Desmontar el eurocentrismo: aprender a mirar desde Latinoamérica

marzo 12, 2026
-

Europa es un continente antiguo. Su historia, larga y densa, suele presentarse como sinónimo de cultura, arte y civilización. Sin embargo, gran parte de ese capital cultural que hoy se exhibe como patrimonio universal fue construido —y sigue siéndolo— a partir del saqueo, la colonización y distintas formas de extractivismo material y simbólico ejercidas sobre otros territorios del mundo. Entre los siglos XV y XX, las potencias europeas dominaron gran parte de África, Asia y América, apropiándose no sólo de recursos naturales y fuerza de trabajo, sino también de bienes culturales, saberes y memorias que hoy habitan museos, archivos y universidades del norte global. Como ha señalado Edward Said, Europa no sólo conquistó territorios: también produjo narrativas que legitimaron su centralidad y convirtieron al resto del mundo en “lo otro”.

Aun así, Europa continúa ocupando un lugar central en nuestro imaginario, especialmente en Latinoamérica, donde se la mira con una mezcla de admiración, aspiración y obediencia cultural difícil de desmontar. Esa centralidad responde a lo que Aníbal Quijano denominó eurocentrismo: una forma de organizar el mundo en la que Europa se presenta como origen de la modernidad, del conocimiento válido y del progreso, mientras otras experiencias históricas quedan relegadas a lo premoderno, lo incompleto o lo fallido.

Desde pequeña tuve la fantasía de viajar. No porque soñara con algún continente o país en particular, sino porque deseaba moverme, conocer lugares, observar formas de vida distintas, estudiar. Los idiomas aparecieron temprano en ese camino. Nunca vi el inglés como un fin en sí mismo, sino como un proceso: una herramienta que me permitiría desplazarme, comunicarme y acceder a otros espacios. Aprender de todo.

Cuando comencé a evaluar posibilidades concretas para hacerlo, Europa apareció no tanto como un sueño, sino como una opción administrativa. Revisé visas, requisitos y condiciones de estadía. Dinamarca surgió así: no como un ideal cultural largamente anhelado, sino como un país que ofrecía una vía relativamente accesible para permanecer legalmente, trabajar y sostener una experiencia en el extranjero. La decisión fue práctica antes que romántica, algo que también habla del presente neoliberal: la movilidad internacional ya no se organiza únicamente por deseo o curiosidad, sino por regímenes de visas, productividad, empleabilidad y capital humano.

Trabajé para costear mi pasaje y estadía. Llegué sola a un país frío, sin redes previas, a una ciudad donde nadie me esperaba. Copenhague, una capital que suele presentarse como cosmopolita, ordenada y abierta, fue el primer escenario de esa experiencia. Comencé trabajando en un pequeño café en una zona central, atendiendo mesas, intentando estabilizarme. Al principio compartí residencia con un grupo de italianos; luego, tras abrir una cuenta bancaria y demostrar ingresos, pude arrendar una habitación en un departamento que compartía con una pareja de griegos, una estadounidense y una española de Sevilla.

Fueron ellas quienes primero me advirtieron algo que rápidamente comprobaría: en los países nórdicos no es fácil construir vínculos. Las amistades suelen formarse en la infancia o durante el período escolar y, una vez establecidas, se mantienen casi inalterables. Aunque Dinamarca se jacta de ser un país abierto y moderno (y suele encabezar rankings globales de felicidad y bienestar), la vida social es bastante cerrada y la homogeneidad cultural sigue siendo la norma. Incluso en la capital, sigue resultando llamativo encontrarse con personas que no encajan en el ideal blanco, rubio y local intentando hacer su vida en esas latitudes.

Esa homogeneidad se manifiesta también en el lenguaje. Mientras trabajaba en el café, tuve algunos percances por atender en inglés en lugar de danés. La gente joven solía mostrarse más receptiva, pero no así personas mayores, para quienes la presencia de inmigrantes resulta incómoda o directamente indeseable. El inglés —lengua global desde la expansión colonial británica y, más tarde, estadounidense— no siempre es bienvenido cuando se encarna en ciertos cuerpos. Como advierte Bourdieu, las lenguas no circulan de manera neutral: su legitimidad depende de quién las habla y desde qué posición social.

