Belén López Peiró: “Al narrar podemos corrernos de la herida y centrarnos en la escritura, que en mi caso fue reparación”

La autora de las novelas de no ficción Por qué volvías cada verano (Los Libros de la Mujer Rota) y Donde no hago pie (Lumen), repasa los caminos de su escritura pronta a cumplir diez años de la primera edición de su debut literario. De justicia, formas, preguntas, reparación y aperturas pedagógicas de sus libros va esta conversación. “Un libro puede ser muchas cosas, romper con la sacralidad, romper también con una única idea de pensar la literatura con quienes la intentan normalizar”, señala.
Pronta a cumplir una década de su primera publicación, Por qué volvías cada verano, obra autobiográfica de la autora argentina Belén López Peiró (Buenos Aires, 1992), vuelve a circular por las librerías locales bajo la colección Artefactos de Los Libros de la Mujer Rota. En este libro, la autora aborda los relatos del abuso sexual intrafamiliar y sus consecuencias, a través de una estrutura que entrelaza la narración personal, las voces del entorno y los expedientes judiciales. Una polifonía de voces y preguntas para encontrar una versión.
A este libro le siguió la publicación de la novela Donde no hago pie (Lumen, 2021), la continuación del relato en diálogo con el proceso judicial, una nueva etapa en la vida de la autora, la sororidad y la escritura como reparación.
Forjado en el taller de la escritora Gabriela Cabezón Cámara, el primer libro ha sido traducido a ocho idiomas y publicado en editoriales como Lumen (Argentina), Las Afueras (España) y Palíndroma (México).
Hoy es Belén quien da tallares. Ahora, específicamente, desde Barcelona. “Para mí fue una especie de militancia al llegar acá coordinar mis talleres de escritura. De hecho, para mí ahora es un tema hacerlos presenciales. Yo lo seguía virtuales, pero los volví a la presencialidad, porque me parece importantísimo la dimensión colectiva y creo que el taller de Gabi Cabezón fue fundamental para mí, no solamente por Gabi, también por mis compañeras”.
La escritura, sigue, “es muy solitaria”. Por eso, “los espacios que crea Gabi son fundamentales y me importa poder continuar con esa tradición aunque no esté en Buenos Aires”.
Y la escritura sigue. Recientemente, Belén López Peiró fue elegida finalista del Premio Lumen. Ese libro está por publicarse a inicios del 2027 en Argentina y España. “También es un libro de no ficción, y lo que puedo adelantar es que es un cruce entre maternidad, animalidad y migración.
Sobre con qué libros y escrituras dialogan sus textos, Belén señala a El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza, “porque de alguna manera ella también muestra un coro de voces que eran los compañeros de la universidad de su hermana, víctima de femicidio; las voces de sus padres, la voz de ella misma, a la vez que incluye la narración judicial. En ese libro me vi un poco espejada”.
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-Comencemos por tu último libro, Donde no hago pie. Quiero partir por ahí porque abre con una cita de Svetlana Alexievich que dice: “Los hombres temían que las mujeres contaran otra guerra, una guerra distinta”. Eso nos lleva a la idea de la versión. La literatura siempre es una versión, pero acá, por lo que relatas, por los sucesos que detonan este camino, ¿cómo definirías la potencia del concepto de versión?
Creo que hay ahí un doble juego. Por un lado está la versión de los hechos en términos judiciales, que es una versión de los hechos que no se reduce únicamente a víctima-victimario. También hay quienes declaran a partir de ser citados, otros voluntariamente, y cada uno aporta a la versión de los hechos, como es mi caso.
