CECILIA GAJARDO: “SI NO HUBIESE NACIDO EN TALCA, NO PODRÍA HABER ESCRITO NADA”
“Sumergida en un agua de pelos negros rizados/ como alambres de cercos de ojos hambrientos./ Los animales no pueden escapar./ Los niños tampoco”. El poema pertenece a Talca, tercer libro de Cecilia Gajardo (1985), el primero en su carrera en ser reeditado, vía Boca Budi Books, en 2025, tiempos particularmente fructíferos para la poeta, pues a fines de diciembre de 2024, Mundana Ediciones sacó Aproximación de un anillo, su última obra. Dialogamos a propósito de esta reedición. Poco a poco, la conversación iluminó caminos ocultos y, con placer, ahuyentamos los márgenes. De influencias, procesos, vida privada y espionaje: algunos de los temas que con Cecilia tratamos. Pero también de Cheever, Carver y Quiroga. Un advertimiento antes de partir: de esta entrevista no se sale como se entra.
Talca, segunda edición, 2025.
Sí, Talca es un libro que empecé hace mucho tiempo, muchos años. Antes de publicarlo con G0 Ediciones[1] yo ya había postulado al Fondo del Libro y salí como inadmisible porque puse mi nombre.
¿Y cuando lo partiste?
El 2018, ponte tú. Siempre quise hacer un libro que se llamase Talca. O sea, tenía pensado el título, mas no el contenido. Ahora, sabía que ese contenido tenía que estar relacionado con la infancia. Yo nací en Talca. Entonces siempre pensé que un poema tenía que nacer cuando aparecía la consciencia y la consciencia aparece cuando uno es muy chica, cuatro o cinco años. Y ahí dije ya, claro, cuando parte la infancia, parte un poema. Toda la vida, toda la vida es tu poema. Ahí pasaron los años y me costaba mucho escribirlo porque estaba muy involucrada, pensando en mi infancia y que no sea tan autobiográfico, pero sí también un poco. Y cuando me di el visto bueno, se lo mandé a Carlitos Almonte[2], y le gustó. Dijo al tiro que sí, no hubo más, no me lo mandó de vuelta. Bueno, algunas cosas, erratas, qué sé yo. Fue súper rápido. Publicar con Carlos Almonte es súper rápido. Te dice que sí y a la semana siguiente está haciendo la contratapa. Después la reedición fue por cosas muy lógicas, que se acabaron los libros, por ejemplo, que se vendieron todos de manera también súper artesanal, porque estuvo en algunas librerías nomás. Carlos no trabaja con distribuidores.
Hace el trato directo con la librería.
Yo le dije hagamos una revisión cortita porque me están preguntando por el libro. Me dicen yo no tengo Talca, dónde lo consigo, no está en Buscalibre, no está en ninguna parte.
Te preguntaban por el libro a propósito de la aparición de Aproximación de un anillo. Querían conocer tu bibliografía.
Sí, había gente que quería leerme. Además me hicieron una entrevista y salí en Revista de Libros, de El Mercurio, una reseña que me hizo el Pancho Véjar. En el fondo la gente empezó a cachar que mi obra es una seguidilla, como él puso, “poesía confesional”, que yo le encuentro mucha razón, yo no lo había pensado así, pero cuando él lo escribió dije sí, me hace mucho sentido. Entonces, claro, me empezaron a preguntar por Talca. Y yo: no tengo ni el mío. Ahí le dije a Carlitos que igual quería limpiarlo un poco, modificar ciertas cosas que tienen que ver con conectores y achicarlo, editarlo sin perder las imágenes que había logrado en el otro libro. La esencia está, pero hay algunas modificaciones de forma.
¿Tiene que ver con la sonoridad?
Más con ahorro de palabras, ahorro de lenguaje, que es lo que me gusta a mí. Siempre siento que menos es más. Trabajo con esa cuestión siempre.
¿Siempre es desde el primer libro?
