La derrota seductora de la novela: seis apuntes de una conversación con Pablo Ayenao

Entre la conversación y la lectura de su obra, Ricardo Olave Montecinos nos aproxima a la novela Lugar de cenizas, del escritor temucano Pablo Ayenao. El libro se integra al catálogo de la editorial Pequeño Salvaje. Cada ejemplar fue realizado de manera artesanal por la editora Kati Antivilo. Para adquirir ejemplares, contactarse a través del mail editorialpequenosalvaje@gmail.com o ingresando al instagram @editorialpequenosalvaje.
I
Pablo Ayenao es de mis escritores favoritos porque no le importa nada salvo la literatura, o eso creía yo antes de conversar con él por teléfono hace más de un mes.
Pablo fue de los primeros escritores reales que conocí, y digo reales porque como todo joven chileno criado con lecturas del colegio, para mí los que escribían eran europeos y estaban muertos hace medio siglo. Pero Pablo no, sigue vivo. En ese entonces él compartía junto a un grupo de escritores que en la década del 2010 leían poesía en Temuco, y esos fueron los primeros poemarios que leí, salvo el de Pablo. No me encontré con su escritura hasta que trabajé en una librería local, donde Iván, mi jefe, me pasó Memoria de la carne, su primera novela, de la cual ya no quedan copias. No recuerdo la trama y no pretendo hacer trampa, pero sí permanece la sensación, que fluctuó entre el desagrado y la adicción de seguir leyendo una pulcra pluma que a veces oscila hacia párrafos líricos.
Lo mismo sentí con todo lo que he podido leer de Pablo. Seguí con sus cuentos que publicaba en internet o en publicaciones con editorial Bogavantes. Recién en 2024 logré encontrar Fluor, su primer libro de poesía, durante un asado en la casa de un amigo fotógrafo. Recuerdo tomarle fotos a esa copia original hecha artesanalmente, y cada hoja que avanzaba sentía que el libro se iba a convertir en arena. Decidí que no le robaría la copia a mi colega.
Pienso en todo esto antes de apretar el botón de grabación. Cuando comenzamos, lo primero que le digo al teléfono es que a él no le importa nada, a lo que responde con su tranquila voz que muchas veces le ocurre lo contrario: las personas creen que solo le importa la literatura. “La verdad es que uno en la vida, en el día a día, hace muchas más cosas. Yo no estoy ni leyendo ni escribiendo todo el día para nada”, me responde. Como le enseñó otro escritor, Guido Eytel: “Ni tanta literatura tampoco”.
II
Ayenao acaba de publicar Lugar de cenizas bajo la microeditorial Pequeño Salvaje. Es la segunda parte de una trilogía que comenzó hace más de una década con Memoria de la carne. Pero no es precisamente una continuación de la historia, sino su estética.
«Cuando escribí el primer libro siempre pensé que era la primera parte de algo que había dejado un poco inconcluso. Pero en realidad no porque quería continuar la historia, sino porque quería continuar esa estética que tenía, que quizá no tienen otros libros que he escrito», señala.
Si en Memoria… el elemento que bordeaba las páginas era el aire, en esta ocasión realiza una exploración alegórica desde el fuego, que es un personaje más en medio de un peregrinaje sin retorno. La historia está protagonizada por Ruth, quien escapa de su hogar al lado de un humedal tras un feroz incendio, comenzando una ruta sin rumbo, con un relato que transita entre el testamento y el delirio.
Esta continuación no está exenta de desafíos literarios. La repetición constante de palabras, de símbolos, la resonancia, la letanía. Una “canción circular” en palabras del escritor. En Lugar de cenizas, la pulcritud de la prosa, que muchas veces bordea el camino de la poesía, es una cara de la moneda que trastoca con un contenido que no busca ser incómodo, pero que emerge en su prosa basada en la reverberación.
III
Escrita por capas y fragmentos en medio de la creación de su último libro de cuentos La vida toda (Bogavantes, 2023), con Lugar de cenizas Ayenao vuelve a uno de sus géneros favoritos.
La novela breve tiene para él algo cercano a ver de cerca la muerte en un campo de batalla, y es inevitable pensar en la figura de Pasolini, quien decía que ante la antropología del ganador de este siglo, mejor ir acompañado por los que pierden.