La denuncia -todavía no sé por qué- fue una decisión que marcaría un poco lo que vendría después, pero fue escrita. Me considero una persona que se expresa muchísimo mejor por escrito que oralmente, y creo que esa era una versión de los hechos. La denuncia donde narraba los hechos era una versión. Sin embargo, creo que esa versión estaba acotada justamente a los hechos, estaba acotada a lo que se me demandaba desde la causa judicial. La literatura me permitió formular una otra versión que no se reducía únicamente a las escenas de abuso sexual, sino que también hacía partícipe a todo el entorno que hacía posible ese abuso. Mi versión de los hechos en Por qué volvías cada verano, sobre todo involucraba al resto de la familia, y me involucraba a mí también de otra manera. Eso para mí era importante. No quería solamente dar la versión que aportaba la causa judicial, que era una versión de mí en el lugar de víctima, sino también del resto de las versiones.
-Hay un conjunto de libros contemporáneos que están abordando este tipo de experiencias y muchas acuden a otras voces. Esta polifonía como una necesidad. ¿Cómo definirías tú esa manera de escribir? Por ejemplo, está Seismil de Laura C. Vela en España, y Comparecencia (in)voluntaria de la mexicana Marisol García Walls. ¿Cuán necesaria se hace esa polifonía?
La polifonía permite la inclusión de la memoria partida donde no solamente aparecen voces de otras personas, sino también aparece nuestra propia voz en distintas instancias, en distintos escenarios, en distintos tiempos, donde que se quieren encastrar como piezas de un rompecabezas que parece permanentemente que falla. Es donde intentamos seguir una pista, completar imágenes, narrar escenas. Cuando intentas narrar el abuso intentas justamente hacer partícipe a la lectora, al lector de la escena, y eso implica una mirada donde sos sujeto y objeto de esta situación. Muchas veces hay personas que lo logran a partir de una primera persona y hay personas que no, que tienen que acudir a un observador, a una voz externa para narrar esos mismos hechos. Y creo que la polifonía está buenísima en ese punto. Es una herramienta literaria que permite múltiples puntos de vista en una misma obra, lo cual la hace políticamente poderosa.
–Por qué volvías cada verano va a cumplir diez años el 2028, una década de circulación y me imagino que has dado cientos de entrevistas. ¿Qué preguntas crees que faltan aún por hacer?, ¿qué aspectos crees que han sido poco ahondados?
No sé exactamente qué preguntas no fueron hechas o faltan responder. Sí puedo decir que las que para mí fueron más valiosas eran las preguntas sobre todo en relación a la perspectiva literaria.
Después, las experiencias más ricas en torno al libro tenían que ver con las que pasaban en términos literarios en la escuela, cómo a partir del ejercicio de escribir o leer se invitaba a las infancias y adolescencias a distintos tipos de ejercicios, desde convocarme a dar una charla que era tal vez lo más sencillo. Hubo también docentes que invitaban a sus alumnos a escribir las voces que creían que no encontraban en mis libros, y en general era la de amigas, de compañeras de escuela que tal vez podían preguntar o acompañar a la protagonista. Otras les invitaban a ser tapas y contratapas distintas y creaban a partir de la imagen. Hubo maestras que hicieron documentales o cortos con actuaciones de sus alumnos en relación a los hechos.
Me parece que hasta el día de hoy lo más valioso fue ver cómo el libro podía servir no solamente para acompañar a personas que habían vivido una situación como la que viví yo, sino también cómo se puede ver el antes, qué se puede hacer antes, y creo que esas intervenciones fueron las más poderosas. Me encantaría que haya más. Sería muy feliz si así ocurriera. Pero pasaron muchas estos años y eso también me pone muy contenta.
-Hablemos de las preguntas a propósito de la literatura. Las preguntas como forma de escritura, ¿qué abren? Porque están presentes tanto en Por qué volvías cada verano como en Donde no hago pie. ¿Qué valor tienen las preguntas en tu escritura?
Para mí es fundamental. De hecho, no sé si te pasa a vos también, pero me gusta leer libros que me hagan formular preguntas internamente. Cerrar un libro y más que una afirmación contundente, me gusta quedarme -obviamente depende de los libros que leas- con preguntas internas; decir qué me pasaría a mí, qué hubiera hecho si hubiese estado en esa situación.
