Nicolás Pérez Ferreti: “Elegimos, traducimos y editamos obras pensando en el lector local. No son traducciones con un lenguaje que no nos considera”
De ser una especie de vendedor ambulante de la traducción a forjar un catálogo definido con una nueva editorial el 2024. Ese ha sido parte del camino del fundador de Telúrica, dedicada a traer a campo literario local textos en otros idiomas que no están a la mano. En esta entrega de la sección #NoSéPorQuéLoHago, ahondamos en la naciente casa editorial, en la importancia del respeto y cuidado en la traducción y la “localidad” desde donde se hace esta labor.
Miguelángel Sánchez, Ana María Álvarez y Nicolás Pérez Ferretti son el núcleo fuerte de Editorial Telúrica. “Yo soy el director editorial y estoy metido en todo”, cuenta Nicolás, detallando que Miguelángel diseña y que Anita asiste en diversas tareas, “desde lectura cero hasta la prensa”.
“Han rotado un poco las funciones de cada uno, pero las personas son siempre las mismas, lo que me parece saludable. Tenemos también un pequeño batallón de traductores, que son el semillero de los proyectos”, sigue. Se trata de Cammy Cho, Juan Luis Perelló y Vanessa Ibarra, de quien publicamos una entrevista referida a la traducción de Persona a medias de Yoko Ota, obra del denominado “genbaku bungaku” o “literatura de la bomba atómica”. Y es que justamente este es el foco de esta casa editorial: poner sobre la mesa (el puesto, la vitrina, la librería) libros en otras lenguas que no están en circulación en castellano.
En ese objetivo, de remecer, agrega Nicolás, la editorial fue denominada Telúrica “porque me gusta pensar la obra literaria como algo que nos sacude, nos impacta y nos mueve a la acción”.

-¿Cuál es el origen de este proyecto? ¿Qué hizo que dijeran: «tenemos que hacer una editorial»?
Telúrica nació como respuesta a mis frustraciones recurrentes como traductor literario. Antes de fundar la editorial, yo ya había traducido una decena de libros para editoriales sumamente diversas —grandes, indies, literarias, académicas, marxistas, etc.—.
Hay que entender que el traductor es como un vendedor ambulante que le ofrece proyectos a las editoriales. Cada proyecto de libro es un punto y no necesariamente hay conexión entre ellos. Pero llega un momento en que uno empieza a pensar en líneas, en constelaciones: autores que conviene sacar juntos, paletas de colores… o me pasaba que encontraba obras fundamentales en lenguas que no son las que yo manejo… y dado que gestionar eso escapa del nomadismo del traductor, había que armar un espacio propio y convertirse en editor.
Pensé que probablemente no era el único al que le pasaba, así que invité a ciertos traductores que sabía que eran excelentes, a traernos esas obras que realmente les importan, esas que había que traer al español. Y, en efecto, ahora que tenemos un abanico de traductores y nos conocemos mejor, puedo constatar que cada uno tiene una especie de «línea editorial» propia. Por ejemplo, a Cammy y a Anita les importa mucho la literatura escrita por mujeres y minorías, Juan Luis pareciera decantarse por lo morboso.
-¿Cómo comprenden este concepto de independencia en el campo editorial?
Cuestiono un poco el término «independiente». El concepto nace porque había que ponerle un nombre a esos sellos autogestionados, de vocación literaria, que salieron como alternativa a los grandes capitales editoriales. En un momento fueron poquitos, ahora somos muchísimos. Ahora bien, ninguna editorial independiente se salva realmente sola. Por más que haya autogestión, la colaboración entre nosotras y otros actores del ecosistema del libro es fundamental para la supervivencia.

