Milena Díaz, poeta ecuatoriana “Al leerme, mi intención es que la gente tenga un tipo de extrañamiento”

agosto 14, 2026
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La autora de Chulpi, publicado por Ediciones Los Libros del Cardo, repasa las motivaciones de su escritura atravesada por el tránsito. También, su posicionamiento en torno a la “identidad chola” que, señala, “tiene que ver con todo este imaginario de un mestizaje supuestamente igualitario y que somos herederos de todo y que ya está ahí, se resolvió todo el problema del racismo, pero en realidad no funciona así”.


Chulpi es un tipo de maíz. También, Chulpi es el título del nuevo poemario de la escritora ecuatoriana radicada en España, Milena Díaz Rojas. El chulpi es un maíz pequeñito, como Milena, baja de estatura y de sonrisa inmensa, con quien nos encontramos hace unos meses  en Barcelona, en un café de cadena -no Starbucks- bajo el sonido de la máquina moledora y la cafetera misma, conversamos sobre poesía, migración y redes de mujeres apoyándose en el camino de la publicación editorial. Ella y yo lejos de nuestros países originarios, ambas unidas por la escritura y los libros que nos han hecho viajar. 

En sus páginas, Chulpi evoca parte de la experiencia migratoria de Milena, el desarraigo territorial, los recuerdos familiares, la violencia y la reivindicación de ser “chola” ante el racismo experimentado en su país de origen como en Europa.

Este poemario dialoga con otras voces de las literaturas de Ecuador, como Mónica Ojeda, Yuliana Ortiz Ruano, Daniela Alcívar Bellolio, Gabriela Ponce y Natalia García Freire; las cuatro primeras también publicadas por Los Libros del Cardo.

Parte de los poemas abordan la experiencia de vivir en la capital de Ecuador. “El movimiento mecánico de un bus,/ un bus sucio/ oxidado y/ soberbio que cabalga Quito”, se lee en el texto. También, lo que se dejó atrás: “Extraño rostros/ que ahora son retazos de nylon en mi psiquis”. 

En la contraportada del libro, la escritora ecuatoriana Yuliana Ortiz Ruano señala que en este poemario “Milena Díaz nos presenta un cuerpo desordenado no solo en el sentido del caos, sino en la posibilidad de despiezarse para hacer de éste otra cosa: un flujo por donde pasa la poesía. Todo en este poemario se reedifica para abrirle paso a la yo poética, en un ímpetu libertario que implica no una apropiación del sentido de lo dado, sino una posibilidad de inventar el mundo de nuevo”.

“Que todo fuese una fantasía/ de la que nadie necesite huir”, se lee en Chulpi.

Milena Díaz Rojas (1999) vive entre España y Ecuador. Explora el lenguaje en diferentes formatos, con el fin de traspasar el cuerpo/cuero a la palabra, imagen o materialidad. Investiga y trabaja en torno a disidencias sexo-genéricas, descolonialidad, antirracismo y barrialidad desde un ejercicio auto etnográfico –y por ende, comunitario– centrándose en la identidad chola. Ha publicado el libro Rokoto (OnA Ediciones, México, 2026) y, junto a Claudia Ramón, el fanzine Cholas (2026).

El libro ya se encuentra en librerías, Buscalibre para compras internacionales, en ferias del libro y disponible en el portal de la editorial.

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-¿Cómo es que tu libro llega a Chile?, ¿cómo conoces a Los Libros del Cardo?

Conocí de la existencia de la editorial por Yuliana Ortíz, porque hace tiempo ella publicó un poemario allí. Recuerdo que fui a la presentación de este libro hace algún tiempo, antes de que viniera para acá; recuerdo también que ella hablaba mucho de la editorial y de la editora, Gladys, entonces me llamó la atención. Desde ahí caché que existía, pero no hice ningún intento de enviar nada en ese momento. Fue luego la misma Yuliana la que me pasó el contacto de la editorial y les mandé el borrador de ese poemario.

-¿Qué motiva tu estancia en Barcelona? 

La migración, proceso que está dividido en varias partes de mi vida, porque mis papás migraron en la época de la dolarización del Ecuador. Ese proceso hizo que el dólar fuera la moneda oficial y la dolarización fue un evento súper traumático, porque con la crisis la gente perdió todo el dinero que tenía ahorrado en los bancos porque se declararon en quiebra. Hubo mucha gente que se suicidó incluso en esa época. Recuerdo también las imágenes de la gente en el aeropuerto despidiéndose de los familiares. Era muy terrible. A finales de los ‘90 e inicios del 2000, hubo una migración masiva de ecuatorianos que principalmente se iban a Italia, Estados Unidos y España.

