La construcción del otro en la revuelta en Chile

Visitar la sección de comentarios de emol siempre fue una especie de turismo aventura. Un riesgo, emocionante e incluso excitante, pero controlado. Como saltar de un puente, atado a la seguridad de un cable. O quizá –ahora que se abrió la metáfora– era más bien como recorrer un antiguo zoológico abandonado, en el que se exhibían bestias salvajes y agresivas, pero viejas y cansadas. Solitarias y tristes, haciendo la pantomima de su supuesto pasado glorioso, pero salvo por la indignación que podía generar algún comentario inaguantable, o un movimiento demasiado brusco– inofensivas, por el tiempo transcurrido, e inocuas, por el contexto que las circunda. En ese rincón oscuro de nuestra convivencia virtual se podían encontrar cotidianamente referencias a la necesidad de «un segundo Pinochet, que salve a Chile» y el recurso a la política pública de «matarlos a todos» como solución de principio a todo conflicto social. Pero todos enjaulados y reducidos al patetismo de su inoperancia. Incluso muchas veces se podía observar a niños curiosos, supervisados por sus padres, metiendo sus manitos por entre los barrotes para picar con varitas de madera a las fieras seniles y, de vez en cuando, alimentarlas. Provocándolas y dándoles de comer para su diversión y por su necesidad, pues ¿Qué sería de los niños curiosos sin las bestias enjauladas?
 
El contexto actual de movilización y búsqueda popular por una nueva normalidad, libre de abusos y de mercantilización de los derechos básicos, ha significado una virulenta respuesta en el gobierno de Sebastián Piñera; éste ha realizado declaraciones que esta vez −más allá de su permanente y agobiante simplonería− intentaron imponer un contexto de guerra contra un enemigo interno. La peligrosidad e irresponsabilidad de estas declaraciones deben ser contrarrestadas políticamente, pero también deben ser analizadas críticamente. La tesis central del gobierno ha sido durante toda la revuelta, con matices más o menos evidentes, la existencia de “un enemigo poderoso e implacable, que no respeta a nada y a nadie”. Formulación intencionalmente ambigua, que permite focalizar la represión policiaca, la criminalización mediática y la resonancia social de esta tesis en el grupo social y/o político que la contingencia vaya alzando como protagonista de la movilización contra el modelo neoliberal. Basada en la estructura más simple de la política: amigo/enemigo. Nosotros y ellos.
 
Estas conclusiones preliminares ya han sido socializadas por el espacio periodístico Interferencia, que en un reportaje de hace algunas semanas da cuenta de la investigación de los académicos Federico Navarro y Carlos Tromben. Dicen ambos ahí:

 

“Piñera sigue el guión de los debates políticos y sociales del «ellos» contra el «nosotros», donde: al culminar la primera semana del estallido, cuando las protestas sociales habían irrumpido en Chile y se había decretado el Estado de Emergencia, el mandatario reutilizó el mismo discurso en un verdadero copy-and-paste sin solución de continuidad de un solo discurso e ideología: la misma caracterización del otro («poderoso», «implacable», «que no respeta a nada ni a nadie»), junto con las mismas metáforas bélicas («enemigo», «combatirlo») y el miedo (al acecho, sin descanso), en el marco de una «guerra»”. 

 

No obstante, parece correcta la identificación de la lógica subyacente al discurso de Piñera, la comprensión de las imágenes del «enemigo» y el «combate» como metáforas, en su concepción de figura retórica, tiende a encubrir que la condición de «enemigo» no por difusa deja de ser concreta al momento de la represión callejera y judicial, y que las lógicas propias del combate que han sido puestas a disposición de las fuerzas de orden por el discurso piñerista del enemigo interno, han asesinado a veinticinco personas y mutilado hasta la ceguera a dos compatriotas, hasta el momento de esta redacción. E incluso se ha dispuesto la compra de más y más sofisticados dispositivos para la represión social durante el conflicto. Habría que poner el acento en el belicismo de la metáfora piñerista, más que en el carácter supuestamente metafórico de sus palabras. La sensación entre sus detractores de que, cada vez que se dirige al país, dice menos, debiese ser analizada desde su reiteración casi mántrica de esta idea, focalizada en el afianzamiento de sus, cada vez menos, defensores: ¡estamos en guerra!.
 
