Marcelo Mellado: “Recuerden que yo no tengo lectores, tengo vecinos”

Sin duda fue el candidato más anti hegemónico e inusual entre quienes compitieron este año por el mayor reconocimiento que el Estado chileno otorga a sus escritores. Marcelo Mellado ha generado a lo largo de los años un personaje incómodo y corrosivo, el que ha luchado ferozmente dentro de los campos culturales chilenos utilizando armas como la parodia, la performance, la intervención en espacios públicos y la prensa escrita, pero sobre todo mediante textos situados, territoriales, disidentes, provocadores y brillantes. Reproducimos esta entrevista con preguntas de Cristian Geisse, Mario Verdugo y Antonia Torres realizada con anterioridad al fallo que entregó el Premio Nacional de Literatura a Cynthia Rimsky
Nacido en Concepción en 1955, Marcelo Mellado ha sostenido una trayectoria vital y literaria anclada en territorios de provincia. Desde ahí se mueve estratégicamente en el campo literario chileno, consiguiendo una visibilidad inusual para los escritores quienes como él han tomado decisiones parecidas. Posiblemente no ha dejado instancia sin escudriñar: talleres, bibliotecas, peñas, ferias, revistas, foros, concursos, la academia. Las municipalidades han sufrido especialmente su dedicación crítica. Sus publicaciones han sido editadas tanto en microeditoriales como en editoriales independientes y transnacionales. Jamás parece haber sido complaciente con ninguna de estas instancias, y su estilo insolente y deslenguado, lo emparienta con otros autores rabiosos e incómodos como De Rokha, Droguett y Uribe.
La hediondez (Alquimia Ediciones, 2011), por ejemplo, es una novela que funciona como una sátira despiadada sobre la burocracia, el centralismo y las disputas del mundillo cultural de provincia. La metáfora del mal olor busca revelar la descomposición social e institucional de la política local y los precarios círculos de poder en los que se desarrolla la miseria del clientelismo cultural lejano a las metrópolis. Agarrándonos del título le preguntamos:
—A pesar de la hediondez que observa en algunos catálogos bibliotecarios de nuestra literatura, ¿piensa que sus libros se insertan en algún tipo de canon o anticanon literario? ¿Se identifica con algunos nombres que lo anteceden? ¿Se siente deudor quizás de una tradición territorial?
—Lo del canon no lo he pensado mucho. Obviamente hay cómplices y amores de ruta, Manuel Rojas, Carlos Droguett, Coloane, Marta Brunet, y si me apuran, los latinoamericanos de siempre. Aunque debo decir que en algún momento de búsqueda y ruptura con la oferta magra y poco significativa, en plena dictadura me topé con el estructuralismo de Roland Barthes que para mí fue muy útil para enfrentar la lucha retórica y descubrí en lo que llaman literatura universal o europea, cosas muy lindas, pero de ello preferiría no hablar demasiado, porque me emociono mucho y eso me impide el cogito cotidiano y doméstico. Pero sí debo decir que en Chile, como buen país provinciano, el canon es una obsesión perturbadora y ansiosa. Me refiero a las ganas o voluntad de canon, ya sea como diseñador o como pertenencia a algún boliche. Ahora, en la más bruta yo diría que Pueblos Abandonados es mi casa habitación, esa provincia es calentita porque tiene estufa. Entonces tenimos hacha y hacimos leña, y cocinamos, y todo lo demás…
Mellado es fundador y miembro clave del Colectivo de Escritores de los Pueblos Abandonados, junto a quienes articula una serie de estrategias de análisis e intervención dentro de nuestra literatura. Junto a ellos ha redactado dos manifiestos, realizado congresos y encuentros, publicado libros y elaborado una plataforma de análisis e intervención de la literatura, cultura y política chilena cuyo eje principal es la escritura territorial anticentralista desde las periferias provincianas.