Yo nací en el 99 y mi familia migró. Primero mi papá en el 2000 y luego mi mamá y yo migramos en el 2001 y estuvimos viviendo en Zaragoza durante seis años. Mis papás hicieron un intento de regresar a Ecuador. En el 2006 volvimos y estuvimos un año viviendo allí, pero luego volvimos otra vez a España. Después, en el 2009, con el gobierno de Correa, la gente decía que Ecuador estaba bien, que se podía vivir mejor y volvimos a Ecuador. Ahí nos quedamos durante 12 años, pero luego, con toda la oleada de gobiernos de ultraderecha que hemos tenido después de que se terminó el gobierno del Correa, las cosas a nivel de crisis económica aumentaron un montón y después de la pandemia se fue todo más a la mierda.

Ya más grande lo que yo quería era poder entrar a la universidad, y para ir a la Universidad de las Artes de Guayaquil tenía que mudarme porque yo soy de Quito. Mi familia no tenía dinero para que me pudieran mantener ahí, porque la universidad pública es gratuita pero tienes que pagar tú la vivienda, la comida y todo lo demás y es más difícil encontrar trabajos de medio tiempo; entonces como tengo doble nacionalidad porque viví aquí de niña, dije bueno, pues mejor me arriesgo sin tener garantía de poder entrar aquí en la universidad, pero pudiendo valerme por mi cuenta, entonces migré yo sola. 

Primero estuve viviendo en Zaragoza durante un año, en situaciones muy precarias. Luego logré que me convalidaran el año que estuve haciendo a distancia de Literatura en la Universidad de las Artes de Guayaquil acá con en la Universidad de Barcelona, y me vine para acá. Probando suerte, trabajando de cualquier cosa, muy locura y cansado.

Luego mi familia también decidió volver a migrar otra vez. Y ahora viven ellos en Zaragoza y yo estoy aquí ahora en tercer año de la universidad.

-¿Cómo y dónde nace Chulpi

En este poemario lo que quería era precisamente no hablar de los temas de migración porque quiero poder tener la libertad de hablar de cualquier cosa, pero es verdad que mi práctica de escritura está centrada principalmente en ello y también en la identidad chola, que es otra forma en la que se nos describe a un tipo de gente racializada de Ecuador. Va por ahí. 

En este poemario, cuando exploro cosas que tienen que ver, por ejemplo, con mi mamá, eran cosas que empezaba a escribir desde la migración, pero que quería que estuviera ahí como una sombra, solapada. Pero, sí, creo que la migración es un tema que atraviesa siempre mi escritura, aunque no lo diga de manera explícita.

-¿Cuánto tiempo ha pasado de que escribiste Chulpi?, ¿con qué mirada estás ahora frente a un libro que pertenece a un tiempo otro?  

Es muy loco porque la mayor parte de este libro la escribí en 2021, cuando tenía 21 años. Ahora tengo 26 y sí, es muy fuerte porque empecé escribir este libro en esa época en la que  escuché a Yuliana hablar sobre la editorial. Allí leía mucho los poemarios de ella y de otras y tenía la ilusión de que en algún momento yo pudiera publicar algo. Y es muy fuerte porque hace poco publiqué el libro Rokoto con OnA Ediciones donde sí hablo de las cosas migratorias. En realidad ese libro es más nuevo y el que escribí antes es el que sale publicado después. Me gusta mucho porque veo ahí una semilla, o sea, una especie de borrador de lo que venía después.

Además, ahora que leo esos poemas de Chulpi no me siento ajena. Los veo y me parecen bellos todavía. Como cuando revisas cosas antiguas y dices “¡qué vergüenza!”, pero estos no me causan eso. Me gustan porque además al inicio tenía la intención de que la gente que se acercara a leerme tuvieran un tipo de extrañamiento, como una rareza. Tengo un registro de cosas de terror dentro de mi familia, de muchos relatos orales, y por eso estoy muy acostumbrada a ese imaginario y quería un poco que hubiera una pulsión desde ahí. Cuando le dije a mi mamá que leyera el poemario, me dijo que le daba un poco de miedo y eso me hizo sentir segura.

-Chulpi es un maíz, ¿desde qué significado lo tomaste?  

Sí, es un maíz pero es un maíz mucho más chiquito. Parte de mi familia viene del campo y tengo mucha relación con el tostado porque mi papá ha pasado toda su vida cocinando, tostado y el olor de la casa de mi familia siempre huele así. Pensaba mucho en el chupi por eso, que es más chiquito, porque también ha sido una característica mía, que soy de muy baja estatura y por eso quería que tuviera una relación desde ahí.

-Sin necesariamente considerar el tránsito de la migración, el libro tiene una mirada al pasado, a la infancia. ¿Qué recorrido quisiste hacer ahí? 

