Rehusarse a la resignación: sobre La vida que vendrá

junio 04, 2026
-

El documental La vida que vendrá, de Karin Cuyul, llegó a salas hace algunas semanas y ha generado intensas conversaciones sobre la relación entre pasado y presente, historia y utopía, en un momento que parece clausurar toda posibilidad de cambio. En esta crítica nos adentramos en los usos del archivo y del tiempo cuando se decide pensar insistentemente a color.

En sus premisas centrales, La vida que vendrá consiste en tres decisiones: hacer una película a color, hacer una película con archivos amateur, hacer una película que no sea triste. Antes que someterse a reglas inquebrantables y fijadas de antemano, el documental de Karin Cuyul enuncia sus decisiones como respuestas a dificultades que emergen en el proceso mismo de narrar una historia cuyo sentido no es claro desde un inicio. Ya en los primeros minutos se exponen las complicaciones que experimenta la realizadora y se nos invita a pensar en las formas en que una cronología lineal confunde más de lo que aclara.

A través de un recorrido de imágenes pertenecientes a acervos institucionales (de la Universidad Técnica del Estado), archivos de realizadores como Luis Costa, Enzo Villanueva y Nicole Senerman, y registros de carácter personal, el film interroga el paisaje emocional de nuestro último medio siglo. Arranca in medias res, con la exhumación y posterior funeral de Estado de Salvador Allende en septiembre de 1990 entre Valparaíso y Santiago, meses tras el inicio de los gobiernos civiles. Ese inicio se produce desde un fondo obscuro con estática que luego es reemplazado por imágenes en las que la solemnidad del momento en que Allende vuelve al espacio público se yuxtapone al puro sonido ambiente, sin la musicalidad épica que asociamos a estas ocasiones dentro de otras expresiones documentales.

Digo “paisaje emocional” en parte como estrategia para condensar el trabajo del documental, pero también como reconocimiento de su subtítulo: Una geografía de la esperanza. El montaje de secuencias que van desde la Unidad Popular hasta el estallido social de 2019 es, qué duda cabe, un ejercicio de relieves afectivos. Como un mapa que –a partir de claves de color y forma– distribuye altitudes y depresiones, accidentes montañosos, cuencas hidrográficas, todas configuradas para definir el perfil de la nación.

Las imágenes concatenan tiempos que tienen una textura peculiar a causa de su acumulación, crean un artefacto que en múltiples ocasiones nos señala su densidad. Una de las maneras en que se manifiesta esta textura es en el concepto de pesadumbre como disposición ante el futuro que expresa el entorno social de la realizadora, como una substancia pegajosa que se adhiere lentamente a sus padres, amigues y compañeres. La narración de Karin Cuyul puntualiza: “En un momento, esa misma pesadumbre me alcanzó a mí”.

Con la tarea de “encontrar el origen de esa pesadumbre heredada y confrontarla”, La vida que vendrá se sumerge en los archivos para interrogar la contradicción entre lo que se ha sedimentado como la versión oficial de la historia y lo que se escabulle de la coherencia y complica los relatos dominantes. El material de archivo adquiere valor no por ser parte de un reservorio del pasado –del que se sacan datos anecdóticos o estéticas retro–, sino porque son archivos de una índole peculiar. Registran, al mismo tiempo, historias que quedaron truncas, sin poder desarrollarse a causa del golpe de Estado, de la represión dictatorial o de los cercos de la transición, y también anticipos del desencanto que da la nota afectiva de nuestro presente.

Tal vez sea bueno introducir un matiz sobre ese vínculo entre archivos y pasado, porque el documental se vuelca a interrogar el tiempo y sus modulaciones por medio del montaje de los fragmentos de archivo. Y eso se debe a que, tal y como el subtítulo señala el tándem de paisaje y afectos, en el título también se inscribe una relación con la temporalidad. El verso “anuncia ya la vida que vendrá” nos ubica de lleno en un momento del país que parecía impregnado de futuro y, simultáneamente, como la culminación de una historia acumulada de luchas decantadas en la vía chilena al socialismo. ¿Cómo no mirar con extrañeza ese punto de la historia?

