Rodrigo Fernández: “Siempre llegaba de noche a la casa y me veía obligado a escribir con la energía de quien rompe un vaso contra el suelo”

Correr solo, libro de Rodrigo Fernández publicado por Overol, recoge la escritura acumulada de diarios producidos en las horas que deja el trabajo rutinario, como nos cuenta en esta conversación.
Paradójicamente, Correr solo me lo recomendó una librera cuando yo estaba buscando un libro sobre el trabajo.
—Quiero un libro que trate sobre el trabajo —le dije.
Tuve que especificar un poco más: ojalá estuviera publicado por una editorial independiente, que fuera de un autor latinoamericano y, si era posible, chileno. Así llegué a este libro.
Correr solo trata justamente de eso: de un vendedor que trabaja en una librería dentro de un mall. Pero también trata sobre muchas otras cosas. Sobre demasiadas cosas. Es un diario que abarca desde enero de 2014 hasta mayo de 2017, y en sus páginas aparecen la soledad y la rutina en acciones mínimas: correr solo, comer solo, escribir solo, jugar Play, trabajar, transcribir citas de Juan Emar, Frank Sinatra, Simone Weil. Sobre todo de Simone Weil. Y, sobre todo, solo.
“Creo que soy una especie de enfermo de soledad. Quizás ya nunca pueda estar en serio con alguien. Como cuando uno salía de vacaciones con la familia y a la semana te daban ganas de volver a tus cosas, a tu pieza; así me dan ganas de volver a mí mismo, una y otra vez. Nadie te salva. Los amigos son los que, pese a que comprenden esto, se quedan”, nos dice el narrador de este diario.
Correr solo es un libro precioso porque uno termina sintiendo la compañía de Rodrigo Fernández en esas entradas diarísticas, el peso del día avanzando lentamente. La frustración del trabajo enajenado, los clientes irrespetuosos, las largas horas de soledad y la compañía silenciosa de los gatos. Pero también es un libro sobre el amor y sobre qué hacer cuando ese amor ya no está; cuando lo único que queda son los amigos tomando cerveza en el sillón, hacer la cama y encontrar sus calcetines al fondo de las sábanas, el derrumbe, las lágrimas y el regreso inevitable de la nostalgia:
“Aquí ella me cortaba la barba, aquí nos lavábamos los dientes. La leve nostalgia. El breve recuerdo. El peso amable de lo que fue y ya no es”.
Hay una frase famosa de The Catcher in the Rye que dice que los mejores libros son esos que, al terminarlos, te hacen desear que el autor sea un amigo al que puedas llamar por teléfono cuando quieras. Eso me pasó con Correr solo. Y tuve la suerte de que, esta vez, sí pasó. Pude llamar a Rodrigo, juntarnos en una cervecería curicana, y hablar del libro.

Quería partir preguntándote cómo entraste a la lectura. ¿Qué leías cuando chico? ¿Cómo fue esa experiencia creciendo en Curicó?
Yo creo que estuvo súper determinado por lo que había en Curicó, que igual coincidía con mis intereses de ese momento: extraterrestres y anarquismo. Leía cosas pirateadas de J. J. Benítez, cuestiones que encontraba en internet —foros, conspiraciones, páginas con textos de Hakim Bey… todo ese primer internet— y también lo que ofrecía la única librería de la ciudad en el único mall que había, que era más bien Benedetti, Cortázar, todos esos. Ah y Bukowski. que fue uno de los primeros libros que robé. Ese era como el pack provinciano inicial.
Te quería preguntar por Bukowski, porque aparece en tu libro. ¿Fue una lectura importante en tu adolescencia?
Sí, totalmente. Hay libros que quedan amarrados a lo biográfico, y pase lo que pase después con esos libros o con sus autores, esa experiencia queda intacta. La experiencia que uno tiene de una obra a esa edad es una experiencia completa.
Con La senda del perdedor me pasó eso. Fue muy potente. Yo estaba solo, en una pensión en barrio Franklin, leyendo de noche. Tenía veinte o menos, recién llegado a Santiago. Además, esa es una novela que recorre la infancia y la adolescencia de un tipo muy precario, muy golpeado… se genera una empatía fuerte con esa derrota.