Hay una cosa en el crecer. Siempre nos situamos en la adolescencia como un espacio doloroso, pero creo que también en la primera etapa de la adultez hay mucho dolor, una especie de vulnerabilidad que creo que no está siempre visible, porque una de las cosas que te exigen es que tienes que tomar este rol de convertirte como persona adulta.

Creo que sí hay momentos que son muy dolorosos en relación a crecer y ver ese distanciamiento que empiezas a tener con estas personas que antes eran mucho más cercanas. En mi caso hablo de la relación con mi madre, que empieza a ser mucho más desde un lugar de igualdad que de una relación jerárquica. Creo que esto en Chulpi tiene que ver con lo doloroso de crecer y que se muevan esas relaciones.

-Hay algunas violencias materiales en el libro. ¿Qué estrategias usaste para escribirlas en estos poemas?

Esto tiene mucho que ver con los paros nacionales, porque cuando estaba escribiendo esto en el 2021 hubo un paro nacional masivo que fue cuando se destituyó a Guillermo Lasso. 

Esos imaginarios de hablar de escopetas, de armas o de cosas que tienen que ver con la rabia, también son por crecer en este contexto, y porque estaba muy implicada con las organizaciones sociales y políticas. En la forma de tratarlo a nivel literario me gusta mucho que exista un contraste entre cómo puede ser una apariencia física de alguien que normalmente se vería más frágil, pero que no necesariamente corresponde a un modo de ser o a un pensamiento crítico. 

-Ahora que el libro llega a Chile, ¿cómo crees que le puede hablar a los latinoamericanos, ecuatorianos y lectoras del Cono Sur?

Creo que puede mover, que el contenido del libro, las pulsiones de mi escritura en sí pueden, porque creo que no son ajenas. Siento que responden a algo que está muy calado en la vida diaria de todas las personas que venimos de Latinoamérica. Estos lugares de búsqueda de ternura dentro de ese ambiente hostil -al estar tan rodeados de violencia- son algo con lo que el resto se puede identificar.

-Hablemos un poco de la identidad chola. ¿Cómo se inscribe en este libro y en lo que estás escribiendo?

A mí me importa mucho eso, porque de hecho ese fue uno de los primeros acercamientos que tuvimos con Yuliana hace años. Hablando con otra gente que se sentía igual identificada caí en cuenta de que en realidad pues sí tenía sentido hacer esto. 

Lo de la identidad chola también tiene que ver con todo este imaginario de un mestizaje supuestamente igualitario en donde existe esta idea de que lo mestizo es esta unión de un montón de culturas a la vez y que somos herederos de todo y que ya está ahí, se resolvió todo el problema del racismo, pero en realidad no funciona así.

En Ecuador existe una forma de llamarnos a las personas que tenemos rasgos que tienen alguna asociación con el indígena, sea por el tono, sea por facciones, pero también obedece a pertenecer a cierto lugar geográficamente. En mi caso, corresponde a vivir en las periferias de la ciudad, porque soy de una zona que se llama Carapungo, que está casi al final de Quito y que para llegar hay que atravesar una carretera. A las personas que somos de esta zona y que además pertenecemos a una clase social específica, que somos la clase popular, nos llaman “cholos”, o nos llaman “longos”.

En Ecuador me costaba mucho hablar de estas cosas, me costaba mucho reconocerme desde ahí, porque claro, creces con toda una vergüenza ligada a eso, de venir de estos sectores que evidentemente no es la misma experiencia que tiene una persona propiamente indígena, pero igual somos como objeto de burlas. Existen un montón de programas de televisión en donde se burlan de la gente. Hay una telenovela muy problemática que se llama El Cholito, y otras cosas así, entonces ahora me doy cuenta de que siempre fue necesario hablar de eso.  

-Estás cursando estudios literarios acá pero empezaste antes en Ecuador. También practicas danza. ¿Cómo se nutren estas prácticas?

Antes de escribir hacía teatro y danza. Estaba en el mundo de las artes escénicas y sufrí una lesión muy grande y tuve que dejar de bailar de manera profesional. Cuando bailaba, tenía un maestro que me decía que tenía que llevar diarios para registrar las sensaciones que sentía con la danza, y ahí empecé a escribir poemas. Eso hace muchos años, cuando tendría 14 o 15 años, pero no era algo que me tomaba con seriedad. Cuando me quedé sin poder caminar durante una temporada por la lesión, intenté volver a la danza pero vi que no tenía chance porque mi cuerpo ya no reaccionaba de la misma manera. Ahí pensé que quizás tenía que cambiar de camino y ver qué hacer. Realmente no quería hacer nada que tuviera que ver con cosas artística, quería estudiar antropología o cualquier cosa, pero como entré a la Universidad de las Artes, estuve decidiendo si hacer cine o literatura o qué. Justo en ese momento se abrió una convocatoria para publicar unos fanzines. Postulé y me aceptaron y pensé que quizás eso me estaba llamando. A partir de ahí empecé a tomarme en serio la escritura. Pero lo de venir y hacer el cambio para estudiar aquí realmente solo fue una estrategia. Yo no creo que para escribir haya que estudiar literatura como tal porque la literatura es estar leyendo las cosas que te llaman a ti y estar escribiendo desde ese lugar de interés genuino. No creo que sea un requisito estudiar estudios literarios para escribir, para nada. 

