¿Son sólo palabras? La pregunta como posibilidad de sentido o cómo las palabras nos permiten escucharnos en medio del ruido

mayo 14, 2026
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La poeta y gestora cultural Margarita Bustos Castillo nos invita a la lectura de Son sólo palabras, poemario de Dan Defímera editado por Palabra Editorial y presentado el 11 de abril en Librería Odisea.

En este poemario se instala y comparte la pregunta como umbral, comprendiendo el lenguaje como posibilidad para interrogar al mundo y a sí misma/o, adentrándose desde el lenguaje poético a reflexiones cotidianas en medio de la imposibilidad del ruido de la ciudad y el mental. Afirma, desde sus primeras páginas, que la incomunicación pareciera instalarse entre las personas y que escribir podría posibilitar los actos enunciativos hacia otros, hacia algún lugar con menos estridencia/zumbido sobre la página. 

En la poesía, la pregunta no busca responder al misterio, sino habitarlo. El lenguaje poético se abre a espacios de resonancia, posibilidades de sentido desde lo sensorial, ecos sonoros, evocaciones o imágenes en conjunción. Porque en la dimensión connotativa, y lejos del sentido pragmático del lenguaje, la poesía dialoga con el silencio, lo inefable y las grietas de la existencia.

En el libro ¿Son sólo palabras?, de Dan Defímera, estas interrogan al mundo y lo cotidiano, sin restringirse sólo a ello; van también más allá, a revelar su extrañeza y contradicciones. Como lo realiza el poeta argentino, Hugo Mujica, quien explora las dimensiones del lenguaje desde lo filosófico y el silencio, donde preguntar es despojarse de certezas. Mujica nos dice: «Preguntar no es buscar una respuesta: es abrir la herida del sentido para que el misterio no cicatrice».

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En la poesía, el sentido se torna movimiento en exploración, la pregunta es la forma en que la conciencia dialoga con la dimensión humana de lo sagrado y lo profano. Defímera lo sabe, en el gesto permanente: «¿tranquilidad por qué me eludes? ¿Qué noche hoy me encontrará: la que atiza la vorágine o la que paz e inspiración trae? ¿Cuál es tu razón de ser en este mundo? ¿Se mudará esta pena?».

La hablante comprende que una existencia sin preguntas es una existencia sin sentido posible, pues a través de ellas dejamos de ser objetos del mundo, para tornarnos sujetos, accionar desde el asombro (thaumazein). Hacernos cargo de la agoné, apelar a otros, como lo observamos en diversos poemas, ya que la hablante no sólo busca respuestas para sí, también interroga a los humanos, al vacío errabundo, a la perseverancia de la luna, al sinsentido, a la naturaleza.

Aquí, la pregunta rompe la inercia de lo cotidiano y los actos de repetición que la productividad moviliza y promueve en un mundo capitalista. En este poemario nos detenemos para observar, imaginar, escuchar y preguntarnos cómo habitamos el cotidiano, la ciudad, sus calles, la noche, los vínculos.

Mientras escuchaba/leía a la hablante lírica del poemario, pensaba en algunas reflexiones de María Zambrano respecto de la relación entre las formas en que la filosofía y la poesía interrogan la realidad y al lenguaje: “La filosofía es una pregunta que busca su respuesta; la poesía es una respuesta que no ha necesitado de pregunta alguna, o que ha sido dada antes de ella». 

El título mismo de este poemario (¿Son sólo palabras?) constituye, ya desde su formulación, un acto filosófico. No es un nombre que nombra: es una interrogación que desestabiliza. Inscrito en la tradición del pensamiento sobre el lenguaje, el libro de Dan Defímera abre una pregunta que remite directamente a la hermenéutica contemporánea: ¿posee el lenguaje poético una potencia ontológica que excede la mera denotación?