En ambos libros, cuando los escribí, sobre todo el primero, seguía teniendo muchísimas preguntas y en el segundo también, porque quieras o no, creo que escribir tiene algo que es muy poderoso políticamente, que tiene que ver con hacerse preguntas y con aprender muchísimo y seguir haciéndose preguntas nuevas.
Cuando terminé de escribi, Por qué volvías cada verano, recién había iniciado hace no tanto tiempo la causa judicial, estaba todavía transitando toda la cuestión familiar. Donde no hago pie responde más a una pregunta de qué pasa con los juicios por jurado en Argentina, qué pasa con las denuncias de violencia sexual, qué hago con la causa que atravesó mis veinte años y un poco de los treintas. Mucho de lo que aprendía, lo iba trasladando al libro y también surgían nuevas preguntas. ¿Hubiera hecho algo diferente? ¿De qué manera se acompaña? ¿De qué manera se denuncia sin… no me gusta la palabra romperse? ¿Por qué denunciamos? ¿Qué buscamos? Estas son de Donde no hago pie. Allí creo que una de las preguntas vertebrales está asociada a la reparación. ¿Que significa reparación? ¿Cuántas reparaciones existen? ¿Qué reparación ofrece la justicia?
-En Donde no hago pie, está muy presente en este entorno bien protector, la pregunta sobre qué quieres tú realmente. Creo que también está eso que tú dices que te hace a ti como lectora preguntar qué querrías tú. Es bien envolvente.
Y eso es algo que también puede cambiar, porque tal vez a la hora de denunciar decís bueno, denuncio por tal cosa y con el tiempo, como lamentablemente en Argentina y creo que en varios países de Latinoamérica pasa que son tan largos los procesos judiciales que claro, en el medio la vida sigue y nuestros deseos van cambiando con nosotras.
-Y que bueno que los deseos puedan cambiar también…
Sí, igual que las preguntas. Es de alguna manera alimentar la curiosidad por el mundo, por lo que nos rodea y que eso esté presente en la literatura para mí es fundamental.
-Y siguiendo por la senda de lo literario, cuando empecé este libro, atendiendo a un contexto donde está presente el formato del diario, le puse a Donde hago pie “el apodo” de “diario de juicio”. ¿Cuán interesada estás en esa corriente de los diarios?
Es curioso porque en el momento que escribí Donde no hago pie no llevaba un diario. Si llevaba el cuaderno con el que iba a las audiencias, y había mucho material escrito que tiene que ver con las idas y vueltas, con los mails, con las cartas que me llegaban de la Fiscalía. Recién empecé a llevar un diario hace creo cinco años y creo que hubiese sido otra escritura, pero sí, la diferencia entre Donde no hago pie y Por qué volvías cada verano tiene que ver con que en este la escritura es contemporánea a los hechos. Entonces tal vez no había diario, pero sí estaba el Word, sí estaba la hoja donde iba transcribiendo la información, haciendo entrevistas, apuntando cosas, así que podría pensarse desde ese lado en términos de que es una escritura contemporánea a los hechos.
-A propósito de la vida del libro, ha habido múltiples ediciones. Incluso ya había salido antes en Chile. Ahora fue re editado bajo el marco de la colección “Artefactos” de Los Libros de la Mujer Rota. ¿Que particularidades tuvo esta visión para ti en esta edición?
Para mí es lindo, es disruptivo porque tiene que ver con que un libro puede ser muchas cosas, que rompe con la sacralidad, rompe también con una única idea de pensar la literatura con quienes la intentan normalizar. Y la verdad es que un libro puede ser muchas cosas. Es un dispositivo que por sobre todo es colectivo, no se hace si no hay lectoras, lectores, editoras, editores, libreros, periodistas, boca en boca. Y creo que también hay algo de eso en esta nueva edición de La Mujer Rota, que también para mí tiene que ver con el contexto que estamos viviendo. El hecho de que de pronto en Latinoamérica y en Europa también, otra vez la derecha vuelva a ganar cada vez más votos, otra vez estén cuestionando derechos que creíamos ya conquistados. Por lo menos en Argentina el primer Ni una menos fue en 2015, y en diez años, otra vez, tenemos que volver a hacernos algunas preguntas, que te descuidas y sí, sí que se puede retroceder.
