Las lloronas: un duelo marica dislocado

enero 09, 2026
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La primera novela de Víctor Ibarra fue publicada a fines de 2025 por Ediciones Overol y su venta comenzó en la Furia del Libro, donde tuvo una cálida –y calurosa– acogida. En esta reseña, Matías nos dice que se trata de «la fractura que hay en quien ama ‘a pesar de sí misma’, pero que nunca parece estar en el lugar y el momento adecuados».

Comienzo por una confesión: conocí una versión inicial de esta novela en el primer trimestre de 2018. Como parte de un intercambio de correos de puesta al día con Víctor Ibarra, su autor, recibí un borrador que cuya tardanza en comentar me avergüenza hasta hoy. Entre ese momento y la publicación por Overol a fines del año pasado no solamente se produjeron cambios textuales, como bien podría constatarlo cualquier persona con un sencillo ejercicio rememorativo que compendie el despuntar del último piñerismo y el presente.

Pero la orientación de Las lloronas no es la crónica de los acontecimientos del país, sino un ejercicio de otro tipo. Narra un viaje accidentado de dos amigos maricas, July y Lucha, hacia el velorio de un ex del primero de ellos (Toña), intercalado con escenas de juventud provinciana –en San Fernando, por más señas– y el trasfondo relacional de una red acotada de amistades. En el desarrollo de la peripecia, Lucha, la voz narrativa, incorpora digresiones hacia novelas románticas, disquisiciones filológicas (las etimologías de anémona, lémur, ósculo y comentarios de Ovidio sobre los pulpos) y alusiones veladas al andamiaje filosófico del idealismo alemán. 

El texto nos sitúa en un Chile que se antoja familiar, pero no datable ni amarrado a coyunturas específicas. En ello ejercita una forma de la narración realista que se encuentra menos preocupada de cumplir la función histórica del “cuadro social” y, en cambio, produce un verosímil que reconocemos como propio, cercano a la experiencia vivida, sometido a sus reglas. Al distanciarse de la matriz sociológica, el narrador se despreocupa de la tarea de construir una representación de identidades homosexuales en el cambio de siglo (con las esperables exigencias relativas a marcos teóricos, representatividad, diálogos intertextuales con otros referentes de la literatura LGBTIA+) y opta, en cambio, por un camino alternativo. 

Si bien el deseo marica atraviesa a los personajes, los constituye, no logra delimitar por completo sus posibilidades dentro del mundo narrado. En principio, el contraste se da entre July y Lucha: el weco afeminado pero popular y su amigo maceteado e intelectual. Las desventuras y romances de July se interpretan en el prisma de las referencias que Lucha hace a Emma Bovary, Anna Karenina y Kitty Shcherbatskaya, Nora Helmer, Eugenia Grandet y Jane Eyre. Desde una posición lateral, como observador que relata a un otro, Lucha construye a un amigo cuya propiedad pareciera ser la pura acción, el moverse a nivel de superficie, pero que le suscita afecto a causa y a pesar de esta pretendida transparencia: 

“Miro a la July y me doy cuenta de que nos separa un abismo. Como no puedo detectar ningún momento ni acontecimiento puntual que explique esta distancia, intento buscar en mi cabeza al menos una palabra que lo describa. No lo logro […] Me pregunto si piensa con imágenes o con palabras, es decir, si pensamos necesariamente de la misma manera, si nos hacemos preguntas o, más bien, preguntas parecidas, si es que sabe la July acaso formular una en su cabeza antes de permitir que las palabras se le escapen. Aprieta la quijada y reconozco su enojo. Algo ha venido a interrumpir ese breve estado de felicidad que produjo su contraste con la mujer gorda” (63). 

Junto con movilizar el repertorio de las novelas románticas europeas protagonizada por mujeres –y escritas por hombres–, Las lloronas retoma tópicos de cierta experiencia homosexual de las últimas décadas: los encuentros por chats y aplicaciones; las relaciones transaccionales entre maricas con edades y posiciones de clase diferentes; los desacuerdos en torno al género (mujerear o no); la incorporación de prejuicios en torno al cuerpo (dismorfias y gordofobias mediante); relaciones tensas con las madres. La narración se apoya en ellos en la medida que delinean a los personajes y mueven la acción, pero no busca reinventarlos, subvertirlos o elaborar una lectura política que contenga horizontes normativos de cambio. Ni artefacto para dinamitar la cisheteronorma ni herramienta encubierta de la reacción, la novela apuesta por la eficacia de los personajes y sus acciones como maricas que habitan un mundo en el que su identidad acompaña la experiencia, sin agotarla.

