Un desvío urgentemente antipinochetista. Sobre «Imaginería Lucía Hiriart», de Felipe Palavecino

Si el negacionismo de los crímenes de la dictadura se ha intensificado en años recientes, hasta el punto de este presidente nazi y su laya de minions Epstein que tenemos por gobierno, esto no es un efecto de último minuto, sino consecuencia de un largo proceso de languidez en nuestra propia reflexión colectiva. Hemos evitado nombrar ciertos temas en determinados géneros o registros, por tratar de hacer calzar la escritura en los márgenes de lo decible. Por ejemplo, en numerosos talleres literarios se rechaza de manera tajante lo panfletario en la poesía política, prevaleciendo como aceptable una escritura de lo político situada en el ámbito de lo micro: la fragmentariedad del yo, la cuestión de las identidades, los post-humanismos[1], etc.
El horror, no obstante, siempre ha sido difícil de nombrar. En ese contexto, el ejercicio de encarnar desde una voz irónica y poética a la vieja Lucía es desafiante obviamente por su politicidad: cómo no reducir a Hiriart a un demonio simplón a partir de la caricatura de su maldad, ni tampoco humanizarla “demasiado” como para que produjera cercanía. “La obviedad me parece tan poco sensual” me decía Felipe, en una conversación en Valdivia hace un año, enfatizando lo que no quería con este libro: “Si no, ¿para qué? Mejor haz un mural con Lucía Hiriart con un esqueleto”.

Afortunadamente, Palavecino no escribe según el fondartómetro de turno. Este libro estuvo en barbecho mucho tiempo antes de que la vieja Hiriart muriera, igual como partió el genocida, haciendo perro muerto. Quienes trabajamos en libros sabemos que los tiempos de la edición no son los de la escritura, ni las lecturas se corresponden siempre con sus épocas. En este sentido, Imaginería… podría ser un texto intempestivo: un gesto contra estos tiempos de fascismo democrático.
Felipe Rodríguez Palavecino, quien anteriormente había publicado el poemario Estela de cóndores fosforescentes (2017), hace además las veces de antropólogo y audiovisualista, disciplinas que mezcla intensamente con la poesía como un oficio artesanal. Esta perspectiva “etnográfica de ficción” –aunque ampliamente tributaria de la biografía no autorizada Doña Lucía de Alejandra Matus, como el mismo autor reconoce– enriquece el abordaje de este libro desde sus imágenes.
A partir del primer poema De Lucía al escribiente, se retrata al autor como documentalista y se ensaya en primera persona la voz de la perversa primera dama de la dictadura: “Golpeo el vidrio de tu cámara con mis uñas perfectamente afiladas” (p. 7). Como Chris Marker, Felipe sabe que es necesario sostener el pulso en los momentos asombrosos de la destrucción. “Te sumergiste en la mente de la reina de Chile” (p. 7), amenaza invocando su autoridad perdida, desde un más allá en forma de relato carnavalesco del pasado reciente.

