Miguel Bórquez, poeta ganador del Concurso de Poesía Yosuke Kuramochi: “Hay que remar mucho más desde territorios como Puerto Natales”

octubre 28, 2026
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Preocupado por si la señal de uno de los seis mil satélites Starlink que entregan internet en la Patagonia será lo suficientemente fuerte para sostener la llamada —los mismos que menciona en uno de los poemas de Historiales—, Miguel Bórquez (1985) inicia la conversación. El escritor es uno de los ganadores de la segunda convocatoria del Concurso de Poesía Yosuke Kuramochi, organizado por Ediciones UC Temuco.

Salvo por sus años universitarios en Punta Arenas, toda su vida ha transcurrido entre los vientos australes de Puerto Natales, donde se ha desempeñado como docente durante casi dos décadas. Desde ese aislamiento, al que está acostumbrado, Bórquez encuentra otra vida posible a través de internet: pasa horas frente a una pantalla que lo conecta con el resto del mundo y le permite acceder a libros y lecturas difíciles de encontrar en la oferta local. Pero esa misma conexión también puede convertirse en una forma de encierro, en medio de la adicción al teléfono móvil y de un escenario de tecnofeudalismo.

Parte de esas dudas aparecen en Historiales, el libro seleccionado entre las 89 propuestas recibidas en la segunda convocatoria, y que permitirá publicar dicha versión durante 2027. Su autor explica que la obra funciona como una especie de cartografía emocional construida a partir de la fragmentación propia de los historiales digitales, los espacios donde se guarda todo lo que una persona busca en su intimidad: recuerdos, intereses y preocupaciones que aparecen sin seguir necesariamente un orden.

A través de sus poemas, Bórquez también reflexiona sobre la creación literaria y sobre la propia poesía, mientras aborda una crisis de mediana edad en la que todo parece volverse cuestionable. El autor, que ha recibido la Beca de Creación del Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas, ha desarrollado una obra que incluye títulos como Trapalanda (2013), Chilean Stardust (2021) o Últimas visiones del Chernobyl americano (2023).

Sin embargo, Historiales no se limita a una mirada local. Magallanes es el punto de partida desde el cual Bórquez reflexiona sobre la soledad, la hiperconexión y la experiencia de observar el mundo a través de un dispositivo electrónico. “Magallanes está, pero Magallanes no es el mundo”, sostiene el poeta.

—Puerto Natales es reconocido históricamente como un lugar aislado. ¿Qué te ha permitido la lectura y tu búsqueda poética desde un lugar con estas limitantes?

Puerto Natales sigue siendo un lugar aislado y un pueblo pequeño en muchos sentidos, más allá de que poco se parece a la ciudad que yo conocí a fines de los ochenta. Es una ciudad que ahora aparece en los mapas, pero sigue siendo para los que hemos vivido toda nuestra vida acá una experiencia insular.

Puerto Natales sigue siendo, de alguna manera, una isla: uno continúa viviendo en un cierto encierro, desconectado, incluso desde la experiencia de la escritura. Acá sigue existiendo esa sensación de que uno está un poco solo, de que hay que remar mucho más que si a uno le tocara vivir en otros territorios. Desde mi experiencia como escritor natalino, para el natalino común y corriente que uno escriba no significa gran cosa. Uno no tiene instancias para visibilizar su trabajo. Es un lugar tan lejano del mundo como para pensar en una feria de libros, en encuentros literarios, en actividades literarias en general. Es algo que acá no sucede.

—Cuéntanos de tus emociones al saber el resultado.

Ha sido una alegría tremenda e inesperada. Yo creo que siempre que uno participa lo hace con expectativas, de lo contrario creo que uno ni siquiera lo haría. En mi caso fueron muy aterrizadas y modestas. Participé pensando que tenía un poemario que podía tener algún mérito, pero de ahí a pensar que podía resultar ganador, no sé, quizás en algún momento ilusamente pasó por mi mente, pero no pensé que ocurriría.

Me enteré de la convocatoria porque algunos escritores conocidos e incluso desconocidos me contactaron en su momento diciéndome que participara. En mi vida he participado en muy pocos concursos, pero estos incentivos me ayudaron mucho.

Desde el año pasado, tengo en mi biblioteca dos libros de la colección de poesía Yosuke Kuramuchi. Leí hace un tiempo a Felipe Caro y Carla Llamunao, de la primera convocatoria, y los encontré muy buenos. A través de ellos conocí la colección, y después me hizo sentido cuando supe de la convocatoria 2026. Fue un incentivo adicional, no era como participar a ciegas de algo que desconocía.

—¿Cómo te abasteces de libros viviendo tan lejos?

Para ser realista, aunque es muy poco romántico decirlo, Buscalibre me abastece de libros. Me cambió la vida, porque en Natales ha aparecido una librería muy buena, en Punta Arenas hay algunas más, pero los precios suelen ser muy prohibitivos, y la oferta también es limitada. Buscalibre me amplió más las posibilidades para buscar cosas más específicas como puede ser poesía chilena contemporánea. Los libros de la colección Kuramochi los conseguí ahí.