—¿Es posible pensar que la literatura chilena completa se ha convertido en una especie de pueblo abandonado?
—Yo creo que el modelo santiaguino se mantiene en el tope o en la hegemonía, más que nada hay mucha balnearización de la literatura en donde el santiaguinismo se despliega o desplaza por el territorio inundándolo de perturbados modos de habitabilidad, y por supuesto, están los genuinos exponentes de la escritura a mano alzada que sobrevivimos en los pueblos de mierda haciendo patria maldita siendo despreciados por nuestros vecinos que consideran que sólo lo capitalino es de verdad. Ahora, claro, el santiaguinismo narrativo si bien es provinciano, no necesariamente es abandónico o abandonado, porque esta condición no sólo tiene señas territoriales, es, sobre todo, una condición de orfandad que te saca de la cultura y te manda a otra oficina municipal (y te somete a una espera humillatoria que determina tus modos de habitar).
Su libro Humillaciones (Hueders 2014) es una antología de 14 cuentos que repasan de manera cruenta e hilarante el patetismo nacional, la herencia de la dictadura pinochetista, la hostilidad urbana y provinciana, mediante relatos protagonizados por personajes como profesores, militantes comunistas, burócratas, catedráticos y ex militares, que dan cuenta de una mirada profundamente ácida y crítica de la sociedad chilena post dictadura.
—Considerando que usted es un experto en humillaciones, ¿qué considera más humillante en el nuevo mundo distópico que hoy habitamos?
—Conozco los mecanismos de la humillación que hemos heredado del modelo oligarca cuico y que también reconozco en el campo cultural y en el mundo municipal, y doméstico. Y no hay nada más humillante que padecer el fascismo povera (lo decimos como si fuera una corriente estética) imperante a nivel vecinal, evangélicos incluidos. Recuerden que yo no tengo lectores, tengo vecinos.
En La ordinariez (Ediciones UDP, 2013) Mellado da cuenta de la maestría con la que ejerce tanto la crónica como el análisis. Más allá de la mordacidad, su retrato de nuestra cultura, identidad, literatura y política es tanto quirúrgico como implacable.

—También es un experto consumado en ordinarieces. ¿Qué le parece más ordinario actualmente? ¿La inteligencia artificial?, ¿la reintegración tributaria?, ¿alguna otra cosita?
—La IA y la mega reforma son ordinarias, porque implican imponer una barbarie involutiva precapitalista catastrófica. Yo agregaría al catastro de la ordinariez la arrogancia del carapálida Kast y sus modos torpes e ingenuos, que nos es otra cosa que el triunfo de la voluntad de verdad, supongo, y de la ingenuidad del mal. Y para eso se necesita mucho capital de ordinariez.
—¿Cómo ha cambiado su visión de lo que hace algunos años llamaba “chilenidad profunda”? Antes la relacionaba con la orfandad y la impotencia…
—Chuta, ese tema me indigesta. En esa chilenidad profusa y profunda anida el fascismo operativo, es decir, el abuso y la patología criminal, el orden militar y familiar, el asadito bullicioso, la manada chillona y coral, y al final, las víctimas terminaron haciendo alianza con sus depredadores.
—¿Considera que los “cara de chileno” (es otro término suyo) ha podido acusar el golpe de las recientes revoluciones y especialmente de la de género?
—De tanto acusar recibo de sí mismo “el cara de chileno” se hizo cómplice de la restauración de la dictadura. Y eso quizás haya ocurrido porque las grandes causas izquierdistosas o “temas woke” derivados de la academia progre sólo construyeron nuevas élites académicas o culturosas, o zonas “alternativas” de poder. No estoy muy seguro de lo que digo, no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso.
La novela municipal quizás sea la piedra angular del proyecto literario de Marcelo Mellado. En ella se desnudan y carnavalizan las tristes miserias del poder en las esferas más precarias, con su burocracia absurda y sus funcionarios y operarios de poca monta. Ejemplos brillantes de esta propuesta son La provincia (Editorial Cuneta, 2001), Informe Tapia (Libros La Calabaza del Diablo, 2004), La Batalla de Placilla (Editorial Hueders, 2012), Madariaga y otros (Literatura Random House, 2018), El niño alcalde (Editorial Hueders, 2019).

—¿Siente algo de morbosa satisfacción cuando contempla el actual declive de las narrativas municipales?
—Ojo, aquí anida una terrible paradoja, o quizás no tanto si optimizamos los modos comunitarios, porque es probable que terminemos asumiendo una especie de defensa de lo municipal, como el único resabio del Estado que estamos obligados a defender como una movida táctica, frente a la pretensión fascista de eliminar lo público. Es decir, como un acto antifascista quizás debamos aliarnos con cierto municipalismo que yo me adelanto a referirme en otros términos menos ofensivos, y hablar del asunto en términos de comunidad o vecindario resistente o insistente.
El modus operandi de Mellado es prácticamente una postura vital y una propuesta estética. La idea de convertirse en un vecino –por más incómodo que pueda ser como vecino– parece obedecer a la necesidad de bajar a terreno, participar en todas las instancias que le parezcan pertinentes y así habitar cotidiana y domésticamente cada lugar en el que se asienta, uno diría de una manera completamente visceral.
—Después de una vida de heroicos desplazamientos por el territorio, incluyendo a Valparaíso, San Antonio, Manao, Concepción, ¿cree que Placilla representa para usted, finalmente, la llegada a El Dorado geocultural?
—Siempre que uno llega a un lugar de no veraneo, a simular una instalación o ruca, hay que hacer toda una operación de legitimación compleja que implica bautizo en la laguna referencial o la de los ritos. Y sí, claro, uno arma un sistema y asume las luchas comunitarias, una de ellas es, ahora en Placilla, contra Curauma o, más bien, contra aquellos que quieren hacer pasar la especulación inmobiliaria como un territorio fundacional. El problema es que ahora estoy muy agotado, por eso es probable que me quede aquí, cerca de Valparaíso, una especie de Santiago 2 a estas alturas, y camino como diez cuadras y estoy en la carretera en donde pasa el bus que me deja en Pajaritos, y ahí tomo el metro.

