[ADELANTO] “No somos boom”
En No somos boom -publicado por Fondo de Cultura Económica- Lorena Amaro y Fernanda Bustamante interrogan las formas de visibilización en el panorama literario de las novelistas y cuentistas latinoamericanas nacidas a partir de los años setenta. Como un trazado crítico e histórico, o como una bitácora construida a partir de análisis de casos, notas de prensa y acontecimientos, las autoras indagan y actualizan las recientes discusiones sobre mercado y literatura, pero también sobre misoginia, colonialidad y discriminación social en el campo literario transatlántico. Con herramientas provenientes de los feminismos, la teoría y la sociología literaria, los estudios autorales y culturales, este libro reivindica los procedimientos, mundos y utopías que las actuales narradoras proyectan en sus textos. Una lectura lúcida e informada sobre el actual estado de lo literario, con sus contradicciones, complejidades y excesos, pero también como una propuesta que proyecta nuevos modos de instalación y lectura.
En un intento por rastrear los inicios, observamos que las primeras publicaciones que refieren a un boom de escritoras latinoamericanas datan de 2017 y podemos situarlas en la prensa española. Fue en ese año, poco después de la lista Bogotá39 —que no reflejó particularmente una mayor visibilidad de autoras—, cuando El País publicó el artículo titulado “El otro ‘boom’ latinoamericano es femenino”, firmado por Paula Corroto, en el que la periodista repasaba ciertos “hitos logrados por jóvenes autoras latinoamericanas”, como Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Paulina Flores, Laia Jufresa, Liliana Colanzi, entre otras. En él, comentaba sobre un “aluvión” de publicaciones, premios y alabanzas de una generación de escritoras, lo que la llevaba a preguntarse si estaba existiendo un boom, un otro boom. Marcamos esta idea de alteridad para poner de manifiesto el punto de comparación de Corroto, la alusión a otro momento de las letras latinoamericanas, el de los años 60-70, con el que se marca una necesaria diferencia, en que el asunto del género es evidente: un boom de escritores y un boom de escritoras. No deja de ser significativo, además, que ese mismo año Samanta Schweblin fuera nominada al International Booker Prize por Distancia del rescate, siendo la primera escritora hispanohablante en ser candidata, o que Mariana Enriquez recibiera el Ciutat de Barcelona por Las cosas que perdimos en el fuego. No tardó mucho en reproducirse al otro lado de la orilla el uso de la etiqueta boom. Dos años más tarde, elogiando particularmente el trabajo de las cuentistas actuales, Gonzalo Palermo escribió en El Observador de Uruguay, en 2019, “El nuevo boom latinoamericano está escrito por mujeres”. De forma similar tituló Fabiana Scherer su artículo de 2021 en La Nación de Argentina, “El nuevo boom latinoamericano: las escritoras marcan el rumbo”, donde se presentaba la opinión de diferentes autoras protagonistas del panorama literario. No obstante, en uno de los artículos más recientes sobre el tema, el editorial “¿To boom or not to boom?”, de la revista literaria barcelonesa Librújula (2025), ya hay cierta conciencia sobre los inconvenientes de este rótulo: “Nos planteamos usar en la portada el titular ‘¿Hay un boom después del boom?’, pero la palabra ‘boom’ […] generaba resistencias: por parte de los catedráticos de literatura que intervienen en estas páginas, de algún redactor y de las propias escritoras Mónica Ojeda o Fernanda Trías”. Optaron por un tímido “Algo pasa en la literatura latinoamericana”, muy similar al título del reportaje de Leila Guerriero “Escritoras latinoamericanas. Algo está pasando”, escrito cuatro años antes, y al cual nos referiremos a continuación.
Podríamos seguir ampliando la lista de artículos que han salido estos últimos años, cuyos títulos relacionan la idea de boom —como fenómeno, tendencia, movimiento literario, que implica tanto resonancia como extrañeza— con la actual escritura de mujeres, pero lo cierto es que son todos parecidos. En línea con nuestra reflexión, la académica española Rocío Peñalta Catalán analiza distintos debates que se han desarrollado en la prensa informativa y cultural, sobre todo española, en torno a la reactivación de la idea de boom ante el creciente protagonismo de las escritoras en lengua castellana, atendiendo tanto a la observación de que en los últimos años “la presencia de autorías femeninas entre las novedades editoriales no es igualitaria, y mucho menos están sobrerrepresentadas” (2024: 206), como a las implicaciones que conlleva el uso y aceptación —o no— de la etiqueta. No obstante, no realiza una mayor distinción entre las autorías latinoamericanas y las españolas, asunto de relevancia para nosotras.