Más adelante, tuve la oportunidad de trabajar en una escuela enseñando inglés. Ese cambio fue significativo. El mismo idioma que antes generaba fricción ahora funcionaba como capital simbólico. La experiencia no eliminó del todo las tensiones, pero sí dejó en evidencia cómo operan las jerarquías culturales, lingüísticas y raciales incluso en países que se presentan como modelos de igualdad y bienestar.

Latinoamérica, en cambio, ha sido históricamente situada en el lugar de lo incompleto, lo atrasado o lo fallido. Esta narrativa omite deliberadamente que el continente ha producido sistemas de conocimiento, expresiones artísticas y pensamientos políticos profundamente complejos. Desde las civilizaciones originarias hasta las teorías críticas del siglo XX —como la pedagogía de Paulo Freire, la teoría de la dependencia o la filosofía de la liberación—, América Latina no ha sido un territorio vacío, sino uno constantemente intervenido, interrumpido y silenciado.

La colonialidad, como señala Quijano, no terminó con la independencia política: sólo se reconfiguró en el plano cultural, educativo y epistémico. Se nos enseñó a admirar museos llenos de piezas extraídas de otras geografías, a citar autores europeos como autoridad universal y a desconfiar de nuestras propias producciones culturales. En educación, esa herencia es especialmente visible: los cánones, los modelos pedagógicos y las nociones de excelencia siguen anclados, en gran medida, a parámetros europeos o estadounidenses. América Latina aparece como objeto de estudio, rara vez como productora legítima de teoría.

Tarsila Do Amaral
La Metrópolis
(1958)

Tarsila do Amaral

La Metrópolis (1958)

Esta misma dinámica se refleja en algunos feminismos que, influenciados por perspectivas eurocéntricas, reproducen patrones blanqueados y hegemónicos. Al adoptar modelos de lucha y teorías concebidos desde Europa o Estados Unidos, muchas veces se ignoran las preconfiguraciones políticas, históricas y culturales propias de los pueblos de América Latina y otros territorios del sur global. Así, ciertas agendas y demandas se presentan como universales, sin dialogar con las experiencias locales y sus historicidades, ni con los saberes ancestrales que continúan configurando nuestras formas de habitar el mundo.

Esta subordinación cultural se profundizó bajo el neoliberalismo de fines del siglo XX, cuando el conocimiento comenzó a medirse en términos de eficiencia, rankings internacionales y competitividad global. Bajo esa lógica, Europa y el norte global se consolidaron como centros “naturales” de referencia, mientras las experiencias del sur quedaron relegadas a lo local o lo marginal, incluso en un contexto posmoderno que se proclama diverso, pero que continúa reproduciendo viejas jerarquías.

Vivir en Dinamarca no fue una desilusión, pero sí un desplazamiento del mito. Comprendí que muchos de los modelos admirados desde Latinoamérica funcionan bajo condiciones históricas, económicas y raciales específicas, y no como fórmulas universales exportables. Comprendí también que la idealización de Europa y de Estados Unidos no es inocente: es una herencia colonial que sigue organizando nuestro gusto, nuestro deseo y nuestras nociones de éxito.

Descentrar Europa no implica negar su historia, sino desmontar la jerarquía desde la cual se nos enseñó a mirarla como medida universal de todo. Implica reconocer que el mundo no tiene un solo centro y que el conocimiento no circula en una única dirección. Mirar desde Latinoamérica no es una limitación, sino una posición política y cultural. Tal vez ahí empiece la real posibilidad de aprender y construir sentido sin subordinarnos; de desplazarnos sin idealizaciones; y, sobre todo, de pensarnos desde aquí, con nuestras propias contradicciones, memorias y formas de imaginar futuro.

ARTÍCULOS RELACIONADOS