SMITH Fig

Mario Verdugo, un escritor de izquierda

 
/ por Gastón Carrasco
 
La pregunta de entrada para referirse al libro de Mario Verdugo es: ¿quién demonios es Robert Smithson? Seguramente todos conocemos a Robert Smith y amamos The Cure (aún me lamento por no haber ido a su concierto en 2013). Quizá me equivoco y Smithson sea una referencia más conocida y en este texto esté haciendo alarde de mi ignorancia. Según Wikipedia, Smithson fue uno de los impulsores del Land art, corriente donde el paisaje y la obra de arte están engarzados. El material del artista es la naturaleza. Siendo un cruce entre escultura y arquitectura, el arte de la tierra implica la intervención en espacios públicos y/o naturales. La siguiente pregunta sería: ¿cómo demonios vinculamos a este artista con la propuesta del poeta? Cito extensa y burdamente un fragmento sobre el Land art de Smithson desde, era que no, Wikipedia: “Su finalidad es producir emociones plásticas en el espectador que se enfrenta a un paisaje determinado. El principio fundamental del Land Art es alterar, con un sentido artístico, el paisaje, para producir el máximo de efectos y sensaciones al observador. Se pretende reflejar la relación entre el hombre y la tierra, el medio ambiente y el mundo, expresando al mismo tiempo el dolor, debido al deterioro ambiental del clima que existe hoy en día. Lo principal es la interacción del humano–artista con el medio ambiente”
 
Podemos conjeturar entonces que robert smithson & robert smith espera producir emociones plásticas en el espectador (concibiendo el texto como una superficie o paisaje que se puede intervenir). Y también reflejar ciertas relaciones que, en este caso, no expresan el dolor debido al deterioro medioambiental, causa al parecer perdida y bastante ajena a las pretensiones del autor de este libro, creo. Lo principal sería la interacción entre el lector, el poeta y el medioambiente del poema (entiéndase al autor como alguien que interviene y modifica su hábitat o las condiciones de su entorno). El poeta hace uso de los materiales que dispone para crear su artificio, que contraste o resalte la naturaleza del lenguaje. La puesta en escena de robert smithson & robert smith se trata de superponer estructuras y redescubrir las fuerzas o tensiones entre ellas.
 
Es ahora cuando podemos entrar de lleno al texto de Verdugo. En el apartado “mencionado”, somos espectadores de un espacio o ecosistema donde habitan sujetos que eluden o les es esquivo el éxito. La idea de un sujeto mencionado, parte del anecdotario o de los créditos que nadie lee, configura esta serie de poemas, donde se relevan personajes centrales pero anónimos, que son responsables del éxito de otros. Pienso en José Domingo Gómez Rojas que formó política y literariamente a Manuel Rojas, en Eduardo Molina o incluso en Alfonso Alcalde, todos agentes literarios gravitantes del campo cultural, pero no reconocidos, tan sólo mencionados o, como gustan decir hoy, “rescatados” de vez en cuando por la crítica.
 
Todo esto hace pensar en menciones honrosas o en la figura del eterno finalista, es decir, quien no alcanzó a subir al podio ni ser antologado. Bajo una lógica tipo efecto mariposa, todos estos personajes parecen ser lo suficientemente gravitantes como para justificar todo el engranaje cultural; sin ellos no existe el éxito de los otros. Casi como un mantra se repite la estructura: “me lo debes, no te olvides, agradece”, operaciones que implican dar visa de existencia a los sujetos en cuestión, pagar la deuda, recordar y retribuir el favor concedido: los mencionados, como un santito al cual acudir de vez en cuando. Se abre entonces todo un espectro de personajes icónicos en todo orden de cosas: el libretista de Dean Martin, un artista que rompe sus bocetos, el baterista que dejó la banda luego exitosa, el encargado de seleccionar los mejores fragmentos de una obra grande (que es algo así como el oficio de un poeta), un huelguista, un pensador marxista, además de deportistas, mártires, escritores de literatura erótica, entre otros desgraciados.
 
En “bretaña”, el siguiente apartado, nos desplazamos hacia otro tipo de estructuras. La densidad de las voces, su estructura coral, se ve trocada por una voz acaso antropológica que estudia los pueblos de bretaña y otros de origen principalmente europeo. Pueblos que bien pueden ser una calle o un condominio con el mismo nombre (un lugar puede representar a otro, aunque no se le parezca). Lo que hay aquí son impresiones de una voz omnisciente sobre el pensar y sentir de estas comunidades, siempre bajo fórmulas copulativas: “están comenzando a identificarse con el primer personaje” (40), “se están encontrando cada vez más afines con el primer recluta que muere” (40) o “en california siguen pensando que es preferible respirar un poco más lento” (39). Este apartado nos recuerda el principal trabajo de Smithson (que vi gracias a Google Imágenes), el “earthwork” Spiral Jetty, emplazado en el desierto de Utah, el cual consiste en un gran espiral hecho de rocas, arena y algas que sobresale en el Gran Lago Salado. Lo interesante de esta obra es que se vuelve visible de acuerdo a los niveles de fluctuación del mar. Los poemas de Verdugo justamente nos muestran, a veces, la espiral de los textos: bretaña es la estructura que va formando y moviendo al resto en una serie de sentencias caracterizadas por un aparente sinsentido. Lo que ocurre en bretaña parece replicarse en otro rincón del planeta, o al menos desencadena una que otra consecuencia. El mundo de bretaña se superpone al cotidiano vivir de dinamarca, normandía o cualquier escondrijo con un estilo de vida de clase media: “la sensación recuerda la increíble / paz que los arrendatarios de / vasconia experimentan cuando bajan / de sus ascensores” (44). Dependiendo del lector o del punto de vista, esta espiral textual va adoptando nuevas formas o relaciones. No es tan sólo el hábitat el que cambia, sino también el modo de habitar, pues en la mitad del apartado nos adentramos en el cambio de costumbres de los habitantes de estas tierras y, más aún, en la modificación de las estructuras y formas que sostienen sus vidas. Pienso en la figura a escala de un diorama y en Verdugo como un dios (niño cruel) o buen vecino que ve crecer y decaer a una civilización que, al igual que otras, deposita sus esperanzas en el cielo: “los ocupantes de bretaña se están / dirigiendo por elevaciones de / piedra caliza hacia las estrellas / circumpolares” (56).
 
