tener visión.

—¿Cómo crees que habría sido Esquemas juveniles si no hubiese existido Corazones?
—Ni siquiera me lo puedo imaginar. Creo que habría sido absolutamente diferente, sobre todo por esa mezcla de géneros que tiene Esquemas juveniles: la balada, que además no es cualquier balada, sino una que tiene ese piano tan hermoso, y la electrónica.
Después de ese disco, Javiera ya estaba trabajando en algunas canciones de Mena, que significa entrar de lleno en la pista de baile. A partir de ahí, durante varios años, hizo conciertos adaptados para festivales y otros escenarios, pero pensados como una pista de baile. Su música se fue desplazando hacia ese lugar, aunque siempre mantuvo esa sensibilidad en las letras, esa dimensión emocional que también está presente en Jorge González.
La idea de bailar y llorar, que apareció mucho tiempo después de Corazones, resume muy bien algo que ya estaba en ese disco: esa posibilidad de mezclar el baile con la tristeza, de tener una música que te haga bailar y, al mismo tiempo, te toque emocionalmente. Creo que esa sensibilidad también llegó a otros músicos, como Javiera, y los influenció muchísimo. Por supuesto, Esquemas juveniles no habría sido el mismo disco sin Corazones. De todas maneras, creo que esa es una pregunta más apropiada para hacerle a Javiera que a mí.
—Lo último que te quería preguntar es: ¿quién te hizo tanto daño para que te haya pegado tanto este disco en la vida? Si no quieres responder, está bien, pero te la dejo ahí, jaja.
—No, no, sí. O sea, la vida. La vida es así, la vida es dura. Es dura para un adolescente. Sí, la vida me hizo daño. También tuve un pololo que quizás no era el más deconstruido. Me gustaron algunas chicas, pero siempre tuve dudas. No estaba del todo contenta conmigo misma.
Es que ser adolescente en el mundo es básicamente eso. Nunca estás completamente conforme con tu cuerpo, con lo que estás haciendo o con la seguridad de que vas a poder lograr las cosas que quieres. Pero las haces igual y, a veces, las cagas. Te peleas con una amiga, terminas con un pololo o se te mueren tus abuelos, ¿cachai? Es una edad en la que empiezan a pasarte cosas de las que tus papás ya no te pueden proteger. Y eso es terrible, pero al mismo tiempo es bacán, porque significa que estás empezando a construir tu propia vida.
Creo que por eso Esquemas juveniles le pega tanto, no solo a mí, sino a mucha gente. Porque representa ese momento en que empiezas a imaginar una vida posible y, al mismo tiempo, comienzan a pasarte cosas de las que los demás ya no te pueden proteger. Son experiencias de las que tienes que hacerte cargo tú.




