Leticia Contreras sobre los 20 años de Esquemas juveniles: «Javiera Mena es nuestro ícono lésbico local y la vamos a celebrar siempre»

septiembre 22, 2026
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Leticia Contreras es profesora de Estado en Castellano por la Universidad de Santiago de Chile y doctora en Literatura por la Pontificia Universidad Católica. Sus investigaciones abordan las representaciones del sexo, género y poder en la cultura del Cono Sur. En su artículo «La jovencita que reversionó la educación sentimental de Candy: subjetividades lésbicas y políticas en Javiera Mena», analiza los tres primeros discos de la cantante chilena desde una perspectiva de género y política. Leticia estudia cómo el electropop de Mena cuestionó la homogeneización de los jóvenes, la importancia de su reconocimiento público como lesbiana, su vínculo con la generación política del movimiento estudiantil de 2006 y la ruptura con los esquemas románticos y la instrumentalización del cuerpo femenino.

Esquemas juveniles salió en 2006, justo cuando Leticia Contreras estaba entrando a la universidad, a la USACH, para estudiar Pedagogía en Castellano. El disco le «voló la cabeza» porque retrataba todo lo que había significado para ella la educación sentimental durante su adolescencia y su paso por el liceo. Era, de alguna manera, el retrato costumbrista más fiel de esa etapa de su vida.

Por eso se sintió convocada desde distintos lugares: desde la experiencia autobiográfica, pero también desde un momento muy particular de las luchas estudiantiles. El 2006 la encontró en primer año de universidad, justo cuando estaba en pleno desarrollo la Revolución Pingüina. Sin embargo, ella ya había vivido esa experiencia en cuarto medio, cuando lideró una toma en el liceo donde estudiaba. Entonces, el disco apareció para ella en una especie de transición entre el liceo, cuarto medio y el primer año de universidad. Por eso también siempre lo vinculó con ciertas reivindicaciones políticas, aunque no desde una perspectiva partidista, sino desde el ejercicio de la política en dimensiones más micropolíticas.

Además, la música que envuelve todo el disco le resulta muy cercana porque está asociada a una especie de adolescencia, infancia y mundo perdido, a una edad dorada. Y Javiera Mena lograba devolverle algo de ese mundo a través de sus letras y sus acordes. Ella podía recuperar esa experiencia al escuchar el disco. Por eso fue tan importante para ella, también en esa clave autobiográfica.

—Me surge una duda: ¿cómo ves tú el estudio del pop dentro de la academia? ¿Qué lugar ocupa, o qué lugar ocupaba cuando comenzaste a investigarlo?

—En esos años, la relación entre la academia y la música popular como objeto de estudio era más conflictiva. En 2006, los estudios literarios locales estaban muy centrados en la llamada «literatura de los hijos», mientras que la música popular todavía era mirada con cierto desprecio. Sin embargo, comenzaban a aparecer trabajos importantes, como los de Marisol García y Rubí Carreño.

De hecho, Marisol García fue mi directora de tesis de doctorado. Rubí Carreño estaba preparando La rueda mágica, un libro sobre las relaciones entre música y literatura, y me pidió escribir sobre Javiera Mena. Fue un desafío que me permitió cruzar una exigencia académica con mis propios gustos personales.

—¿Por qué crees que te lo pidió? ¿Porque sabía que te gustaba?

—Yo creo que me lo pidió porque sabía que me gustaba y, además, porque la Rubí tiene muy buen ojo, muy buen olfato. Esa es la percepción que tengo ahora, a la distancia. Puede que, si Rubí lee esta entrevista, diga todo lo contrario, pero yo sentí que se dio cuenta de que iba a ser capaz de dar cuenta de ciertos aspectos de la relación entre música y literatura, pero desde una perspectiva de género y también desde una clave política.

Esos son, finalmente, los temas que me interesan: el género y la política. Creo que por eso me lo pidió, además de mi gusto personal. Yo andaba canturreando Esquemas juveniles por la oficina donde trabajábamos en Taller de Letras, que era justamente la oficina de Rubí.

—¿Y cómo veías la dimensión política de esos años, particularmente en 2006?

—Era una generación súper reivindicativa, sobre todo por el movimiento estudiantil. Éramos jóvenes idealistas que pensábamos que podíamos cambiar la educación chilena, terminar con el lucro y, sobre todo, quebrar la lógica de los consensos y los pactos de silencio de la transición.

Creo que esa experiencia generacional también aparece en escritoras como Daniela Catrileo, Natalia Berbelagua, Kati Lincoñir, Romina Reyes y Arelis Uribe, y en figuras como Javiera Mena o Alex Anwandter, que elaboraron desde la música popular esa experiencia de crecer bajo la matriz cultural de la transición.