Pero el futuro no existe solamente como el atributo de generaciones previas que lucharon por un país más justo y más solidario, independiente de los designios de los poderosos dentro y fuera de Chile. Se manifiesta en la entrevista que hace Luis Costa a una dirigenta poblacional tras el triunfo del plebiscito de 1988: “Yo pienso que puede haber una luz después de toda la obscuridad que ha habido, pero hasta el momento no han cambiado las cosas. Porque yo pienso que hay un no ganador pero un sí mandador todavía, así que es lo mismo nomás”. La frase, para Karin Cuyul, expresa con agudeza las contradicciones de un pueblo que veía el tiempo congelarse dentro del pacto transicional y dar pie, así, a la pesadumbre. “Mi presente lleno de desazón era el presente de esta mujer de 1988”, dice.

Luis Costa, Un no ganador, un sí mandador. Archivo UPLA Televisión

El documental yuxtapone los momentos de resignación ante un futuro cancelado –por la violencia de la dictadura o por los plazos diferidos de la transición– con los brotes en los que el pueblo se ha permitido soñar, conjurando un futuro ahí donde resulta improbable. Con el montaje de esos archivos que desordenan la cronología, La vida que vendrá participa de un ejercicio de reactivación de lo que ha insistido desde los márgenes para mantener abierto ese brote de futuro improbable.

Una extrañeza indudable resulta de esta apuesta. Tras la coyuntura que va de la revuelta social de 2019 al momento constituyente y sus fracasos, nuestra relación con los tiempos de la Unidad Popular, la dictadura y la transición se encuentra alterada. ¿Celebraríamos si es que la muerte de Pinochet se diera hoy? ¿Cómo acogeríamos los testimonios de niñes sobre la detención de sus familiares y la represión en las poblaciones? ¿Qué nos produce la propaganda publicitaria de las reformas económicas de los ochenta al ritmo de un beat electrónico celebrando la reducción del Estado?

Luis Costa, Un no ganador, un sí mandador. Archivo UPLA Televisión

Aunque resulta un lugar común decir que las obras plantean preguntas en vez de entregar respuestas, lo cierto es que el film hace un trabajo intensivo de interrogación que se plantea como un paso necesario para el momento en que vivimos. La pesadumbre inicial puede resolverse en otra cosa en la medida en que la confrontemos, y este documental nos entrega herramientas para ese trabajo. A sabiendas del pesimismo que ronda en el ambiente (“las cosas son lo que son, y estas son así”), Karin Cuyul nos enfrenta a la existencia real y efectiva de una esperanza que nos puede provocar tanta extrañeza como la que ella misma encuentra en los archivos de Luis Costa y Enzo Villanueva, retornados del exilio a un país que ya no reconocen. O en el entusiasmo del Departamento de Cine y Televisión de la UTE, que recoge el torrente de una universidad involucrada con el experimento del socialismo por la vía chilena. Esa extrañeza también aparece en el júbilo (acompañado de expresiones puntuales de sorpresa y negación) por la muerte de Pinochet que recoge Nicole Senerman, y nos asalta desde otro flanco en los caceroleos y barricadas del estallido social de octubre. Vuelvo al concepto de paisaje emocional para pensar en estos acoplamientos de tiempos extraños, coexistencia de la condensación y del montaje.

La vida que vendrá toma lo que otras personas decidieron consignar al soporte fílmico para ver cómo resuenan esas imágenes con nuestro presente saturado de resignación. En lo insoportable del material grabado de forma amateur, en los circuitos fuera de la estabilidad institucional y oficial, la narración nos sumerge en ese paisaje ambivalente de esperanza que existió a pesar de las derrotas y fracasos. Pero hay que recordar: nos sumerge sin hundirnos. Bucear en lo que ha sobrevivido del pasado, en vez de anclarse al naufragio.

ARTÍCULOS RELACIONADOS