Era una época sin redes sociales, sin mucha posibilidad de sentirse acompañado. Ni siquiera tenía computador. Vivía en esa pensión, un poco como el propio narrador de la novela. Entonces ese libro cumplíó un rol.
¿Y cómo fue la experiencia de robarte ese primer libro?
Fue literal eso de que “la oportunidad hace al ladrón”. Yo no fui con la intención de robar. Entré a mirar a una librería y me di cuenta de que no tenía alarma. Mientras lo tenía en las manos, lo metí a la chaqueta y salí corriendo.
Después cometí el error de volver el mismo día a robar otro, y ahí me pillaron. Salí arrancando. Curicó es chico así que ese mismo día me rapé al cero para que no me reconocieran. Y no volví a hacerlo hasta mucho después.

Después, ya más adulto, ¿cómo cambian tus lecturas?
La universidad me abrió el panorama. Primero estuve determinado por lo que había en Curicó; después, por lo que ofrecía la universidad, que tampoco era tanto, pero igual ampliaba. En ese momento leía casi puros gringos y europeos: Kerouac, Rimbaud, Bataille, Nietzsche. Después me di cuenta de que eso era solo una mínima parte de lo que existe.
Con el tiempo descubrí a Simone Weil, a las poetas chilenas más allá de Gabriela Mistral, y hace relativamente poco me encontré con la ciencia ficción escrita por mujeres, el weird y todo eso. Ahí entré a Octavia Butler, Elena Aldunate, y así.
Ahora estoy un poco en eso: tratando de equilibrar esa formación inicial, descubriendo hacia atrás, no solo en términos de género, sino de… geografía, clase, etc.
Mencionas a Simone Weil. En tu libro parece una lectura importante. ¿Qué significó para ti?
Fue clave. Hice mi tesis sobre ella y es uno de esos libros o autores que uno sabe que son para siempre. Fue un enamoramiento. De algún modo algo parecido al encuentro con Nietzsche a los quince, pero al revés. Al final es eso que uno siente ante toda prosa media poseída, esté o no uno de acuerdo con la parte teológica del asunto.
Y eso, se me aparecía en todos lados: en películas, libros, conversaciones. Y justo cuando tuve que hacer la tesis en filosofía dije ya voy a leer La gravedad y la gracia y, entendí que tenía que ser sobre ella.

¿Crees que estudiar —primero sociología y luego filosofía— influyó en tu escritura?
Más que las carreras en sí, el ARCIS fue como un taller literario involuntario. Tenía profesores que daban mucha libertad para escribir ensayos medios híbridos, más cercanos a la crónica o al diario. Incluso a la poesía. Te alentaban aunque te fueras por las ramas. Tengo gratos recuerdos de Guadalupe Santa Cruz y María Emilia Tijoux en ese sentido.
Y además, todo mi entorno escribía o poesía o diario o lo que fuera. Del grupito que éramos todos andábamos con nuestro cuaderno para todos lados. Era algo muy natural en los dosmiles, época en que uno aún mantenía su disquete en el que cabían varías decenas de malos poemas que intercambiábamos como si fueran láminas. No era algo que se exhibiera ni se performara tanto, como te digo no habían aún, o nosotros al menos no teníamos, plataformas concretas de exhibición.
Sobre tu diario: ¿cuándo empezaste a escribirlo y cuándo pensaste que podía convertirse en libro?
Empecé hace harto tiempo, alrededor del 2010, antes de eso en cuadernos y luego ya constantemente posteando algunos fragmentos al blog. Pero nunca fue algo lineal. No hay un momento en que uno dice “ya, ahora sí que esto está bueno”. Siempre está esa tensión entre “me gustaría publicar” y “esto no es tan bueno”. Uno oscila entre esas dos cosas. Nunca hay certeza hasta que pasa. Y esa misma incertidumbre te da libertad para escribir sin tanta presión.
¿Cómo llegaste a Overol?
