Claudia Apablaza: “Tenía una deuda con la búsqueda del pasado familiar y político”

marzo 04, 2026
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La autora de La siembra de Nubes (Seix Barral, 2025) y editora de Los Libros de la Mujer Rota, ahonda en la experiencia escritural de su última novela, donde tras obtener una beca, Amelia, una joven científica, ordena su vida para dejar Chile; mientras investiga una forma peculiar de hacer llover y busca piezas de su pasado antes de partir.  Este, dice, “es un libro donde el pasado emerge en el diálogo, en cómo el pasado cobra presencia a partir de la palabra”.

“La novela conecta el pasado con el presente y futuro del personaje”, responde Claudia Apablaza y con esta frase resume en doce palabras el impulso de su más reciente novela, La siembra de nubes, publicado el año 2025 por el sello Seix Barral. 

Nubes, libros, la búsqueda de respuestas sobre un pasado que urge saber antes de un viaje científico al otro hemisferio. Amelia, una joven científica obtiene una beca para ir a Canadá. Antes de partir, se propone ordenar no solo sus maletas y su vida amorosa: también se apresta a hurgar en su pasado familiar. 

El viaje opera como motor y conector de temporadas. En los capítulos, a medida que la protagonista sigue tomando muestras de las lluvias -hijas de las nubes- va encontrando fragmentos, uniendolos, dejando atrás el ocultismo. Todo esto gracias a la colaboración de sus antepasadas ávidas a entregar sus versiones: tal vez es solo el paso del tiempo que hace que la información pierda valor, o más bien, que no haya nada que perder en el contar. 

Amelia:

(Una mujer que cuida el agua)

(Una mujer científica)

(Una mujer que recolecta aguas y nubes en frasquitos)

(Una mujer que se prepara para un viaje)

(Una mujer que busca información pero que a veces se evade con la ayuda de la química)

Amelia se apresta específicamente a saber más de Aquiles, curioso tío que perdió una mano en un accidente cuando niño, y que durante la dictadura emprendió escapatoria a Brasil. “Dicen que los chilenos que viven en el extranjero siempre están extrañando la cordillera, que se desorientan sin cerros cerca o que a veces la confunden con enormes edificios blancos”, imagina una de las personajes mayores del libro, las antepasadas de Amelia, porque en la búsqueda hay mucho de especulación, muchos “dicen”.

Parte de la clave del libro es uno de los legados de Aquiles: su biblioteca. Amelia sabe el valor simbólico y material de esos tomos y no quiere dejarlos a cualquiera. “Los libros necesitan lugares seguros”, especialmente estos que tienen claves de él, que parece tan lejano pero que está ahí, a tan solo un mensaje de whatsapp, en el mismo subcontinente. 

“¿A alguien no le ha pasado alguna vez cuando decidimos marcharnos, irnos, y aparece de pronto la nostalgia y el trabajo severo y aleccionador del desapego?”, se preguntaba respecto a esta novela la periodista Erika Montecinos en una crítica publicada también por esta revista. Es bueno insistir en la pregunta. 

Termino de leer el libro un día de nubes raras, listas para una lluvia, como si hubiesen sido sembradas. Un tifón bebé en pleno enero que me hace pensar en qué anotaría Amelia sobre esta extrañeza estival. 

-¿De dónde te apareció esta idea de la siembra de nubes? Hay un paper cuyos fragmentos dan continuidad al libro, a sus capítulos… ¿Lo buscaste por la idea o te apareció primero?

Llegué a la idea de la siembra de nubes cuando, trabajando en la novela, le cambié el oficio a Amelia, la personaje principal. Mi idea era que ella tuviese un oficio acorde a su pasado familiar, para que estuviese conectada esa memoria a su propio trabajo. Los abuelos de Amelia se dedicaron a los cultivos, y la escasez de lluvias marcó esas historias. Es por eso que Amelia se vincula a ese oficio, estudiar las lluvias y sus aristas. Pero también busqué conectarlo con el presente, no solo ese pasado familiar, entonces la novela conecta ese pasado con el presente y futuro del personaje. Ahí aparece el cambio climático, con lo que está actualmente pasando con el agua y leyendo acerca de qué nuevos ejes está tomando el cuidado del agua, di con esta técnica alternativa para hacer llover llamada la siembra de nubes.

