Vértigo, contra-archivo memoria

agosto 14, 2026
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El texto «Acerca del vértigo subversivo de una estirpe vagabunda» fue escrito clandestinamente en la Cárcel de Alta Seguridad en 1998 en una combinatoria de máquina de escribir, mimeógrafo, puño y letra. El escrito permaneció durante casi tres décadas fuera del circuito editorial y este año fue editado por Agnición Ediciones, inaugurando la colección Mimeógrafo.

“Esto que ha caído en tus manos carece de calificación de género», advierten sus autores al inicio”.

Guillermo Ossandón Cañas y Juan Aliste Vega, militantes del MAPU-Lautaro, convirtieron el encierro en un experimento donde convergen poemas, manifiestos, ciencia ficción, crítica a la “democracia cartucha” y experimentación gráfica.

Te invitamos a profundizar en este trabajo a partir del texto: “Vértigo, contra-archivo y memoria” escrito por Esteban Ossa.


Reconocernos de forma política, significa actuar en lugar de ser espectadores, es atar el mundo, desde la esencia de nuestro antagonismo. 

Reconocernos de forma política es conducirnos en un combate, es hacer nuestra propia guerra, en un enfrentamiento directo desde nuestra cotidianidad.

Manual de Combate, Panorama del desarraigo.

«Esto que ha caído en tus manos carece de calificación de género», de esta manera Aliste y Ossandón nos introducen en una especie de prólogo titulado «Explicación de un intento…»; suspendiendo el nombre de aquello que ofrece. No es una advertencia ni una excusa; es un gesto. No promete un testimonio ni un poemario, aún cuando incorpora cada uno de estos registros. Desde su umbral preliminar, ni siquiera promete un libro; declara, en cambio, su naturaleza híbrida, polisémica y política. En Esto que cae, en el deíctico inaugural, se juega una ética. Lo que se tiene en las manos no está cerrado ni fijado, y no se encuentra a salvo.

El encuentro con el manuscrito es, ante todo, una caída. Un descenso vertiginoso hacia la mano. Caer es tocar, lograr el contacto, contactar. El cuadernillo —manuscrito, copiado, fotocopiado, transcrito, vuelto a copiar— no se presenta como un objeto distante, es más bien un resto que llega desde una altura incierta, precipitándose al tacto del lector, arrastrándolo. Desaparece la comodidad del original; y queda, en cambio, la fricción de la huella.

Esa caída inaugura el concepto que atraviesa tanto el libro como su experiencia de lectura: el vértigo. No desde su sentido patológico, sino como un movimiento excéntrico, como un giro que des-centra: «El asunto es el enamoramiento con el vértigo de las nuevas aventuras abiertas». Este vértigo no paraliza, seduce. Convoca a la seducción del abismo. Eros antes que síntoma, en un despliegue sin promesas de suelo, pero que insiste en el movimiento.

Portada de libro «Acerca del vértigo subversivo de una estirpe vagabunda«, de Guillermo Ossandón y Juan Aliste. Agnición Ediciones, 2026.

El vértigo es también una forma de tiempo. En Acerca del vértigo subversivo de una estirpe vagabunda no hay una progresión lineal ni un relato acumulativo. Su textualidad avanza por series, saltos, por montajes. Fragmentos manuscritos, dibujos, fechas, territorios, nombres propios, repeticiones. Como en Sans Soleil de Chris Marker, la memoria no se organiza por una relación causal, sino por asociaciones. Detalles aparentemente menores —un trazo, una falta ortográfica, una palabra insistente, una imagen— condensan una intensidad que desborda cualquier argumento central o relato secuencial.

Su fragmentariedad es una decisión. La memoria que se despliega en el texto no busca restituir un pasado total, sino insistir en su condición incompleta: «no habría deseo de archivo sin la finitud radical, sin la posibilidad de un olvido que no se limita a la represión»1. Todo archivo contiene la pulsión de muerte que amenaza con su desaparición. Este texto no se sitúa fuera de esa ley: la asume de antemano.

El documento, entonces, no se expone como materia inerte. No es aquello que simplemente deja una huella del pasado; se compone, más bien, como un tejido de relaciones: «trata de definir en el propio tejido documental unidades, conjuntos, series, relaciones»2. Este cuadernillo actúa precisamente de esa manera, configurando un campo relacional donde escritura, técnica y política se entrelazan sin jerarquías estables.

Su materialidad es inseparable de sus posibles sentidos. El texto que hoy circula no es un original, sino que una copia. O, mejor dicho, una copia de la copia. En el manuscrito, tanto Guillermo Ossandón como Juan Aliste escriben a mano sus fragmentos. El texto preliminar se mecanografía; luego se monta y reproduce. La presión del trazo, las manchas del mimeógrafo, las posibles variaciones entre copias inscriben su naturaleza clandestina y carcelaria. Todas sus manchas remarcan su imprenta e impronta documental en tanto suplemento mnemotécnico.

Fotocopia de «El payaso», manuscrito de Guillermo Ossandón.
Fotocopia de «New-Man», manuscrito de Juan Aliste.

La pulsión de muerte del archivo, por su parte, atraviesa el libro insistentemente. «Desaparecer / desaparecer / desaparecer», la palabra retorna como letanía. «Desaparecer cuerpos, ideas, nombres, paisajes». Pero la desaparición no clausura, deja restos. «el pretendido lugar de la memoria –el museo– no es más que una institución del olvido»3 y, frente a esa memoria institucionalizada, este cuadernillo opera como contra-archivo: inestable, ilegítimo, anómico, fuera de la ley. Un resto que interrumpe la reconstrucción de una memoria reconciliada y se mantiene como huella incómoda frente a toda narrativa de clausura.

