Karin Cuyul: “Al revisar las imágenes de La vida que vendrá, me di cuenta que Chile es un país que lucha”

Conocí a Karin Cuyul a través de su cine, lo que me parece una forma muy personal de conocer a una cineasta. Se organizó un visionado de su más reciente película “La vida que vendrá” en una casa en la Ciudad de México. Antes de comenzar la función, Karin señaló: Donde sea que pueda, hay que hacer la resistencia, sobre todo en los siguientes 4 años que nos quedan de este gobierno –gobierno de Kast–, que esperemos que solo sean 4 años. Esta es una película que reúne archivos de los últimos 50 años de la historia de Chile; esas son nuestras imágenes. Y me interesa que hablemos después, bueno, lo que quieran compartir al final. Muchas gracias, estoy muy feliz de poder presentarla por primera vez en México”.
Luego de la exhibición circuló la palabra entre exiliados políticos del periodo de la dictadura, exiliados educativos del periodo neoliberal y público en general. Entre tragedias, anécdotas y memoria, la película de Karin parece abrir una conversación que pocas obras pueden hacer y es vincular las luchas sociales como parte de un entramado común a través del cine.
Desde hace 3 años vive en la Ciudad de México y actualmente realiza clases de cine documental, además de hacer la producción de la película “Acá pasó”, dirigida por Edén Bastida, que a partir de material de archivo aborda las militancias en Monterrey en los años 70 y se estrenará en noviembre en el marco del Festival Internacional de Cine de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Nos juntamos en el Parque Río de Janeiro de la Ciudad de México –parque que tiene un pilucho junto a una pileta– a conversar sobre su experiencia realizando esta película. En una tarde tibia de otoño y antes de que se largara la lluvia, le lancé algunas tesis conversadas con amigues del cine, mientras cuadrábamos detalles de su estreno en cine de “La vida que vendrá”, que realizaremos en conjunto en la Sala Manuel González Casanova de la ENAC este jueves 22 de octubre a las 18:00 horas.

Erick Valenzuela: Tu película “La vida que vendrá” llega en un momento en que el contexto chileno parece bastante distante de la Revuelta Popular del 2019. El documental, a diferencia de lo que hicieron otras que al poco tiempo estuvieron en exhibición, propone una revisión mucho más decantada y procesada de ese ciclo. Según lo que hemos conversado con amigues, es que nos da la sensación de abrir otro momento, uno mucho más reflexivo. ¿Qué te permitió ver ese paso del tiempo que no era perceptible en la urgencia o en la inmediatez de los primeros registros audiovisuales de la Revuelta?
Karin Cuyul: Es primera vez que lo pienso desde ese lugar y me parece interesante la observación, porque no lo había pensado. Y no lo había pensado porque para mí fue muy difícil tocar la revuelta en esta película, porque sentía que al momento en que la estaba haciendo, en que estábamos revisando las imágenes, igual era muy reciente y doloroso, porque con todo lo que vino después de la institucionalización del proceso, era difícil de entenderlo.
Pero creo que justo algo que me pasaba en ese momento, cuando estábamos haciendo la película, era preguntarme por cómo llegamos hasta ahí. Al mirar los archivos de la Revuelta específicamente, y para llegar hasta ahí, tuvimos que haber recorrido todo ese camino hacia atrás. Siento que hablo muy poco, o sea, yo siento que digo muy poco respecto de la Revuelta en la película, pero creo que las cosas que se dicen o que logré transmitir han hecho clic en algunas personas, sobre todo las chilenas que vivimos el proceso del 2019, porque creo que es algo que no hemos tenido un momento para entenderlo, pero yo creo que es principalmente porque está atravesado por esta derrota del proceso constituyente.
Entonces, por un lado teníamos como toda esta gran expectativa, pero después esa expectativa se opacó; se apareció todo este momento de derrota. Yo creo que incluso a mí me pasó que ya no quería saber de la cosa en un momento, pero es imposible, o sea, eso no te suelta, porque fue un momento demasiado fuerte.
Yo lo viví en Santiago; además, ni siquiera lo viví en región, lo viví justo en el epicentro de la cosa más fuerte, y me parece que, si la película inaugura esta nueva fase de reflexión, sería interesante saber qué viene después, porque me interesa, incluso a mí, como más allá de como realizadora, como chilena, saber qué es lo que se va a pensar a partir de eso, porque, justamente, ya que se vivió la derrota muy rápidamente, se tendió a olvidar. Lo que nos llevó a este lugar y a este momento, y eso es un poco triste: abandonar la lucha, la pelea o las cosas que queríamos cambiar, nos tiene en el lugar donde estamos exactamente hoy, en 2026, en Chile.