Realmente creo que puede ser más perjudicial. Es terrible, porque siento que es como una continuidad del colegio en donde te obligan a estudiar la historia y en este caso lo universal -entre comillas- que es en realidad europeo, una revisión histórica de la literatura, pero todo muy de literatura francesa o de literatura alemana. A mí me parece bastante aburrido. Me gusta saber para luego criticar.

-¿Cómo dialoga tu libro Rokoto con Chulpi

El otro día hablando de los títulos me reía porque nunca estuvo pensado el que se publicaran y coincide que los dos tienen nombres de comida. Al siguiente espero no ponerle el nombre de comida [ríe]. Igual está chévere pensarlo desde lo cotidiano, desde lo familiar, desde la herencia del campo, esa habla del transcurso migratorio…

Rokoto tiene un subtítulo que es “Archivo cholx-migrantx sin maestría”, porque quería que tuviera algo chistoso, porque la carga de ese libro creo que es bastante melancólica. La gente que lo lee me dice que llora, entonces quería que hubiera otro gesto, que también para mí era este espacio de poder criticar y hacer un poco de burla de esto que decía antes, de que aquí es muy problemático cómo se habla de una cuestión racial con respecto a Latinoamérica y muchas veces es desde un lugar ultra académico, donde realmente personas que no hemos estado en estas esferas dando clases o en espacios mucho más académicos, no tenemos tanto espacio.

Rokoto es más una especie de diario personal, pero juego con diferentes formatos: narrativa en forma de ensayo, un poco de crónica y poemas mezclados, va por ahí.

¿Y en qué estás ahora?, ¿qué estás escribiendo?, ¿cuáles son tus preocupaciones escriturales de hoy?

Ahora estoy escribiendo un nuevo poemario. Siento que la poesía me da mucha más posibilidad de no en marcarme desde un lugar, con toda esta carga que está implícita de lo político, racial y de género y todo lo demás. La poesía es mucho más libre y disfruto mucho eso.

Luego quiero entrar en la ficción, que es algo a lo que también le he tenido miedo durante mucho tiempo, pero quiero poder hacer. Estoy empezando escribir cuentos, quiero ir por ahí y ya. Mi gran sueño es poder escribir una novela, voy teniendo ideas y escribiendo escenas, pero ya hasta que lo logre, pienso, en cuánto tiempo…

-Ya hablaste de Yuliana, que es la razón por la que llegas a publicar en Chile. ¿Cuán importante es hermanarse y apoyarse en la escritura?

Creo que es importantísimo, más desde el contexto migratorio. Creo que es bastante importante, a pesar de que ahora estamos en un momento distinto en el que hay muchísimos escritores latinoamericanos que tienen mucha visibilidad y espacio en editoriales. Ya no estamos en el mismo lugar que hace años. Ahora es distinto, pero creo que sentirse acompañada, de sentir una apreciación o un respaldo al trabajo que hace una es  importante.

Aquí en España tengo también cercanía con Mónica Ojeda. Eso ha sido muy importante para mí. Me gusta mucho su trabajo y sentir que hay alguien que está dando apoyo y creyendo en el trabajo de una es muy importante. También es triste pensar en la gente que no las tiene, que muy difícilmente se puede llegar a personas por fuera de eso.

Con Yuliana también fue así. Hay una especie de generosidad que al inicio miraba con distancia. Veía el mundo de la literatura y de las cosas artísticas y culturales como un lugar bastante receloso. Desde la danza, por ejemplo, es súper competitivo, nadie te ayuda. O sea, sí puedes entrar porque tienes una madrina o padrinazgo de alguien, pero es muy diferente el entorno. Yo tenía esa experiencia muy hostil de esos espacios y tenía la impresión de que el espacio de la literatura quizás era igual, pero veo que no, quizás precisamente porque el pensamiento es el material con el que se trabaja. Entre las escritoras creo que hay más espacios de acogida y eso es genial.

AUTOR/A/ES
POR 
Francisca Palma
Nortina y hospiciana. Periodista, funcionaria pública y bordadora. Autora de Iquique Glorioso (Editorial Radio U. de Chile, 2016) e Iconoclastas (Navaja, 2024).
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