En su recorrido hacia el velorio –donde, nos anticipa Lucha, esperan cumplir el papel de deudos ad hoc que sugiere el título– se abren diversos arcos narrativos que componen la escena de la amistad marica provinciana ahora situada en Santiago. Algunos adoptan tonalidades cómicas, o de humor negro, dando espacio a formas de habla cotidiana que construyen una atmósfera ligera. Ocurre en los conflictos domésticos de July y su madre, Olivia. O el intento de Lucha por hacer la cimarra, frustrado por su encuentro con July, que la descubre por estar tan aperada: 

“–Hueona, ¿y esa mochila monstruosa por qué? Si vai al colegio nomás, estupidita. ¿O te vai de viaje? 

Hizo un énfasis especial en monstruosa. No sé cómo, pero puso el acento en toda la palabra, que ya no fue más grave, pero tampoco aguda ni esdrújula. La hizo monstruosa la boca de la July, dejó de ser una palabra que una pudiera descomponer en sus sílabas constitutivas o que pudiera dar a entender un sentido cualquiera.

–Te estai arrancando, culiá (68)”. 

Otros pasajes, en cambio, adoptan un cariz más cercano a lo sórdido. Es el caso del involucramiento de July con A K, un alemán que conoce junto a Toña en el contexto de una orgía post-funeral en Osorno que involucra a un sordo. La trama se presenta de forma esparcida, comentando el affaire de July y el alemán eventualmente descubierto por Toña. Concluye con la extradición de A K por su participación en una causa penal, comentada a través de un correo enviado por Marcelo (amigo de July que fungió como su defensor público), escrito en estilo leguleyo y burocrático y concluido así: 

“Por último, cabe señalar únicamente una pequeña corrección: que te equivocas con respecto al oficio de A K. Luego del cese de sus funciones vinculadas al Ministerio para la Seguridad del Estado de la República Democrática Alemana [la Stasi, policía secreta de la Alemania socialista], A K fue reintegrado a la comunidad como cuidador de la piscina pública en Érfurt y no transferido a Berlín como masajista erótico en Lichtenberg. Espero que esta enmienda pueda serte útil de algún modo” (95).

Como novela sobre maricas, Las lloronas despliega escenas desentendidas tanto de la edificación moral por medio de sus personajes como de la provocación a través de lo abyecto. Adopta un registro en el que lo culto y lo coloquial conviven sin decantarse por la construcción neobarroca de la frase, pero sin esconder el archivo literario que sostiene a la voz narrativa en su intento por presentar los vaivenes amorosos de su amiga. De manera implícita –en un gesto que algunos considerarían pretencioso, pero que a mí me parece democratizador–, nos invita a ampliar el repertorio referencias con los que interrogamos nuestra vida, pues no asume que las conozcamos y nos las presenta sin la condescendencia narrativa de quien escribe para futuros investigadores doctorales en el Primer Mundo.

En la obsesión por las figuras románticas reside una de las claves de lectura de esta novela de Víctor Ibarra. Porque en la manera en que July enfrenta la pérdida de un amante se transponen a nuestro a tiempo las dislocaciones y fracturas de otras formas de vida, de otras experiencias a la deriva. Unos meses después de quebrar su relación con Toña, mientras desayunaba con sus amigas, July rememora un episodio en el que cae enferma y su entonces pareja la cuida con galletas y sopa:

“La July no se habría esperado un gesto así de su parte. Quizá pueda parecer un detalle mínimo, y con razón: tan baja era expectativa. Y, no obstante, este cuidado repentino hizo caer todas sus defensas y la expuso. Para ella esta miniatura lo fue todo, y lo amó, lo amó a pesar de sí misma” (37). 

De eso, al menos, se trata Las lloronas: de la fractura que hay en quien ama “a pesar de sí misma”, pero que nunca parece estar en el lugar y el momento adecuados.

Víctor Ibarra B., Las lloronas. Santiago: Overol, 2025. 102 páginas.

AUTOR/A/ES
POR 
Matías Marambio de la Fuente
Historiador dedicado a la docencia e investigación sobre militancias culturales, cultura impresa y edición. Integrante del equipo editorial de La Raza Cómica.
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