-¿Cómo se inscribe su propuesta en el campo editorial local? ¿Cómo se relacionan con otros proyectos?
La mayoría de las editoriales chilenas trabajan principalmente con escritores chilenos o hispanohablantes. Usualmente las encabeza un editor que es escritor o, al menos, sabe de escritura, que orienta a los autores, les da visibilidad, difunde su trabajo y aporta a darle forma a la literatura nacional. La editorial traductora tiene otro rol, que es establecer puentes entre culturas y conformar la literatura universal. Por eso es vital que quienes trabajamos en ella seamos traductores, que somos especialistas en mediación intercultural, en presentar la cultura del otro de forma inteligible pero respetuosa.
¿Por qué aclaro lo de «respetuosa»? Porque hay que ver cómo traducir sin borrar al otro y lo mismo con el resto de la edición. Con Asia sucede mucho que se hacen portadas orientalistas, genéricas, que poco y nada tienen que ver con la obra —cerezos en flor, la ola de Hokusai, el sol naciente—. Es lo mismo que cuando los editores gringos le ponen portadas selváticas, tarzanescas, a las escritoras latinoamericanas. La edición española de Flores de verano, una obra pacifista y antifascista, incluye iconografía imperialista que hubiera horrorizado al autor.
-Su catálogo tiene autorías de otras latitudes que traducen y con ello, pueden llegar a nuestras manos, ¿cómo eligen lo que publican?
Ahora bien, como este es un sello pequeñito y lo de «universal» nos queda grande, Telúrica acota su misión a obras de importancia cultural, histórica o literaria que, por su contenido, puedan promover una reflexión interesante en el lector latinoamericano. Nos interesa especialmente la traducción de textos valiosos que se habían perdido por brecha idiomática y timing, como fue el caso de El árbol desnudo, que es un clásico fundamental para los coreanos y que nadie había traducido al español antes. También estamos explorando al movimiento de escritores de la bomba atómica, desconocidos por la censura que sufrieron en su tiempo y que tienen mucho que advertirnos sobre el fascismo. Nuestra colección de sátira será del siglo XIX pero aborda la violencia, la desigualdad, la relación con los animales… temas que el lector considera vigentes y que no teme afrontar si viene de la mano de Mark Twain u Oscar Wilde.

-¿Cómo nutre esta selección editorial de ustedes al campo local?
Esa pregunta habría que hacérsela a los lectores. Algo que les suele llamar mucho la atención es descubrir que autores de otros siglos y continentes se han enfrentado a obstáculos parecidos. Al leer sobre Hiroshima se acuerdan de Palestina o en los clubes de Persona a medias discutían sobre el sistema de cuidado en Chile. ¡Esto no es casual! Esas obras las elegimos, traducimos y editamos profesionales de aquí, pensando en el lector chileno. No son elecciones hechas en España que luego recibimos de segunda mano con un lenguaje que no nos considera. También nos ha pasado que académicos y escritores chilenos agradecen que traigamos obras que nutren su propio trabajo. Al menos, yo no pienso en términos de lo nacional y lo foráneo, yo pienso en cómo aportar desde mi área de expertise, que es la traducción y que ahora ha desbordado a la edición.
-A la fecha, ¿cuál es el balance del nacimiento de su editorial? Los principales aprendizajes para esta labor que realizan.
El primer libro —No dispare al pianista— lo sacamos en marzo 2024. Telúrica es un niña precoz: vende y se comporta como si fuera más madura de lo que es pero no deja de estar limitada por su corta edad. Tenemos revistas, libreros, distribuidores, lectores, clubes y colegas que nos han recibido con suma calidez y que nos han ayudado a pilotear este estirón vertiginoso —creo que ese fue el primer aprendizaje, el de la colaboración y la simbiosis—.
En lo personal, yo tuve que aprender a decir que no sin sentirme mal: es válido no dilapidar el presupuesto anual en un proyecto regalón, no aceptar todas las invitaciones, no comprometerse con lo que no se puede cumplir, no aceptar faltas de respeto y no publicar a los amigos.
-¿Cuáles son los próximos libros que vienen para Telúrica?
Muy pronto se nos vienen dos antologías: El incidente del reptilario de Juza Unno y El llanto de la lombriz de Park Wansuh. Como yo le estoy traduciendo a otras editoriales, el 2026 va a ser un año muy asiático para Telúrica.