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A lo largo de sus poemas, Defímera construye una voz que se mueve entre la experiencia interior y la crítica del mundo contemporáneo, entre la desnudez emocional y la ironía lúcida. El poemario puede leerse como un ejercicio continuo de autocomprensión, en el cual el yo lírico continuamente se interpretarse a sí mismo frente al lenguaje, la ciudad, el tiempo y los vínculos.

Desde la perspectiva de Heidegger, el lenguaje no es instrumento del pensamiento sino su morada: “el lenguaje es la casa del ser”. Defímera activa esta tensión al presentar palabras que no describen la experiencia, sino que la constituyen. El yo poético declara ser “heredera de una realidad que no pedí” y habitante de un libro “lleno de sabiduría”, reconociendo así la carga existencial de lo dicho.

En el poema «Sílaba por sílaba», la unidad mínima del lenguaje se convierte en unidad de existencia: el cerebro “invadido de neuroquímicos” solo halla reposo al desgranar el lenguaje verso a verso. La poesía aparece aquí como pharmakon, remedio y veneno a la vez, en diálogo con la tradición derridiana de la escritura como suplemento.

El o la sujeto se interpreta y persiste en comprender y comprenderse, en este caso mediante la escritura y la dimensión poética de la comunicación y los posibles significados que habitan en las palabras. Hans-Georg Gadamer sostuvo en Verdad y Método que la comprensión es siempre autocomprensión, y que el texto literario nos devuelve transformados. Podemos observarlo, por ejemplo, en el poema “Descubrimiento” (p. 23). Allí la hablante construye una epifanía al amanecer en la que los «lindes del alma» se iluminan, revelando no un objeto externo, sino la propia interioridad como horizonte de sentido.

Del mismo modo, en el poema “Las experiencias y las cosas” se afirma que las objetos materiales no son inertes sino “compañeras” que condensan tiempo vivido y sabiduría sedimentada, donde el mundo no está frente al sujeto sino co-habitado con él.

En “¿Qué nos ha separado?”, la naturaleza, el agua, el polvo, la boca, se vuelven espejo que ya no refleja. La alienación del yo respecto de sí mismo y del otro es leída como resultado de una civilización de vitrinas: “esas vitrinas de grueso vidrio / que mienten absurdamente”. El capitalismo tardío, para Defímera, no solo enajena bienes, sino experiencias y afectos.

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Varios poemas articulan una crítica al presente desde una posición que podría denominarse, en clave de Paul Ricoeur, la de una identidad narrativa en crisis. Por ejemplo lo observamos en el poema: “Actualidad” (p. 57), donde la hablante rechaza“seguir a esos que dominan / brindando idiocia con palabra fina” y reivindica el pensamiento propio como acto de resistencia. La ciudad aparece como “humanidad vertida” que castiga: espacio disciplinario donde la subjetividad es colonizada.

En “Libertad Ficticia” (p. 50), el poemario elabora con precisión la paradoja de una libertad que no puede ser poseída porque no se sabe qué espera: “solo anhelo abrazar / de libertad ficticia / como si mi senda me encaminase”. La enantiodromía —el movimiento hacia el propio opuesto— que el poema tematiza remite a la dialéctica hegeliana y al concepto junguiano de tensión de contrarios. Por su parte, “Hoy no importa” (p. 44) suspende el tiempo productivo en favor de la presencia pura: la gotera, el suelo de madera, los dedos fríos. Se trata de una reivindicación del instante.

El estilo de Defímera es deliberadamente austero: versos sin rima forzada, vocabulario accesible que sin embargo soporta densidad conceptual. Esta elección formal no es neutra. “Pocas páginas, pocas palabras” (p. 30) tematiza explícitamente su propia poética: frente a quienes juzgan un libro por su volumen, el hablante defiende el silencio locuaz, el saber callado.

¿Son sólo palabras? responde a su propia pregunta con su existencia. La poesía de Dan Defímera es ante todo un acto de pensamiento encarnado: palabras que duelen, que cuestionan, que habitan. El libro opera interpelando al lector/a, movilizándolo a reconocer en la voz ajena los trazos de la propia experiencia.

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