Felipe Marín Araya, fotógrafo durante el estallido social: «Para mí, Chile se acabó en 2020»

Felipe Marín Araya (San Felipe, 1995) es fotógrafo, cineasta y pintor, conocido también por su seudónimo Felipe Marar. En 2020 publicó, junto a Víctor Romero, el fotolibro 18|O, editado por Pehuén, que reúne imágenes del estallido social. La obra contiene 91 fotografías de su autoría, tomadas durante más de 100 días en Santiago, Valparaíso y Viña del Mar.
Durante el estallido social, Felipe salió a las calles para registrar las protestas, la violencia policial y las consecuencias de la represión. Sus imágenes circularon dentro y fuera de Chile, y algunas se convirtieron en documentos relevantes para denunciar vulneraciones a los derechos humanos. Sin embargo, detrás de ese registro también hay experiencias traumáticas, como la muerte de Cristian Valdebenito, que presenció durante una manifestación. En esta entrevista, recuerda cómo comenzó a fotografiar el estallido, el vínculo que construyó con otros fotógrafos y el impacto personal de aquellos meses. A seis años de las protestas de octubre de 2019, también reflexiona sobre el escenario político actual y las dificultades para recuperar la organización colectiva.

—¿Recuerdas el momento en que decidiste salir a fotografiar el estallido?
—Sí. El 18 de octubre estaba un poco deprimido y desmotivado con la fotografía. Había visto las primeras evasiones estudiantiles en el metro, pero todavía no me involucraba en el registro. Ese día fui a visitar a una amiga y, aunque el viaje normalmente duraba veinte minutos, terminé pasando casi dos horas en la micro. Desde la ventana vi Santiago colapsado: los cacerolazos, las barricadas y la gente cantando en las calles. Por suerte, llevaba la cámara y empecé a tomar mis primeras fotos.
Al día siguiente tenía que viajar al Valle del Aconcagua para grabar un documental sobre la sequía, un proyecto universitario que estaba dirigiendo. Le pregunté a mi amiga si debía viajar o quedarme, y me dijo que tenía la cámara conmigo y que saliera a fotografiar lo que estaba pasando. Decidí cancelar el viaje y les dije a mis compañeros que cada uno hiciera lo que considerara necesario.
Tomé una micro hacia el centro y, cuando llegué, vi una hilera de buses incendiándose y toda la euforia que había en las calles. Después, en la plaza, aparecieron camiones militares con soldados armados y tanquetas. Ahí me encontré cara a cara con un conocido que acababa de entrar al Ejército. Nos quedamos mirando durante unos diez o quince segundos. Recuerdo que levanté la cámara y disparé una ráfaga de fotos. En su rostro había algo que no sé si era vergüenza, tristeza o una mezcla de muchas cosas.
Después de todo lo que vi ese día, volví a mi casa y tomé una decisión: iba a registrar lo que estaba pasando hasta que terminara. Cargué las baterías, preparé las tarjetas de memoria, guardé agua y todo lo que pudiera necesitar. Así comenzó mi registro sistemático del estallido, el 19 de octubre.
—¿En qué momento te diste cuenta de que estabas fotografiando algo que podía marcar la historia de Chile?
—Fue algo que fui entendiendo a medida que avanzaban los acontecimientos. Ya había fotografiado otras protestas, pero desde el primer día sentí que esto no se parecía a nada que hubiera visto en mi vida. Creo que durante la primera semana ya tenía claro que estaba registrando algo muy importante. También entendía que, frente a lo que estaba pasando, la ridiculización podía convertirse en un arma muy poderosa para restarle importancia a las protestas.
—Durante el estallido hubo muchas personas heridas. ¿Hubo momentos en que tuviste que dejar la cámara para ayudar?
—Sí, en muchas ocasiones. Vi a personas recibir impactos de bombas lacrimógenas y sufrir lesiones bastante graves. Si alguien necesitaba una mano para rescatar a una persona herida, ayudaba. También asistía a quienes estaban afectados por los gases y necesitaban llegar a una vereda o encontrar a alguien que pudiera auxiliarlos.
A veces fotografiaba situaciones duras, como las lesiones, pero nunca lo hice por morbo. Sentía que era importante dejar un registro de lo que estaba ocurriendo. De hecho, familiares y conocidos de personas que habían sufrido lesiones graves o detenciones arbitrarias se contactaban conmigo para pedirme fotografías que pudieran servirles en sus casos.