En tanto, en el tercer y último apartado, “p300” (titulado así en referencia a la señal que se utiliza en la medición de la función cognitiva de los procesos de toma de decisiones, de acuerdo a estímulos y respuestas o incluso en test tipo detector de mentiras), nos encontramos con poemas alineados al centro que, tras la evocación o enunciación de palabras sueltas, se establecen en arengas hacia la difusa figura de unos “compañeros” que, pienso, podría aludir a los poetas:
 
 
Trapíquenlo,
compañeros,
que se azule:
homológuenlo a
unas flores que caminan
como en su viejo y querido avant–garde.
 
 
A la manera del Neruda residenciario, Verdugo nos propone imágenes hilarantes y propias de la vanguardia más pura y dura: recordemos versos como “asustar a un notario con un lirio cortado / o dar muerte a una monja con un golpe de oreja”. Un poco en serio, un poco en joda, la alocución incita a una breve o leve violencia contra, presumo, otros poetas: “En momentos que farfulle, / muéstrenle: / vayan por detrás y abóllenle / numen y nariz contra el teclado” (66). Las señales que nos emiten estos poemas son las de un sujeto que toma malas decisiones (escribir poesía, por ejemplo, o hacer arte en Chile). Los mismos sujetos mencionados en el primer apartado, atrapados en sitios como bretaña o normandía, parecen ser medidos por máquinas incapaces de decirnos qué hay detrás o en el fondo de esas mentes confusas. 
 
Es en este punto donde me veo en la necesidad de justificar el título de esta presentación. Al decir de Lezama Lima, hay veces en que el aburrimiento es total y parece ser que cualquier obra va a recibir un premio: “hacer una obra que nadie premie es totalmente imposible”. Justamente, creo que sería muy raro o difícil que alguien vaya a premiar este libro de Verdugo. No se me mal entienda: no por la calidad del poeta ni por sus filiaciones o amistades, sino más bien por quienes premian, es decir, los jurados (condición la cual me niego a pensar que alguien haga por placer), que no tendrían las herramientas o el juicio para “evaluar”, si acaso es posible hacerlo, la poesía que propone Verdugo (quizá subestimo al respetable o deslizo con desidia mi visión de eterno finalista). Ciertamente este es un libro escrito para no satisfacer el gusto de nadie. He ahí el punto de su intransigencia.
 
Lejos de la visión clásica de Lukács sobre la vanguardia, resumida rápidamente en que la representación realista es de izquierda y la vanguardista es siempre burguesa, Verdugo nos propone una obra que tematiza la vanguardia de la mano de Smithson y problematiza las formas y estructuras del lenguaje. Cumpliría así con lo que Damián Tabarovsky en Literatura de izquierda define como “una escritura que tiene a la vanguardia como fantasma” (93). Esto es, una presencia o eco de algo que parece muerto y sigue vivo, que es tanto presencia como ausencia. En definitiva, una escritura que asume el fracaso (que quizá sea el tema o fantasma que recorre estos poemas, sin el lastre melancólico de otros autores). Un fracaso que se radicaliza. Y aquí refuto y parafraseo mínimamente a Tabarovsky (pero con respeto): ese escritor –de izquierda– no está solo, lejos del pasado o fuera del presente, sin futuro y sin público. Esta misma instancia de presentación lo refuta. Pienso imposible la escritura de un libro así sin Alcalde, Gómez Rojas o Molina, y quizá cuánto otro autor que desconocemos y le debemos algo. Este es un libro de vanguardia y fracasa al serlo. Eso explicaría su condición radical de izquierda: un libro totalmente ajeno a premios o a la codificación en clave de paper. Pienso este libro como el espiral de Smithson, en esa playa de Utah, algo que vemos y desaparece en el oleaje, una forma que persiste y se erosiona. Y de Robert Smith qué decir. Debería estar sonando de fondo o quizá suene luego de esta presentación* (espero que el bar de turno tenga wurlitzer), total es jueves y el viernes parece un buen día para enamorarse.
 
 
 
 
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* Este texto fue leído en la presentación del libro robert smithson & robert smith (Overol, 2017), durante el mes de agosto de 2017 en el Instituto IDEA–USACH.
 
[Portada] Fotografía de Gianfranco Gorgoni a Spiral Jetty de Robert Smithson
 
Gastón Carrasco
gcarrasc.ag@gmail.com

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