Mala hierba nunca muere, sobre Maleza anfibia de Ivonne Coñuecar

Portada Ricardo Mendoza Rademacher
junio 10, 2026
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El libro, publicado por Ediciones Kultrún, se presentó en Santiago el martes 2 de junio, junto a la poeta Eugenia Brito, Jorge Díaz, biologx transfeminista y la autora aysenina, Ivonne Coñuecar.

Foto de Tania Ramírez
Foto de Tania Ramírez

“La maleza crece en la frontera”.  Así comienza Maleza anfibia de Ivonne Coñuecar (Ediciones Kultrún, 2026), escritora patagónica que sabe bien de fronteras: las geográficas, las lingüísticas, las identitarias, las sexuales, las que separan el centro de la periferia.

Las malezas, sabemos, son plantas o vegetales que suelen aparecer allí donde no se las espera. Crecen en los bordes de los caminos, entre las grietas, en terrenos abandonados, en lugares donde otros organismos tienen dificultades para sobrevivir. Las malezas suelen aparecer allí donde no se las espera. Crecen, sobre todo, en las fronteras. Y una frontera no es solamente un límite. Es una zona de roce o un espacio donde dos mundos se encuentran, se mezclan y se transforman mutuamente. Las malezas parecen sentirse cómodas allí, donde las categorías pierden nitidez, donde lo cultivado se confunde con lo silvestre y donde el orden humano comienza a resquebrajarse.

Una maleza puede ser también considerada una mala hierba. Son organismos del umbral. Pero la maleza no es simplemente una categoría biológica porque ninguna planta nace siendo maleza. Una planta se convierte en maleza cuando alguien decide que está creciendo donde no debería crecer, cuando es considerada improductiva, indeseable o fuera de lugar. La maleza revela que en el mundo vegetal también hay una “elite”: una manera de clasificar qué vidas merecen ser cultivadas y cuáles deben ser arrancadas. Por eso la maleza puede leerse también como una categoría política, social y cultural.

A lo largo de la historia, muchas de las plantas consideradas malas hierbas han estado vinculadas a saberes populares, a usos medicinales, a prácticas indígenas, a la brujería y a formas de conocimiento que los discursos dominantes intentaron desacreditar. Sin embargo, aquello que define a las malezas no es solamente su condición marginal, sino también su extraordinaria capacidad de resistencia. Son vegetales adaptables y obstinados porque vuelven a crecer allí donde se las intenta erradicar. Resisten. Conservan semillas capaces de permanecer latentes durante años hasta encontrar las condiciones para reaparecer. Son porfiadas.

Creo que es precisamente desde esa imagen que Ivonne Coñuecar construye este libro. Porque Maleza anfibia está poblado por cuerpos, territorios, memorias y lenguas que han sido desplazadas hacia los márgenes, pero que continúan creciendo, insistiendo y reapareciendo de distintos modos, géneros y formatos. Como las malezas, estas páginas parecen recordarnos que aquello que fue considerado secundario, improductivo o descartable muchas veces contiene las semillas más resistentes de la memoria. En ese sentido, la maleza puede pensarse como una “semilla de resistencia”, como una memoria que se niega a desaparecer.

Este libro de Ivonne hace de lo clandestino un lugar desde donde escribir poesía. Ella dice:

“La clandestinidad, un asombroso alfabeto para preguntarnos si alguna vez, tendidas en la resaca

de la salina y tibia frontera, podría la maleza

crear un puente para quitarnos el ruido

o si podríamos nadar de nuevo, bracearnos el cuerpo”

Foto de Tania Ramírez
Foto de Tania Ramírez

En Maleza anfibia se le habla a una amante, a un espíritu familiar o quizás a ambas figuras al mismo tiempo, que terminan entrelazándose en una misma red de afectos. El libro recorre lo acuático y lo terrestre mientras hace metamorfosis con la historia de la anexión de Chiloé ocurrida hace dos siglos. No se trata de una reconstrucción histórica en sentido estricto, sino de una exploración poética donde cuerpos, territorios, especies y memorias se contaminan mutuamente.

En un momento Ivonne escribe:

“el padre pingüino incuba impasible el huevo,
resiste sin comer hasta la eclosión
para saludar a la cría que no volará.

Hay arañas que apenas conocerán a sus hijos.

El caballito de mar expulsa sus crías
a través de convulsiones y contracciones
libera diminutas versiones de sí”.