Fue bien natural. Cuando empecé a trabajar en ferias con Laurel pasaba que a veces compartíamos stand con ellos. Nos conocimos ahí. En algún momento les comenté que tenía un texto parecido a una plaquette que había publicado Andrés —un diario fragmentario en la que no pasa absolutamente nada de una manera muy bella— y se lo mostré. Antes se lo había pasado a otra editorial y no había calzado. A ellos les gustó, y bueno, después de un tiempo —dos años más o menos— salió el libro, en un proceso de correcciones bastante acotado y sin dramas, quizá por el entendimiento previo que había.
¿Y qué lecturas de Overol te han marcado?
Me gusta mucho lo que hacen. Cada vez que voy a ferias les pido algo prestado y aprovecho a leer. Por ejemplo, la misma Octavia Butler, o los dos libros de Daniela, Ella estuvo entre nosotros de la Belén Fernández, El mar arriba de Nina Avellaneda … Hay un montón.
Sobre tu libro, llama la atención la relación con Pamela, que aparece de forma muy lateral. ¿Fue una decisión consciente?
No del todo. Hay un pudor ahí. Así como hay partes donde cuento mucho, hay otras que quedan fuera. No todo entra. Y también hay que considerar que el narrador no es exactamente yo, aunque se parezca. O sea, hay también una distancia que tiene ver con el montaje, con el orden de los párrafos más que con la verdad contenida en los mismos.
¿Pensaste en cambiar el formato del diario, expandirlo hacia otra forma?
No directamente. Pero tampoco me habría negado. A veces una entrada del diario se me alarga y se vuelve un ensayito y ese tipo de retroalimentaciones siempre está pasando. Igual hay mucho material que quedó fuera. Desde 2010 escribía mucho más: 100 o 150 páginas al año. Ahora es bastante menos. Hay todavía bastante por explorar ahí.
¿Cómo ves hoy ese impulso inicial de escribir?
Pese a haber disminuido, sigue siendo algo bastante orgánico. No ha cambiado tanto en ese sentido. Diría incluso que ha mejorado en la medida que ya no hay una sistematicidad y escribo en mi diario solo si me acuerdo, si de verdad quiero. Quizás ahora hay menos conciencia moral y más conciencia literaria del asunto, pero el impulso sigue siendo el mismo.
¿Cómo fue esa experiencia de trabajar en la librería?
Fue todo lo contrario a la romantización del asunto. No era ese lugar ideal donde uno lee tranquilo y conversa de libros todo el día con gente maravillosa. Yo de verdad casi siempre llegaba de noche a la casa y me veía obligado a escribir con la energía de quien rompe un vaso contra el suelo, pero lentamente en este caso. Escribía mayormente enojado. Contra el día. Contra toda la gente que el día me arrojaba encima.
No leía tanto como creía que iba a leer, los clientes no eran necesariamente lo que uno imagina, y esa idea de que la lectura te vuelve una persona moralmente mejor… no es cierta. Hay gente muy valiosa que lee en silencio y gente horrenda que lee solo hacia afuera, hay libros malísimos que saben hacer ruido y hay libros tremendos que son igual de tímidos que su autor. Y está bien decirlo. Saber que existen todas esas combinaciones y muchas más está mejor que creer que los libros son en sí mismos… luz, verdad, o no sé.
Pero cuando ya llevabas muchas páginas de diario, ¿no pensaste que ahí había un libro?
No me acuerdo bien. Igual era más chico, tenía veintitantos, y además era una época previa al concepto de autoficción. No era tan evidente pensar en esa posibilidad. Como decía antes, era bien oscilante: a veces pensaba “aquí hay algo”, y otras veces sentía que no, que iba a terminar siendo simplemente un trabajador que escribe, que en el fondo es lo que soy la mayor parte del día.
¿Te ayudó escribir mientras trabajabas?
Mucho. No me gusta decir que el arte es terapéutico, pero sí funciona como una reelaboración, una alquimia. Es una forma de despejarse, de escindirse y dejar de ser un individuo, de transformar la experiencia en otra cosa. Qué hace uno con ese elixir salido de la mierda misma, eso ya es otro asunto.
En el libro aparece el fútbol. ¿Cómo vivías, por ejemplo, la Copa América en ese tiempo?