Siempre. Estos versos cortitos que después quedan rebotando mucho rato, que se leen rápido, pero que después te quedan en la cabeza.
En realidad el verso largo no lo utilizas nunca.
No y tampoco me gusta tanto.
¿Como lectora? ¿Hay excepciones por ahí?
La tierra baldía, que es uno de mis libros favoritos de poesía. Y es súper distinto a lo que yo hago, pero tampoco tanto, porque hay mucho pastiche y de repente yo hago eso también. Y las imágenes, algunas son muy fotográficas, yo uso mucho eso; pero el verso, hay distintos tipos de verso, unos más complejos que otros, y esa sería una excepción. También Vallejo y sus versos extensos, que me encantan, pero en general me gustan los poetas que escriben comprimido, más violento.
¿Hubo cambio de orden de los poemas?
No, de orden, no; se agregó el final, se agregó un poema final. Creo que se llama “Peregrinación”. Es un cierre, pero después de ese cierre, Carlitos, que es un muy buen editor, me dijo que quería poner una cita de Sara Moncada para la última página de esta edición de Talca que dice “Estoy de luto en una página en blanco” y, en vez de cerrarlo, el libro se abre nuevamente, y quedó la raja, me gustó caleta esa idea que tuvo Carlitos.
¿Qué recuerdos tienes de cuando niña, o de cuando no tan niña, cuándo partiste más o menos con la escritura? O con la poesía.
Cuando era chica, no había libros en mi casa, había solo libros de deporte, fútbol y rodeo, y había unos Papelucho. Y a mí me castigaban y me mandaban a leer, entonces mi lectura partió desde los cuatro o cinco años por castigo.
¿Por qué cosas te castigaban?
Pelear con mi hermano, comerme la comida que no debía –que solamente se usaba los domingos para los cócteles–, decir garabatos, las mujeres no pueden decir garabatos, mi familia es así, muy machista, entonces me castigaban, a leer media hora y yo empecé a cachar que esos castigos me gustaban caleta, porque me empezó a gustar leer. Papelucho, La cabaña del tío Tom, estas huevás de Ercilla, era lo que había en mi casa. Ni mi mamá ni mi papá eran lectores, mis hermanos tampoco, yo de la familia soy la única lectora. Y luego de eso, yo creo que siempre estuve como escribiendo desde chica sin escribir, porque yo era una pendeja que espiaba mucho.
¿A tu familia?
Sí, espiaba mucho detrás de las puertas.
Eso sale en Talca, hay un verso por ahí, espiando a los padres…
Sí, yo era muy del espionaje, me acuerdo que mis padres los sábados, domingos, arrendaban películas en la única tienda que había para arrendar películas. Y yo espiaba, quería ver la película con ellos, pero no me dejaban porque tenían escenas de sexo y yo algo hacía que igual veía esa película y también me empezó a gustar el cine. Fui además muy precoz en esta huevá del sexo, me interesaba, lo encontraba muy turbio, el incesto de Talca, esta cosa de los primos. Y lo heavy es que yo, muy chica, cuatro, cinco, seis años, lo encontraba malo moralmente.
¿El fornicio?
El incesto, lo encontraba asqueroso. Sin embargo, en mi familia era muy normal.
Entre los primos.
Y también entre los patrones y chinas, entre menores de edad y viejos. Estaba muy normalizado. A mi hermano lo llevaron a casas de putas. Yo lo encontraba malo.
¿Por algo que surgía de ti?
De mí. Yo tenía una moralidad muy distinta a la de mi familia. Yo creo que también Talca tiene harto de acusación. Quería acusar a la gente que conocí, que es todo Talca. Siempre funcionaba así. Las regiones funcionan un poco así. Yo vengo de una familia pudiente, una familia de lucas, y son las peores. Son para mí las más inmorales. No sé de dónde me salió esa moralidad. Yo creo que es una huevá medio intrínseca nomás. Está ahí o no está ahí. Lo tenís o no lo tenís.
En Talca creo que se superponen los tiempos de la niñez y la adultez, están fusionados. Es una sola consciencia.