Recuerdo, por ejemplo, a un joven que Carabineros lanzó al río Mapocho durante la noche, cerca del puente Pío Nono. No fotografié la caída, pero sí el rescate que realizaron los bomberos. Después, una persona cercana a él se acercó para pedirme esas imágenes y utilizarlas como parte del caso. Ahí uno también entendía que las fotografías podían tener una utilidad concreta, más allá de documentar lo que estaba pasando.

—¿Qué papel tuvieron los fotógrafos independientes en la defensa de los derechos humanos durante el estallido?
—Creo que nuestro papel fue muy amplio. Lo más evidente fue informar. Aunque muchas personas registraban las protestas con sus celulares, la fotografía independiente permitía documentar ciertos momentos con mayor detalle y desde otras perspectivas. Esas imágenes podían llegar a personas de otras regiones de Chile e incluso de otros países.
Además, que hubiera fotógrafos dedicados a registrar lo que ocurría permitía dejar constancia de situaciones importantes para la defensa de los derechos humanos y visibilizar la violencia que se estaba ejerciendo. Algunas fotografías se convirtieron en imágenes emblemáticas del estallido. En mi caso, por ejemplo, una organización de derechos humanos del Reino Unido me contactó para utilizar una de mis fotografías en la portada de su informe global de 2019. Eso demuestra que el registro también podía trascender las calles y contribuir a denunciar lo que estaba pasando.
—¿Cómo fue la experiencia de ver tu trabajo difundido internacionalmente?
—La organización que utilizó una de mis fotografías se llama Front Line Defenders. Incluso ahora me enviaron una copia física del informe, aunque con la pandemia y todo lo que vino después, yo estaba lidiando con estrés postraumático y otras dificultades.
También se organizaron muchas exposiciones en Chile y en el extranjero con mi trabajo y el de otros colegas. Yo no las organicé directamente, sino que distintas personas y colectivos me contactaban para preguntarme si podían mostrar mis fotografías en espacios públicos. La idea era generar conciencia sobre lo que estaba ocurriendo. Algunas de mis imágenes se proyectaron en Berlín y también circularon por Canadá. Empecé a recibir mensajes de personas de distintas partes del mundo. Fue algo que tomó una dimensión que nunca imaginé.
En realidad, yo no buscaba fama ni ganar plata con este trabajo. Si recibí algún ingreso, lo utilicé para sostener el registro que estaba haciendo. Tampoco podía dedicarme indefinidamente a fotografiar sin tener cómo financiarlo.

—¿Cómo llegaron tus fotografías al extranjero?
—Creo que, en gran medida, fueron chilenos que vivían fuera del país quienes las compartían y difundían. Pero, por ejemplo, nunca supe cómo llegó mi trabajo a manos de Front Line Defenders. Algunas publicaciones que subía a redes sociales se viralizaban y alcanzaban a decenas o incluso cientos de miles de personas. Supongo que el algoritmo de Instagram tuvo mucho que ver.
En ese momento, al menos desde mi experiencia, las publicaciones tenían un alcance mucho mayor que ahora. Siento que después del estallido, especialmente durante la pandemia, el algoritmo empezó a limitar mucho más la difusión. En ese entonces, en cambio, las fotografías podían circular ampliamente y llegar a personas y espacios que yo nunca habría imaginado.
—Felipe, ¿qué diferencias notaste entre fotografiar a los manifestantes y a Carabineros, especialmente a las Fuerzas Especiales?
—Tuve bastantes problemas con Carabineros en distintas ocasiones. También tuve conflictos con Claudio Crespo, que ahora está en libertad, y con otros policías. Fueron situaciones difíciles. Con los manifestantes, en cambio, nunca tuve mayores problemas mientras registraba las protestas. A diferencia de otros fotógrafos, a quienes a veces acusaban de ser sapos o de no tener cuidado, yo aprendí rápido a desenvolverme en la calle y a generar confianza.
—¿Qué hacías para generar esa confianza?
—Tenía que ver con la forma de relacionarme con la gente: cómo hablarles, cuándo hacer preguntas y cómo comportarme en distintas situaciones. También era importante moverse con confianza y tranquilidad. Yo siempre miro a las personas a los ojos. Son varias cosas que uno va aprendiendo en la práctica; no hay una fórmula exacta.
—¿Sentiste que llevar una cámara te convertía en un blanco para las Fuerzas Especiales?
—Sí. Como te decía, cuando tuve problemas con Claudio Crespo, fue precisamente por estar tomando fotografías. No sé si te acuerdas de él.

—El que le disparó a Gustavo Gatica.
