Apuntes sobre El último neógrafo
Una advertencia innecesaria
Desde que leí El último neógrafo (Laurel, 2024) de Ignacio Álvarez que quiero escribir este texto. Una de las razones para que no me animara antes fue mi trabajo, el que, junto con otras obligaciones, me distanció largamente de la literatura. Sin embargo, hay otro motivo más fuerte: conozco a Ignacio Álvarez. Lo conozco tan poco como un estudiante puede conocer a su profesor de universidad, pero lo conozco.
Había algo en esa relación que evitó, durante mucho tiempo, que me sentara a poner en palabras lo que pensaba sobre una de las mejores novelas nacionales que he leído últimamente. Me costó darme cuenta qué era, pero creo que ya lo sé: Álvarez fue uno de los profesores que más herramientas me entregó mientras estudiaba literatura. Sus cátedras, sus textos, sus claves de lectura y su persistencia marcaron mucho la forma en que leía.
Cuando me pegué ese alcachofazo pensé lo obvio: “Pura paja molida”. A pesar de ello, prefiero declarar el vínculo con el autor para que sepan que este punteo y mi juicio sobre esta gran novela está permeado, en alguna proporción que no sabría definir, por sus clases y las preocupaciones que manifestaba.
La trama
La novela cuenta la historia de Juan Marín, el hijo de un cacique mapuche y una mujer francesa que llega a Valparaíso haciendo un voto de silencio durante la segunda mitad del Siglo XIX. Con un estilo dinámico, liviano y por momentos muy gracioso, el narrador cuenta de manera no lineal la vida del protagonista. Así es como nos enteramos de las peripecias que llevaron a la concepción de Juan Marín; el pacto con el Presidente de la República que derivó en que se criara bajo la tutela de un fraile capuchino en la ciudad de Los Ángeles; el conflicto que lo empujó a su exilio en la ciudad portuaria y, lo más importante, su encuentro con los neógrafos, un grupo de autodidactas revolucionarios que buscan subvertir la ortografía del español hacia un esquema completamente racional porque, para ellos, “Las palabras deben eskribirse tal komo suenan. (…) El queso debe ser keso, el exceso debe ser ekseso i el mate, klaro, mate” (51).
En un inicio, los neógrafos le piden a Juan Marín que les enseñe alemán, ya que ellos solo conocen la lengua desde la grafía y la sintaxis, pero nunca han podido hablarla. Sin embargo, lo que comienza con unas inocentes clases de idioma termina por develar un sistema de pensamiento que empuja hacia el establecimiento de una sociedad no sea regida por la arbitrariedad y se esquematice en torno a un orden racional.
Este pensamiento se sustenta en base a lo que denominan como argumentación paralela: “La ortografía irrasional se sostiene en una rregla arbitraria ke no tiene una fundamentasión rrasonable. Esa rregla es la etimolojía, es desir, la kostumbre. / La sosiedad eksplota a los oprimidos sobre la base de una rregla arbitraria ke no tiene una fundamentasión rrasonable. Esta rregla es la tradisión, es desir, la kostumbre” (98). A partir de este punto, y desarrollando un complejo entramado argumentativo que no vale la pena exponer en este texto, los neógrafos le presentan a Juan Marín un plan para que, mediante la colocación de una bomba en el Banco de Ossa y Compañía, libere el más neógrafos de los objetos: el dinero.
Desde este punto, muy cercano a la mitad del libro, la trama de Juan Marín comienza su camino hacia un desenlace inevitable que no especificaré. Por una parte, para no desincentivar la lectura de la novela. Por otra, para enfatizar en aquellos aspectos que le suman puntos a una novela que ya es muy interesante desde su argumento.
El personaje
Juan Marín es un personaje único en nuestra literatura. Durante toda la novela no deja de mostrar una fuerza de voluntad que solo se encuentra en los personajes más entrañables que puedo recordar. Su principal característica, si es que se le puede encasillar en solo una, es la inocencia. Una inocencia entendida como candidez o ingenuidad, aquella que demuestra una completa falta de entendimiento del mundo en el que se desenvuelve. Tal como Håkan en A lo lejos o William Stoner en Stoner, la construcción de Juan Marín es la de un personaje que comprende el mundo en la medida que lo conoce. El gran problema es que aquello que conoce es demasiado ínfimo y marcado por circunstancias azarosas, por lo que está condenado a la equivocación, a los malentendidos, al juicio de los demás, a sufrir y al hacer sufrir.
Pero Juan Marín es también único desde su origen como hijo de Curín y Stéphannie Lafforgue, un cacique mapuche y una mujer francesa superviviente de un naufragio en las costas de Chile. Y también lo es, como si fuera poco, por las experiencias que rodean su desarrollo: entregado como ofrenda al Presidente de la República, este determina que la crianza del entonces niño Marín esté a cargo de Clemente de Berk, el fraile capuchino que se estableció más cerca de las tierras de Curín. Así, el personaje principal de esta novela es hijo de una madre y dos padres. Y esa es la génesis de una de las preguntas que rodeará a Juan Marín durante gran parte de la novela: ¿es mapuche?, ¿es realmente chileno?, ¿o simplemente deba asumir su identidad como neógrafo?