—Historiales es un libro que presenta mucha aislación. ¿Cómo comienzan a aparecer estos poemas en tu mente?

Es como armar una cartografía emocional del individuo, y con las características propias de un historial. De estos historiales, del computador, del teléfono, bien aleatorio, bien random, contradictorio, sin un hilo conductor muy claro. Esa idea apareció cuando los poemas ya se estaban escribiendo.

Los poemas más antiguos deben tener unos quince años. Y los últimos son más recientes, del año pasado. También está esa falta de un hilo claro, muy fluir del inconsciente, de una preocupación a otra, de un tema a otro, de un plano a otro, incluso creo que de un registro a otro, los tonos, las voces son engañosas. El hablante lírico creo que es coral, no hay ahí una sola voz, también responde a las distintas épocas en que los textos fueron escribiéndose y seguramente a las distintas preocupaciones u obsesiones que me iban acechando en cada una de ellas.

—¿Cómo se incluye este libro en tu obra publicada?

Fue un desafío desde su concepción, en el sentido de que yo he publicado varios libros de poesía, tengo algunos inéditos, pero siempre han sido libros con una vocación narrativa un poco más explícita. Un concepto, una idea, una historia. Con Historiales no quería esta estructura tan subyacente, tan clara. Quería poemas unitarios, que me permitan abordar distintos temas con distintos tonos, buscar cómo hacer que aquello coexista, y que pese a esa dispersión, se logre un diálogo con cierta coherencia.

—La obra destaca también por su metapoesía, y esa construcción de un verso mezclado con la vida y sus problemas transporta a imágenes muy poderosas.

Hay textos que son muy de arraigo, que remiten mucho al territorio magallánico y a mi experiencia vital en él, pero claro, también hay poemas que remiten a otras latitudes, y creo que eso tal vez se explica de dos maneras. Por un lado está el hecho de que vivimos en este mundo tan globalizado, hiperconectado, del scrolling, y yo no estoy para nada al margen de aquello. En gran parte de mi vida, por cuestiones laborales o de divertimento, estoy frente a una pantalla, y mi formación también desde pequeño fue a través de la tele, del cine gringo, de ver mucho documental.

Tengo una cercanía con esta visión globalizada del mundo, no soy tan localista en ese sentido, y yo creo que eso conecta con otra cosa que he ido subrayando con el paso del tiempo. Hay algo de ello en este texto donde Magallanes está, pero Magallanes no es el mundo. Es una respuesta a esa mirada tan localista que de repente se vuelve estrecha, que si el poema no habla del paisaje no es poema, que es algo con lo que tal vez me formé cuando era adolescente.

—¿Cómo manejas tu espacio dedicado a la poesía? ¿Es el único género que escribes?

Buena parte de mi día a día se me va en el trabajo, en hacer clases, algo que afortunadamente aún disfruto. Voy para los 20 años de ejercicio docente. Siempre he escrito poesía, robándole tiempo a la vida social y familiar. Me he peleado con la escritura muchas veces, no soy un convencido de la vocación, he tenido crisis fuertes, pero he perseverado y siempre he escrito poesía.

Mi vocación escritural es la poesía, es el género donde me siento más a gusto, sobre todo cuando puedo acercarme a esa línea un poco difusa entre la poesía y la narrativa. La mayoría de los libros que he publicado creo que están ahí, en una especie de híbrido.

—¿Cómo te enfrentas a las tensiones de la hiperconexión y por qué decides incorporarlas también en tu trabajo?

Hay una contradicción muy evidente, violenta incluso: ¿cuánto de la vida moderna se nos va en el scrolling, en las pantallas, viendo escenas infinitas de Netflix o lo que sea, sin prestar realmente atención? Hemos perdido nuestra capacidad de asombro, lo cual me preocupa especialmente en las generaciones que vienen. Las generaciones actuales viven esta experiencia de la pantalla, que es una experiencia del ensimismamiento: el mundo es el mundo que media entre yo y la pantalla.

Al mismo tiempo, pienso que si me hubiera tocado vivir en una época anterior y haber escrito, seguramente llegar a un concurso como este, enterarme y participar habría sido mucho más difícil o quizás ni siquiera me habría enterado. Se produce ahí un dilema que nos conflictúa a todos. Cada vez tenemos más conciencia de este fenómeno, pero parece ser un estilo de vida que llegó para quedarse.

—¿Cómo dialoga la escritura con tus propios cuestionamientos sobre la vida, tu historia y el devenir de las cosas?

Aunque no quiera reconocerlo, hay cierta crisis de la mediana edad. También está este cuestionamiento sobre el sentido de aquello en lo que uno ha dedicado su tiempo y su energía. Siento que asumí dos riesgos en las elecciones de mi vida: tanto el trabajo docente como el escritural están actualmente en tela de juicio, fundamentalmente respecto de su valor.

Muchas veces me acosan grandes incertidumbres, incluida la más elemental: preguntarme si en realidad lo que escribo tiene algún valor o algún sentido. Es una preocupación permanente y creo que atraviesa muchos de los poemas de Historiales.

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