No deja de parecer curioso que en el panorama de comienzos del siglo xxi en lengua española, los dos últimos booms, ambos impulsados por el mundo editorial ibérico, rescaten algo del perdido latinoamericanismo de los años 60, como si esto pudiera hacer más inteligible el curso del presente literario. En el caso del boom de la crónica, que se dio en torno al 2010, se le vinculó al realismo mágico garciamarquiano y, con él, a la Crónica de Indias (hay que pensar en lo gravitante que fue la Fundación para el Nuevo Periodismo de García Márquez en el impulso brindado a los jóvenes cronistas); o, en el caso del boom reciente, con la narrativa de corte fantástico, que, como veremos más adelante, ha sido la más valorada y comentada tanto por la prensa cultural como por la crítica académica.
La violencia ha sido un eje caracterizador de la literatura latinoamericana cuando se la mira desde el Norte, y es un componente importante de los textos tanto de las escritoras como del #NewLatinoBoom, título que le da Naida Saavedra a una antología publicada en 2020. Si bien este boom no ha tenido la misma repercusión en el mundo académico al sur de la frontera norteamericana, lo mencionamos porque la idea de boom aquí se presenta de manera programática para recoger relatos de escritores en torno a tres ciudades norteamericanas: Chicago, Nueva York y Miami, dando cuenta de la migración latina en ese país: “Básicamente es el fenómeno, tendencia, explosión de literatura escrita y publicada en español en Estados Unidos durante las dos primeras décadas del siglo xxi. Sin embargo, por como veo las cosas, este boom seguirá en la tercera. Esto lo digo con certeza” (2018: en línea), escribe la antologadora en un artículo sobre este tema que publicó dos años antes.
Más allá del optimismo de Saavedra, es posible ver en la noción de boom un tramado ideológico y discursivo que dificulta su adopción, al menos desde la perspectiva de la crítica literaria. Desde luego que el mercado es una realidad insoslayable en los tiempos del capitalismo avanzado, pero la escritura y la creación son fenómenos que están más allá y más acá del mercado. ¿Qué asumen las autoras si se ponen bajo ese anuncio luminoso, sin problematizarlo, más aún si atendemos a la carga que tiene la noción en la historiografía literaria en lengua castellana? Indudablemente el concepto entraña múltiples dimensiones, y de allí la tensión entre el periodismo cultural, la academia, el mercado y las percepciones que tienen las propias autoras, y sus lectoras y lectores, de esta nueva escena, que en los últimos años vemos teñida de un color casi operático: los medios pregonan a viva voz sus nuevas clasificaciones y las autoras responden, solas o en coro, “no, no somos boom”.