La cuestión de la identidad, tanto individual como nacional, permea gran parte de la novela. Y, como toda identidad, se manifestará siempre de manera transitoria.
Relación entre las ideas y su materialización
Uno de los principios rectores de la novela es la relación que existe entre las ideas y su materialización. Este punto comienza a desarrollarse directamente con la aparición de los neógrafos y la solicitud a Juan Marín para que les enseñe alemán. El grupo conoce absolutamente todo sobre el alemán, pero son incapaces de materializarlo en la lengua hablada. Esto se complejiza cuando reflexionan sobre los orígenes del lenguaje: “no ai ninguna rrasón lógica para ke el árbol se yame árbol, el keso keso i el ekseso ekseso. La kosa kon rramas i ojas, la kosa kon oyos i olores i también el superávit perfectamente podrían tener otros nombres más beyos o simplemente más serkanos a sus esensias. El idioma, Kanserbero del pensamiento, las atrapa i las arrinkona para ke tengamos ke desir, obligados, árbol, keso i ekseso” (51).
De esta manera, en El último neógrafo toda materialización es arbitraria y no se relaciona directamente con la idea que la concibió. Así como ocurre con el alemán y el lenguaje en general, sucede también en un bellísimo capítulo que relata la preparación de un plato de lengua al horno por parte de los neógrafos, quienes intentan seguir una receta al pie de la letra y, pesar de ello, sale mal en un primer intento. Y esto mismo ocurre con las acciones de Juan Marín. Por eso es que los dos grandes planes que Marín trama durante la novela no resultan. Y no solo es que no resulten, sino que salen como las hueas. Siempre intentando hacer algo con buena intención, Juan Marín termina sufriendo represalias por sus acciones. Pareciera ser que, en esta novela, hace falta algo más que ideas, algo con lo que nuestro personaje no cuenta: experiencia.
La genealogía
Otra cosa que salta a la vista al momento de leer El último neógrafo es la gran batería de influencias que hay detrás de su escritura. Si bien Ignacio Álvarez es profesor de literatura, hay una selección de obras, géneros, medios e ideologías que resuenan: se percibe (pero puedo estar equivocado) una estructura folletinesca en la composición episódica de la obra; se percibe (pero puedo estar equivocado) el Valparaíso de Manuel Rojas y algunas frases de Aniceto Hevia; se percibe (pero puedo estar equivocado) una profunda reflexión sobre las limitaciones del narrador; se percibe (pero puedo estar equivocado) el cortometraje El tesoro de los caracoles detrás de la sorpresa que genera una lluvia de dinero en pleno puerto; se percibe (pero puedo estar equivocado) la influencia de A lo lejos en la transformación de Juan Marín en La Bestia; se percibe (y de esto estoy algo más seguro) la productiva lectura de textos sobre marxismo y psicoanálisis lacaniano.
Todos estos materiales, junto con muchos que de seguro están y no se muestran ante un ojo poco entrenado, se presentan de manera sutil, sigilosa, como si no quisieran mostrarse realmente. El sustrato está tan bien cuidado que se camufla detrás de un relato pulcramente tejido. Esta depuración técnica, intuyo, no es sino el resultado del estudio de una genealogía de larga data: el saber contar. Ignacio Álvarez construye en El último neógrafo un narrador muy particular, que relata sin temor a patinar ni a mostrarse. A lo largo del relato, el narrador suelta pequeñas migas que dan cuenta de que nuestro intermediario no es alguien inocente (al contrario de Juan Marín), sino que es capaz de valorar la excepcionalidad de la historia que trae a colación. Es un narrador que no abarca más de lo que puede apretar porque, me parece, ya apretó más que lo suficiente alguna vez en su vida. Es, en definitiva, un narrador con experiencia.
Un último tiro
Creo que El último neógrafo es una novela importante para su presente. Lo es por su temática, lo es por su sensibilidad y también lo es por el tremendo cuidado que demuestra por las formas. Sin embargo, me parece que su principal punto a favor es aquello que subvierte.
La historia de Juan Marín es la novela de un hijo, con toda la carga que esa categoría tiene dentro de la literatura chilena de la posdictadura. Es un hijo, sí, pero con características nuevas e ideas rupturistas que, por distintas circunstancias, le toca ponerlas en práctica. Juan Marín no representa a los hijos inmóviles y sin agencia que otrora intentaron entender a aquellos que le antecedieron; es un hijo que busca su lugar en el mundo y falla de manera estrepitosa y permanente mientras lo intenta. Y ciertamente Ignacio Álvarez ve un valor en ese atrevimiento.
Quizás las secuelas originadas por las acciones de Juan Marín perduren por un tiempo. Pero, como dice el propio narrador de la novela en una escueta pero significativa carta, “Si puede perdonarlo, por favor, hágalo” (196).



