El Ballet Nacional de Cuba, Alicia Alonso y la danza como metáfora de otras hierbas

 
/ por Loreto Quiroz
La revolución cubana no sólo ensanchó las percepciones de lo posible en lo relativo a las formas de poder político, sino que se hizo eco en dimensiones mucho más recónditas donde las relaciones de poder apenas se cuestionan, pero vaya que están.
 
Uno de esos ámbitos es la danza clásica. Justamente en Cuba se forja la primera y hasta ahora única escuela latinoamericana de ballet. Hasta antes de la escuela cubana de ballet, los otros modos distinguibles y reconocibles de bailar la danza clásica se identificaban con la escuela italiana, la francesa, la danesa, la antigua escuela rusa, la escuela soviética y, la más reciente, junto a la cubana, la escuela estadounidense.
 
Pero el cuerpo latino también reclamaba su cuarto propio en la escena mundial de ballet, y para ello al parecer las estrellas decidieron alinearse con el son, y lo hicieron engalanando con zapatillas rojas el arte de Alicia Alonso.
 
Nacida en La Habana en 1920, ya cerca de los 20 años le habían prohibido bailar a causa del desprendimiento de retina. Porfiada, siguió bailando y para cuando llegó la revolución ya estaba un poco ciega y sin embargo había sido la primera bailarina occidental que se presentó con el Bolshói de Moscú, estaba consagrada en el American Ballet Theatre y ya había fundado el Ballet Alicia Alonso en la Habana.
 
En 1960, y a pesar de ser una de las bailarinas más cotizadas en Estados Unidos, a pesar de haber trabajado con Fokin, Balanchine y Tudor, tres de los coreógrafos más importantes del siglo XX,[1] le niegan la visa para entrar en ese país. Según ella misma ha contado, en aquel momento le plantearon que le daban la visa si se quedaba a vivir allá, con la advertencia de que si regresaba a Cuba no le volverían a permitir la entrada. Su respuesta fue un escueto NO, el resultado fue la prohibición de su entrada a los Estados Unidos durante 15 años. Cuándo le preguntan por cómo fue su retorno a los escenarios de ese país, ella responde que fue emocionante, inolvidable y que había vencido en sus principios.[2]
 
Sin embargo, su cercanía con la revolución tampoco estuvo libre de ripios. Al inicio del proceso estuvo 3 años sin que le permitieran salir de Cuba. Según ella ha contado, durante ese período se dedicó a dar charlas y a aprender, viajando por el interior de la isla y, por supuesto a bailar, bailar y bailar. Frente a la pregunta por aquel período indica que fue un momento muy triste para ella, «me pararon el tiempo», dijo, agregando que las personas que estaban frente a la cultura en aquellos años de la revolución no tenían cercanía con su arte, no comprendían la relevancia que el bailar en escenarios extranjeros tenía para su desarrollo y las posibilidades que ello abría para el pueblo cubano. Sin embargo, afirmaba estar consciente que no era un problema de la revolución, sino de la falta de visión de algunos funcionarios.[3]
 
No obstante este desencuentro inicial, la revolución se puso a la altura de su propia fortuna, la de contar con una mujer excepcional, que siendo exponente de un bello oficio que tradicionalmente se identifica con las clases privilegiadas, tenía la voluntad y la sabiduría para encarnar en sí misma un proceso de expropiación/apropiación/transformación de los más profundos que pueden darse, un proceso de creación de una forma de expresión, una íntima y densa revolución.
 
Con la voluntad que la revolución puso a su disposición, Alicia hizo maravillas, la posibilidad de encontrarse con la danza clásica ya no estaba reducida a ciertas elites urbanas privilegiadas. La fuente de talentos entonces se multiplicó y el Ballet Alicia Alonso de la Habana no sólo se transformó en el Ballet Nacional de Cuba, sino que a su alero se forjó una nueva escuela, la escuela cubana de ballet, que como cuenta la misma Alicia Alonso toma para sí la riqueza de la cultura danzaria universal, la técnica, los modos expresivos que se han ido forjando con la acumulación de experiencias de siglos, pero además encuentra un camino propio, estrechamente unido a lo cubano, superando así el estadio de buenos imitadores y liberándose del complejo de colonizados.[4]
 
La existencia de una escuela de ballet implica no sólo una determinada forma de entrenamiento, la forma en que se ordenan los pasos o los énfasis de los movimientos, se trata de la afirmación de un gusto propio, la posición y la coordinación del cuerpo, la forma como pies y manos hablan. Según la misma Alicia Alonso, en el texto Diálogos con la Danza,[5] la escuela cubana se caracteriza por un fraseo (el modo de unir los pasos) que más que seguir el ritmo sigue la melodía, un acento en el movimiento hacia arriba, el balance y la lentitud de los giros, la rapidez en la batería del movimiento de pies, la disposición hacia el compañero por sobre la disposición para el público en el pas de deux, la importancia del cuerpo de baile equiparable a la de los solistas, destaca también que sus principios de selección de bailarines y bailarinas están desprejuiciados de complejos raciales, no existen características étnicas insalvables para el ballet, la homogeneidad del grupo que requieren ciertas piezas no están dadas por los cuerpos de los danzantes, lo que pasa al primer plano es la interpretación… cuántas metáforas hay aquí.
 
Hoy, cuando la revolución cubana acaba de cumplir 58 aniversarios, cuando la isla está en un proceso de profundos y vertiginosos cambios, cuando las fuerzas progresistas del sur del continente parecer estar en una fase de repliegue, recordar lo que significa la escuela cubana de ballet, esta simbiosis entre recepción de una cultura expresiva que viene de otros lares, esfuerzos descolonizadores y creación propia, adquiere un nuevo sentido. No se trata de venerar la revolución cubana cual fetiche zurdo, no se trata de apelar a la restauración de lo que fue el 59, ni tampoco de resignarse a su imposibilidad, sino de interpelar el presente, a través de otro de los desbordes del pasado, a través de una de las huellas de la revolución. Se trata de impedir que las hegemonías se recompongan como si nada, se trata de poner, a través de otra historia, los significados y sentidos de la revolución al alcance de la mano.
 
Hace algunos años, consultada por la fuga de talentos, Alicia Alonso decía no estar preocupada: en Cuba se siembran los árboles y los frutos se reparten.
 
 

 

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[Foto portada] Alicia Alonso bailando ‘La avanzada’, 1964
 
[1] Léster Tomé en entrevista para la Sección Artes y Letras de El Mercurio, noviembre del 2000.
[2] Entrevista incluida en el Libro Los que se quedaron. Editora Política La Habana, 1993. Luis Baéz.
[3] Entrevista incluida en el Libro Los que se quedaron. Editora Política La Habana, 1993. Luis Baéz.
[4] Discurso de Alicia Alonso al recibir el título de Doctora Honoris Causa en Arte Danzario por el Instituto Superior de Arte de Cuba. Publicado en Cuba en Ballet, N° 4, 1987.
[5] Alicia Alonso (2010) Diálogos con la Danza. Editorial Letras Cubanas: La Habana.
Loreto Quiroz
loretoquiroz@correo.cl