Perderse en su propia letanía para poder seguir avanzando un párrafo más. Lejos de angustiarse por no saber dónde va, disfruta de esconderse y avanzar a ciegas en su imaginación. Ante eso, aclara: «Finalmente, un poco la derrota que tiene siempre, creo yo, la novela. Y esa derrota me seduce».
Esa derrota no es casualidad. Tiene que ver con su método. En esta conversación, Ayenao responde tomando en cuenta otro de sus géneros favoritos. “Te diría que la diferencia que yo intento hacer entre las novelas que he escrito y los cuentos, es que yo en los cuentos trato de no abarcar tanto lo simbólico, sino más bien tratar como cierta cotidianidad. Cuando escribo novelas tiendo a ser mucho más alegórico”, resume.
“Terminar un libro me cuesta mucho”, admite, indicando que la dificultad en sentarse de lunes a viernes un par de horas frente al computador hasta que se le cansa la vista es la condición más que una piedra en el zapato.

IV
El fuego como elemento central en Lugar de cenizas nos remite a la historia reciente del lugar de origen del autor. Nacido en Pitrufquén en 1983, y deambulando entre Temuco, Labranza y Padre Las Casas, él mismo reconoce que desde los incendios forestales, las bombas molotov, hasta el humo que respiran de las estufas a leña del invierno, son parte de la cotidianidad. “Somos azotados por el fuego periódicamente», precisa.
De cara a la trama, Ruth, la protagonista, se camufla con las llamas. “Quería que este personaje fuera un poco fuego y que incluso avanzara como el fuego”, explica. “El fuego también viaja”, aclara, siendo en sus palabras un recorrido “subterráneo, de sobrevivencia”. Cuando el incendio para, la ceniza se esparce, se infiltra en los pulmones, quema las suelas de los pies en un camino incierto.
V
Lo estético de su pluma se funde con lo político. Aunque Lugar de cenizas no menciona explícitamente conflictos ni territorios, la lectura está ahí, bajo la superficie. Ayenao lo sabe. “Es una novela que habla de cierta ocupación en un territorio, y de personas que van tratando de salvarse a toda costa de esa ocupación”, reconoce.
El autor usa esos elementos universales sin dejarse atrapar en la contingencia, siendo una exploración sin dejarse embolar con un discurso. Ante ello, recuerda: “Me lo cuestioné: por qué no usaba más marcadores textuales, o si la realidad es tan violenta, ¿por qué esconderla en alegoría?”.
Esa honestidad también viene acompañada de sus propios límites: “En realidad no pude escribir de otra forma. Mi acercamiento a la realidad es siempre más bien elíptica”. Aunque esa elipsis no es un encubrimiento, aclara: “La alegoría es una forma bastante elocuente de mostrar lo que uno quiere decir, aunque uno no lo tenga tan claro”. Así, el humo, los caballos, las ballenas varadas, el peregrinaje forzoso, pueden leerse como los ecos de cualquier territorio arrasado. “La literatura se enriquece de los cruces culturales”, sentencia.
VI
A sus 43 años, el escritor reconoce que con la edad ha perdido el miedo y la necesidad de “imponer un nombre”. Acepta críticas con distancia, e incluso no se toma tan en serio su propia obra, alejándose de la imagen romántica del escritor consumido por la literatura.
Comenzó a escribir en serio cuando estaba en sus veintitantos, y desde entonces acumula seis obras publicadas, y un par más inéditas, como el cierre de esta trilogía. Sobre el paso de los años, piensa: “Yo te diría que con el tiempo se hace más fuerte (la pulsión). Porque te da también… Esa pulsión uno la encausa, la disciplina. La trabaja finalmente como todo”.
Con una vida sosegada, Ayenao cree que el tiempo le ha entregado mantener un ritmo del cual ya no puede escapar. “No es tan fácil escribir un libro. Mucha gente puede tener ese ímpetu y después se le puede ir… Pero cuando la pulsión es fuerte uno continúa. No importa que no tengas editorial, que vivas en provincia”, se explaya.
A pesar de que sus libros han tenido buena recepción, su ambición no está puesta en seguir la senda del éxito que se ha implantado a las generaciones posteriores al retorno a la democracia. Tampoco le interesa viajar ni la masividad. “No he necesitado emigrar. Entiendo que mis libros tienen menos resonancia, pero tampoco me interesa mucho eso. Me alegro pudiendo escribir y publicando”, concluye. Y en esa decisión no hay derrota, sólo la seducción de un hombre escribiendo, sabiendo que un par de letras no salvarán al mundo del fuego.



