Infancias en diálogo con el patrimonio: experiencias y desafíos en los museos chilenos

septiembre 28, 2026
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En Chile, el vínculo entre las infancias y el patrimonio cultural ha ido cobrando mayor visibilidad en los últimos años, en paralelo a debates más amplios sobre participación, derechos culturales y acceso a la memoria. Museos, archivos y espacios patrimoniales han comenzado a incorporar con más fuerza a niños, niñas y adolescentes en sus públicos prioritarios, impulsados en parte por políticas del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural que promueven la democratización del acceso a la cultura. Según datos oficiales del sector museal, en 2024 los museos del país registrados en el Registro de Museos de Chile recibieron 6 792 690 visitas presenciales, lo que representa un aumento de alrededor de 9 % respecto al año anterior y evidencia una recuperación sostenida del interés del público por estos espacios tras la crisis sanitaria. A pesar de este crecimiento global, la presencia de la primera infancia en museos sigue siendo limitada en comparación con otros grupos etarios.

Este fenómeno no responde únicamente a dificultades prácticas, como el acceso o la oferta programática, sino también a formas persistentes de entender el patrimonio como un campo especializado, distante de la experiencia cotidiana de niños y niñas. En muchos casos, los espacios museales continúan organizando sus contenidos desde códigos que priorizan la interpretación adulta, lo que genera una brecha entre los discursos institucionales y las formas en que las infancias exploran, imaginan y significan su entorno.

Sin embargo, el contacto temprano con el patrimonio abre posibilidades relevantes en el desarrollo integral. La experiencia museal puede activar la curiosidad, fortalecer la sensibilidad estética y contribuir a la construcción de sentidos de pertenencia desde edades tempranas. En un país caracterizado por su diversidad cultural y territorial, estas experiencias permiten a niños y niñas aproximarse a múltiples relatos sobre lo que significa habitar un espacio común, reconociendo tanto continuidades como tensiones en la historia colectiva.

La educación patrimonial, entendida como un proceso pedagógico que articula memorias, objetos, prácticas y relatos, ofrece un marco fértil para este encuentro. A través de ella, el patrimonio se vuelve un recurso dinámico que favorece la construcción de identidades, la interpretación crítica del pasado y la elaboración de nuevas narrativas. En el contexto de los museos, esta perspectiva amplía las posibilidades de mediación cultural, habilitando experiencias donde las infancias pueden interactuar, preguntar y producir sentido en lugar de limitarse a observar.

Aun así, estas transformaciones conviven con inercias institucionales que dificultan una participación más profunda. La representación del patrimonio como algo complejo o solemne contribuye a mantenerlo alejado de las experiencias infantiles, reforzando la idea de que su comprensión requiere un nivel de madurez que se alcanza recién en etapas posteriores de la vida. A esto se suma la persistencia de enfoques adultocéntricos, donde las decisiones sobre qué se exhibe, cómo se interpreta y qué relatos se privilegian continúan siendo definidas mayoritariamente por personas adultas.

Las iniciativas dirigidas a públicos infantiles —talleres, recorridos mediados, recursos visuales o narrativos— han ampliado las posibilidades de acceso, aunque en ocasiones operan dentro de marcos predefinidos que limitan la expresión genuina de las infancias. La inclusión de lenguajes como el juego, el dibujo o la narración oral abre puertas, pero también plantea el desafío de evitar que estas estrategias se transformen en simplificaciones que subestiman la capacidad interpretativa de niños y niñas.

En este escenario, fortalecer el vínculo entre infancias y patrimonio implica reconocer la dimensión cultural activa de la niñez. Esto supone habilitar espacios donde sus perspectivas puedan incidir en la construcción de relatos, en la resignificación de las colecciones y en la manera en que los museos se relacionan con sus comunidades. Experiencias impulsadas en distintos contextos, y promovidas por organismos como el Consejo Internacional de Museos, han mostrado que la apertura a la participación transforma no sólo la relación con los públicos, sino también la comprensión misma del patrimonio.

En esta línea, algunos espacios museales en Chile han comenzado a generar condiciones más abiertas para la experiencia infantil, favoreciendo recorridos menos rígidos y una relación más directa con los contenidos. Estas experiencias contribuyen a tensionar las formas tradicionales de mediación y abren posibilidades para repensar el rol de los museos como espacios más inclusivos, donde las infancias no sean consideradas únicamente como destinatarias de actividades, sino también como participantes activas en la construcción de significados.

El aumento de la asistencia de niños y niñas a museos adquiere así un sentido que va más allá de lo cuantitativo. Cada visita representa una oportunidad para activar memorias, generar vínculos afectivos con el entorno y fomentar una relación más cercana con la cultura. En la medida en que estas experiencias se vuelven más frecuentes y significativas, contribuyen a la formación de sujetos que reconocen el valor del patrimonio como parte de su vida cotidiana.

Pensar las infancias en relación con el patrimonio en Chile implica, en definitiva, abrir preguntas sobre quiénes participan en la construcción de la memoria colectiva y desde qué lugares se producen sus relatos. En ese cruce, los museos se posicionan como espacios privilegiados para imaginar nuevas formas de encuentro, donde la diversidad de experiencias y miradas —incluidas las de niños y niñas— encuentre un lugar legítimo desde el cual proyectarse hacia el futuro.

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