Me lo dijo el Ale Zambra también con Aproximación de un anillo un poco lo que me estás diciendo tú, que es como un insectario de episodios que hacen que se confunda el presente con el pasado.
También en términos de la moral de la voz. No hay separación entre la niñez y la adultez.
Lo que pasa es que creo que cuando estoy trabajando en esto soy mitad adulta y mitad niña al mismo tiempo. No es una persona o la otra, no es una voz o la otra. Yo estoy como traduciendo a la niña. Eso es un poco lo que creo que hago.
Me interesa volver a un tema que mencionaste. Que más que una escritura al papel, fue una escritura mental la que tú practicaste desde chica. Es un poco lo que decía Donoso, que él pensaba en novelas, estar constantemente fabulando.
¡Totalmente! Con eso yo me siento totalmente identificada. O sea, yo salgo de la casa y tengo estos amores platónicos con los actores, siempre estoy creando novelas y es súper angustiante. Es como salte un poco de ahí y vive la cotidianeidad. Ir al baño, cocinarte, no sé. A mí eso me cuesta mucho.
Salirte de esa fabulación de pensar en novela.
Siempre estoy pensando en novela, siempre estoy pensando en contarme como desdoblada. Como que me estoy contando algo que estoy viviendo, pero con esta lógica de la narrativa o de la poesía, de estar dentro de la literatura.
¿Eso te complica?
A veces me cansa. Porque estoy ocupando demasiado la cabeza y cuesta dormir. Y cada vez más, porque también empiezas a perder cierta sociabilidad, así como esta cosa de estar sola escribiendo, este cliché, es súper cierto, lamentablemente es súper cierto. Y sí, a veces da lata estar tan encerrada, con la cabeza tan ocupada en esas huevás.
Hay un minuto en el que tú pasas a tomar una decisión, que es pasar estas fabulaciones al papel. En un momento decides escribir.
Eso fue por Zurita.
Ya, aprovechemos que está la figura de Zurita. Cuéntame, cuál es la importancia de él en tu carrera como autora.
Yo entré a literatura en la Portales porque quería ser guionista porque me gusta el cine, siempre me ha gustado. Yo estudié Teatro antes, entonces quería eso.
Ni siquiera se te había pasado por la cabeza ser poeta.
Incluso no leía tanta poesía. En el colegio leía mucha narrativa y tragedias griegas, porque era lo que más me gustaba. Pero yo ser poeta jamás, jamás. En el colegio en Tercero Medio hicieron un concurso de no sé cuántos años de la muerte de la Gabriela Mistral y teníamos que escribir un poema que se basara en su figura. Y yo para huevear, yo era rebelde, era la reina del curso, era como la bonita, hice un poema y saqué segundo lugar.
Ese poema no existe.
No, estai loco, era con hoja de cuaderno, en el momento, ya, tienen una hora para hacer esta huevada. Y me molestaron caleta, ay, la poeta, yo era como de bailar los Backstreet Boys.
Igual en nuestra generación estar cerca de la literatura era medio condenado.
Ñoño, sí. Y bueno, llegué a la Portales y conocí a Raúl en Introducción a la poesía, un ramo que se daba en segundo año parece y no enganchamos para nada, me encontraba huevona, me lo dijo después, tenía un prejuicio conmigo porque me encontraba muy bonita, me lo dijo así, tal cual, casi que las bonitas son tontas, no con esas palabras, con palabras de Raúl, con altura de miras. Cuando fui al taller de poesía con él, escribí los primeros poemas de mi vida.
De manera obligatoria.
Obligatoria. Los primeros poemas de mi vida, de manera obligatoria. Y el huevón quedó negro, porque había que leerlos en voz alta. Me acuerdo que escribí tres poemas que después salieron en mi primer libro, por La Calabaza, a Marcelo[3]también le gustaron. Y Zurita medio como que me pidió disculpas por haber pensado mal de mí en términos de la poesía. Y ahí me agarró y no me soltó más.