—Sí. Me golpearon muchas veces, me rociaron con gases y me insultaron. También me tiraban los vehículos encima, no creo que necesariamente con la intención de atropellarme, pero sí de asustarme. Con los caballos pasaba algo parecido.
Hay una situación que recuerdo especialmente. Estaba fotografiando en Providencia y me alejé un momento de la protesta para descansar y revisar las fotos. Pasó un grupo de Fuerzas Especiales y uno de los funcionarios se separó y vino trotando hacia mí. Pensé que me iba a pedir que me moviera, pero sacó un rociador de gas pimienta y me disparó directamente a la cara, a menos de un metro de distancia. Alcancé a guardar la cámara en el bolso, pero no pude hacer nada más. No me dijo una sola palabra. Me roció y se fue.
Grité del dolor y quedé sin poder ver durante varios minutos. Unos jóvenes que estaban haciendo labores de rescate me auxiliaron y utilizaron los productos que tenían para intentar aliviarme, pero el dolor no desaparecía. Aun así, seguí fotografiando. Después tuve otro episodio con Claudio Crespo, que prefiero no detallar, aunque también fue una situación muy extraña y difícil.
Los funcionarios también me fotografiaban y grababan. Como yo estaba prácticamente todos los días en las protestas, empecé a reconocer algunos de sus rostros. A veces me lo tomaba con humor: ellos me grababan, yo los fotografiaba. Pero, en general, era una situación compleja. También recibí el impacto de una bomba lacrimógena en la cabeza.
—¿Qué situación te marcó más durante esos meses?
—Una de las experiencias más duras ocurrió durante las últimas semanas antes de que decretaran la cuarentena. Ese día estaban quemando un guanaco en una calle paralela a la Alameda y la situación era extremadamente violenta. Decidí que era momento de irme. Estaba guardando la cámara y, justo cuando me daba vuelta, una bomba lacrimógena pasó rozándome la cara e impactó en la nuca de un joven que estaba unos metros más allá. Llevaba casco, pero el proyectil le pegó justo donde terminaba la protección. Se dio vuelta y cayó desplomado frente a mí, de cara al suelo.
Me acerqué para ver qué había pasado. Varias personas lo trasladaron hasta una esquina donde estaban los rescatistas. Yo les preguntaba si estaba bien, pero nadie me respondía. Todo era caótico. Le habían quitado el casco y tenía el rostro ensangrentado.
En ese momento tenía una cuenta de Instagram con bastante alcance, cerca de veinte mil seguidores. Publiqué una historia preguntando si alguien sabía quién era el joven o tenía información sobre su estado de salud. Una periodista que me seguía me respondió que lo habían ingresado de urgencia a la Posta Central, pero que tenía muerte cerebral y que su familia había decidido desconectarlo.
Me enteré de su muerte unas dos o tres horas antes de que la noticia se hiciera pública. Fue muy fuerte pensar que había presenciado la muerte de una persona. Su cuerpo seguía vivo, pero él ya tenía muerte cerebral. Además, no dejaba de pensar que, si hubiera estado medio metro más allá, el proyectil podría haberme golpeado a mí. Esa experiencia me destruyó psicológicamente. Con la llegada de la pandemia y el encierro, todo se volvió todavía más difícil. Nunca antes había llorado por alguien a quien no conocía. Su nombre era Cristian Valdebenito.
La PDI me pidió reconstruir la escena en dos ocasiones, primero de manera extraoficial y después formalmente, como testigo. El caso nunca se resolvió. Recuerdo que, durante la segunda reconstrucción, su hijo estaba afuera con un lienzo y me dijo: «Ahora lo vamos a encontrar, ahora lo vamos a encontrar». No supe qué responderle.

—¿Pudiste identificar quién disparó la bomba lacrimógena?
—Fui uno de los testigos que aportó información relevante a la investigación, porque vi la trayectoria del proyectil y dónde impactó. Sin embargo, varios años después, la PDI me mostró registros de las cámaras de seguridad que Carabineros había entregado mucho tiempo después. La calidad de las imágenes era muy mala y había dos funcionarios que aparecían como posibles responsables, con apenas unos segundos de diferencia entre ambos.
Como había pasado tanto tiempo, mi percepción de la secuencia de los hechos también se había alterado. No pude identificar con certeza quién había disparado. Por eso, prefiero ser cuidadoso con los detalles de esa investigación, especialmente porque el caso sigue sin resolverse.
—¿Cómo pudiste seguir fotografiando después de vivir experiencias tan traumáticas?