¿Quiénes son ellas? Las narradoras —y textos— que han motivado este libro comparten el haber nacido a partir de los 70, entre décadas caracterizadas por la fuerte convulsión política en América Latina: guerrillas, dictaduras, exilios, conflictos armados, transiciones a las democracias, implementación del neoliberalismo, auge tecnológico, crisis ecológica. También las acerca el haber comenzado a escribir, o consolidar su escritura, en torno al nuevo milenio, con sus propias revueltas, estallidos, pandemia, guerras; en momentos en los que el funcionamiento de la industria editorial ha cambiado, así como el ecosistema del libro se ha diversificado. Si bien podríamos plantear algunas excepciones, de escritoras nacidas antes de 1970 pero que podríamos considerar parte del grupo aludido por el boom, tenemos una extensa lista de nombres que aquí referenciaremos parcialmente, procurando incorporar una diversidad de territorios: las argentinas Gabriela Cabezón Cámara (1968), María Gainza (1971), Fernanda Laguna (1972), Romina Paula (1973), Selva Almada (1973), Gabriela Bejerman (1973), Mariana Enriquez (1973), Agustina Bazterrica (1974), Naty Menstrual (1975), Paloma Vidal (1975), Carla Maliandi (1976), Ariana Harwicz (1977), Pola Oloixarac (1977), Paula Porroni (1977), Juana Inés Casas (1977), Samanta Schweblin (1978), Natalia Moret (1978), Mercedes Halfon (1980), Camila Sosa Villada (1982) y Magalí Etchebarne (1983); la guatemalteca Denise Phé Funchal (1977); las uruguayas Inés Bortagaray (1975), Fernanda Trías (1976), Leonor Courtoisie (1990) y la joven Tamara Silva Bernaschina (2000); las chilenas Claudia Rodríguez Silva (1968), Alejandra Costamagna (1970), Andrea Jeftanovic (1970), Lina Meruane (1970), Nona Fernández (1971), María José Ferrada (1977), Claudia Apablaza (1978), Carolina Melys (1980), Yosa Vidal (1981), Ariel Florencia Richards (1981), Alejandra Moffat (1982), Alia Trabucco (1983), Greta Montero (1986), Arelis Uribe (1987), Daniela Catrileo (1987), Paulina Flores (1988), Romina Reyes (1989) y Pino Luna (1990); las peruanas Gabriela Wiener (1975), Claudia Salazar (1976), Katya Adaui (1977), Claudia Ulloa Donoso (1979) y María José Caro (1985); las bolivianas Claudia Peña Claros (1970), Giovanna Rivero (1972), Magela Baudoin (1973) y Liliana Colanzi (1981); las ecuatorianas María Fernanda Ampuero (1976), Solange Rodríguez Pappe (1976), Gabriela Ponce Padilla (1977), Daniela Alcívar (1982), Mónica Ojeda (1988) y Yuliana Ortiz (1992); las colombianas Pilar Quintana (1972), Carolina Sanín (1973), Marcela Villegas (1973-2022), María Ospina Pizano (1977), Margarita García Robayo (1980), Lina María Parra Ochoa (1986) y Laura Ortiz Gómez (1986); las venezolanas Liliana Lara (1970), Leila Macor (1971), Vall de Ville (1974), Sol Linares (1978), Michelle Roche Rodríguez (1979), Karina Sainz (1982) y Marianne Díaz Hernández (1985); las cubanas Wendy Guerra (Cuba, 1970), Ena Lucía Portela (1972), Agnieska Hernández Díaz (1977), Anisley Negrín (1981), Legna Rodríguez (1984) y Elaine Vilar Madruga (1989); la puertorriqueña Yolanda Arroyo (1970); las dominicanas Rita Indiana (1977) y Kianny N. Antigua (1979); la salvadoreña Claudia Hernández (1975); la nicaragüense María del Carmen Pérez Cuadra (1971); las mexicanas Vivian Abenshushan (1972), Guadalupe Nettel (1973), Liliana Blum (1974), Daniela Tarazona (1975), Gabriela Jauregui (1979), Ave Barrera (1980), Verónica Gerber Bicecci (1981), Brenda Lozano (1981), Brenda Navarro (1982), Fernanda Melchor (1982), Laia Jufresa (1983), Valeria Luiselli (1983), Dahlia de la Cerda (1985), Jazmina Barrera (1988) y Clyo Mendoza (1993); las brasileñas Verónica Stigger (1973), Carol Bensimon (1980), Natalia Borges Polesso (1981) y Mariana Torres (1981), Luisa Geisler (1991); la hondureña Jessica Isla (1974).
La mayoría de estos nombres son bastante conocidos en el ámbito editorial y académico. Se podría decir que, a diferencia de las generaciones de narradoras anteriores, muchas de las incluidas en esta lista provisoria —siempre cambiante, siempre incompleta, siempre arbitraria— han obtenido un reconocimiento temprano de lectores y críticos. Y que son estas mismas autoras, en distintos contextos, las que han comenzado a desligarse de la etiqueta “fenómeno de venta” con la que se les vincula: No somos boom, han respondido.