Fue tu tutor, te fue guiando.
Totalmente. Hice la tesis con él. Fui ayudante de Taller avanzado poesía, Arte en dictadura, fui ayudante de todos sus ramos, de la Divina comedia, me pasaba plata por debajo porque hacía muchas clases también, porque estaba enfermo, estaba en ese tiempo bien aquejado. Un poco fui su mano derecha. Y empezamos a ser amigos también. Él me ayudaba mucho en ese tiempo. Empezó a captar que yo tenía depresión y me ayudaba incluso económicamente. Fue muy derecho conmigo. Lo quiero caleta, me encanta su poesía. Uno de los libros buenos que me he leído en la vida es Canto a su amor desaparecido. Me hace llorar. Se lo pasaba a mis alumnos también. Hay mucha gente que le tiene envidia o que lo encuentra tibio. Hazte, por favor, un proyecto como ese. Barzudos de mierda, me da rabia, ira. Notable Raúl. Y siempre pienso en él cuando estoy escribiendo. Como que debería estar orgulloso de mí. Y me lo dice. Ahora no hablo hace tiempo con él. Zurita también me hizo leer.

Te armó una ruta de lectura. Oye y este recorrido como escritora, ¿cómo ha sido?
El primero fue mi tesis creativa de pregrado. Me gané un premio de la mejor tesis creativa. La Sole Fariña me corrigió, fue una de mis profesoras-evaluadoras, me puso un siete, me escribió un mail y felicitó. Yo en ese tiempo estaba conociendo a Jorge Moreno[4], uno de Los Calabazas. Teníamos pega en común como correctores y empezamos a conversar. Tú escribís, en La Calabaza nos interesa gente joven y bacán que seas mujer, más encima, porque hay puros huevones. Y yo sí, tengo como cien poemas, que son mi tesis. Y me dijo oye, se los voy a pasar a Marcelo. Y ahí conocí a Marcelo Montecinos, un grande. Admiro profundamente toda la historia que tiene La Calabaza. Y después con Marcelo y Jorge nos juntamos en el Rapanui y les pusieron un ticket a los poemas que servían y una cruz a los que no servían para hacer un libro, porque Marcelo estaba pensando en un libro. Así nació eso. Después creo que fue Sara Moncada.
Después fue Sara Moncada y después, Talca.
Sara Moncada surgió a partir de una enfermedad de mi madre, casi muere. Estuvo internada en la clínica Sara Moncada. Fueron días en que yo me sentía más mamá de mi mamá. Ella, una madre muy negligente, una madre que no aprecio demasiado. Dije lo mismo que dije con Talca, quiero hacer un libro que se llame Sara Moncada. Siempre primero el título. Y después voy viendo cómo se puede formular esta situación que pasé.
Sitúas el escenario primero.
Siempre sitúo el escenario primero y después veo la forma, después veo cómo le pido el favor al lenguaje. Creo que Sara Moncada es lo mejor que he hecho. O no sé si lo mejor pero lo leo y siento que no soy yo. Hay imágenes que son muy buenas. Está todo mezclado: el cuidado de la madre, la infancia –nunca la voy a dejar de lado–, las negligencias humanas.
Fue la primera vez que te sentaste a escribir un libro.
Mateamente. Me acuerdo que leí Carta al padre, de Kafka. Me acuerdo que leí a Bertoni. Una carta, romántica, me sirvió muchísimo también. Lo escribí súper rápido. Películas también. La profesora de piano, una relación muy tóxica con su madre. También usé un poco eso. Y lo escribí en dos noches. Le puse punto final y no quise editar nada. Creo que ha sido la única vez que no he editado nada, que me salió esta inspiración del poeta. Me pasó eso. Bertoni leyó ese libro y me hizo la contratapa. Le gustó. Fue bacán.
Entonces viene Talca.