—Creo que estaba muy insensibilizado frente a la violencia. Llevaba casi seis meses registrando lo que ocurría en las calles: ruido, fuego, destrucción, gritos y sufrimiento. Había empezado en octubre y, para marzo, todo eso se había vuelto parte de mi cotidianidad. Le daba importancia a lo que estaba pasando, pero mi manera de reaccionar era distinta. Además, en ese momento no tenía demasiado aprecio por mi propia vida.
Después de lo que le pasó a Cristian Valdebenito, me compré un casco. La semana siguiente, mientras registraba las protestas en la Alameda, vi a un hombre que estaba a mi lado grabando con su celular. No participaba de la manifestación, simplemente observaba. De pronto, una bomba lacrimógena llegó desde lejos y le impactó directamente en el rostro. Todavía recuerdo el sonido del proyectil al golpearle la cara. Me acerqué para ver cómo estaba, pero tenía una herida terrible. No le tomé ninguna fotografía. Seguí adelante.
El viernes de esa misma semana, mientras caminaba por la Alameda, me sentí seguro y me saqué el casco. Crucé la calle y una lacrimógena me golpeó en la cabeza. No me llegó de lleno, sino de rebote, pero el impacto fue tan fuerte que sentí como si me hubieran tirado del pelo. También recuerdo perfectamente el sonido seco del golpe.
En ese momento, mis sentidos se intensificaron muchísimo. Algunas personas me auxiliaron, me revisaron y me dieron agua. No sé si perdí la conciencia, pero recuerdo haber seguido tomando algunas fotografías sin entender muy bien en qué estado me encontraba.
Lo más extraño fue que terminé en el mismo puesto de primeros auxilios al que habían llevado a Cristian después de que lo hirieran. Los rescatistas me ofrecieron agua, me sentaron y me examinaron con una linterna. Después decidieron inmovilizarme en una camilla y trasladarme hasta el GAM.
Durante el trayecto iba mirando el cielo. Veía proyectiles, fuegos artificiales y bombas lacrimógenas, mientras la gente aplaudía cuando pasaban los rescatistas. Después llegué al GAM, que funcionaba prácticamente como un hospital de campaña. Había personas ensangrentadas, heridas y llorando. Estuve ahí un rato y luego me trasladaron en ambulancia a una clínica cercana. La ambulancia también estaba cubierta de sangre. Finalmente, me hicieron un escáner y, cuando estaba acostado en la camilla, conseguí tranquilizarme un poco. Víctor Romero, el otro fotógrafo que aparece en el libro, también fue a verme.

—¿Cómo fue publicar el libro junto a Víctor Romero?
—Fue bacán. Con Víctor ya nos habíamos topado durante el estallido, pero empezamos a conocernos mucho más cuando la editorial, que en un principio me había contactado a mí por el libro, decidió hacer una publicación conjunta y también lo convocó a él. Después salimos a fotografiar varias veces durante las protestas, nos encontrábamos seguido y conversábamos. Estábamos siempre en contacto y habíamos formado una pequeña red de apoyo con otros fotógrafos.
Con Víctor, en particular, sentí mucha camaradería en torno al trabajo fotográfico. Tenemos estilos bastante distintos y creo que eso enriqueció mucho el libro, porque miramos las mismas situaciones desde perspectivas diferentes. Él ve cosas que yo no veo y viceversa, así que esa diferencia le dio mucha variedad a la publicación. Yo también iba al choque, pero siento que Víctor estaba más metido en el enfrentamiento mismo, más de frente.
—¿Cómo fue llegar al Centro Arte Alameda incendiado?
—¡Uf! Fue brutal. Ese día había estado registrando otra cosa en otro sector de Santiago y, cuando llegué a la altura del Parque de la Aviación y empecé a bajar, vi una columna de humo enorme que salía de algún lugar. Ahí pensé: «¡Chucha, se está quemando un edificio!». Y salí corriendo. De repente llegué y vi que era el Centro Arte Alameda. No lo podía creer. Me pareció surrealista.
Cuando llegué, el edificio prácticamente ya estaba perdido. No sé cuánto tardó en propagarse el fuego, pero seguramente fue muy rápido. Para mí fue especialmente impactante porque es un espacio con el que mucha gente del mundo del cine y las artes tiene una relación cercana. Las primeras veces que fui a ver cine más alternativo fueron ahí. Entrar y encontrar todo desolado, ver las exposiciones y los espacios vinculados a la música destruidos, fue muy triste. Desolador.
