Verónica Jiménez: “La poesía política es más una posibilidad latente que un cambio de registro”
La autora del poemario Persona sin identificar (Garceta Ediciones, 2025), revisa el concepto y su visión sobre la poesía política y los conceptos empleados para referirse a los cuerpos afectados, a propósito de su viaje a la violencia, en el marco del estallido social, incluyendo la muerte de civiles. “Lo que intento hacer en los poemas es problematizar el concepto de cuerpo usado para referirse a la persona fallecida, descubrir hasta qué punto se afecta, con palabras, su integralidad como el ser humano que fue”, señala.
[Las fotos de la autora son de Raúl Goycoolea].
“Hay razones fundadas para sostener que, a partir del 18 de octubre, se ha producido un elevado número de violaciones graves a los derechos humanos”. Con esta constatación extraída de un informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos se apertura el más reciente poemario de Verónica Jiménez. Se trata de Persona sin identificar, publicado por Garceta Ediciones.
Este texto es parte de un preámbulo que sitúa el libro, al que le sigue una dedicatoria: “A la memoria de Maicol Yagual Franco, joven ecuatoriano residente en la comuna de Maipú, quien perdió la vida durante el toque de queda, entre el 23 y el 25 de octubre del 2019”.
Ambos textos reciben la lectura y la necesidad de contexto: el estallido social del 2019 y la violencia ejercida sobre personas como las mutilaciones oculares y el hallazgo de cuerpos quemados en negocios, bodegas y supermercados. Este es el caso de Maicol Yagual, cuya historia llegó a la autora en el mismo contexto del suceso, por las redes sociales.
“Maicol tenía 22 años, era ecuatoriano y vivía solo en Santiago. La noche en que desapareció estaba de turno en el hogar de ancianos donde trabajaba y había salido a comprar comida al filo del toque de queda. Al día siguiente, sus compañeras difundieron una foto suya en redes sociales buscándolo y se inició entonces una campaña para que su hermana pudiera viajar a Santiago, porque ella y su madre vivían en Antofagasta, fue así como me involucré con su historia”, cuenta.
En esos días, “los medios independientes eran los que realmente informaban; puntualmente respecto de Maicol, fue La Voz de Maipú la que fue detallando la búsqueda y su desenlace. La identificación del cuerpo tardó más de un mes, porque lo que había en el Instituto Médico Legal era el cadáver mutilado de un hombre que carecía por completo de dentadura, y los forenses tenían la impresión de que se trataba de un anciano”.
“Una noche”, -sigue- “por alguna razón, tuve la intuición de que esa persona sin identificar era Maicol y escribí entonces el primer poema. Después de eso fueron surgiendo otros textos, hasta que en algún momento vislumbré un libro, que se fue armando de a poco”.
Pasaron años hasta que publicara este libro que, dividido en cuatro partes -prosecuciones, invocaciones, protocolos, expedientes-, como señaló la crítica literaria Patricia Espinosa en su presentación en el marco de La Furia del libro, “se escribe por quienes no pudieron hacerlo”, que está “destinado a quienes nunca lo leerán”.
La clase y la violencia atraviesan este libro. Son ciertos cuerpos los afectados, porque son más que el de Maicol. Verónica Jiménez también refiere a los encontrados en la bodega de Kayser, a Mario Veloz, Fabiola Campillay y Gustavo Gatica, para quien la justicia se ve esquiva, distante.
Sobre estos cuerpos, otro de los presentadores, el poeta Franco Ibarra planteó una pregunta: “¿cuándo un humano deja de serlo?”, cuestionamiento clave cuando vemos estas personas en su nombre y subjetividad; cuando llegamos a pensar que, siguiendo sus palabras, “eran personas amadas, no personas sin identificar”.

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-Te encontré primeramente en el prólogo de La ciudad de Gonzalo Millán de Editorial Norma, un libro de “poesía política”. ¿Te sientes próxima a ese registro?, ¿qué concepto tienes de este tipo de poesía?