Mucho después viene Talca. Quería hacer un libro llamado Talca. Este lo escribí mucho más a saltos, mucho más editado, muy borrado. Hay muchos poemas que no están. No me gustaba. Nunca me gustaba cómo quedaba. Le puse mucha cabeza. Y me estaba faltando inspiración. Fue todo lo contrario a lo que pasó con Sara Moncada. Estaba muy involucrada, media traumada, puf, me costaba mucho vomitar la huevá. Ahí tuve mucha ayuda del editor.
Hubo un poquito de coautoría.
Ochenta veinte.
Después pasamos a Aproximación de un anillo.
Ese es quizás distinto, pero tampoco tanto. Nunca quise hacer un libro que se llame Aproximación de un anillo. Ese título salió después, lo conversamos con la Maca[5], sacar un verso. Mi idea era un poco retratar, a partir de lo que el Ale me dijo, que estoy súper de acuerdo, un insectario de momentos que están muy ligados a las relaciones de pareja. Romanticismo, pero desde una manera súper caótica, triste, negligente. Yo creo que por ahí va. Quería acusar los actos, el amor fallido que he tenido quizás durante toda mi vida. Hacer una especie de acusación y de confesión: pasa esto en el amor conmigo, con la voz poética, lírica, como le dicen. O el hablante. Eso sí lo tenía pensado. Pero era mucho más grande, lo tenía mucho más difuso. Hasta que empecé a ver mucho cine. Las huevás que te recomendé a ti, como Blue Valentine, las huevadas del divorcio, también vi algunas películas de los celos de las madres hacia los hijos. Esto fue mucho más cine, y de hecho creo que el libro está escrito un poco así, con muchas fotografías, más que esto tan lírico, literario.
¿En cuánto lo escribiste?
Como en un año, porque me puse a ver mucho cine y eso igual es tiempo. Y fue mucho más a la antigua, con la libretita, anotando las imágenes que me interesaban.
Trabajo a mano.
A mano.
¿No había pasado antes?
Un poco. Ahora completé libretitas como para llegar y copiar en el computador. Y resultó.
¿Qué relación ves entre estos cuatro libros?
Me ayudó el Francisco Véjar con la reseña en la Revista de Libros con “lo confesional”. Yo no lo había pensado así hasta que leí la reseña. Y sí, es confesional. Creo que siempre estoy mostrando panoramas para que el lector se haga cierta idea de eso. Mi idea no es hacer diarios de vida ni autobiografías.
Ni crónicas.
Pero nada.
De hecho en Talca hay mucha apertura.
Y cuando el Pancho Véjar escribió eso, me acordé que cuando estudiaba Teatro fui a ver la obra Gemelos, que está basada en el libro de la Ágota Kristóf y yo fui lectora de ella. Hay algo ahí, dije, pareciera que yo quiero estar pegando combos. O sea, parece que soy medio violenta para escribir, sin darme cuenta. Me han dicho que tengo una voz muy suave, que soy casi tierna, pero que después hay cierta agresividad. La Ágota Kristóf hace lo mismo con Gemelos. Es lo más violento que he leído en mi vida, lo pasivo-agresivo de su escritura.
Yo igual pienso que en tu escritura siempre hay violencia. Un desquite hacia una fuerza que de alguna manera agrede a la voz del poema. Siempre devuelve o manifiesta su intención de devolver.
Pareciera que de repente quiero agredir al mismo lector. Porque es parte como de…
Podría ser un testigo el lector.
Ponte tú. Hay algo que tampoco puedo ilustrar muy bien. A veces me siento como… casi que medio psicopática. Como rarita.

Metámonos en Talca. Hay un despertar, un descubrimiento, la voz transita entre lo cándido y la revelación. Existe una zona oscura, una voz que no racionaliza, pero que entiende que algo extraño, retorcido está pasando.
Yo creo que tiene que ver con ese espionaje que yo te digo.
Le quita la inocencia. Ahí se produce esta apertura, la revelación de un secreto. Lo veo como el eje del libro.