Este carácter burlesco despliega una imaginación especialmente inteligente para poner en boca de Hiriart las barbaridades que encarnaron a la cabeza del régimen. Desnudar al rey, atacar la tiranía y la impunidad con humor, pueden ser ambas formas de resistir no digamos al fascismo, pero sí al menos a algunos modos condescendientes de la escritura contemporánea que impostan la pose cínica del todo está bien, omitiendo o fetichizando la catástrofe que habitamos. Mal que mal, que no nos roben la risa debería ser una condición mínima para la crítica, máxime hoy cuando el humor Morandé retomó las pantallas, bailando sobre nuestra fiesta interrumpida de octubre 19.
En Imaginería…, Lucía es desnudada en su chabacana crueldad. Su autoimagen es la de una socialité que anhela emanar “ráfagas de buen gusto por doquier”. Monarca del neoliberalismo de mall tapada en oro, a quien le cierran las calles de Madrid para que compre ropa en los funerales de Franco. Pero también, patrona y ama del hogar, que obliga a la servidumbre a que “pida permiso para retirarse” (p. 17). Ese “buen gusto” aristócrata, que sacraliza el ejercicio del poder con el sometimiento de los otros, se ve empañado cuando Lucía se tropieza con Jorge González, con Teillier, con las familiares de detenidos desaparecidos.
El poema Danse macabre o Supervisando sucursales del CEMA muestra ese terror burgués ante el fantasma de las proletarias, ni siquiera del comunismo: “me miraban desde el reflejo de un ventanal / deseando tomarme del cabello / darme patadas en la nuca / preguntar por sus maridos / escupos en el suelo” (p. 14). Así, Felipe pone en palabras de combate el odio justo de un pueblo amordazado durante diecisiete años, y eso me parece un gesto nada despreciable, en la medida que restituye la dignidad en este minúsculo campo de la poesía chilena contemporánea.
En Carta no enviada a Jorge Teillier, Lucía insulta al viejo lárico y ese vómito revela más de su propia miseria que del consabido alcoholismo del poeta: “usa tus papelitos para limpiar el vino derramado / o qué sé yo / no más poemas, carpintería” (p. 15). ¡Carpintería! El recurso es notable al ponerlo nuevamente en relación con el oficio de la escritura, pues devela esa temporalidad pausada con que se labra y funde la estocada.
Aquello es más flagrante en versos como los de Haciendo patria, donde la Antártica ofrece imágenes que parecen el revés de la tortura: “un tímpano cayendo al azul absoluto” (p. 16). En las antípodas de Bruno Vidal, Felipe surca figuras del horror por su revés, deshilando el contorno de un paisaje: una atmósfera, un aire privado, que recubren los tormentos y las desapariciones con la inmensidad del universo. En el poema Paseo a la nieve 11 de septiembre de 1973 dice: “Cae lenta la miel / rápido los cuerpos de los otros” (p. 29). La densidad del jarabe hace de contrapunto con la velocidad de los cadáveres, destacando con precisión la alteridad ontológica del pueblo.

Los intertextos que ordenan el libro, así como el uso del guion bajo en una suerte de espacialidad vaporwave, o los títulos musicales de algunos poemas que dan cuenta de una especie de banda sonora, todo esto refuerza el carácter cinematográfico en la escritura de Felipe.
El gran valor de este poemario radica en su interpelación al presente: cuánto de Lucía pervive en la crueldad actual de la ralea gobernante, en su odio contra los pobres, contra las mujeres. Y esto lo realiza a la manera de una fantasía (como un desvío [détournement] situacionista) que bebe de múltiples lecturas históricas, incluso micropolíticas. Como la hermosa historia de la abuela de Felipe, quien se negó a poner la bandera de Chile ante una visita del dictador a su pueblo en la cordillera de Ñuble. El libro no tiene la pretensión de elaborar un perfil real, sino tal vez realista precisamente por los modos de exponer la crueldad, como sucede con el poema donde Lucía pisa caracoles y piensa que “al matar resentidos deben sentirse igual los soldados” (p. 27). O cuando amenaza a Alejandra Matus por haber escrito Doña Lucía: “mereces zepelines en llamas sobre ti” (p. 43).
Felipe utiliza herramientas visuales en la escritura que cultivan la condición artesanal de la poesía, evitando confundir imagen con imagen visual o, peor aún, con el formato impreso de la basura digital. El poemario de Palavecino es un recordatorio a nunca dejar de fantasear con nuestras pequeñas victorias sobre los cuerpos del sadismo, y de invocar así otras realidades, esos nuevos mundos que llevamos en nuestros corazones: como Lucía y Pinocho en la horca de la plaza pública.

[1] Al respecto, ver la crítica de Diego Armijo a este mismo libro en Revista Larus. Si bien comparto la visión de que existe un boom de escrituras en torno a formas de vida no humanas, escribir poesía sobre vegetales o minerales no tendría por qué ser necesariamente un acto de cobardía estética. Puede llegar a serlo en la medida que estos temas se acoplan a una industria académica y editorial que hace uso de estos tópicos, despolitizándolos de su principio de necesidad, que es descentrar la mirada humana hacia otras sensibilidades.