A propósito de La ciudad, hay ahí una experiencia material de ciudadanía, que es también una experiencia ética y emocional, que sucumbe ante un poder ilegítimo que irrumpe de manera violenta. Entonces, se produce una especie de trasposición de la consciencia subjetiva del poema hacia lo colectivo. Ese es un rasgo de lo que llamamos poesía política, y el poeta puede desarrollarlo a través de procedimientos que estén más o menos en la línea de su estilo; Millán recurre a la yuxtaposición, de acuerdo con su programa constructivista. Es su manera de encarar la contingencia, pero no es la única y cualquier poeta, sin renunciar a su proyecto, puede abordarla. Yo me acerqué hace unos años a este tipo de poesía con Poemas crucificados en la pared, donde trabajo lo documental por medio de la inclusión de voces extraídas de textos orales y escritos. Pienso entonces que la poesía política es más una posibilidad latente que un cambio de registro.
-En torno a la poesía que aborda este tipo de pérdidas, horrores, violencias, ¿hay una tradición?, ¿hay algún hilo que puedas describir?
Yo veo al menos una constante desde el siglo XX. Si piensas en autores de distintas partes del mundo, como Seamus Heaney, que escribe sobre la represión en Irlanda, Yanis Ritsos, que lo hace sobre el aplastamiento de las sublevaciones en Grecia, Antonio Gamoneda, sobre los crímenes del franquismo, Mahmú Darwish acerca de Palestina, y antes César Vallejo y el propio Neruda, que describieron los horrores de la guerra civil española, en todos ellos lo político se manifiesta como la necesidad de dar espacio a una consciencia colectiva. En Chile, eso ya está en la Lira Popular, con la guerra civil de 1891, y después con poetas cercanos al anarquismo, como Óscar Castro, en la dictadura de Ibáñez del Campo. Además, si uno piensa en el cruce entre poesía y música popular en Violeta Parra, “La carta”, por ejemplo, denuncia la represión policial en la época de Jorge Alessandri, etcétera.
Hay muchos ejemplos, el más cercano es el de la poesía relacionada con la dictadura de Pinochet: La ciudad, La bandera de Chile, de Elvira Hernández, 1973, de José Ángel Cuevas, El golpe, de Roberto Parra, y también en poesía popular, las décimas de Domingo Pontigo y otros autores, además de exploraciones de poetas de los noventa en adelante, como Carlos Soto Román o Juan Cristóbal Romero, y otros que se me escapan en este momento. Tu propio libro, Kayser, está en esa línea. Para mí hay un verso de Stella Díaz Varín que funciona como una antorcha que ilumina este camino: “toda bandera es un río de sangre”.
-Sobre persona sin identificar, el libro inicia con una constatación institucional sobre el ejercicio de la violencia en el marco del estallido social. Hay una «verdad» institucional. ¿Cómo dialoga la palabra poética, la «verdad»poética» en relación a ese otro parámetro?
Ese texto que mencionas es parte de un informe de la comisión de derechos humanos de la ONU, y lo puse al inicio como una manera de situar y abrir la lectura, de establecer una relación entre un discurso que entrega datos y los poemas, entre una simple constatación de hechos y una atmósfera construida con palabras. Como dices, hay una verdad institucional, por una parte, y, por otra, están los textos poéticos que quieren provocar una comprensión más profunda. El diálogo entre esos dos registros está establecido en el libro en varias partes, pero lo verdaderamente importante es cuando se produce esa comprensión por cuenta del lector, cuando esa verdad poética asoma para él como una revelación a nivel simbólico.
-Tomas el concepto de «persona sin identificar» como una categoría otra al de NN, como contrapunto al concepto de Detenidos Desaparecidos. ¿Qué nos dice esa distancia? ¿Cómo juegas con esa escisión conceptual?
Para mí fue estremecedor que se comenzara a hablar otra vez de desaparecidos y de muertos sin identidad, a los que antes se los calificaba como NN y que ahora tenían una nueva denominación: persona sin identificar. Los eufemismos usados para referirse a crímenes de lesa humanidad siempre me han parecido espeluznantes y ahora surgían estas nuevas categorías que debíamos incorporar a nuestra lengua común. Cuando los organismos estatales comenzaron a usar esas etiquetas, surgió una pregunta más o menos obvia: ¿cómo puede una democracia como la nuestra ahondar en ese tipo de categorías sin hacer un link a la dictadura? Había en ese discurso oficial desaparecidos, fallecidos y personas sin identificar; en ese contexto, ¿debíamos esperar que hubiera también detenidos desparecidos? La respuesta es que sí, porque al menos una persona, Gerardo Monares, permanece en esa categoría después de seis años de ocurrida la revuelta, y eso describe un tejido medio siniestro donde todas esas categorías se entrelazan.