Creo que es lo más importante. A ver, me lo preguntaron una vez. Si yo no hubiese nacido en Talca y no hubiese tenido la infancia que tuve, yo no podría haber escrito nada. No solo Talca, no podría haber escrito ni Piel verano, ni Sara Moncada. Porque creo que yo, teniendo veinte años, por ejemplo, acordándome de la niña-espionaje, me hizo darme cuenta de que esa era mi herramienta para escribir, que ese era el núcleo, el eje, como decís tú, para poder hacer distintas cosas, no solamente hablar de la infancia, sino tener esa oscuridad que vi desde muy chica y que me ha perseguido siempre para escribir. Y también en el cine, también me gusta ese tipo de cine, en el que hay una huevá mala todo el tiempo. Y esa herramienta existe desde mi niñez. Pero por suerte me di cuenta de que la tenía. Y la puedo ocupar.
Si no, podrías transformarte en una psicópata.
O en una persona muy sufriente, víctima. Y yo, en vez de victimizarme, dije acá se puede hacer algo. Y eso es un poco lo que hago en Talca.
Está la zona oscura que la voz no la puede expresar por medio del lenguaje porque no es racional. Y esa voz transita hacia un estado de no inocencia. En ese estado oscuro intermedio es donde está lo torcido. Es lo vivenciado por la voz.
Y eso torcido trato de describirlo con los objetos. Si te digo, un ejemplo, que este cigarro está mal apagado, quizá alguien quiera provocar un incendio. Solamente refiero el cigarro mal apagado. Y ahí lo dejo para que tú pienses qué puede pasar después y qué es lo que está pasando con esa atmósfera.
Es como lo que dice el Almonte, “una ternura que terminó por esfumarse”, en la nota a la edición presente.
Es muy triste.
Yo la subrayé. Los poemas de Talca son bien decidores de esa mecánica de transformación. De pasar de este estado a otro. A partir de –no sé si llamarlo– un trauma.
O sea, el trauma funcional, no el trauma que se queda estancado.
Claro, pero sí hay una transición hacia un dejar atrás de por vida. Hay algo que se pierde para siempre en estos poemas. La voz ya no es la misma nunca más. Y es medio terrible eso.
Sí, terrible.
También lo pienso en cosas como de la vida de uno mismo. Oye, y ¿qué relación le atribuyes a las pesadillas y los fantasmas? En Talca me da la impresión de que están presentes.
Súper. También leí mucho a Carver. En la Escuela de Literatura me hicieron leer a Carver por obligación y de ahí empecé como loca yo a leer a Carver, recuerdo algunos textos, como “Vecinos”, donde siempre está pasando algo por debajo, y tú tienes que saber qué es y donde todos los lectores van a pensar algo distinto.
El lector incorpora su propio trauma.
Que el lector también sea alguien que esté escribiendo. Carver es el que me despertó ese interés en dejar las cosas abiertas, algo siempre debajo del pastizal, de la alfombra.
¿Sabes a quién me recordaste? No tanto en el sentido de dejar las cosas escondidas, pero sí en mostrar las familias fracturadas, sucias. A Cheever, en sus cuentos. Él arma estas familias que con el correr de las páginas destruye.
Voy a leerlo. En “Mercado” pensé en Raúl Ruiz. Y también está Quiroga. Quiroga con esa cosa más campestre. Que la naturaleza es la que está hablando. Y la naturaleza es un gran protagonista de los relatos. Para mí también es muy referente Quiroga. Y el paisaje.
Sí, de repente en el poema “Talca”.
Que después caché, no en el momento, pero después caché que quizás a Quiroga le podría gustar ese poema.
Justo quería hablarte de ese poema. Hay un fuerte desprecio hacia la figura del otro. Y hay una utopía. La voz sabe que nunca podrá conseguir la condena absoluta de ese otro. Pero es tan grande su odio que debe manifestarlo de alguna manera. El libro parte con ese poemazo.
Carlitos tomó esa decisión. No era así al principio. Estaba como en el medio.
Uno de los puntos altos del libro es partir con ese poema. A mí me pegó fuerte.