-La protagonista es una joven científica. ¿Cómo se construye, cómo construiste tú este personaje? ¿Qué consideraciones tuviste?

Me costó darle cuerpo a la protagonista. Cuando tomé la decisión de que iba a ser una científica que estudia las nubes, las lluvia y técnicas alternativas para afrontar la sequía, fui construyéndola en base a lo intuitivo que tiene la escritura, además de una investigación a diferentes niveles, desde leer papers, a novelas en que las protagonistas son científicas como Química de Weike Wang, pasando por mirar redes sociales de activistas, acercarme más a ese pasado familiar, entre otros. En base a todo estos ejercicios, fui construyendo el personaje de Amelia.

-El libro tiene tejidos otros libros que dan claves de los personajes. Es un lindo dispositivo de la literatura dentro de la literatura. ¿Qué particularidades tienen en el caso de tu libro?

Hay muchos libros insertos en este libro, desde epígrafes, a libros que leen los protagonistas; intertextualidades, parafraseos, dos libros que está leyendo Amelia: Los niños de Rusia de Julia Auger (que es un libro ficcionado) y Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, que es fundamental no solo porque Amelia lo lee, sino porque el viaje de emprende el personaje en él me sirvió de guía para el posible viaje de Amelia. También están presentes todos los libros de la biblioteca de Aquiles, esa biblioteca que Amelia quiere dejar bien cuidada. Ahora bien, no es el eje de La siembra de nubes el detenerse en una infinidad de libros y autores, sin que estos son excusas para indagar en el pasado familiar y político de Amelia y en los desastres del cambio climático.

-Otra cosa que tiene que ver con la literatura es la búsqueda propiamente tal. En este caso, Ame busca la historia, su pasado, el enigmático Aquiles que está a solo un whatsapp de distancia pero que parece tan lejano. Coincide con la publicación de otro libro de una búsqueda de personaje, que es el de Kamelia, y que publicaste por La Mujer Rota. ¿Cuán clave está siendo este aspecto para tu escritura y tu trabajo de edición?

Tenía una deuda con esta temática, con la búsqueda del pasado familiar y político. Mis otros libros se centraban con urgencia en un presente, ese presente cobraba mucha más fuerza que abordar dudas acerca del pasado y formas de acceder a él. Esta deuda se ha concretado en parte en este libro, porque bien sabemos que tanto el pasado como el presente son inconmensurables.

Para El Desconcierto hiciste un pequeño barrido de algunos libros sobre el cambio climático. Actualmente en los catálogos están llegando libros de ecopoesia y el tema parece latir de vez en cuando. ¿En qué panorama del tópico se sitúa tu novela y desde dónde? 

Sí, me referí a los libros de Samanta Schweblin, Distancia de rescate; de Fernanda Trías, Mugre Rosa; Islas de calor de Malú Furche y Arca de María Paz Rodríguez. Todas estas autoras trabajan el tema del cambio climático, y sus consecuencias, desde la ficción. Me sitúo en ese lugar, que a partir de las herramientas de la ficción y la literatura, podemos hablar y denunciar este presente devastador. 

-Vi en otra entrevista que contaste que escribes en paralelo. Cuéntanos un poco sobre cómo te despliegas como escritora. ¿Dónde encuentras el momento de la escritura? 

Soy una escritora que lucha por sostener el oficio. No digamos que lo he logrado, pero tengo claro que la escritura nace de ese proceso de ponerse a trabajar en un texto, de escribir y no esperar que te llegue la inspiración. No sé muy bien qué es la inspiración, no logro comprender ese concepto. Debo ser demasiado concreta. Mi cabeza entra en un proceso de escritura, que fluctúa entre distintos estados. A veces se materializa en el texto y tecleo, pero en otras ocasiones, estoy solo trabajando en ello, tanto de forma consciente como inconsciente. Leo, pienso en el texto, lo trabajo antes de concretarlo.