No somos una generación heredera directamente de la melancolía de la Unidad Popular, pero sí estamos influidos por ella. En ese sentido, nuestra gran figura precedente es Pedro Lemebel, el gran crítico de la transición. Fue una generación muy política y creo que esa sensibilidad terminó desembocando, de alguna manera, en el estallido social de 2019.

—Hablando de esta generación, hay una frase que publicó María José Viera-Gallo en The Clinic. Ella dice: «Miro en mi naranjo y pienso en Viviana, una joven escritora de que una noche me dijo: “Yo juraba que la cúspide de mi generación había sido ver a Gepe y a Javiera Mena tocando “Sol de invierno” en el Festival de Viña el año 2014”. Me equivoqué. Va a ser este domingo cuando ganemos la elección». Ella se refiere al triunfo de Boric. ¿Qué opinas de esa imagen generacional?

Estoy totalmente en desacuerdo con la imagen que ella plasma: ese «íbamos a ganar la elección» tiene algo de imagen sardónica, como la de esa señora que llora emocionada con el triunfo de Boric y piensa que todo va a cambiar, que Chile va a ser mejor. Esa imagen después ha servido bastante para burlarse de lo que significó el gobierno del expresidente Gabriel Boric.

Yo tengo una visión bastante crítica de su ejercicio gubernamental. Ellos son parte, de hecho, de esta generación muy política. Boric fue presidente siendo muy joven y encarnó, en cierta medida, las expectativas políticas de esa generación. Pero cuando llegaron al gobierno, creo que mantuvieron las mismas matrices de administración política y también las mismas matrices simbólico-culturales de la transición.

Boric había sido muy crítico, en su momento, de Patricio Aylwin, Ricardo Lagos e incluso de la propia Michelle Bachelet. Se enfrentaron políticamente a Bachelet. Pero cuando llegaron al gobierno, terminaron reivindicando buena parte de lo que significó la presidencia de la llamada Concertación.

En ese sentido, también se plegaron al mantenimiento de la matriz del sistema neoliberal en sus distintas dimensiones, no solo económicas, sino también políticas y culturales. Es un modelo que se gesta durante la dictadura y que se perfecciona durante la transición. Ellos llegaron al poder después de haber cuestionado ese proceso, pero finalmente terminaron manteniendo buena parte de ese perfeccionamiento que se había producido durante los noventa y los dos mil.

—¿Qué te hubiese gustado que hiciera el gobierno de Boric?

—Creo que una deuda directa con el movimiento estudiantil es la condonación del CAE. Yo no esperaba grandes transformaciones al estilo de la Unidad Popular, pero sí cambios concretos, sobre todo en educación. El CAE era una deuda que debió abordarse desde el primer día.

No tengo nada personal contra Boric. Es una figura carismática y cercana, pero creo que terminó siendo víctima de la lógica de la transición, de los consensos y los silencios. Mantuvo buena parte de un modelo que se gestó en dictadura y que se perfeccionó durante los noventa y los dos mil. La gente sigue teniendo problemas básicos de salud, vivienda y alimentación, mientras se mantiene esta idea de que Chile es un país exitoso.

Mi desconfianza comenzó incluso antes de que asumiera, cuando participó en esa «cocina política» que buscó cerrar la crisis del estallido social de 2019. Ahí pensé que estábamos repitiendo las mismas lógicas de los noventa y los dos mil. Por eso no comparto la imagen de «íbamos a ganar» asociada al triunfo de Boric. Para mí, terminó siendo lo contrario: una generación que llegó al poder después de cuestionar la transición terminó defendiendo buena parte de su institucionalidad y de su modelo. En ese sentido, Boric terminó funcionando como una especie de demócrata cristiano camuflado.

—Volviendo a Mena, y aquí te voy a leer porque es un artículo académico y aparecen palabras un poco más complicadas: «¿Cómo el electropop resquebrajó las matrices de la homogeneización e instrumentalización de los jóvenes?»

—La generación que baila al alero de Esquemas juveniles es también la generación que baila con Miranda!, con Depeche Mode, con Placebo. Hay una multiplicidad de géneros, no solo musicales, sino también sexogenéricos. Hay mucha libertad. Aunque pueda parecer un poco ridícula la comparación, los jóvenes que crecimos escuchando esa música, escuchando a Javiera Mena, nos lanzamos a un mar de diversidad. ¿Qué es lo que resquebraja?

Las matrices de la homogeneización y la instrumentalización de los jóvenes.