En medio de todo eso, me encontré con un bombero que estaba agotado, sentado en una silla justo en el patio central del Centro Arte Alameda. Le tomé una foto que, creo, fue una de las más conocidas de mi trabajo en ese momento. También registré a los bomberos intentando apagar el incendio y trabajando junto a la gente que estaba en la protesta para hacer algo, pero ya era demasiado tarde. El fuego se había propagado muchísimo.

—¿Qué diferencias viste entre fotografiar las protestas en Santiago y en otras ciudades, como Valparaíso y Viña del Mar?
—En Valparaíso, por ejemplo, yo diría que las protestas eran muy violentas. En Santiago también, de hecho, las situaciones más violentas que vi ocurrieron ahí, pero en Valparaíso había otra forma de organización de la gente. Mi percepción era que el enfrentamiento se vivía de una manera más colectiva, como una pelea en la que estaba involucrada buena parte de la gente. En Santiago, en cambio, había más diversidad: personas que protestaban pacíficamente y otras que estaban mucho más al choque.
También sentía que Carabineros era mucho más violento y macabro en Valparaíso. Hay una escena que tengo grabada: arrinconaron a un montón de personas con los vehículos policiales y las Fuerzas Especiales, y después formaron un pasillo con los zorrillos y los guanacos. En un espacio de apenas unos metros de ancho, hicieron correr a toda esa gente mientras les rociaban los químicos directamente en la cara y los asfixiaban. Lamentablemente, no sé por qué, pero no alcancé a fotografiar esa escena. Fue brutal, como algo sacado de una película distópica. Creo que esa fue una de las principales diferencias que percibí.
En Viña del Mar también recuerdo situaciones muy violentas, especialmente durante el Festival de Viña de 2020. La plaza y todo el sector alrededor de la Quinta Vergara eran un caos. Hubo mucha violencia y también una sensación de paranoia. Ese día, por ejemplo, me detuvieron unos funcionarios de la PDI que estaban de civil. Yo me había alejado de la protesta y estaba en un callejón cuando dos tipos comenzaron a seguirme. Me alcanzaron, me agarraron y me exigieron que les mostrara todo lo que llevaba en la mochila. Después me mostraron sus placas, me dijeron que eran de la PDI, me interrogaron y finalmente me dejaron ir. Desde entonces, empecé a desconfiar de las personas de civil que estaban en las protestas. Esa experiencia también marcó mi manera de moverme y registrar lo que estaba pasando.
—¿Qué te pasa después de haber vivido toda esa violencia y ver el escenario político actual?
—Mira, para mí Chile se acabó en 2020. Lo que está pasando ahora me parece raro, muy raro. No quiero entrar en el terreno de las conspiraciones ni nada por el estilo, pero a veces pienso que hubo algo de ingeniería social, no sé. Yo podría haber entendido que saliera Evelyn Matthei, que también es pinochetista y todo lo que tú quieras, pero que haya salido Kast y que ahora el próximo candidato que pueda llegar a la presidencia sea Kaiser me cuesta mucho creerlo.
Para mí fue muy duro todo lo que pasó con el Rechazo y también lo que hicieron con la Convención Constitucional. Siento que se convirtió en un circo mediático, en una forma de sabotear el proceso y todo lo bueno que se estaba intentando hacer. Me parece desilusionante, brutal. Yo soy una persona que suele tener mucha fe en la humanidad y esperanza. No pierdo la esperanza tan fácilmente, pero tampoco creo que las cosas vayan a mejorar pronto. Pienso que vamos a empeorar y que, quizás, después de que la situación se deteriore demasiado, alcancemos a ver un cambio positivo durante nuestra vida. Pero no lo veo en el corto plazo.
—¿Qué crees que puede pasar este 18 de octubre? ¿Habrá movilizaciones importantes?
—Creo que habrá movilizaciones, pero no se van a comparar con las más pequeñas de 2019. Siento que todavía falta rabia y capacidad de organización colectiva. Las redes sociales y los celulares han afectado nuestra forma de relacionarnos: cada vez cuesta más encontrar espacios donde las personas se reúnan y construyan algo en común. Todo se ha vuelto individual, aunque la humanidad ha avanzado gracias al esfuerzo colectivo.
No creo que todo esté perdido. Tengo mucha fe en los jóvenes, pero no veo cambios en el corto plazo. También estamos sobreestimulados por la cantidad de información que recibimos, y la pregunta es qué hacemos con ella y cómo la transformamos en organización y acción colectiva. Incluso hay personas que se arrepienten de haber votado por Kast y dicen que no sabían cómo iba a gobernar, pese a que había señales claras de sus intenciones.