-Uno de los versos dice «es inverosímil o surrealista (esa muletilla)», como una forma quizás de demostrar que el lenguaje a veces se queda corto ante el horror. ¿Qué elaboración crees que puede hacer la palabra poética en narrar/versionar estas violencias que vivimos?
Así es, el lenguaje se quedaba corto, pero para la poesía tampoco era muy fácil. Yo me enfrenté a mis propias dificultades en el momento en que, como te comenté antes, había acumulado un conjunto de poemas, cuando habían pasado ya más de cuatro años desde la revuelta. Tenía que darle a esos textos una estructura que los enlazara y pensé en una forma antigua como la rapsodia, que me permitiría ensamblar diferentes secciones de escritura y también distintos registros y voces diversas. Hay una voz que hila el relato y que por momentos desaparece, para volver a hacer una especie de recapitulación al final. No espero que el lector ponga atención a esa estructura, pero sí que el libro funcione por acumulación de sentidos.
-Maicol apareció dañado y luego quemado en un supermercado. Esa es un tipo de agresión pero otra fue la de las mutilaciones oculares, que abordas en algunos poemas. Estas dos formas de violencias referidas abordan el cuerpo. ¿Qué claves hay para ti en ese gesto poético en torno al cuerpo?
Lo que intento hacer en los poemas es problematizar el concepto de cuerpo usado para referirse a la persona fallecida, descubrir hasta qué punto se afecta, con palabras, su integralidad como el ser humano que fue. Hay en uno de los poemas una referencia mínima acerca del origen de ese concepto en los griegos, que separaron el cuerpo del alma, en términos filosóficos, para que ese algo intangible del ser humano fuera perdurable. Por otra parte, paradójicamente, los poemas plantean la búsqueda de una especie de trascendencia tangible, porque para las familias de las víctimas el cuerpo hallado adquiere un estado de permanencia en tanto puede ser sepultado y ocupar un lugar, lo que no ocurre, por otra parte, cuando se trata de alguien que jamás apareció.
En cuanto a las mutilaciones oculares, responden a un ejercicio de crueldad que es perdurable, que ha desencadenado suicidios, y a propósito de esa crueldad se recoge en un verso un insulto de los uniformados hacia los manifestantes, que fue bastante difundido en su momento, que consistía en llamarlos “pájaros tuertos”. La palabra tuerto se usaba antiguamente para referirse a una injusticia o un agravio, entonces adquiere sentido también si pensamos que las mutilaciones oculares dan como resultado cuerpos agraviados y, por lo tanto, personas agraviadas en forma permanente.
-También en torno al cuerpo, en esta revisión de sus huellas en el registro oficial, ¿podríamos decir que estamos frente a una «poesía forense», que «pericia»?
No la llamaría así, aunque entiendo el punto, y es básicamente porque, aún cuando el libro recoge en algunas zonas el lenguaje forense con minuciosidad, lo hace porque se trata de un tipo de registro que es indesmentible y sin tiempo de caducidad. Porque tú podrás hacer todas las interpretaciones que quieras sobre esas cuarenta muertes ocurridas en el contexto de la represión, pero hay un relato científico que te dice “la bala entró antes que el fuego”, por ejemplo, así es que tú tendrás que resolver si estás interpretando los hechos con mala o buena consciencia. Las interpretaciones suelen ser retóricas, en cambio, el lenguaje forense no es retórico, tiene un estatuto de verdad sistémica, al dar cuenta cabal de una persona fallecida a través de las huellas talladas en su cuerpo.
Por otra parte, me interesaba también ver qué ocurre cuando glosas el lenguaje forense con un registro poético, no con la intención de romper el género, porque eso existe, es más o menos viejo, sino con el propósito de abrir la percepción del poema hacia zonas más problemáticas, esas zonas a las que el verso amable no suele asomarse.