Estos animales, que visibiliza Ivonne, parecen recordarnos que las formas de parentesco son mucho más diversas de lo que solemos imaginar. El cuidado, la reproducción y la comunidad no responden necesariamente a los modelos tradicionales de familia. La naturaleza aparece aquí como un repertorio de posibilidades para pensar otras formas de vivir juntos.

No deja de resultar significativo que algunos de los organismos más importantes de la biología moderna desafíen precisamente las categorías que la cultura occidental ha intentado estabilizar. El nematodo C. elegans, uno de los modelos clásicos de laboratorio, posee casi la mayoría de individuos hermafroditas. Muchos peces cambian de sexo durante su ciclo de vida. Gracias al estudio de estos animales hemos comprendido procesos fundamentales para la existencia humana, desde el desarrollo embrionario y la diferenciación celular hasta el envejecimiento, la herencia genética y diversas enfermedades. Paradójicamente, algunos de los conocimientos más importantes sobre lo que significa ser humano han surgido del estudio de organismos cuyas formas de vida desafían nuestras ideas convencionales sobre el sexo, la reproducción y la identidad biológica.

Las ranas, por su parte, carecen de órganos sexuales externos visibles: la diferencia sexual no aparece inmediatamente ante la mirada. La propia biología parece insistir en que la vida es más compleja, más ambigua y más inventiva que las categorías con las que intentamos ordenarla. Lo anfibio emerge entonces no solo como una condición ecológica, sino también como una forma de pensamiento capaz de imaginar vínculos que exceden las divisiones binarias entre masculino y femenino, naturaleza y cultura, humano y no humano. Los anfibios reciben su nombre del griego amphi, que significa “ambos”, y bios, vida. Son organismos que habitan entre el agua y la tierra. Viven dos vidas. Pertenecen simultáneamente a más de un mundo sin pertenecer completamente a ninguno. Quizás por eso me conmovió tanto encontrar esta sensibilidad en Maleza anfibia. El libro parece sugerir que las fronteras son siempre más porosas de lo que creemos. Entre el agua y la tierra. Entre la historia y la memoria. Entre el deseo y el parentesco. Entre el territorio y el cuerpo.

Foto de Joaquín Jiménez
Foto de Joaquín Jiménez

Trabajé casi cuatro años en Londres investigando la migración celular colectiva en embriones de la rana africana Xenopus laevis. Este anfibio ha sido uno de los organismos más importantes para la historia de la biología moderna: contribuyó al desarrollo de pruebas de embarazo, investigaciones sobre clonación y, más recientemente, a estudios vinculados a tecnologías que hicieron posible las vacunas de ARN mensajero contra el COVID. Llegué a Londres para estudiar células de los embriones de las ranas, pero con el tiempo terminé pensando cada vez más en las ranas y sus reflejos con el mundo social. Durante esos años observando células anfibias bajo el microscopio y viviendo lejos de Chile, comencé a pensar lo anfibio no solo como una categoría zoológica, sino también como una categoría política y existencial.

Hay algo profundamente anfibio en la experiencia de habitar entre territorios, entre lenguas, entre comunidades o entre formas de vida. También hay algo anfibio en muchas experiencias queer. Existir en los márgenes de categorías estables, desplazarse entre identidades, construir parentescos inesperados, aprender a vivir en territorios donde nunca se pertenece del todo. Lo anfibio deja entonces de ser un atributo biológico para convertirse en una imagen de tránsito, transformación y convivencia con la incertidumbre.

En el mismo edificio donde trabajé en Londres había vivido Charles Darwin. Mientras preparaba esta presentación de Maleza anfibia, no pude evitar pensar en esa coincidencia. Darwin recorrió el sur de Chile durante el siglo XIX, en un período marcado tanto por la anexión de Chiloé al Estado chileno como por las expediciones científicas europeas que buscaban describir, cartografiar y clasificar los territorios australes para su dominación colonizadora. La anexión de Chiloé en 1826 ocurre precisamente en la misma época en que las expediciones británicas comienzan a levantar mapas detallados de las costas del sur del continente. Algunos años más tarde, Darwin visitaría el archipiélago como parte del viaje del Beagle, incorporándolo a una vasta red de observación, descripción y producción de conocimiento científico. 

Los relatos de los naturalistas buscaban nombrar, clasificar y ordenar el mundo. Su mirada transformaba paisajes, especies y comunidades en objetos de conocimiento para la colonización y el despojo, para la violenta expansión de Inglaterra por eso aquellos viajes no fueron ajenos a los procesos de expansión colonial que marcaron el siglo XIX. Los mapas, las descripciones y los inventarios producidos por estas expediciones contribuyeron a una forma de poder que convertía los territorios en espacios legibles, administrables y apropiables. La observación científica y la expansión imperial avanzaron muchas veces de manera conjunta. El viaje producía mapas, pero también producía fronteras, jerarquías y formas de dominación.