No somos boom, dirán, porque no tenemos nada que ver con el patriarcado que a fines de los 60 se hizo lectura masiva desde Barcelona; no somos boom, porque este no es un episodio espontáneo, transitorio o efímero, que viene y se dirige hacia la nada; no somos boom, ya que somos algo más que una etiqueta con la que apilar libros en una tienda; no somos boom, dado que nuestra escritura no es homogénea; no somos boom porque esa idea descarta todo lo que hubo antes: escritoras, textos, genealogías.
De esta forma, las aludidas, principalmente las más reconocidas entre quienes hemos mencionado en la lista provisoria, procuran escapar de la contradicción enunciada por Sofía Forchieri en su iluminador ensayo, de ser al mismo tiempo escritoras propiamente literarias (con todo lo que eso implica desde el punto de vista de sus estéticas, su relación con lo político y con las agendas feministas) y bestsellers transadas en el mercado. Asimismo, algunas de ellas puntualizan su distancia del Boom latinoamericano, que no incluyó, en su momento, a ninguna escritora —habiendo sido paradójicamente articulado por una mujer, la agente literaria Carmen Balcells—. Un aspecto que las propias autoras, como también las actuales editoras, como veremos, buscan subsanar, reeditando y volcando parte de su atención en las autoras “olvidadas” o “eclipsadas” por los cánones de ese tiempo, como Elena Garro, Silvina Ocampo, Luisa Valenzuela o Clarice Lispector. Frente a esto, no deja de ser significativo que precisamente en estos años dos autoras de esa generación recibieran importantes reconocimientos, como el Premio Carlos Fuentes, que se le otorgó a Luisa Valenzuela, el año 2019, siendo la primera mujer en recibirlo, o el Premio Cervantes, dado a Cristina Peri Rossi el 2021. Esta última, en su discurso de recepción del premio, se sirvió del personaje de Marcela de El Quijote de la Mancha de Cervantes —de esa heroína que “posteriormente, sería calificada de histérica, frígida y neurótica al no asumir el rol que le asignaba la sociedad patriarcal”— para modular un mensaje feminista y antibelicista: “La comprensión que manifiesta Don Quijote hacia un personaje femenino real me hizo pensar que la locura puede ser un pretexto de exclusión de aquellos que esgrimen verdades incómodas, lección que evidentemente aprendí, pagando un precio muy elevado, hasta el día de hoy, pero si volviera a nacer, haría lo mismo” (Peri Rossi, 2021: en línea), afirmó la “insumisa”, como titula esta autora su conocida novela autobiográfica.
Aun así, como veremos luego, hay una base material para hablar del boom: un auge de traducciones, premios e intervenciones de las escritoras fue lo que activó esta noción de boom para referirse al estado de las letras contemporáneas, pero deja de lado, sin duda, reflexiones más complejas sobre sus propuestas estéticas y políticas, reduciéndolas a una etiqueta comercial “facilona”, como reclamó la escritora boliviana Giovanna Rivero (en Giménez, 2021: en línea), un cliché que deja de manifiesto, además de cierta pereza del periodismo cultural, una mirada exitista y neoliberal sobre la literatura. La escritora uruguaya Fernanda Trías ha sido una de las más decididas en cuestionar lo que implica ideológicamente el rótulo (Trías en El universo 2021: en línea)—, proponiendo pensar a las autoras desde otro lugar: “No somos un boom, sino un tsunami” (El País, 2025). Con ello, Trías está aludiendo a una idea transversal al movimiento, que domina las reflexiones feministas desde los campos social y político, no solamente el literario: la desconfianza hacia las “olas” de la periodización feminista norteamericana, como asimismo hacia otras metáforas oceánicas de las que se han servido los movimientos feministas de América Latina como la de mareas: la marea morada-violeta y la marea verde.
Es la idea del tsunami feminista la que dio forma a por lo menos cuatro antologías literarias de mujeres publicadas por la editorial mexicano-española Sexto Piso con ese título, Tsunami, tres de ellas en México, con prólogo de Gabriela Jauregui las dos primeras y la tercera, de Jauregui con Olivia Teroba, y con la presentación de Marta Sanz la versión española. La asociación con la enorme marejada es ya, de hecho, parte del intercambio literario, como lo indica Adriana Pacheco, fundadora del Proyecto Escritoras Mexicanas Contemporáneas y del podcast Hablemos, escritoras, en un artículo de Literal Magazine de 2021, bajo el título “Boom o tsunami: esa es la pregunta”: “Tal vez, esto es un tsunami […] pero que no llegó de súbito, sino que […] poco a poco para inundarlo todo, para recuperar las aguas que se habían dejado atrás, para reunirlas con las presentes y para cambiar el océano literario de manera permanente. Esto no es una moda, el reconocimiento a la calidad de las obras de escritoras llegó para quedarse” (2021: en línea).