EV: Pensaría que el cine, no sé, y ahí tú dime si lo compartí o no, también es un arte de distancias. Distinto, tal vez, al reportaje, ¿no? Como que el reportaje y el periodismo actual son de la urgencia, la contingencia, “esto tiene que salir ya”, pero justo pensaría que el cine es un arte de decantaciones.
KC: Totalmente, y yo creo que la película, además, hace todo el rato ese ejercicio del tiempo, de vincular tiempos, de hacer que ese tiempo, además, se difumine a través de las imágenes, y además, como que esa distancia temporal permite, o sea, como por un lado, hace el ejercicio como de borrar esas fronteras temporales, para entender las imágenes hoy, los procesos y los junta de alguna manera o los amalgama, porque siento que al final todo es un poco hermano de todo, y es porque justamente en Chile no se han resuelto miles de cosas desde el período de la dictadura hacia adelante, y cada cosa que nos ha pasado en cada momento desde ahí hasta ahora es producto de eso mismo, de un estado circular del que no podemos salir.

EV: En el documental conviven distintas memorias, archivos y demandas históricas. ¿Desde qué lugar —emocional, político o formal— se encuentran y dialogan todas las luchas que atraviesan la película?»
KC: En un momento las conecté justamente desde la marcha, o sea, como muy conceptualmente cuando empecé a investigar las marchas, cómo se vivían las marchas, y siento que las marchas chilenas, como a lo largo de los años, han sido muy parecidas. Sin embargo, sí me di cuenta de que las previas al golpe de Estado tenían otra cosa; eran muy organizativas al principio, muy de “estoy creyendo en esto y de verdad tengo esta ilusión”, como si la vida fuera a cambiar, y eso es diferente a las que vinieron después, que son más del tipo “tenemos que hacer algo para cambiar o salir del lugar en el que estamos”.
Son 2 formas distintas de enfrentar. Igual, en un periodo muy cercano al golpe de Estado, las marchas ya se transformaron en defensa del gobierno, en defensa del proyecto de la Unidad Popular, pero muy al inicio había organización muy luminosa, muy colorida. Estaban los estudiantes, o sea, incluso los secundarios, los universitarios, trabajadores, como toda la sociedad civil, de alguna manera, involucrada y trabajando; se veía mucho esta idea del trabajo colaborativo y colectivo.
Obviamente, después, cuando sucedieron las cosas que sucedieron en Chile, esa marcha o forma de agruparse o de colectivizar, más bien es una, por un lado, desde un lugar entre defendernos y tratar de resolver la situación en la que estamos. Y yo creo que el estallido es ya una siguiente marcha distinta, y es ya una ebullición de muchos años de lucha y de cosas no resueltas.
EV: Me pasó que con la Revuelta, no sé si tú lo viviste así, pero sentí que rebrotó una esperanza y que mucha gente que se movilizó en esas marchas previas al golpe volvió a salir a la calle. Gente que incluso nunca había vuelto a organizarse en 50 años.
KC:: Salió gente que no había salido, se organizaron los cabildos, se volvió a organizar lo que se había perdido de tejido social. Nos organizamos desde esos lugares; más allá de ir a apoyar la marcha cada viernes, en la semana también pasaban cosas, porque había miles de actividades que se hacían desde los lugares masivos o desde los lugares vecinales; tú escogías desde dónde querías participar. Eso fue muy bonito en ese período, demasiado lindo. Además, Santiago, siendo la ciudad fría que es, fría digo en el sentido emocional…
EV: Sí, como apática…
KC: Apática sí, pero en esos días tú salías a la calle, y había niños, familias. O sea, por primera vez la gente se estaba hablando, comunicando, compartiendo, organizándose y, además, fue un momento muy lindo de expresar qué es lo que queríamos.
EV: Exacto, como tomar la voz. Yo tenía una impresión antes del 18 de octubre del 2019 un poco triste de Santiago, media desesperanzadora, como de, ya no vamos a vivir ninguna gran transformación. Una sociedad fría, apática, individualista, que cada quien se salva solo, pero ahí me di cuenta de que debajo de eso había un malestar que todo el mundo sentía por dentro, pero que no se atrevía a hablarlo o decirlo públicamente. O sea, esas entrevistas que se hacían en la tele a cualquier persona pasando, las señoras tenían una lucidez, y yo decía: “Gracias, señora, por decirlo”. Entonces me preguntaba: ¿por qué estuvimos en silencio tanto tiempo? O sea, tal vez la mayor continuidad puede ser el silencio, la violencia, pero me parece que igual hay algún grado de punto de encuentro, obviamente desde un lugar distinto, pero de esperanzas que había previo al golpe de Estado, y esperanzas que se relevaron y tejido que se alzó en el 2019.