—Ahí quiero citar un trabajo de José Luis Salomone, El falso subalterno, donde explica cómo los gobiernos de la Concertación buscaron homogeneizar a los jóvenes y cómo la diferencia podía ser castigada. Era una época en que incluso la vestimenta podía generar sospecha y justificar una detención.

Frente a eso, quienes vivimos la adolescencia en los 2000 y escuchábamos a Javiera Mena, Miranda!, Depeche Mode o Placebo nos encontramos con un espacio de diversidad, no solo musical, sino también sexual y estética. Esa multiplicidad expresaba una juventud mucho más política, aunque no necesariamente en términos partidistas, sino como una voluntad de romper con la homogeneización y el conservadurismo de la transición.

El surgimiento de las llamadas «tribus urbanas» también respondía a ese deseo de diferenciarse y de ejercer libertades individuales y civiles. En ese sentido, Esquemas juveniles y los discos posteriores de Javiera Mena forman parte de ese proceso de resquebrajamiento. Fue, además, una época en que comenzamos a ocupar el espacio público de otra manera: parejas del mismo sexo caminando de la mano, jóvenes mostrando sus identidades y expresiones sin tanto miedo, o al menos con el deseo de romper con ese miedo.

—Sí. Respecto de eso, ¿qué importancia tuvo que Javiera Mena se reconociera públicamente como lesbiana?

—Lo máximo. Javiera era justamente la figura que necesitábamos. Nunca escondió que era lesbiana y, a diferencia de otros referentes como T.A.T.u., era una figura local con la que podíamos identificarnos plenamente. Era joven, cantante y compositora, y representaba euforia, fiesta, alegría y reconocimiento.

Por eso es tan importante la visibilización cultural. Las lesbianas necesitan poder reconocerse y autorepresentarse, porque cuando no hay nominación tampoco hay existencia, cuerpo ni discurso. En una época en que las historias de lesbianas eran muy escasas en la televisión y la cultura local, Javiera Mena se convirtió en un referente cercano y reconocible.

Para mí, Javiera Mena es nuestro gran ícono lésbico local y la vamos a celebrar siempre.

¿Cómo ves tú a Javiera Mena como sujeto que se revela ante la hegemonía patriarcal? Hablas harto de eso en el texto.

—Sí. Es un texto de hace varios años y, en ese momento, había cosas que todavía no alcanzaba a considerar. Por eso digo que los textos también van mutando con el tiempo. Hoy me interesa mucho todo el trabajo visual que ha hecho Javiera Mena, pero también la incorporación de mujeres que toman instrumentos que históricamente han estado asociados a los hombres. Las baterías, las guitarras eléctricas y, sobre todo, el mundo del rock han estado muy marcados por una presencia masculina.

Javiera hace esos gestos en sus videos, en sus canciones y en su propia política autoral: se presenta como una mujer a la que le gustan las mujeres. Y eso, efectivamente, era un mazazo al patriarcado, al heteropatriarcado y a la heteronorma. Creo que, en ese sentido, ha sido sumamente coherente y consecuente con su poética musical. Lo ha mantenido a lo largo del tiempo. No es algo impostado ni una estrategia de marketing. La música está llena de ejemplos de eso: cantantes que ni siquiera cantan, grupos que son experimentos publicitarios, boy bands, girl bands. Pero aquí no. En Javiera Mena esto forma parte de su poética y se vuelve coherente y consecuente a lo largo de toda su trayectoria.

Ella sigue trabajando desde esa lógica de darle un mazazo al heteropatriarcado.

—También quería preguntarte cómo ves este tipo de censura en el caso de Otra era. Hablabas, por ejemplo, de la censura que sufrió en Instagram.

—Claro. En esa portada ella aparece con el torso desnudo y fue muy censurada. Todavía ocurre cada vez que aparecen senos femeninos que no están al servicio de fantasías androcéntricas. En esos casos, el cuerpo femenino se convierte en objeto de censura, cuestionamiento y crítica.

Pensemos, por ejemplo, en cuánto les molesta a ciertas personas que las mujeres amamanten a sus hijos e hijas en espacios públicos. Si el cuerpo femenino, dentro de una lógica de cosificación, no está al servicio de las fantasías androcéntricas, entonces va a ser censurado. Pero si aparece en función de la erótica y de esas fantasías construidas desde una mirada androcéntrica, no parece haber ningún problema y el «visado» está asegurado.

Creo que ahí hay nuevamente otro «mazazo al patriarcado». Esa portada es un trabajo artístico y, aunque ahora no recuerdo el nombre del fotógrafo o artista que estuvo a cargo, me parece significativo que una imagen así haya sido censurada en redes sociales. Instagram recién estaba surgiendo en esa época y hoy tiene un alcance masivo, pero ella sigue tratando de correr el cerco.