La compleja relación con las ventas y la divulgación de sus obras se manifiesta incluso en otras instancias, como las mesas de conversación organizadas por las ferias internacionales de literatura. Es en este marco donde se han producido encuentros y tensas conversaciones sobre la cuestión del boom. En la Feria Internacional del Libro de Guayaquil (2021), por ejemplo, Fernanda Trías, Mónica Ojeda y Giovanna Rivero participaron en la mesa redonda denominada “No somos un boom: escritoras en el horizonte latinoamericano”, en la que se negaron categóricamente a ser inscritas bajo este común denominador (Zambrano, 2021 y Giménez, 2021). Clara Giménez recoge y completa esta situación en su columna “Las jóvenes escritoras latinoamericanas rechazan ser el ‘nuevo boom’” (2021), donde cita a Ojeda, quien subraya la participación del Norte Global en la legitimación y reactivación de esta etiqueta. Con una mirada interseccional, la ecuatoriana comenta con perspicacia que al llamarlas “nuevo boom”, “se fuerzan las tuercas hacia un pasado ya superado y se hace desde una mirada eurocéntrica y exotizante, por eso se escoge solo a autoras latinoamericanas de un determinado rango de edad, mestizas y/o blancas publicadas en España. Es, a todas luces, una mirada desde el norte hacia el sur. Me interesa más la mirada del sur sobre sí mismo” (en Giménez, 2021: en línea). Por su parte, Rivero no solo atiende a la idea de lo espontáneo y efímero, sino que enfatiza cómo el “estallido” del boom implica una desvinculación con un pasado y una falta de reconocimiento de la relación entre la escritura de las autoras actuales y sus predecesoras: “fragmenta hermandades, elimina genealogías, subestima los caminos y conquistas de escritoras de generaciones anteriores” (en Giménez, 2021: en línea). En esta misma línea, Trías comenta: “El boom latinoamericano fue un fenómeno que invisibilizó a muchas, por eso justamente es que me resisto al término. Es como mínimo irónico que ahora se utilice para referirse a nosotras” (en Giménez, 2021: en línea).
Otras razones que se añaden al rechazo las hallamos en la columna de Rubén Montes “¿De qué ‘boom’ latinoamericano me están hablando?” (2022), donde se reproduce parte de una conversación sostenida en la librería madrileña La Mistral con algunas autoras, y en que Mariana Enriquez observa que “la América Latina de la que escribió el boom no existe más”.
Un par de años después, en febrero de 2023, tuvo lugar en Madrid, en Casa de América, espacio de encuentro entre intelectuales y artistas españoles y latinoamericanos, un conversatorio llamado “¿Hacia un nuevo boom? Sesión inaugural del ciclo El Big Bang de la literatura hispanoamericana”, en el que intervinieron Marta Sanz y Alia Trabucco, para sacarle punta a esta etiqueta con que hoy se piensa la literatura de mujeres. Apenas unos meses más tarde, ahora en Chile y en el marco del Festival de Literatura de Cuadernos Hispanoamericanos, revista española de divulgación literaria, en una mesa sobre “Literatura y memoria colectiva”, lxs participantes, Alejandra Costamagna, María Negroni, Paco Cerdà y Nona Fernández, con la moderación de Michelle Roche, cerraban la mesa una vez más con reflexiones sobre las “perversas” etiquetas que surgen de la crítica literaria, pero sobre todo del mercado. Negroni hacía hincapié en lo complejo que resulta referirse al tema, en cómo se va imbricando la escritura con estas otras instancias de validación y circulación. Ambos diálogos, instalados en el cruce de América y España, revelaban la marca de la exmetrópoli sobre el quehacer literario americano, en que las relaciones de producción, distribución y difusión de los libros siguen siendo desiguales.