KC: Porque, además, yo creo que justo todas las imágenes de La vida que vendrá, que en el fondo son las imágenes de Chile. Hay algo que yo me di cuenta después, de tanto ver esas imágenes, y es que Chile es un país que lucha. Solo que se nos metió mucho en la cabeza generacionalmente, o sea, en distintos momentos, que Chile no luchaba. Entonces, mientras te repiten una idea, te la vas creyendo y te quedas encapsulado en esa idea.
Creo que hay una fuerza en las imágenes, porque esa fuerza es la fuerza de nuestro país, de alguna manera. De toda esta gente que se movilizó en los distintos momentos para defender muy dignamente lo que había que defender, y eso no lo reconocemos lo suficiente como país. Cuesta reconocernos en ese lugar. Y eso yo creo que es una especie de discurso aprendido, de creer que no ocupamos ese lugar, pero sí lo ocupamos, porque están las imágenes allí.
EV: Frente al imaginario hegemónico del 18-O —las marchas masivas, las barricadas, la represión de los carabineros—, la película rescata también un imaginario distinto. ¿Cuáles son para ti esas “imágenes otras” de la Revuelta que la narrativa oficial o mediática dejó fuera y que para ti resultaban indispensables para entender lo que pasó? Tal vez, incluso, desde un lugar más sutil, tal vez no tan evidente, pero que te transmiten ciertas emociones.
CK: Una primera cosa que me llamó la atención son los cánticos. Los cantos de las marchas han sido los mismos desde hace 50 años, o quizás antes, y se van actualizando en la medida en que va cambiando el contexto. Esa fue la primera cosa, aparte de la masividad de marchar y de los espacios. Por otro lado, justamente la organización, porque en los 70 existía esta organización transversal en la sociedad, desde estudiantes secundarios, estudiantes universitarios, obreros y campesinos. Ya después desaparece el campesinado como protagonista a lo largo de la historia de Chile, y en los 80 se vuelve a organizar desde la población. Ya en la Revuelta, yo creo que fue más urbano, porque Chile obviamente cambió y es más urbano actualmente, pero una cosa que a mí especialmente me llamó la atención de esas marchas del 2019 fue la organización en torno a la movilización, o sea, el personal de salud, la forma de enfrentar o de vivir la marcha, como los que apagaban las lacrimógenas. Había toda una organización que fue espontánea.
EV: Exacto, fue muy solidaria.
KC: Muy solidaria, y yo creo que ahí emergió una solidaridad que existe. O sea, por eso yo te digo, como que nos han hecho creer que es un aspecto que no tenemos, pero está muy presente.
EV: Y en ese sentido, ¿qué nos permite el cine? ¿Será una suerte de lugar de reencuentro con todas esas memorias?
KC: Yo diría que sí, porque si no las veo, me quedo para siempre con la idea de “ah, bueno, somos un país individualista que no se organiza” y siento que no, o sea, sino que más bien el enemigo en Chile es más fuerte que la capacidad de convocatoria que tenemos, y ahora más allá de Chile es un proceso general en toda Latinoamérica, pero aun así, rescato la dignidad del pueblo chileno, porque, además, el compromiso que tiene es irrestricto, no se da vuelta la chaqueta –no traiciona–. Siento, o sea, descubrí eso en esta amalgama de imágenes.
EV: Pensaría que la tesis de tu película justo se encuentra con algo que arrojaba la misma revuelta, y es que ahí se cantaban todas las canciones al mismo tiempo; es un cohabitar de diferentes temporalidades: Sonaban en una misma cuadra El pueblo unido, La voz de los 80, Siempre es viernes en mi corazón, todas juntas al mismo tiempo.
CK: En la misma cuadra, y eso, como la transversalidad y lo intergeneracional y la heterogeneidad. O sea, había gente de todas partes que llegaba los viernes a marchar. Eso era muy lindo de ver, además.
EV: Sí, y los viajes largos desde la periferia, tomando micro –camión–.
CK: Y todo lo que hicieron desde el gobierno para que, justamente, en Santiago la marcha no se concretara, como cerrar el metro, justo los días de protesta. Pero la gente lo lograba, o sea, había un compromiso. Creo que justamente, haber revisado todas las imágenes para la película me hizo darle un lugar en este momento al 2019 porque no son hechos aislados, para nada.
EV: Pensando, en retrospectiva al 2019, desde este 2026, donde pareciera que la agenda neofascista va tomando la región, ¿qué peso tienen hoy día esas imágenes con la distancia? ¿Qué relevancia tiene esa lucha del 2019? ¿Y las luchas precedentes?