No sé si distingo bien una copa de otra, pero en general trataba de ver todos los partidos que podía: en el trabajo, en el celular, donde fuera. Ahora Chile está pésimo futbolísticamente, pero igual no me pierdo los partidos, aunque sean amistosos. Hay una pulsión por presenciar derrumbes que aplica también a lo futbolístico. Me gusta todo lo que rodea eso: la radio, los comentarios, todo el relato que se arma alrededor del fútbol.

¿Y los partidos de Curicó los sigues viendo?
Sí, ahora un amigo me presta su cuenta o a veces justo coincide con el turno y puedo verlos en la tele fea esa. Pero el equipo está mal, muy mal. A la fecha, diría que es de los que peor juega en la categoría.
En el libro usas citas. ¿Cómo las elegiste?
Más que elegirlas, quedaron las que quedaron. Habían montones y no quedaba tan bien. Pero sí pasaba algo curioso: muchas veces lo que leía coincidía con lo que estaba viviendo o escribiendo en ese momento, y esas las ponía como epígrafe de cada entrada del mes, o del año. Casi todas esas quedaron. Leía varios diarios a la vez —todavía lo hago—, entonces siempre aparecía alguna frase que dialogaba con lo que estaba escribiendo en ese momento.
¿Qué leías en ese tiempo?
Diarios, cuadernos, epistolarios: Canetti, Pizarnik, Renard, los diarios de parrafitos cortos son los que más me gustan. Pero también mamotretos que nunca terminaba del todo. De hecho, el Libro del desasosiego lo empecé en esa época de la librería y lo terminé hace apenas un año. Más de diez años con un mismo libro. Supongo que algún sentido debe tener eso.
¿Qué haces ahora, en términos laborales y creativos?
Trabajo como conserje. Un poco en Laurel también. Sigo escribiendo, postulando a todas las cosas posibles que paguen; concursos, fondos, lo que sea, tratando siempre de no perder el hilo escritural en tres frentes: el diario, la ficción, y ciertas columnas que voy tirando gratis por aquí y por allá.
En el área conserjeril no hay ninguna legitimidad para lo literario. Eso es obvio. Importa más saber arreglar una llave, saber si una muralla es de adobe o de no sé qué. Es otro mundo, con su propia dignidad.
¿Sentiste que publicar te cambió la vida?
No la vida material, pero sí un poco la simbólica. Me habla más gente, me preguntan cómo se hace para publicar, voy a un colegio a decir cosas, a una radio a decir otras, y así. Pero lo simbólico no paga el arriendo, así que sigo viviendo más o menos como siempre. Eso sí, con una proyección más sustentada que antes.
En tu libro aparece una masculinidad distinta, más frágil. ¿Fue algo consciente?
No lo pensé en esos términos. Pero sí, el narrador está en otra, supongo. Adolorido de la rutina. Expuesto. Tragado. A contramano de cierta idea muy chilena y arraigada nuestra de sufrir pa callao. Es lo que me gusta de leer diarios también. Esa desverguenza, incluso si es exagerada, o un poco impostada.
¿Te cambió en algo publicar, en términos personales?
Es raro, porque antes lo deseaba mucho. Y cuando pasa, ya pasó. Y aparece otra ambición: que te vaya mejor, que te lean más, que esto te abra otras puertas.
¿Cuál es tu objetivo ahora como escritor?
No repetirme. No agotar una fórmula. Darle curso a las o ideas para cuentos que tengo en un google doc, seguir y seguir y seguir. También hay por ahí una novela que requiere un montón de trabajo, de repasadas, reescritura, para salir a la luz. Eso va a ser un proceso más complejo que lo anterior, pero me entusiasma. Eso viene también, esa novela, eventualmente. En uno o dos meses vamos a sacar una cuestión con la Oficinismo, un cuento mío ilustrado por ella, así en formato fanzine, un mono cada dos o tres páginas, unas veinte páginas en total, todo hecho a mano y distribuido por nosotros mismos, Pichí de paco se llama… va a quedar bonito eso, tienen que comprarnos muchos.