En una de sus últimas publicaciones, Prosa doméstica (Editorial UV, 2026), volvemos a encontrarlo metiendo su nariz en el quehacer nacional, cultural y político de los últimos años. En estas crónicas toca temas fundamentales como el mismo Premio Nacional, al que ha descuartizado en más de una ocasión, sin que se le escape un detalle de sus formas de instalación a partir de diferentes matrices ideológicas. Ya sea el de las reivindicaciones de género que premia autoras que van de la muy masiva y “exitosa” Isabel Allende hasta la muy sesuda y críptica Diamela Eltit; las étnicas y culturalmente antihegemónicas como la de Elicura Chihuailaf; las que reclaman las representaciones de territorios y géneros “otros” o subalternos, como el premio al magallánico Ramón Díaz Eterovic. Uno se pregunta qué matriz intelectual e ideológica estaría premiando el estado chileno en una obra y una figura como la suya, o quizás simplificando la pregunta de la forma más ordinaria posible:
—¿Qué piensa que podría premiar el Estado chileno en una figura como la suya? ¿Qué ganaría Chile?
—Es una pregunta difícil, supongo, por la toma de distancia de tanta cosa dada por sabida y tanto aparato y máquina de especulación y fraude. Yo sólo espero que la patria municipal me acoja, aunque sé que el odio y el desprecio es más fuerte, ese que viene de los negocios académico políticos y de los grandes especuladores que controlan y manejan estas tierras.
Mellado, además, ha expresado no solo su indiferencia en relación al Premio Nacional de Literatura, sino que derechamente un justificado y argumentado desprecio por él, dando cuenta del oportunismo y afán “figuracionalista” de autores que califica como “escritores de verdad, no como una” a quienes en general otros escritores provincianos sirven de “teloneros” en las ferias del libro y otras instancias a lo largo y ancho de todo el país. Surge entonces la pregunta sobre cómo es que accede a su propia nominación como candidato.
—¿No le provoca este gesto un dilema moral o tal vez ideológico? ¿Es que acaso los modos capitalinos y capitalistas de la cultura lo han transformado a usted también incluso allí en lo más radical y profundo de su crítica? O dicho de modo más burdo: ganando el Premio Nacional –incluso postulando– ¿pretende usted convertirse por fin en un “escritor de verdad”?
—Este es un trabajo de grupo, las cabras del sur lo tienen claro. Porque hay modos domésticos o no institucionales, que son clave para un texto en relieve y no horizontal, como es el que hacemos o pretendemos hacer en Pueblos Abandonados, en donde tú o yo hilvanamos cositas colectivas del hacer territorial y le damos un giro poético o narrativo, escritura al fin, alejados de lo literalitoso o de los modos liberales de la edición libresca.
En ocasiones nos pasa lo que a un partido marxista en una democracia burguesa, sobre todo hoy, en donde una termina defendiendo lo que el mismo enemigo creó, por cuestiones táctico estratégicas, incluso sosteniéndoles el Estado que ellos mismo quieren destruir porque ya no les sirve para sus intereses oscuros. Una viene con la transparencia, con la ingenuidad, debe ser porque una es de provincia, pero la maldad no quiere eso, necesita de la opacidad para acceder al exceso del deseo criminal que los alienta y determina. Estamos en la lucha por establecer lo exactamente Otro, compañeros y compañeras.Y, al final, todo fue otra cosa, porque una se desplegó como militante orgánico (u orgásmico) en los territorios, con entusiasmo y compromiso, y nadie te dio la hora, y de ahí todo fue humillante. Y los operadores que se las saben todas te pusieron el mote de la ingenuidad. Entonces vino la reacción odiosa. Eso me tinca que pasó.