-Lo autobiográfico está en Amelia. ¿Prefieres el extrañamiento o te aproximas a la escritura desde lo vivido? 

En este libro he trabajado con muchos tipos de materiales: recuerdos, preguntas, ausencias de un pasado, vacíos, búsquedas, pero también con sectores que he habitado, como todos los pueblos que menciono allí: Las Mercedes, San Francisco de Mostazal, Graneros, Rancagua, Requínoa; también con ciertas historias familiares, emocionales, personales y también de cercanos. Es un juego en que esos materiales dialogan para dar paso a la ficción.

-Sobre lo mismo, este libro tiene a la provincia como espacio de la historia. Tú eres de provincia. ¿Qué lugar ocupa para ti? ¿Determina algo en tu forma de mirar y hacer la escritura?  

Yo siempre escribo desde la provincia. Desde Requinoa, Las Mercedes, San Francisco de Mostazal, Rancagua. Desde ese margen. No escribo desde las grandes ciudades. Ahora bien, algunos personajes de mis textos llegan a habitar las grandes ciudades, pero arriban a ella, la visitan, la intentan abordar pero siempre se ven dañados por ellas, fracasan ante ella, se repliegan, quieren huir; no la abordan. Escribo desde el extrañamiento de la ciudad, del miedo y asfixia a ella, y desde la ternura y cobijo que me produce el campo o esos pequeños pueblos a los que mis personajes siempre quieren regresar.

 -Hay un aspecto quizás cartesiano que no necesariamente se opone pero que hace encontrar el aspecto científico con los saberes de los personajes, especialmente los mayores que hablan del pasado. ¿Cómo ves esta relación? Por ejemplo, cuando Ame dice: “recordé la palabra que me dijo mi abuela: ‘cosecha’ de nubes y me pareció más hermosa que la que yo usaba siempre: la siembra”. 

La abuela porta las historias del pasado al que Amelia no puede acceder. Porta digamos una suerte de “verdad”; creo que se puede pensar como algo cartesiano. Amelia no hace más que aspirar a ese saber, porque se mueve en una suerte de nebulosa, desde esa lejanía que le da el tiempo y la imposibilidad del acceso directo a ese pasado. Ni siquiera desde el recuerdo, desde la memoria, porque ni siquiera hubo momentos que recordar, esa la ausencia casi total. A ella solo le queda  escarbar, preguntar, dialogar con la abuela y con otros personajes para acceder a ese pasado. La siembra de nubes es un libro donde el pasado emerge en el diálogo, en cómo el pasado cobra presencia a partir de la palabra.

-¿Qué preguntas crees que no han surgido a propósito del libro? A veces una misma encuentra otras cosas después, con las preguntas de los otros, o en la ausencia de las mismas.

Creo que nadie se ha detenido a preguntarme qué otras cosas representa Aquiles. Es uno de los personajes principales del libro y porta mucho simbolismo. Primero, es la metáfora del padre, pero también Aquiles porta la infancia de Amelia. Es decir, en la búsqueda de la historia de Aquiles, Amelia intenta acceder a su infancia en dictadura, cómo fue esa infancia en un pueblo de la sexta región. La pregunta por Aquiles es también la pregunta por esa infancia. Es uno de los temas a los que ella intenta acercarse, rescatar y ponerle cuerpo. Tal vez todas las preguntas han estado más centradas en el tema climático y en su tema sexoafectivo, que también son dos ejes muy importantes del libro.

Claudia-Apablaza-©-Mire-Anfe-1-scaled.jpg
AUTOR/A/ES
POR 
Francisca Palma
Nortina y hospiciana. Periodista, funcionaria pública y bordadora. Autora de Iquique Glorioso (Editorial Radio U. de Chile, 2016) e Iconoclastas (Navaja, 2024).
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