-En la presentación, Patricia Espinosa señaló que este libro se escribe por quienes no pudieron hacerlo y que también está destinado a quienes no lo leerán. ¿Para quienes dirías que está escrito este libro?
Creo que el juicio de Patricia Espinosa es acertado. El libro está escrito por las víctimas y los sobrevivientes, en primer lugar, y luego también por quienes los aman y han debido afrontar la indiferencia, el menoscabo y la impunidad. Es un libro doloroso, no puede no serlo, pero también lo pensé como un gesto de ternura, con la confianza de que la poesía puede transformarse en algo cálido, como un abrazo. Por otra parte, es también un llamado a una mirada humana, como bien dijo el poeta Ismael Rivera, un llamado a esas personas que no vivieron en carne propia la represión, pero que están bien predispuestas hacia los demás y conservan aún un sentido de justicia razonable. Ahora, si lo leyeran los que le lavan la cara criminal a Piñera y sus agentes, habría una ganancia extra, no para mí sino que para ellos, aunque es poco probable que lo lean.
-Además de versionar y narrar lo sucedido, al final encontramos una especie de reivindicación: «y nuestra condena colectiva es que siempre habrá uno de nosotros/buscando el cuerpo de un ser amado para darle sepultura». ¿Qué clave quisiste darnos allí?
Ese es un poema con algunas capas no muy explícitas de significado. Sartre dice que la libertad es una condena para el ser humano, entendida la condena como sentencia o prisión, mientras que Ciorán afirma que la verdadera condena es el logos, la expresión verbal, de ahí su aspiración al silencio. El poema explora otras condenas, una personal y una colectiva. El título de ese poema es “A su Excelencia”. Son palabras dirigidas a la autoridad que sanciona, dicta leyes y decide cuál será la versión oficial de los hechos, entonces la voz poética se posiciona frente al discurso del mandatario que encarna esa especie de tradición cívica conciliadora, que básicamente consiste en decir que aquí no ha pasado nada. En esos versos que tú citas, hay un contrapunto, que viene dándose desde antes en el poema, entre la condena personal del ser humano, que el poema propone que es la de parecerse demasiado a sus actos, y, por otra parte, la condena de una sociedad que enarbola las banderas de la democracia a cualquier precio, aún a costa de la desaparición/muerte de algunos de los suyos y que, a fuerza de repetir una vez ese tipo de acciones, bien puede repetirlas hasta el infinito. El texto propone que su Excelencia es portador de ambas condenas.
-Sobre la editorial que llevas, cuéntanos un poco más de su propósito y catálogo.
Garceta, que se llama así en honor a un poema de Derek Walcott, es una editorial que tiene ya una década, una treintena de títulos, y que nació con la intención de difundir literatura, con un espacio importante para la poesía y también para la llamada poesía popular. Es un proyecto personal, que ha contado con la complicidad de escritores como Cristóbal Gaete, y también con la confianza de autores que valoro mucho, algunos con premios importantes, como el Mejores Obras y el Municipal, como es el caso de Marina Arrate y Yeny Díaz Wentén. He publicado también la mayoría de mis libros con este sello, autoeditándome, aunque ahora estoy en un camino de apertura hacia otros editores.
-¿Cuáles son tus preocupaciones poéticas actuales?
Ahora estoy trabajando un par de libros. Uno de ellos recoge la plaquette Catábasis, publicada antes por Cuadro de Tiza. Es un libro de desarrollo lento hasta ahora, donde trabajo principalmente la alegoría y el mito. El otro es País de hojarasca, un título provisional que describe más bien una idea en torno a la pertenencia, la memoria y los vínculos afectivos, y son poemas donde aparece la parte de mi imaginario más apegada a la naturaleza y los elementos. En paralelo, sigo trabajando narrativa y ensayo. Todas esas escrituras van avanzando juntas, pero en algún momento tengo que ponerlas en fila y comenzar a sacarlas de a una. Siempre trabajo de esa manera, me gusta que los libros dialoguen entre sí.