Esta caracterización del otro en los discursos presidenciales durante octubre y noviembre de 2019, permite construir un primer marco de acercamiento crítico al contenido de lo que Piñera dice −«hay un enemigo», qué duda cabe−, pero debe también analizarse el cómo lo dice, puesto que la ambigüedad de la fórmula, más allá de confirmar la evidente falta de luces del mandatario, devela la intensión de enfrentar la multiplicidad de los sujetos sociales implicados en la protesta, y a la masividad trasversal de sus demandas, a través de un único abordaje de carácter represivo y criminalizante. Todos ellos son «Uno», coordinado, jerarquizado, entrenado, abyecto, anormal. Uno. De este modo, se abre la posibilidad de dar zoom a individuos particulares, como el primerísimo primer plano de un profesor que pateó un torniquete de Metro (caso de Roberto Campos), y luego ampliar el plano a turbas enardecidas sin mayor propósito que la destrucción de aquello que nunca podrán utilizar ni menos poseer (vándalos, barras bravas). Pero también determinar, de modo difuso y específico a la vez, la participación de (¿ciudadanos?, ¿gobiernos?) extranjeros en la organización de los grandes eventos de violencia inaugurales de la revuelta: los incendios de estaciones de Metro. Y más aún, para recurrir a los conocidos sospechosos de siempre: mapuche, comunistas, anarquistas y narcos, igualando insultantemente a los tres primeros con el cuarto, e incluidos como evidencias de la continuidad que existiría entre el Chile añorado de la normalidad basada en la paz neoliberal, con sus inadaptados históricos y característicos, y el Chile de la convulsión, que está siendo atacado por un solo gran enemigo, de múltiples rostros y acentos, al que éstos se han acoplado. En síntesis, la amenaza monstruosa de una criatura de rostros identificables a nivel individual y social.
 
Cada cierto tiempo, para alimentar a todos los individuos reaccionarios y sus aspiraciones de comprensión del fenómeno conflictivo, se alzan voces y reportes, en redes y medios, que confirman sus propias teorías. De formas diversas, se utiliza la detención de algún extranjero en manifestaciones para constatar la intervención foránea, la tendencia de grupos de adolescentes a vestir de determinado modo para señalar su coordinación, o la declaración de algún ex personero de Gobierno para dar por confirmada la tesis de lo que en las redes sociales se denomina “castrochavismo” (sic). La mismísima solidaridad interclasista espontánea manifestada en la protesta con la organización de brigadas de primeros auxilios, o con piquetes de abogado/as y trabajadore/as sociales, se piensa como una demostración de una organización de larga data. E incluso, en el  límite entre ridiculez y estupidez, se advierte que es claro que la performance Un violador en tu camino de LasTesis requiere de un nivel de organización y logística propio de una superpotencia. Todos estos y otros aspectos que eran contenidos en las fronteras de los comentarios emol, han excedido esos lindes y ahora pueblan casi todos los espacios de la red, no hegemónicamente pero si marcando un nivel atendible de presencia. Las bestias no estaban tan acabadas, y si aguzamos el oído, podemos escuchar el llanto de los niños curiosos en brazos de sus padres desconcertados.
 
A riesgo de decir cosas quizá demasiado obvias, considero necesario aportar en una lectura de las figuras en las que se han centrado los intentos de legitimación de la violencia estatal durante la revuelta en Chile. A partir de su nivel de resonancia en los espacios virtuales, de redes sociales y en algunos medios de comunicación. A lo largo de la presente revuelta hemos sido testigos y objeto, a la vez, de una seguidilla de construcciones discursivas provenientes de los espacios gubernamentales, con la clara intensión de clasificar a los manifestantes en base a dos grandes características: son un solo grupo, aquel enemigo poderoso (no obstante la evidente diversidad interna de los manifestantes en las calles), y se trata de un grupo violento y criminal, pues no respeta nada ni a nadie (no obstante las diversas declaraciones y demostraciones explícitas en el sentido contrario). Y este último punto es significativo remarcarlo: en ya más de sesenta días de revuelta, ningún carabinero ha sido herido de muerte y ni siquiera de gravedad.
 
La relación que las comunidades tienden a construir con lo que comprenden como lo otro, lo no propio o lo extraño a su constitución original, pura o exclusiva ha sido estudiado profusamente por muchas disciplinas y puede ayudar a entender la persistencia discursiva piñerista. Kafka en su relato La construcción de la Muralla China (1917) utilizó la detallada explicación del sistema ingenieril y burocrático necesario para la edificación de tal portento fronterizo, que no obstante justificarse en la amenaza de los bárbaros norteños, parece servir más bien como legitimación de la existencia de un Imperio chino y sus despliegues sociales, políticos, culturales, militares, etc. Recordar también las tres grandes potencias (Oceanía, Eurasia y Estasia) en disputa global en 1984 (1949) de Orwell, que mantienen en permanente suspenso la existencia, veracidad e invariabilidad de tales enemigos en la mente del protagonista, aun cuando el Estado obliga a los ciudadanos a ver sus atroces muertes en pantallas de cine y sus sangrientas ejecuciones en la plaza pública. La película El desierto de los tártaros (1976) basada en una novela del mismo nombre participa de la misma problemática central, a saber, la sospecha de Drogo, el militar protagonista, de la inexistencia de esos otros de los que supuestamente nos defendemos y en base a quienes nos conformamos (en todos los sentidos de este término) como individuos y como comunidad. La idea de nación de Renán como comunidad de individuos que comparten muchas cosas pero que también han olvidado conjuntamente otras igualmente relevantes, es retomada por Benedict Anderson en Comunidades imaginadas (1983) para ensayar la tesis de que cada comunidad imagina un lazo común y olvida, por ejemplo, a las subjetividades e identidades arrasadas y asimiladas durante sus periodos conflictivos de conformación −muy en la línea del doblepensar de 1984.
 