Un último aspecto que vale la pena considerar en esta comparación implícita con el Boom latinoamericano es, como apunta Fernanda Melchor, la diversidad de posturas políticas entre estas autoras, que se amplía conforme salimos del mainstream que figura en la prensa española para hallar cientos de narradoras, poetas, ensayistas y dramaturgas latinoamericanas que hoy escriben y crean: “si bien sí hay una cierta conjunción política que deriva hacia el feminismo y la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, no hay como tal una unidad de miradas políticas y estéticas como sí la había en los años 60 entre los señores del Boom” (Melchor en Scherer, 2021: en línea). Asimismo, son interesantes las palabras de Gabriela Cabezón Cámara al recordar que “ahora no hay una agencia o una editorial que esté armando de un modo u otro el fenómeno” —aludiendo a Carmen Balcells y otros miembros del campo literario, como Carlos Barral, por ejemplo. En esta misma línea, solo que sin desvincularse del uso de la categoría cuestionada, Guadalupe Nettel señala que “este ha sido un fenómeno más natural. Este boom femenino se ha gestado solo. Nadie se propuso hacer un fenómeno comercial con nosotras” (en Scherer, 2021: en línea). La verdad es que no es del todo así. Fue a partir del 2017, después de recibir los premios mencionados, cuando el mercado literario español puso fuerte atención en ellas, que autoras como Mariana Enriquez o Samanta Schweblin pasaron a formar parte de Anagrama y Penguin Random House, respectivamente, asunto que no parece accidental.
Este rechazo a la etiqueta de boom y su problematización no es algo nuevo ni es la primera vez que lo vemos. En los 70, varios narradores tomaron distancia del “fenómeno”, y diversos escritores y críticos le formularon reparos y objeciones. Este “memorial de agravios”, como lo llamó Ángel Rama, lo analizó con ojo crítico en su artículo de referencia “El boom en perspectiva”, publicado en Más allá del boom. Literatura y mercado (1984). En este texto realiza un trazado del Boom en tanto fenómeno literario-sociológico, enfatizando lo conflictivo y perjudicial que fue, al contribuir a una homogeneización de las producciones narrativas de la región de esos años —cuando tanto las estéticas, las orientaciones políticas y los niveles de consagración de los escritores eran muy dispares—, y prestando especial atención al efecto de las estrategias y operaciones del mercado tanto en la circulación de las obras del Boom como en la construcción pública de sus figuras autoriales —sin atender, por cierto, a la ausencia de mujeres—. Así, Rama enfatiza la imposibilidad de analizar lo literario alejado de las lógicas y comportamientos del mercado: Pensar a los escritores y a sus obras dentro del marco social presente —dice Rama— es igualmente una legítima y proficua tarea crítica, más urgente hoy en que la circulación de las obras literarias ha desbordado el estrecho circuito donde funcionaron casi siempre y han concitado el interés de los poderes económicos que han venido modelando la estructura social y el funcionamiento del mercado (1984b: 55).
En línea con el crítico uruguayo, nos parece que no podemos ser ingenuas de cara al mercado y la industria editorial en este momento de aparente visibilización de la escritura de mujeres, un momento que por cierto puede ser de corta duración (augurando lo que se viene con el resurgir de los fascismos de manera global). Sin ir muy atrás en el tiempo, el caso del Premio Planeta de 2021, otorgado a la novela La bestia, firmada bajo el seudónimo de Carmen Mola, que correspondía a tres varones —Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero—, abrió el debate en torno a cómo puede operar el marketing editorial, o cómo funcionan los oportunismos comerciales, en estos momentos en los que la escritura de mujeres se inscribe en esta cuarta ola feminista. En consecuencia, vemos adecuadas las interrogantes que planteó en su momento el crítico colombiano Winston Manrique Sabogal sobre si el uso de seudónimos de nombre de mujer —no exento de perversidad si recordamos que durante años fueron las mujeres quienes para poder acceder al campo cultural se sirvieron de la treta del débil de firmar como varones— opera como una “estrategia comercial en tiempos de concienciación feminista” o si el mainstream “devora la causa de visibilización de mujeres, escritoras y artistas” (2021: en línea).