Ese es un ejemplo, pero sus videos musicales también son muy explícitos. Y, nuevamente, lo hacen desde una corporalidad disidente, desde una forma de representar el cuerpo femenino que no responde necesariamente a las lógicas tradicionales de la mirada androcéntrica.

—Yo no sabía que el videoclip de «Esquemas juveniles» lo había dirigido Fuguet. Fue una sorpresa.

—Sí. Es que hay gente que se mueve en distintas expresiones del arte y la cultura. Fuguet no es solo un narrador, un novelista; es un tipo que ha trabajado en distintos ámbitos.

—Hay una frase que estoy leyendo en este libro, El Casio y tú, de Javiera Tapia.

—Ah, sí, esa es de Javiera Tapia. Yo no la he leído todavía, pero espero comprármelo pronto.

—Ella le pregunta: «Tú dirigiste el videoclip de Esquemas juveniles». Y Fuguet responde: «Sí, hay gente que no lo sabe». Después cuenta que se lo comentó a alguien de la edad de Javiera Tapia, y le respondió: «Si hubiera sabido, me habrías caído mejor».

—Me huele a una frase que podría haber dicho yo. Estoy tratando de recordar mis encuentros con Fuguet, porque nos hemos encontrado unas dos o tres veces, en la Católica, con Cristian Opazo. No recuerdo haberle dicho eso, pero es una frase que suena muchísimo a mí.

Es muy Leticia Contreras esa frase. Me quiero adjudicar la autoría, pero no puedo. No recuerdo haber hablado específicamente de ese tema con Fuguet. Así que no me voy a adjudicar la frase. Quien la haya dicho tiene todo mi respeto. Respeto a muy poca gente en este espacio.

—Y, mirando retrospectivamente estos veinte años, ¿cómo ves la evolución de Esquemas juveniles en términos de representación erótica y sexual?

—Creo que ahí vuelve a ser muy importante lo que te decía sobre Javiera Mena: que haya salido públicamente diciendo que le gustan las mujeres y que, además, sus videos presenten a mujeres como protagonistas y parejas románticas. En ese momento no existían muchos referentes de ese tipo, ni siquiera dentro de las propias comunidades. Hay que recordar, además, que era una época en que existía mucha persecución. Estaban los grupos neonazis y los skinheads que literalmente recorrían las calles buscando homosexuales. En ese contexto, tener referentes visibles como Javiera Mena era muy importante.

Hoy, en cambio, como profesora, me resulta muy bonito ver a mis alumnas relacionarse con sus parejas con mucha más naturalidad, incluso cuando esas parejas son sus propias compañeras. A mí misma me ha tocado que me corrijan, y eso me hace tomar conciencia de cuánto seguimos estando culturalmente programados desde la heteronorma.

Por ejemplo, algunas alumnas me cuentan con toda naturalidad: «Vamos a ir con mi pareja a la plaza a tomar un helado» o «después vamos a ir a ver una película». Son situaciones cotidianas que muestran cuánto ha cambiado la manera de vivir y expresar estas relaciones.

—¿Pero no crees tú que eso es, por ejemplo, una burbuja dentro de la universidad y las humanidades?

—No sé si todas las humanidades están dentro de esa burbuja. También he hecho clases para abogados, ingenieros y estudiantes de otras áreas. Pero sí creo que no es lo mismo ser homosexual o lesbiana dentro de la universidad que en otros sectores de la población. Aunque me carga la palabra «tolerancia», existe una cierta convivencia cívica.

Hace veinte años la situación era muy distinta. En las universidades las lesbianas sufrían discriminaciones constantes. Había profesores que se referían a ellas como «tortilleras», incluso cuestionando que otros académicos trabajaran con ellas. Eso ocurrió en 2008 o 2009 y hoy sería impensado. Salir del clóset podía ser un escándalo y la persona era estigmatizada incluso por sus compañeros.

Creo que hemos evolucionado para mejor. Ahora puedo hablar con mis alumnas con naturalidad y ellas mismas me corrigen cuando, por ejemplo, digo «pololo» en lugar de «polola». Uno está tan programado culturalmente que no siempre se da cuenta, y también tiene que hacer esa reprogramación.

Pero seguimos en un escenario adverso. Existe una persecución hacia toda diferencia, no solo sexo-genérica, sino también hacia personas neurodivergentes y otras comunidades. Todo lo que se salga de ese modelo de homogenización, heredado de la dictadura y la transición, corre peligro. Hay cuerpos que son desechados por el sistema, y eso se expresa en los femicidios, la transfobia y la lesbofobia, alimentadas también por discursos de odio.

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