El Mapu-Lautaro emerge en el texto como horizonte simbólico y estético, más allá de la dimensión referencial de los autores. Es un territorio, un código y un espacio de inscripción: un lugar donde la palabra se imprime, se oculta, se transmite. La escritura es, en el contexto carcelario de producción, una forma de habitar el territorio y la política en condiciones de desarraigo.

La estética lautarina impresa en el cuadernillo permite el tacto con el afuera. Una lengua común de la estirpe vagabunda, que no remite a una genealogía sanguínea: se sostiene en una filiación política y afectiva. Vagabundear es desplazarse por fuera de la fantasía transicional, de los trayectos autorizados; es hacer del movimiento una práctica de resistencia. El vértigo se vuelve entonces referencial. Escribir desde el encierro, producir circulación en condiciones de inmovilidad, insistir en la copia como gesto político.

En el relato de Juan Aliste, «New-Man», el narrador asume la búsqueda de un documento ausente para identificar la figura del Hombre Nuevo. En este futuro distópico solo se encuentran restos, huellas y vestigios que condensan la tensión de esa búsqueda. Su identidad nunca es plena: aparece mediada, fragmentada, siempre a punto de borrarse; un sueño. El archivo no lo conserva, lo sutura. La herida no cierra, se mantiene visible. Y como toda sutura, deja marca.

No se trata de cerrar la herida, sino de mantenerla visible. Visible, sobre todo, frente a la narrativa estatal de la democracia consensual, esa retórica reconciliadora que promete clausura allí donde persiste el terror. El gesto memorial de Aliste y Ossandón devela el modo en que el proyecto nacional opera como una maquinaria simbólica, un dispositivo hegemónico destinado a suturar la memoria reciente, a reconfigurar los recuerdos del terror bajo una fantasía social de acuerdos.

Esta democracia transicional no aparece aquí como horizonte de plenitud; se revela como simulacro discursivo.

[…] la apuesta de la fantasía ideológica-social es construir una imagen de la sociedad que sí existía, una sociedad que no esté escindida por una división antagónica […] la noción de fantasía social es una contrapartida necesaria del concepto de antagonismo: fantasía es precisamente el modo en que se disimula la figura antagónica; dicho de otro modo, fantasía es el medio que tiene la ideología de tener en cuenta de antemano su propia falla4.

La sutura, así entendida, no elimina la herida, la recubre con un relato. Esta retórica transicional se sostiene en una tríada —consenso, memoria y mercado— que desplaza lo político hacia lo técnico-administrativo y reorganiza el campo simbólico y cultural bajo una lógica de gestión. Para los autores, y para el Mapu-Lautaro, este proceso lejos de inaugurar una ruptura, prolonga la fractura previa. Una continuidad que Ossandón nombra como «democracia cartucha»: «esta cosa cartucha, híbrida e insípida que el capitalismo con su modernidad llaman ‘democracia’… ». Un significante vacío que construye su significado por oposición a lo no-democrático reciente —la dictadura— y que opera como cauterización simbólica del daño.

En este punto, el libro funciona como una prótesis mnemotécnica. Suple una carencia —el olvido—, pero no la cancela. No ofrece reconciliación: deja resto. En Volada en tres actos y una pausa… Ossandón expone aquello que la fantasía democrática intenta expulsar del campo visible:

Desaparecer ideas en prensa–tele–cárceles–leyes–
dogmas–cifras–estadísticas–diputados–personeros– que se
compraron la ‘política’…
Los desaparecidos siguen desapareciendo en este Chile que
desaparece tratando de hacerse jaguar y resulta gato mojado

Como todo hypómnema5, este libro combate la ausencia sabiendo que no puede abolirla. La sutura no cierra: supura. 

El vértigo retorna, finalmente, como giro mnémico. No es casual que verso provenga de vertere: dar vuelta, arar. Escribir es volver sobre la misma línea, insistir. El gigante popular que atraviesa estas páginas no es monumental, es el que trabaja, el que retorna, el que insiste. Son juglares, orfebres, alquimistas, bandidos quijotes, cronistas, poetas, volados, barreros, vagabundos, payasos. Un hecatónquiro cuya fuerza no proviene del equilibrio, sino del trabajo reiterado, del volver a hacer una y otra vez.

En fin, este texto no pretende fijar el sentido del libro ni clausurar su lectura. Se limita a seguir el rastro que deja; acompaña su despliegue. Insiste en que lo que se tiene entre manos no es un objeto neutro, sino un artefacto de memoria en tensión. Leerlo implica sostener su inestabilidad, dejarse arrastrar por una escritura que no ofrece suelo, pero persiste —como resto, como huella— en su movimiento.


  1. Derrida, Jacques (1997). Mal de archivo. Una impresión freudiana. Madrid: Editorial Trotta. ↩︎
  2. Foucault, Michel (2002). La arqueología del saber. Buenos Aires: Siglo XXI. ↩︎
  3. Déotte, Jean Louis (1998). Catástrofe y olvido. Las ruinas, Europa, el museo. Santiago: Editorial Cuarto Propio. ↩︎
  4.  Zizek, Slavoj (2003). El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires: Siglo XXI. ↩︎
  5.  En tanto acto de recordar, releer, actuar en contra del olvido. ↩︎
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