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Sentido y democracia

/ por Danilo Billiard

 

 

 
 “La verdad de la democracia es esta: no se trata de una
forma política entre otras, a diferencia de lo que fue
para los antiguos. No es en absoluto una forma política,
o bien, y al menos, no es ante todo una forma política.
Por eso cuesta tanto hallar su justa o buena determinación,
y por eso, también, puede mostrarse homogénea
y conforme a la dominación de los cálculos de la equivalencia
general y de su apropiación («llamada capitalismo»)”
Jean–Luc Nancy

 

 

 
La controversia desatada por estos días entre Sergio Melnick y la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, ha estado signada por el concepto de democracia. Me interesa poner de relieve el término justamente en virtud de una pregunta fundamental: ¿de qué hablamos cuando hablamos de democracia?
 
Melnick, en su defensa, alegó fanatismo religioso de la izquierda y de la candidata del Frente Amplio. Renglón seguido, asegura que quien define el bien y el mal es la ley de acuerdo con la “ética social” (la ética social como positividad). Metafísica y maniqueísmo puro, porque no se trata de objetar si efectivamente la ley (que es la fuerza de quienes la imponen) configura aquella operación dicotómica (ya que seguramente sí lo hace), sino de problematizar ese modo de concebir lo político.
 
En este sentido, y haciendo referencia a Walter Benjamin, lo que autoriza el derecho es la contención del monopolio de la violencia (a propósito del vecino papudano de Melnick, Álvaro Corbalán) para hacer uso de ella en virtud de su propia preservación, y el proceso de institucionalización del neoliberalismo del cual ambos –Melnick y Corbalán– participaron, significó ejercer violencia contra aquellas fuerzas políticas consideradas hostiles, para aniquilarlas. De tal manera, el hecho de que la función de Melnick (un “papudano bueno”, diría él) estuviera situada en el ámbito político–administrativo no le resta responsabilidad en esa violencia del régimen militar, que se ejerció en nombre del bien y del Estado de Derecho: “La función de la violencia en la creación jurídica es, en efecto, doble en el sentido de que la creación jurídica, si bien persigue lo que es instaurado como derecho, como fin, con la violencia como medio, sin embargo –en el acto de fundar como derecho el fin perseguido– no depone en modo alguno la violencia, sino que sólo ahora hace de ella en sentido estricto, es decir inmediatamente, violencia creadora de derecho, en cuanto instaura como derecho, con el nombre de poder, no ya un fin inmune e independiente de la violencia, sino íntima y necesariamente ligado a esta”, apuntará Benjamín en Para una crítica de la violencia.
 
Por su parte, ya es sabido que Beatriz Sánchez recordó a Melnick su participación en el régimen militar en calidad de ministro y, por tanto, hombre de confianza de Pinochet. El veto parece justificado, pero ¿de verdad Beatriz Sánchez considerará que Melnick no tiene cabida como analista político y líder de opinión pública en una democracia? Ello sería únicamente aceptable en el caso de que el discurso transitológico hubiese surtido efectos ideológicos en la propia izquierda. Parece peligroso, por cierto, tanto negar que hoy estamos en democracia, como que no fuese posible la democracia del capital.
 
El problema de la democracia es que seguramente siempre habrá quienes pretendan restituirla o consagrarla, defenderla como aquella piedra preciosa que debemos resguardar sigilosamente en el ánfora del poder, como si se tratase de una esencia y no, en realidad, de una condición que sensibiliza, posibilita y da espacio al conflicto. En palabras de Jean–Luc Nancy, democracia es “el nombre de un régimen de sentido cuya verdad no puede subsumirse a ninguna instancia ordenadora, ni religiosa, ni política, ni científica, ni estética, pero que compromete por entero al «hombre» en cuanto riesgo y posibilidad de «sí mismo», «bailarín sobre el abismo», para decirlo de manera paradójica y deliberada en términos nietzscheanos”.
 
Lo que parece problemático es ese intento ilusorio por objetivar el concepto de democracia, apostando a separarla del orden de los conflictos. Es decir, como si lo democrático consistiera en el conjunto de normas que disciplinan las relaciones en la escena política, allí donde se ponen a prueba en su ejercicio las gramáticas del discurso. Parece que por democracia, ese significante flotante al decir de Laclau, quisiéramos nombrar en realidad un cierto orden social y sus principios formales, lo cual es hasta un oxímoron.
 