Estos pocos y mal comentados ejemplos, sirven para al menos establecer que la estrategia del gobierno no es novedosa y que ha sido develada por distintas disciplinas y desde hace ya mucho tiempo. En todos ellos se cumple el aspecto central de la retórica bélica de Piñera y su gobierno: una difusa especificidad con la que son abordados los otros, a partir de una caracterización lo suficientemente amplia como para integrar en esa categoría a individuos, grupos sociales y fuerzas extranjeras según las condiciones y necesidades así lo ameriten.
 
El enemigo poderoso de Piñera es tan difuso como útil a sus propósitos. Su inmensidad, majaderamente señalada, intenta otorgar legitimidad al aparato represivo y comunicacional que ha desplegado el gobierno. La amenaza de que sea una entidad externa, que supuestamente representa todo lo que nosotros no representamos, otorga explicación, entre otras cosas, a la financiación de los sediciosos internos, adictos a los principios abyectos de los euroasiáticos (o venezolanos, ya quién sabe), pues la intermitencia de sus ataques nunca responde a su inexistencia sino siempre a su acechanza. Esto también adquiere consistencia en los enemigos históricos del Estado chileno, los mapuche, a quienes se ha intentado derrotar por diversas vías por más de dos siglos, algunas veces militarmente («Pacificación de la Araucanía», Ley Antiterrorista), otras tantas asimilándolos culturalmente a partir de categorías economicistas, otorgando tierras o clasificando como socioeconómicamente vulnerable a quienes realizan reivindicaciones por la autonomía de su pueblo. Pueblo que, tal como sospechaban Renán y Anderson, debe ser necesariamente digerido por el Estado chileno: integrado, disuelto y desechado. Olvidado en pos de la consolidación de la nación. Enemigos tan históricos como los comunistas, también sindicados como mediadores entre la intervención extranjera y la manifestación callejera, quienes han sido dos veces proscritos de la sociedad chilena (entre 1948 y 1958, y durante la Dictadura Cívico Militar), y que fueron objeto de una de las metáforas más tétricas de la Guerra Fría al ser concebidos como un cáncer a extirpar, una imagen que fue intencionalmente recuperada por un General de Carabineros al señalar hace algunas semanas:
“Voy a hacer una analogía, que no sé si es tan feliz, pero la voy a hacer igual. Nuestra sociedad podríamos entre paréntesis decir que […] está enferma de una enfermedad grave. Supongamos que sea un cáncer, ojalá que no lo sea, y que tenga solución, la va a tener. Pero el tratamiento del cáncer se hace con quimioterapia en algunos casos y otros con radioterapia. Cuando se busca solucionar ese problema, en el ejercicio del uso de esas herramientas médicas se matan células buenas y células malas porque es el riesgo que se somete cuando se usan herramientas como las armas de fuego”.
Justificando de este modo la desobediencia de protocolos en base a la resurrección del enemigo estatal por excelencia de la segunda mitad del siglo veinte. Y detectando por último a aquellas células malignas que actualemente hacen del caos su modus vivendi político (anarquistas) y económico (narcotraficantes). Este último aspecto no es casual, pues otorga una amplitud interclasista a la figura del enemigo: decir anarquistas y narcotraficantes en Chile, es casi sinónimo de universitarios (sectores medios y altos) y marginales (sectores pobres). La difusa especificidad del enemigo interno piñerista es un resultado muy semejante a los rendimientos del doblepensamiento orwelliano: es al mismo tiempo nacional y extranjero, histórico y contemporáneo, vandálico y espontáneo a la vez que organizado y racional.
 
Se cumplen o perfilan así los vaticinios más estrambóticos de los comentaristas emol y se territorializan por diversos medios sus interpretaciones y exigencias militarizantes. Se puede oler la orina de las bestias marcando lugares, «iluminados» de redes sociales, transitando por espacios antes vedados para ellos. Ese hedor se confunde con el de los excrementos no retenidos por los niños curiosos y sus padres. La figura construida del otro por el discurso gubernamental durante la revuelta, ha apelado a todos esos miedos proféticos que se acumulaban en las cloacas de los poderosos y que algunos irresponsablemente iban de vez en cuando a observar, e incluso a provocar, durante esos cada vez más remotos tiempos de la paz neoliberal, y que hoy en día se excusan de su actuar errático al ver a las fieras desenjauladas y hambrientas. La idea de figura como modelo de interpretación histórica, puede servir para comprender este fenómeno. Y también para contrarrestarlo. Comprometo al menos un intento de complementar esa hipótesis en esta revista las próximas semanas.
Jorge Hernández Pérez
jota.fhernandez@gmail.com