Creo que este es el poema del odio hacia Talca. Es el odio a un lugar que funciona de una manera negligente con todo. Como que todos están confabulados para actuar de cierta manera. Y hay una niña que está mirando todo esto y está odiando, porque le parece muy injusto. Y hay abuso sexual, evidentemente. “Déjame que te llame la consentida”. Está el odio hacia los adultos. Hacia las juergas. Hacia las fiestas. Hacia la no consciencia de que hay niños escuchando cosas que no deberían escuchar. Y está la consciencia en este poema de la niña que, como no tiene lenguaje, nunca va a poder ser justiciera de esta situación.
Claro, por eso yo te decía que es una utopía.
Estoy traduciendo a la niña, la estoy entendiendo.
Es la temporalidad situada en un punto, o sea, es un corte vertical, no horizontal.
Quizás esté ayudando a esa niña.
Eso que tú llamas negligencia está en el poema “La piñata”. Nadie escucha, menos los padres, lo contrario al deber ser.
Pareciera que acá la única que escucha es una niña y los padres y los tíos y todos los adultos están sordos, en el jolgorio. Están todos como en esta película de Pasolini, Los cuentos de Canterbury.
Fíjate en “Ejercicio”. En este yo me fui en una volada especial, más allá del libro. Pensé: este poema habla de una primera vez, puede ser un poema universal en términos metafóricos. Un cierto ejercicio de la historia de la humanidad, el de todas las primeras veces, ese procedimiento por el cual el ser humano ha pasado por los siglos de los siglos de la evolución, hasta llegar a lo que es hoy en día, cómo, por ejemplo, el ser humano fue descubriendo los alimentos que podía comer, cómo fue descubriendo los animales a los cuales podía enfrentar, cómo fue descubriendo los fenómenos de la naturaleza que representaban peligro. En definitiva, cómo fue pasando por todas esas primeras veces. Miles y miles de años de prueba y error. Cómo fueron naciendo los primeros miedos. En “Ejercicio” yo veo una virtud más allá del concepto Talca.
Ahora que lo vuelvo a leer, te encuentro razón, porque lo encuentro un poco inicial, casi que prehistórico. Todos hemos pasado por lo acuoso, todos hemos pasado por mirarnos por primera vez. O darnos cuenta de las primeras veces. Yo creo que este poema es el inicio. Este poema es el inicio de un poema. Y de todos los poemas. Porque es el despertar de la consciencia. Es el observar y el sentir llevado a palabras. Entonces podría ser el punto de partida de la poesía. Acá parte la poesía. Y se llama “Ejercicio”. Es como anterior al poema; un ejercicio. Porque recién acabo de despertar. Recién acabo de darme cuenta de que soy persona.
También tuve la idea de que poemas como “El extranjero” y “Observa desde una vereda” podrían incluirse en una antología de literatura de horror. ¿Lo has sentido alguna vez así?
Puede ser porque esos los escribí mucho después que Talca. De hecho, no estaba pensando en Talca. Mira que tenís buen ojo. Yo estaba viendo mucho cine psicológico, de terror psicológico. Yo siento que en “El extranjero y “Observa desde la vereda” esta niña está más adulta que niña, su consciencia, saca ciertas conclusiones, por eso es más nítido y creo que también tiene que ver con la figura del esposo y que el esposo puede ser el papá y el esposo al mismo tiempo. Entonces esta niña está en una transición.
Son bien… Yo los vi bien terribles.
Es súper incestuoso también. Y hay algo de Polanski igual. Lo del diente de leche. Lo saqué de El inquilino.
Oye y ¿qué es lo que nunca deja de pesar de una infancia?
La consciencia. La maldita consciencia.
[1] 2021.
[2] Editor de G0 Edidiones y Boca Budi Books.
[3] Marcelo Montecinos, editor de La Calabaza del Diablo.
[4] Editor de La Calabaza del Diablo.
[5] Macarena García Moggia, directora y editora de Mundana Ediciones.