Maleza anfibia vuelve sobre Chiloé y sobre la historia de su anexión, pero lo hace desde el reverso de esa mirada colonial. Allí donde los naturalistas buscaban clasificar, la poesía busca relacionar. Allí donde los mapas separaban territorios y ordenaban diferencias, Ivonne explora las zonas de contacto, las mezclas y las contaminaciones. Su escritura no convierte el archipiélago en un objeto de observación, sino en un territorio vivo atravesado por memorias, afectos y formas de resistencia. Si los viajes de los naturalistas participaron de la producción de un mundo ordenado para la conquista, la poesía de Ivonne imagina un mundo donde las fronteras se vuelven porosas y donde lo importante no es clasificar la vida, sino comprender las relaciones que la sostienen. Allí donde la cartografía delimita fronteras, Maleza anfibia encuentra zonas de contacto. Allí donde los relatos históricos organizan cronologías y territorios, la poesía deja que el agua, la maleza, los afectos y las memorias se mezclen.

Este libro también es un viaje por Chiloé, pero ya no desde los ojos coloniales que observan para clasificar, sino desde una voz que se deja transformar por aquello que encuentra. Tal vez por eso la imagen de lo anfibio resulta tan poderosa a lo largo de todo el libro. No como una simple referencia biológica, sino como una forma de habitar el mundo. Una forma de existir entre territorios, entre historias, entre lenguas y entre cuerpos. Una manera de recordar que la vida rara vez ocurre dentro de límites claros y que, muchas veces, es precisamente en las zonas de transición donde aparecen las formas más fértiles de comunidad. Maleza anfibia nos invita a entrar en ese territorio incierto. Un territorio donde la clandestinidad se vuelve lenguaje, donde los afectos construyen parentescos inesperados y donde el agua y la tierra dejan de ser opuestos para convertirse en una misma superficie de encuentro.

Hay una imagen que vuelve una y otra vez en Maleza anfibia y que quizás permite leer muchas de las preocupaciones que atraviesan el libro: la del océano.

Esta presencia del océano dialoga con otras escrituras lésbicas donde el mar aparece como una imagen privilegiada para pensar el deseo. En la obra Pam Berry  de la dramaturga chilena Rae de Cerro, ganadora de la XX Muestra Nacional de Dramaturgia Nacional, por ejemplo, el lesbianismo es descrito a través de una serie de metáforas marinas: “Y el deseo como una ola que me envuelve, que me ahoga”. Allí el mar aparece como una fuerza corporal, húmeda y desbordada, capaz de arrastrar a quien lo experimenta. La imagen recuerda también la canción “Baño de mar a medianoche” de Cecilia, La Incomparable, donde el agua se convierte en escenario de una intimidad difícil de nombrar desde los lenguajes normativos. Frente a una larga tradición cultural que ha representado el lesbianismo como culpa, perversión o tragedia, estas imágenes acuáticas permiten pensar el deseo desde otro lugar. El mar no aparece como amenaza, sino como expansión y posibilidad de encuentro. 

En Maleza anfibia, sin embargo, el océano parece hacer algo más. No solo expresa el deseo, sino también la memoria y el encuentro.

“Fue un océano lo que no pudimos cruzar

pasaron generaciones anfibias

hasta encontrarnos, maleza”

El verso sugiere que todo encuentro está precedido por otras vidas, otros desplazamientos y otras formas de resistencia. Como si entre una persona y otra existiera un océano lleno de historias invisibles, habitado por quienes amaron antes, por quienes fueron condenadas al silencio o a la clandestinidad, pero aun así dejaron huellas para quienes vendrían después. El océano se transforma entonces en una imagen profundamente queer. No porque represente una identidad específica, sino porque desarma la fantasía de las fronteras estables y de las genealogías lineales. Las aguas mezclan corrientes, memorias y territorios. Todo aquello que parecía separado termina encontrando formas de conexión bajo la superficie. Quizás por eso el océano o “la mar” de Ivonne no es solamente una distancia que debe ser atravesada. Es también el espacio que hace posible el encuentro. Un territorio móvil y poroso donde los afectos, las memorias y las vidas que parecían dispersas terminan reconociéndose unas a otras porque como dice Ivonne:

“en la fluidez subacuática aparecen cetáceos

y monstruos marinos y hay también

una maleza anfibia despertando en los océanos”

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