Más bien, si la democracia alimenta los antagonismos y autoriza sus despliegues e interpelaciones, está lejos de ser esa forma de gobierno que construye sistemas políticos sobre la base de consensos. Incluso, siendo rigurosos con el término, la racionalidad consensual se asemeja mucho más a una subjetividad totalitaria, porque pretende la completa realización de la democracia, silenciando la potencia de la adversatividad constitutiva de lo político.
 
Sobre esto, es importante recordar la reflexión realizada por Roberto Esposito en torno a esta pregunta de radical centralidad: ¿qué tan nítida es la barrera que separa la democracia del totalitarismo? En verdad, Esposito considera que el totalitarismo, lejos de ser el opuesto antinómico de la democracia, es más bien su revés. Ello implica que el totalitarismo no es una fuerza externa que amenaza la realización democrática, sino que, por el contrario, es la condición que este “régimen” internamente alberga, no necesariamente por precariedad democrática, sino que posibilitado por su mismo exceso, como ya sugería Montesquieu.
 
La democracia ha transitado históricamente junto al mito totalitario. En su acepción política, Esposito explica que el mito “se entiende normalmente como el riesgo mortal que desde afuera acecha al destino de la democracia”. De hecho, las propias objeciones de Platón al respecto advertían que el riesgo de la democracia concierne a su realización, deviniendo en tiranía, y que “sólo incompleta la democracia puede permanecer como tal”. Para Esposito ya no es simplemente que aparezca amenazada por el mito totalitario, sino que la propia democracia ha devenido en mito, y quizá por celebrar su plenitud ha de negársele la posibilidad. “Conquistar la democracia” es apostar a esa riesgosa posibilidad de consagración total, tan riesgosa como la afirmación de que “vivimos en democracia”. Pero la democracia es invivible. Lo que habitamos es la pugna inherentemente política. Esto resulta al menos curioso, por la excesiva valoración de la democracia que inunda a nuestra sociedad, como negación y clausura del conflicto.
 
Si la democracia consistiera en la disputa hegemónica entre fuerzas en abierta confrontación por visiones de mundo divergentes, esa voluntad colectiva que aducía Gramsci guarda siempre una relación metonímica con la comunidad, es decir, corresponde a un fragmento de esta, siempre en virtud de una comunidad democráticamente irrepresentable. Ello implica el reconocimiento de que la democracia no guarda ningún valor esencial para que se le pueda designar armoniosa o coincidentemente un significado, puesto que como ejercicio es impracticable. Tal y como lo presenta Esposito, “la democracia no educa ni se educa. Ella no hace más que abrir –o abrirse a– aquel espacio de libertad que coincide con una inesencialidad irremediable: es decir, con nada que no sea la propia existencia”.
 
La democracia no es la culminación de una obra por la cual debamos luchar, ni la génesis que abra un futuro promisorio. La democracia es más bien la condición irrepresentable de un vacío político, y “mientras el silencio de la democracia sea cubierto por la voz de su mito, aquella seguirá sin despertarse: aunque siga proclamando su valor e intente por enésima vez su cumplimiento. O quizá precisamente por ello”, insiste Esposito.
 
La democracia, en definitiva, es la posibilidad de la política, “que consiste en articular juntos los diferentes elementos de la existencia común, pero sin ser ella misma, la política, la cosa común en general”, va a sugerir Nancy. Reivindicar la democracia en nombre de la destitución de los adversarios es tan complejo como pretenderse el pontífice de sus valores intrínsecos, esenciales. La democracia no es el principio ni el fin; ella simplemente abre el espacio para las modalidades en que podemos confrontarnos políticamente. Por ello hoy el sentido de lo democrático, simbólicamente, lo configura el capital, permitiendo las críticas y el debate, pero mediante el tramado de sus modos de habla. Ello explica por qué se escenifica como una falta el veto de Sánchez a Melnick, y este último aparece burdamente como un sujeto “censurado”.
 
Aquí quizás el desafío de la izquierda sea romper con tal impronta: dejar de probar cuánto más o menos democrática puede llegar a ser la construcción de una fuerza social–popular emancipadora, para dar paso a recuperar y poner en forma la voz ausente de la utopía revolucionaria, amordazada en la metafísica de los valores democráticos y en un neoliberalismo que se narra teológicamente.
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[Portada] Pintura de José Balmes
Danilo Billiard
dbilliard@gmail.com

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