A todos estos argumentos que hacen del boom una etiqueta perniciosa, se suman argumentos de carácter estético-político. Se establece una continuidad superficial entre la literatura latinoamericana de los 60-70 y la actual, atendiendo a una razón extraliteraria que invisibiliza la historia literaria y su vínculo con los contextos históricos de los que se desprende. La relación del Boom con la revolución cubana y el momento de pulsión utópica en torno al 1 de enero de 1959, al que aludimos al comienzo de este libro, es fundamental en esa historia, así como la alineación de esos escritores con la izquierda política, desde aquellos más comprometidos o radicales, como Julio Cortázar, a escritores burgueses, como José Donoso o Carlos Fuentes, quienes, sin embargo, rechazaron el proceso de las dictaduras que asolaron la región. El “caso Padilla” y el consecuente quiebre entre los intelectuales de izquierda y el discurso latinoamericanista son otros componentes ideológicos de ese tiempo de entusiasmos y denuncias. ¿Cuál sería la amalgama política de las escritoras actuales, si es que existe alguna realmente? Muchas de ellas, como ya se ha dicho, rechazan ser vistas como “feministas”, si bien en los hechos sus textos, en la mayoría de los casos, sí parecen reivindicativos. No se puede obviar que en estos años ha habido fuertes movilizaciones sociales y procesos políticos ante los cuales algunas escritoras reaccionan haciéndose parte de las denuncias y reivindicaciones de la izquierda, en tanto otras critican procesos como los de Venezuela o Bolivia, desde veredas que pueden ser consideradas más conservadoras. Esto va más allá de lo que habitualmente la prensa cultural construye como disonancia entre “autor” y “obra”, ya que es en los textos mismos donde a veces se observan estas tensiones y contradicciones ideológicas. Desde luego que esto marca a su vez decisiones literarias y estéticas, como la elaboración de puntos de vista, voces, personajes, temporalidades y espacios.
¿Para qué, entonces, alimentar la idea de un boom? El crítico y escritor argentino Martin Kohan publicó en El Clarín el contundente texto “Escritoras premiadas: no es un boom” (2019), donde critica el concepto utilizado, considerándolo “despectivo”, como si se tratase de “una onda” o “una ola”, un fenómeno contingente y transitorio, que oscurece o deja en un segundo plano la excelencia de estas literaturas: “ahí donde esa arbitrariedad se desactiva, ahí donde la indispensable equiparación se va logrando, y se premia, como cada vez más se premia, tanta buena literatura escrita por mujeres, es en verdad peyorativo subrayar que es porque se trata de mujeres, como si el factor determinante fuese su condición de género (o en una versión más elemental, su condición anatómica) y no lo que verdaderamente se reconoce y se premia: la buena literatura que escriben” (Kohan, 2019: en línea). El término es equívoco porque, como alegan las escritoras, pareciera que no hubiese habido autoras antes de ellas, cuando lo que no existía, puntualiza Kohan, eran “las condiciones de posibilidad para que una valoración así se produjera” (Kohan, 2019: en línea), volviendo así al punto ya señalado por las autoras: la necesidad de vincular el presente con los acumulados históricos no solo del feminismo en sus distintas vertientes, sino también de la tradición literaria y sus operaciones de visibilización e invisibilización de las autorías de mujeres.
Aún es tan difícil hacer valer la presencia y calidad de los textos escritos por mujeres que, como observa la académica española Rocío Peñalta, incluso las propias escritoras ponen en cuestión este aspecto. Ella se detiene en la columna que la zaragozana Aloma Rodríguez escribió para el periódico conservador El Mundo, insinuando que el éxito de las escritoras se debe a una moda. Peñalta señala que “si bien es cierto que Aloma Rodríguez plantea reflexiones interesantes acerca de la capacidad del mercado de fagocitar discursos feministas y sociales […] el planteamiento es errado, pues obvia la cantidad de obras de autoría masculina premiadas a lo largo de los años, independientemente de su interés u originalidad, sin que se haya despertado esta controversia en la prensa acerca de si se estaba dando prioridad a los libros escritos por hombres” (203). Como se puede ver, son muchos y muy variados los argumentos que valdría la pena anteponer al uso apresurado y espectacularizante de la palabra boom.