-Oí una entrevista en la que dijiste una frase en la que quisiera que ahondamos y ver cómo ha crecido con los años, si ha mutado esa noción. Dijiste “dejar de ser víctima al ser escritora”. ¿Cómo ha crecido ese planteamiento para ti?
Creo que es bastante específica y está buena porque marca un punto bastante exacto de mi historia. También, creo que resume los dos libros. Es lo que más valoro de estos diez años: las lecturas y las valoraciones asociadas a las herramientas literarias, a las clases, a los talleres de no ficción, a la literatura como centro de la vida. A que más allá de los hechos, que es un poco lo que intento hacer en mis talleres, más allá de lo que nos haya pasado, al narrar, al poner la literatura en el centro, podemos trabajar las escenas, podemos ir como un artista, pincelada a pincelada y corrernos de la herida y centrarnos en esto, en la escritura, que en mi caso fue también una reparación. Entonces yo creo que eso sigue ahí, muta con el tiempo, pero sigue ahí.
–Ahora estás en España, das talleres, pero también vi que escribiste el prólogo de Río de las congojas de Libertad Demitrópulos en la edición de Las afueras. ¿Qué lugar quisieras ocupar en la literatura argentina? A veces hay que salirse y extrañarse desde otro lugar para mirar a la realidad local. Sé que la literatura también es una forma de no situarse solo en un punto, pero ¿qué lugar quisieras ocupar en esa trayectoria?
La verdad es que no lo tengo muy claro. Sí creo que hay una distancia que en su momento necesitaba. Fueron dos libros y fueron casi diez años de mi vida siendo muy joven, muy chica, y creo que todavía lo estoy averiguando y que es algo que se va construyendo a lo largo del tiempo y que también va cambiando, al igual que el deseo, y me gusta pensar que se va construyendo también palabra a palabra. No es el lugar que quiero ocupar, sino hacia dónde van mis palabras. Hacia dónde me lleven va a estar bien. No me gusta decir bueno, me dedico a esto, hago esto, voy hacia acá, porque después me termina pasando que las palabras me llevan hacia otro lado. Y celebro eso porque es algo que no controlo. Creo que es de las cosas de mi vida, más allá de lo evidente, que no controlo, y que por eso me atrae tanto. Cuando empecé a escribir Por qué volvías cada verano jamás imaginé que me iba a llevar a donde me llevó y creo que al día de hoy intento seguir en esa línea.
-Y en esa trayectoria te has situado en la vereda de la no ficción. También vienes del periodismo. ¿Cómo ha evolucionado este registro considerando referentes de Argentina como Rodolfo Walsh?
Me apasiona muchísimo la no ficción. Creo que es un registro muy poderoso. Hay quienes lo llaman narración autobiográfica, autoficción, tiene muchas versiones. La no ficción está más asociada al periodismo de denuncia, obviamente a partir de Walsh, pero también hay autoras que son muy importantes en Argentina, como María Moreno, que trabajan también a partir de la propia experiencia, otras veces a partir del rol de periodistas, otras veces como críticas literarias, y que elaboran un tipo de narrativa distinta, irreverente, que pierde de vista el cruce entre lo real y lo ficticio, y trabaja construyendo una tercera línea.
Es una corriente preciosa, no solamente en Argentina, sino que también en Chile, en México, en Uruguay, en Perú, en Ecuador… hay narradoras trabajando y que ensanchan también los límites para dejar de ver los géneros como un corset, sino más bien como posibilidades.
-¿Cuáles son tus preocupaciones escriturales actuales?
Me interesa mucho la animalidad. Es un tema que me ronda. La extranjería y la pertenencia. Más allá de los temas que ya abordé que tienen que ver con la familia, son otros temas que se expanden con la migración: la territorialidad, los desplazamientos, la animalidad. Son todos temas que me circundan.