CK: Mira, yo creo que si algo pudiera rescatar o quisiera que se rescate, es que, justamente, ante este escenario, tan oscuro en todos nuestros países, sobre todo en Sudamérica, bueno, y el resto del mundo igual, la capacidad organizativa tiene que prevalecer. La restauración del tejido social tiene que salir a flote porque, en la medida en que creemos que estamos solos en esto, nos vamos a ir al hoyo.
Ya nos estamos yendo un poco, pero creo que justo en esta revisión histórica que se puede hacer, ojalá en todas partes, hay que encontrar la fuerza para organizarnos, que creo que sí, la organización es más corta actualmente, ya no es tan larga, pero quizás hay que volver a mirar a largo plazo. Yo creo que la película me ha enseñado eso, a mirar a largo plazo.
EV: Son procesos más longitudinales, a veces subterráneos. Yo ahí veo una constante igual en los secundarios. O sea, no es porque yo quiera delegar mi responsabilidad; yo me siento muy parte y en todas mis etapas de vida he participado, pero siento que la constante han sido ellxs.
KC: En Chile, sí. No se habría encendido ninguna llama de protesta social sin los estudiantes secundarios, ninguna. Son los primeros que salen y nos empujan a todos los demás.
EV: Y lo siguen haciendo, incluso en esta coyuntura, cortando el metro, saliendo a marchar, tratando de tomar las estaciones. O sea, no han cesado de intentarlo.
CK: Exacto, y yo creo que hay una responsabilidad ahí en la juventud. Sí o sí tiene que haberla, o sea, es inevitable, porque, de fondo, todo lo que se construye ahora, o lo que, yendo al caso chileno, lo que se está planteando desde la agenda de gobierno es a 25 años plazo.
EV: Claro, un proyecto de sociedad.
CK: O sea, a esos chicos que están hoy día en la escuela les van a aplicar aún más el garrote del neoliberalismo, más que a nosotros. Entonces, sí, un poco es por el futuro.
EV: ¿Hay algo que quisieras agregar? Alguna reflexión con respecto a la película, con respecto a algo que te parezca importante señalar en este momento, tal vez también con respecto a la reacción del público presentando la película en diferentes lugares.
KC: Por ejemplo, estuve ahora en Brasil y descubrí cómo conecta, más allá de que sea una observación particular de la historia chilena, cómo estos temas son tan atingentes en Latinoamérica. No me ha tocado presentarme en Europa personalmente, pero eso es algo inherente al ser humano. Como la capacidad de organización social.
EV: Exacto, de movilización.

CK: Sí, justo de movilización social más que de organización. Y creo que la película despierta eso. A pesar de que todo el mundo se queda medio triste, a otros no, como que se divide la cosa, pero hay algo que no es indiferente para nadie y es como que en el fondo los necesitamos los unos a los otros y eso queda, permanece y moviliza en sala. Así que creo que, para mí, ya eso es un win-win.
EV: Justo ayer vi un video de cómo era el cine en los años 90, justo con este auge neoliberal, pero los cines nacionales latinoamericanos decayeron mucho. O sea, aquí el cine mexicano y su identidad, y su búsqueda, estaban muy tomados y comidos por la industria gringa. Principalmente, había pocos relatos locales. En Brasil también, lo mismo, y justo lo que empezó a pasar como a fines de los 90, inicio de los 2000, es que empezaron a salir una serie de producciones locales, nacionales, que empezaron a contar experiencias desde lo local, y que eso también era una señal de devolver la esperanza. Yo pensaría que también esta película justo se conecta con eso, con esa idea de que en el cine puede haber esperanza.
CK: Sí, eso que quisiera decir… hablar de la esperanza en específico, porque a mí me costó mucho casarme con la idea y la palabra esperanza; me parecía por momentos supernaif y por otro lado medio religiosa, además supercooptada por la derecha. Pero cuando entendí la última parte de que estaba cooptada por la derecha y que muchos términos la derecha ha cooptado para justamente anularlos, dije: No, la esperanza no es únicamente de este lugar o del lugar más tradicional. La esperanza es un motor movilizador del ser humano y nos pertenece a todo el mundo. Entonces, ahí me amigué con el término y decidí trabajarlo, bueno, en lo complejo que es también. La película igual va analizando lo complejo que es vivir la esperanza, desde dónde y cómo. Pero hoy día ya estoy más amigada con el término porque sí, es lo que nos queda, porque, si no, al momento de cooptarla, nos desdibujan un horizonte de espera, de futuro, y ahí quedamos en un lugar superestático.




